El casamiento de Stein y _la_ _Gaviota_ se celebró en la iglesia de
Villamar. El pescador llevaba, en lugar de su camisa de bayeta colorada,
una blanca muy almidonada, y una chaqueta nueva de paño azul basto, con
cuyas galas estaba tan embarazado que apenas podía moverse.
Don Modesto, que era uno de los testigos, se presentó con toda la pompa
de un uniforme viejo y raído a fuerza de cepillazos, el que, habiendo su
dueño enflaquecido, le estaba anchísimo. El pantalón de mahón, que
_Rosa Mística_ había lavado por milésima vez, pasándolo por agua de paja
que, por desgracia, no era el agua de Juvencio, se había encogido de tal
modo que apenas le llegaba a media pierna. Las charreteras se habían
puesto de color de cobre. El tricornio, cuyo erguido aspecto no habían
podido alterar ocho lustros de duración, ocupaba dignamente su elevado
puesto. Pero al mismo tiempo brillaba sobre el honrado pecho del pobre
inválido la cruz de honor ganada valientemente en el campo de batalla,
como un diamante puro en un engaste deteriorado.
Las mujeres, según el uso, asistieron de negro a la ceremonia; pero
mudaron de traje para la fiesta. _Marisalada_ iba de blanco. Tía María y
Dolores llevaban vestidos que Stein les había regalado para aquella
ocasión. Eran de tejido de algodón, traído de Gibraltar, de contrabando;
el dibujo, el que entonces estaba de moda, y se llamaba _Arco Iris_, por
ser una reunión de los colores más opuestos y menos capaces de armonizar
entre sí. No parecía sino que el fabricante había querido burlarse de
sus consumidores andaluces. En fin, todos se compusieron y engalanaron,
excepto Momo, que no quiso molestarse en una ocasión como aquella, lo
que dio motivo a que _la Gaviota_ le dijese:
--Has hecho bien, gaznápiro; por aquello de que «aunque la mona se vista
de seda, mona se queda». La misma falta haces tú en mi boda, que los
perros en misa.
--¿Si te habrás figurado tú, que por ser _méica_ dejas de ser
_Gaviota_--repuso Momo--, y que por estar recompuesta estás bonita? Sí,
¡bonita estás con ese vestido blanco! Si te pusieras un gorro colorado,
parecerías un fósforo.
Y en seguida se puso a cantar con destemplada voz:
Eres blanca como el cuervo,
y bonita como el hambre,
_coloráa_ como la cera,
y gorda como el alambre.
_Marisalada_ repostó en el acto:
Tienes la boca,
que parece un canasto
de colar ropa.
Con unos dientes,
que parecen zarcillos
de tres pendientes.
y le volvió la espalda.
Momo, que no era hombre que se quedase atrás, en tratándose de
insolencias y denuestos, replicó con coraje:
--Anda, anda, a que te echen la bendición; que será la primera que te
hayan echado en tu vida, y que estoy para mí que será la última.
Celebróse la boda en el pueblo, en la casa de la tía María, por ser
demasiado pequeña la choza del pescador para contener tanta
concurrencia. Stein, que había hecho algunos ahorros en el ejercicio de
su profesión (aunque hacía de balde la mayor parte de las curas), quiso
celebrar la fiesta en grande, y que hubiese diversión para todo el
mundo; por consiguiente, se llegaron a reunir hasta tres guitarras, y
hubo abundancia de vino, mistela, bizcochos y tortas. Los concurrentes
cantaron, bailaron, bebieron, gritaron; y no faltaron los chistes y
agudezas propias del país.
La tía María iba, venía, servía las bebidas, sostenía el papel de
madrina de la boda, y no cesaba de repetir:
--Estoy tan contenta, como si fuera yo la novia.
A lo que fray Gabriel añadía indefectiblemente:
--Estoy tan contento, como si fuera yo el novio.
--Madre--le dijo Manuel, viéndola pasar a su lado--, muy alegre es el
color de ese vestido para una viuda.
--Cállate, mala lengua--respondió su madre. Todo debe ser alegre en un
día como hoy; además, que a caballo regalado no se le mira el diente.
Hermano Gabriel, vaya esta copa de mistela, y esta torta. Eche usted un
brindis a la salud de los novios, antes de volver al convento.
--Brindo a la salud de los novios antes de volver al convento--dijo fray
Gabriel.
Y después de apurada la copa, se escurrió, sin que nadie, excepto la tía
María, hubiese echado de ver su presencia ni notado su ausencia.
