Un mes después de las escenas que acabamos de referir, _Marisalada_ se
hallaba con notable alivio y no demostraba el menor deseo de volverse
con su padre.
Stein estaba completamente restablecido. Su índole benévola, sus
modestas inclinaciones, sus naturales simpatías le apegaban cada día más
al pacífico círculo de gentes buenas, sencillas y generosas en que
vivía. Disipábase gradualmente su amargo desaliento y su alma revivía y
se reconciliaba cordialmente con la existencia y con los hombres.
Una tarde, apoyado en el ángulo del convento que hacía frente al mar,
observaba el grandioso espectáculo de uno de los temporales que suelen
inaugurar el invierno. Una triple capa de nubes pasaba por cima de él,
rápidamente impelida por el vendaval. Las más bajas, negras y pesadas
parecían la vetusta cúpula de una ruinosa catedral que amenazase
desplomarse. Cuando caían al suelo desgajándose en agua, veíase la
segunda capa, menos sombría y más ligera, que era la que desafiaba en
rapidez al viento que la desgarraba, descubriéndose por sus aberturas
otras nubes más altas y más blancas que corrían aún más deprisa, como si
temiesen mancillar su albo ropaje al rozarse con las otras. Daban paso
estos intersticios a unas súbitas ráfagas de claridad, que unas veces
caían sobre las olas y otras sobre el campo, desapareciendo en breve,
reemplazadas por la sombra de otras mustias nubes, cuyas alternativas de
luz y de sombra daban extraordinaria animación al paisaje. Todo ser
viviente había buscado un refugio contra el furor de los elementos y no
se oía sino el lúgubre dúo del mugir de las olas y del bramido del
huracán. Las plantas de la dehesa doblaban sus ásperas cimas a la
violencia del viento, que después de azotarlas, iba a perderse a lo
lejos con sordas amenazas. La mar agitada formaba esas enormes olas, que
gradualmente, se «hinchan, vacilan y revientan mugientes y espumosas»,
según la expresión de Goethe, cuando las compara en su _Torcuato Tasso_
con la ira en el pecho del hombre. La reventazón rompía con tal furor en
las rocas del fuerte de San Cristóbal, que salpicaba de copos de blanca
espuma las hojas secas y amarillentas de las higueras, árbol del estío,
que no se place sino a los rayos de un sol ardiente, y cuyas hojas, a
pesar de su tosco exterior, no resisten al primer golpe frío que las
hiere.
--¿Es usted un aljibe, don Federico, para querer recoger toda el agua
que cae del cielo?--preguntó a Stein el pastor José--; colemos adentro,
que los tejados se hicieron para estas noches. Algo darían mis pobres
ovejas por el amparo de unas tejas.
Entraron ambos, en efecto, hallando a la familia de Alerza reunida a la
lumbre.
A la izquierda de la chimenea, Dolores, sentada en una silla baja,
sostenía en el brazo al niño de pecho, el cual, vuelto de espaldas a su
madre, se apoyaba en el brazo que le rodeaba y sostenía, como en el
barandal de un balcón, moviendo sin cesar sus piernecitas y sus bracitos
desnudos, con risas y chillidos de alegría, dirigidos a su hermano
_Anís_; este, muy gravemente sentado en el borde de una maceta vacía,
frente al fuego, se mantenía tieso e inmóvil, temeroso de que su parte
posterior perdiese el equilibrio y se hundiese en el tiesto, percance
que su madre le había vaticinado.
La tía María estaba hilando al lado derecho de la chimenea; sus dos
nietecitas, sentadas sobre troncos de pita secos, que son excelentes
asientos, ligeros, sólidos y seguros. Casi debajo de la campana de la
chimenea, dormían el fornido _Palomo_ y el grave _Morrongo_, tolerándose
por necesidad, pero manteniéndose ambos recíprocamente a respetuosa
distancia.
En medio de la habitación había una mesa pequeña y baja, en la que ardía
un velón de cuatro mecheros; junto a la mesa estaban sentados el
hermano Gabriel, haciendo sus espuertas de palma; Momo, que remendaba el
aparejo de la buena _Golondrina_, y Manuel, que picaba tabaco. Hervía al
fuego un perol lleno de batatas de Málaga, vino blanco, miel, canela y
clavos; y la familia menuda aguardaba con impaciencia que la perfumada
compota acabase de cocer.
--¡Adelante, adelante!--gritó la tía María al ver llegar a su huésped y
al pastor--; ¿qué hacen ustedes ahí fuera, con un temporal como este,
que parece se quiere tragar el mundo? Don Federico, aquí, aquí; junto al
fuego, que está convidando. Sepa usted que la enferma ha cenado como
una princesa y ahora está durmiendo como una reina. Va como la espuma su
cura, ¿no es verdad, don Federico?
--Su mejoría sobrepuja mis esperanzas.
--Mis caldos--opinó con orgullo la tía María
--Y la leche de burra--añadió por lo bajo fray Gabriel.
--No hay duda--repuso Stein--, y debe seguir tomándola.
--No me opongo--dijo--la tía María--, porque la tal leche de burra es
como el _redaño_; si no hace bien, no hace daño.
--¡Ah!, ¡qué bien se está aquí!--dijo Stein acariciando a los niños--;
¡si se pudiese vivir pensando sólo en el día de hoy, sin acordarse del
de mañana!...
--Sí, sí, don Federico--exclamó alegremente Manuel--, «media vida es la
candela; pan y vino, la otra media».
--¿Y qué necesidad tiene usted de pensar en ese mañana?--repuso la tía
María--. ¿Es regular que el día de mañana nos amargue el de hoy? De lo
que tenemos que cuidar es del hoy, para que no nos amargue el de mañana.
--El hombre es un viajero--dijo Stein--y tiene que mirar al camino.
--Cierto--dijo la tía María--que el hombre es un viajero; pero si llega
a un lugar donde se encuentra bien, debe decir como Elías o como San
Pedro, que no estoy cierta: «bien estamos aquí: armemos las tiendas».
--Si va usted a echarnos a perder la noche--dijo Dolores--con hablar de
viaje, creeremos que le hemos ofendido o que no está aquí a gusto.
--¿Quién habla de viajes en mitad de diciembre?--preguntó Manuel--. ¿No
ve usted, santo señor, los humos que tiene la mar? Escuche usted las
seguidillas que está cantando el viento. Embárquese usted con este
tiempo, como se embarcó en la guerra de Navarra, y saldrá con las manos
en la cabeza, como salió entonces.
--Además--añadió la tía María--, que todavía no está enteramente curada
la enferma.
--Madre--dijo Dolores, sitiada por los niños--, si no llama usted a esas
criaturas, no se cocerán las batatas de aquí al día del juicio.
La abuela arrimó la rueca a un rincón y llamó a sus nietos.
--No vamos--respondieron a una voz--si no nos cuenta usted un cuento.
--Vamos, lo contaré--dijo la buena anciana.
Entonces los muchachos se le acercaron; _Anís_ recobró su posición en el
tiesto y ella tomó la palabra en los términos siguientes: