Capítulo IX

Un mes después de las escenas que acabamos de referir, _Marisalada_ se

hallaba con notable alivio y no demostraba el menor deseo de volverse

con su padre.

Stein estaba completamente restablecido. Su índole benévola, sus

modestas inclinaciones, sus naturales simpatías le apegaban cada día más

al pacífico círculo de gentes buenas, sencillas y generosas en que

vivía. Disipábase gradualmente su amargo desaliento y su alma revivía y

se reconciliaba cordialmente con la existencia y con los hombres.

Una tarde, apoyado en el ángulo del convento que hacía frente al mar,

observaba el grandioso espectáculo de uno de los temporales que suelen

inaugurar el invierno. Una triple capa de nubes pasaba por cima de él,

rápidamente impelida por el vendaval. Las más bajas, negras y pesadas

parecían la vetusta cúpula de una ruinosa catedral que amenazase

desplomarse. Cuando caían al suelo desgajándose en agua, veíase la

segunda capa, menos sombría y más ligera, que era la que desafiaba en

rapidez al viento que la desgarraba, descubriéndose por sus aberturas

otras nubes más altas y más blancas que corrían aún más deprisa, como si

temiesen mancillar su albo ropaje al rozarse con las otras. Daban paso

estos intersticios a unas súbitas ráfagas de claridad, que unas veces

caían sobre las olas y otras sobre el campo, desapareciendo en breve,

reemplazadas por la sombra de otras mustias nubes, cuyas alternativas de

luz y de sombra daban extraordinaria animación al paisaje. Todo ser

viviente había buscado un refugio contra el furor de los elementos y no

se oía sino el lúgubre dúo del mugir de las olas y del bramido del

huracán. Las plantas de la dehesa doblaban sus ásperas cimas a la

violencia del viento, que después de azotarlas, iba a perderse a lo

lejos con sordas amenazas. La mar agitada formaba esas enormes olas, que

gradualmente, se «hinchan, vacilan y revientan mugientes y espumosas»,

según la expresión de Goethe, cuando las compara en su _Torcuato Tasso_

con la ira en el pecho del hombre. La reventazón rompía con tal furor en

las rocas del fuerte de San Cristóbal, que salpicaba de copos de blanca

espuma las hojas secas y amarillentas de las higueras, árbol del estío,

que no se place sino a los rayos de un sol ardiente, y cuyas hojas, a

pesar de su tosco exterior, no resisten al primer golpe frío que las

hiere.

--¿Es usted un aljibe, don Federico, para querer recoger toda el agua

que cae del cielo?--preguntó a Stein el pastor José--; colemos adentro,

que los tejados se hicieron para estas noches. Algo darían mis pobres

ovejas por el amparo de unas tejas.

Entraron ambos, en efecto, hallando a la familia de Alerza reunida a la

lumbre.

A la izquierda de la chimenea, Dolores, sentada en una silla baja,

sostenía en el brazo al niño de pecho, el cual, vuelto de espaldas a su

madre, se apoyaba en el brazo que le rodeaba y sostenía, como en el

barandal de un balcón, moviendo sin cesar sus piernecitas y sus bracitos

desnudos, con risas y chillidos de alegría, dirigidos a su hermano

_Anís_; este, muy gravemente sentado en el borde de una maceta vacía,

frente al fuego, se mantenía tieso e inmóvil, temeroso de que su parte

posterior perdiese el equilibrio y se hundiese en el tiesto, percance

que su madre le había vaticinado.

La tía María estaba hilando al lado derecho de la chimenea; sus dos

nietecitas, sentadas sobre troncos de pita secos, que son excelentes

asientos, ligeros, sólidos y seguros. Casi debajo de la campana de la

chimenea, dormían el fornido _Palomo_ y el grave _Morrongo_, tolerándose

por necesidad, pero manteniéndose ambos recíprocamente a respetuosa

distancia.

En medio de la habitación había una mesa pequeña y baja, en la que ardía

un velón de cuatro mecheros; junto a la mesa estaban sentados el

hermano Gabriel, haciendo sus espuertas de palma; Momo, que remendaba el

aparejo de la buena _Golondrina_, y Manuel, que picaba tabaco. Hervía al

fuego un perol lleno de batatas de Málaga, vino blanco, miel, canela y

clavos; y la familia menuda aguardaba con impaciencia que la perfumada

compota acabase de cocer.

--¡Adelante, adelante!--gritó la tía María al ver llegar a su huésped y

al pastor--; ¿qué hacen ustedes ahí fuera, con un temporal como este,

que parece se quiere tragar el mundo? Don Federico, aquí, aquí; junto al

fuego, que está convidando. Sepa usted que la enferma ha cenado como

una princesa y ahora está durmiendo como una reina. Va como la espuma su

cura, ¿no es verdad, don Federico?

--Su mejoría sobrepuja mis esperanzas.

--Mis caldos--opinó con orgullo la tía María

--Y la leche de burra--añadió por lo bajo fray Gabriel.

--No hay duda--repuso Stein--, y debe seguir tomándola.

--No me opongo--dijo--la tía María--, porque la tal leche de burra es

como el _redaño_; si no hace bien, no hace daño.

--¡Ah!, ¡qué bien se está aquí!--dijo Stein acariciando a los niños--;

¡si se pudiese vivir pensando sólo en el día de hoy, sin acordarse del

de mañana!...

--Sí, sí, don Federico--exclamó alegremente Manuel--, «media vida es la

candela; pan y vino, la otra media».

--¿Y qué necesidad tiene usted de pensar en ese mañana?--repuso la tía

María--. ¿Es regular que el día de mañana nos amargue el de hoy? De lo

que tenemos que cuidar es del hoy, para que no nos amargue el de mañana.

--El hombre es un viajero--dijo Stein--y tiene que mirar al camino.

--Cierto--dijo la tía María--que el hombre es un viajero; pero si llega

a un lugar donde se encuentra bien, debe decir como Elías o como San

Pedro, que no estoy cierta: «bien estamos aquí: armemos las tiendas».

--Si va usted a echarnos a perder la noche--dijo Dolores--con hablar de

viaje, creeremos que le hemos ofendido o que no está aquí a gusto.

--¿Quién habla de viajes en mitad de diciembre?--preguntó Manuel--. ¿No

ve usted, santo señor, los humos que tiene la mar? Escuche usted las

seguidillas que está cantando el viento. Embárquese usted con este

tiempo, como se embarcó en la guerra de Navarra, y saldrá con las manos

en la cabeza, como salió entonces.

--Además--añadió la tía María--, que todavía no está enteramente curada

la enferma.

--Madre--dijo Dolores, sitiada por los niños--, si no llama usted a esas

criaturas, no se cocerán las batatas de aquí al día del juicio.

La abuela arrimó la rueca a un rincón y llamó a sus nietos.

--No vamos--respondieron a una voz--si no nos cuenta usted un cuento.

--Vamos, lo contaré--dijo la buena anciana.

Entonces los muchachos se le acercaron; _Anís_ recobró su posición en el

tiesto y ella tomó la palabra en los términos siguientes:

La gaviota · 第 15 / 44 题