La reunión se animaba por grados.
--¡Bomba!--gritó el sacristán, que era bajito, encogido y cojo.
Calló todo el mundo al anuncio del brindis de aquel personaje.
--¡Brindo--dijo--a la salud de los recién casados, a la de toda la
honrada compañía y por el descanso de las ánimas benditas!
--¡Bravo!, bebamos, y viva la Mancha, que da vino en lugar de agua.
--A ti te toca, Ramón Pérez; echa una copla, y no guardes tu voz para
mejor ocasión.
Ramón cantó:
Para bien a la novia
le rindo y traigo.
Pero al novio no puedo,
sino envidiarlo.
--¡Bien, salero!--gritaron todos--. Ahora el fandango, y a bailar.
Al oír el preludio del baile eminentemente nacional, un hombre y una
mujer se pusieron simultáneamente en pie, colocándose uno enfrente de
otro. Sus graciosos movimientos se ejecutaban casi sin mudar de sitio,
con un elegante balanceo de cuerpo, y marcando el compás con el alegre
repiqueteo de las castañuelas. Al cabo de un rato, los dos bailarines
cedían sus puestos a otros dos, que se les ponían delante, retirándose
los dos primeros. Esta operación se repetía muchas veces, según la
costumbre del país.
Entre tanto, el guitarrista cantaba:
Por el sí que dio la niña
a la entrada de la iglesia,
por el sí que dio la niña,
entró libre, y salió presa.
--¡Bomba!--gritó de pronto uno de los que la echaban de graciosos--.
Brindo por ese _cúralo-todo_ que Dios nos ha enviado a esta tierra, para
que todos vivamos más años que Matusalén; con condición de que, cuando
llegue el caso, no trate de prolongar la vida de mi mujer, y mi
purgatorio.
Esta ocurrencia ocasionó una explosión de vivas y palmadas.
--¿Y qué dices tú a todo esto, Manuel?--le gritaron todos.
--Lo que yo digo--repuso Manuel--es que no digo nada.
--Esa no pasa. Si has de estar callado, vete a la iglesia. Echa un
brindis y espabílate.
Manuel tomó un vaso de mistela, y dijo:
--Brindo por los novios, por los amigos, por nuestro comandante y por la
resurrección de San Cristóbal.
--¡Viva el comandante, viva el comandante!--gritó todo el concurso--; y
tú, Manuel, que lo sabes hacer, echa una copla.
Manuel cantó la siguiente:
Mira, hombre, lo que haces
casándote con bonita;
hasta que llegues a viejo,
el susto no te se quita.
Después que se hubieron cantado algunas otras coplas, dijo el que la
echaba de gracioso:
--Manuel, cantan esos unos despilfarros que no llevan idea ni
consonante; tú, que sabes decir las cosas en buen versaje, y más cuando
estás _calamocano_, echa una décima en regla a los novios, y toma este
vaso de vino para que te se ponga la lengua _espeíta_.
Manuel tomó el vaso de vino, y dijo:
Ven acá, quita--pesares,
alivio de mi congoja;
criado entre verde hoja,
y pisado en los lagares;
te pido de que me aclares
esta garganta y galillo
para brindar a los novios
empinando este vasillo.
--Ahora te toca a ti, Ramón del diablo, ¿te ha embotado el licor la
garganta?; estás más soso que una ensalada de tomates.
Ramón tomó la guitarra y cantó:
Cuando la novia va a misa
y yo la llego a encontrar,
toda mi dicha es besar
la dura tierra que pisa.
Habiendo sucedido a esta copla otra que verdeaba, la tía María se acercó
a Stein y le dijo:
--Don Federico, el vino empieza a explicarse; son las doce de la noche,
los chiquillos están solos en casa con Momo y fray Gabriel, y me temo
que Manuel empine el codo más de lo regular; el tío Pedro se ha dormido
en un rincón, y no creo que sería malo tocar la retirada. Los burros
están aparejados. ¿Quiere usted que nos despidamos a la francesa?
Un momento después, las tres mujeres cabalgaban sobre sus burras hacia
el convento. Los hombres las acompañaban a pie, entre tanto que Ramón,
en un arrebato de celos y despecho, al ver partir a los novios,
rasgueando la guitarra con unos bríos insólitos, berreaba más bien que
cantaba la siguiente copla:
Tú me diste calabazas,
me las comí con tomates;
mas bien quiero calabazas
que no entrar en tu linaje.
