Al día siguiente, caminaba la tía María hacia la habitación de la
enferma, en compañía de Stein y de Momo, escudero pedestre de su abuela,
la cual iba montada en la formal _Golondrina_, que siempre servicial,
mansa y dócil, caminaba derecha, con la cabeza caída y las orejas
gachas, sin hacer un solo movimiento espontáneo, excepto si se
encontraba con un cardo, su homónimo, al alcance de su hocico.
Llegados que fueron, se sorprendió Stein de hallar en medio de aquella
uniforme comarca, de tan grave y seca naturaleza, un lugar frondoso y
ameno, que era como un oasis en el desierto.
Abríase paso la mar por entre dos altas rocas, para formar una pequeña
ensenada circular, en forma de herradura, que estaba rodeada de finísima
arena y parecía un plato de cristal puesto sobre una mesa dorada.
Algunas rocas se asomaban tímidamente entre la arena, como para brindar
con asientos y descanso en aquella tranquila orilla. A una de estas
rocas estaba amarrada la barca del pescador, balanceándose al empuje de
la marea, cual se impacienta el corcel que han sujetado.
Sobre el peñasco del frente descollaba el fuerte de San Cristóbal,
coronado por las copas de higueras silvestres, como lo está un viejo
druida por hojas de encina.
A pocos pasos de allí descubrió Stein un objeto que le sorprendió mucho.
Era una especie de jardín subterráneo, de los que llaman en Andalucía
_navazos_. Fórmanse estos excavando la tierra hasta cierta profundidad y
cultivando el fondo con esmero. Un cañaveral de espeso y fresco follaje
circundaba aquel enterrado huerto, dando consistencia a los planos
perpendiculares que le rodeaban con su fibrosa raigambre y preservándolo
con sus copiosos y elevados tallos contra las irrupciones de la arena.
En aquella hondura, no obstante la proximidad de la mar, la tierra
produce sin necesidad de riego abundantes y bien sazonadas legumbres;
porque el agua del mar, filtrándose por espesas capas de arenas, se
despoja de su acritud y llega a las plantas adaptable para su
alimentación. Las sandías de los navazos, en particular, son exquisitas,
y algunas de ellas de tales dimensiones que bastan dos para la carga de
una caballería mayor.
--¡Vaya si está hermoso el navazo del tío Pedro!--dijo la tía María--.
No parece sino que lo riega con agua bendita. El pobrecito siempre está
trabajando; pero bien le luce. Apuesto a que coge hogaño tomates como
naranjas y sandías como ruedas de molino.
--Mejores han de ser--repuso Momo--las que acá cojamos en el cojumbral
de la orilla del río.
Un _cojumbral_ es el plantío de melones, maíz y legumbres sembrado en un
terreno húmedo, que el dueño del cortijo suele ceder gratuitamente a las
gentes del campo pobres, que cultivándolo, lo benefician.
--A mí no me hacen gracia los cojumbrales--contestó la abuela meneando
la cabeza.
--¿Pues acaso no sabe usted, señora--replicó Momo--, lo que dice el
refrán, que «un cojumbral da dos mil reales, una capa, un cochino gordo
y un chiquillo más a su dueño».
--Te se olvidó la cola--repuso la tía María--, que es «un año de
tercianas», las cuales se tragan las otras ganancias, menos la del hijo.
El pescador había construido la cabaña con los despojos de su barca, que
el mar había arrojado a la playa. Había apoyado el techo en la peña y
cobijaba este una especie de gradería natural que formaba la roca, lo
que hacía que la habitación tuviese tres pisos. El primero se componía
de una pieza alta, bastante grande para servir de sala, cocina,
gallinero y establo de invierno para la burra. El segundo, al cual se
subía por unos escalones abiertos a pico en la roca, se componía de dos
cuartitos. En el de la izquierda, sombrío y pegado a la peña, dormía el
tío Pedro; el de la derecha era el de su hija, que gozaba del privilegio
exclusivo de una ventanita que había servido en el barco y que daba
vista a la ensenada. El tercer piso, al que conducía el pasadizo que
separaba los cuartitos del padre y de su hija, lo formaba un oscuro y
ahogado desván. El techo, que como hemos dicho se apoyaba en la roca,
era horizontal y hecho de enea, cuya primera capa, podrida por las
lluvias, producía una selva de yerbas y florecillas, de manera que
cuando en otoño, con las aguas, resucitaba allí la naturaleza de los
rigores del verano, la choza parecía techada con un pensil.