--¡Qué hermosa noche!--decía Stein a su mujer, alzando los ojos al
cielo--. ¡Mira ese cielo estrellado, mira esa luna en todo su lleno,
como yo estoy en el lleno de mi dicha! ¡Como mi corazón, nada le falta
ni nada echa de menos!
--¡Y yo que me estaba divirtiendo tanto!--respondió María impaciente--;
no sé por qué dejamos tan temprano la fiesta.
--Tía María--decía Pedro Santaló a la buena anciana--, ahora sí que
podemos morir en paz.
--Es cierto--respondió esta--; pero también podemos vivir contentos, y
esto es mejor.
--¿Es posible que no sepas contenerte, cuando tomas el vaso en la
mano?--decía Dolores a su marido--. Cuando sueltas las velas, no hay
cable que te sujete.
--¡Caramba!--replicó Manuel--. Si me he venido, ¿qué más quieres? Si
hablas una palabra más, viro de bordo, y me vuelvo a la fiesta.
Distinguíanse aún los cantos de los bebedores.
--¡Viva la Mancha que da vino en lugar de agua!
Dolores calló, temerosa de que Manuel realizase su amenaza.
--José--dijo Manuel a su cuñado, que también era de la comitiva--, ¿está
la luna llena?
--Por supuesto que sí--repuso el pastor--. ¿No le ves lo que le está
saliendo del ojo?, ¿a que no sabes lo que es?
--Será una lágrima--dijo Manuel riendo.
--No es sino un hombre.
--¡Un hombre!--exclamó Dolores plenamente convencida de lo que decía su
hermano--. ¿Y quién es ese hombre?
--No sé--respondió el pastor--; pero sé como se llama.
--¿Y cómo se llama?--preguntó Dolores.
--Se llama Venus--repuso José.
Manuel soltó la carcajada. Había bebido más de lo regular, y tenía el
vino alegre, como suele decirse.
--Don Federico--dijo Manuel--, ¿quiere usted que le dé un consejo, como
más antiguo en la cofradía?
--Calla, por Dios, Manuel--le dijo Dolores.
--¿Quieres dejarme en paz?, si no, vuelvo la grupa.
Oiga usted, don Federico. En primer lugar, a la mujer y al perro, el pan
en una mano y el palo en la otra.
--Manuel--repitió Dolores.
--¿Me dejas en paz, o me vuelvo?--contestó Manuel; Dolores calló.
--Don Federico--prosiguió Manuel--, casamiento y señorío, ni quieren
fuerza ni quieren brío.
--Hazme el favor de callar, Manuel--le interrumpió su madre.
--También es fuerte cosa--gruñó Manuel--. No parece sino que estamos
asistiendo a un entierro.
--¿No sabes, Manuel--observó el pastor--, que a don Federico no le
gustan esas chanzas?
--Don Federico--dijo Manuel, despidiéndose de los novios, que seguían
hacia la choza--, cuando usted se arrepienta de lo que acaba de hacer,
nos juntaremos y cantaremos a dos voces la misma letra.
Y siguió hacia el convento, oyéndose en el silencio de la noche su clara
y buena voz, que cantaba:
Mi mujer y mi caballo,
se me murieron a un tiempo.
¡Qué mujer ni qué demonio!
Mi caballo es lo que siento.
--Vete a acostar, Manuel, y _liberal_--le dijo su madre cuando llegaron.
--De eso cuidará mi mujer--respondió este--. ¿No es verdad, morena?
--Lo que yo quisiera es que estuvieses dormido ya--contestó Dolores.
--¡Mentira! ¡Cómo habías tú de querer guardarte en el buche el sermón
sin paño, que me tengo que zampar yo, entre duerme y vela, si he de
dormir en cama! ¡Fácil era!
--¿Y no sabes tú taparle la boca?--le dijo riendo su cuñado.
--Oye, José--contestó Manuel--, ¿has hallado tú entre las breñas o
cuevas del campo lo que a una mujer pueda tapar la boca? Mira que si lo
has hallado no faltará quien te lo compre a peso de oro; por esos mundos
no lo he encontrado ni conocido en la vida de Dios. Y se puso a cantar:
Más fácil es apagarle
sus rayos al sol que abrasa,
que atajarle la sin hueso
a una mujer enojada.
No sirve el halago,
ni tampoco el palo,
ni sirve ser bueno,
ni sirve ser malo.