Cuando los recién venidos entraron en la cabaña, encontraron al pescador
triste y abatido, sentado a la lumbre, frente de su hija, que con el
cabello desordenado y colgando a ambos lados de su pálido rostro,
encogida y tiritando, envolvía sus desordenados miembros en un
toquillón de bayeta parda. No parecía tener arriba de trece años. La
enferma fijó sus grandes y ariscos ojos negros en las personas que
entraban, con una expresión poco benévola, volviendo en seguida a
acurrucarse en el rincón del hogar.
--Tío Pedro--dijo la tía María--, usted se olvida de sus amigos; pero
ellos no se olvidan de usted. ¿Me querrá usted decir para qué le dio el
Señor la boca? ¿No hubiera usted podido venir a decirme que la niña
estaba mala? Si antes me lo hubiese usted dicho, antes hubiese yo venido
aquí con el señor, que es un médico de los pocos, y que en un dos por
tres se la va a usted a poner buena.
Pedro Santaló se levantó bruscamente, se adelantó hacia Stein; quiso
hablarle; pero de tal suerte estaba conmovido, que no pudo articular
palabra y se cubrió el rostro con las manos.
Era un hombre de edad, de aspecto tosco y formas colosales. Su rostro
tostado por el sol, estaba coronado por una espesa y bronca cabellera
cana; su pecho, rojo como el de los indios del Ohio, estaba cubierto de
vello.
--Vamos, tío Pedro--siguió la tía María, cuyas lágrimas corrían hilo a
hilo por sus mejillas, al ver el desconsuelo del pobre padre--; ¡un
hombre como usted, tamaño como un templo, con un aquel que parece que se
va a comer los niños crudos, se amilana así sin razón! ¡Vaya! ¡Ya veo
que es usted todo fachada!
--¡Tía María!--respondió en voz apagada el pescador--, ¡con esta serán
cinco hijos enterrados!
--¡Señor!, ¿y por qué se ha de descorazonar usted de esta manera?
Acuérdese usted del santo de su nombre, que se hundió en la mar cuando
le faltó la fe que le sostenía. Le digo a usted que con el favor de
Dios, don Federico curará a la niña en un decir Jesús.
El tío Pedro meneó tristemente la cabeza.
--¡Qué cabezones son estos catalanes!--dijo la tía María con viveza, y
pasando por delante del pescador, se acercó a la enferma y añadió:
--Vamos, _Marisalada_, vamos, levántate, hija, para que este señor
pueda examinarte.
_Marisalada_ no se movió.
--Vamos, criatura--repitió la buena mujer--; verás cómo te va a curar
como por ensalmo.
Diciendo estas palabras, cogió por un brazo a la niña, procurando
levantarla.
--¡No me da la gana!--dijo la enferma, desprendiéndose de la mano que
la retenía, con una fuerte sacudida.
--Tan suavita es la hija como el padre; quien lo hereda no lo
hurta--murmuró Momo, que se había asomado a la puerta.
--Como está mala, está impaciente--dijo su padre, tratando de
disculparla.
_Marisalada_ tuvo un golpe de tos. El pescador se retorció las manos de
angustia.
--Un resfriado--dijo la tía María--; vamos que eso no es cosa del otro
jueves. Pero también, tío Pedro de mis pecados, ¿quién consiente en que
esa niña, con el frío que hace, ande descalza de pies y piernas por esas
rocas y esos ventisqueros?
--¡Quería!--respondió el tío Pedro.
--¿Y por qué no se le dan alimentos sanos, buenos caldos, leche, huevos?
Y no que lo que come no son más que mariscos.
--¡No quiere!--respondió con desaliento el padre.
--Morirá de mal mandada--opinó Momo, que se había apoyado cruzado de
brazos en el quicio de la puerta.
--¿Quieres meterte la lengua en la faltriquera?--le dijo impaciente su
abuela; y volviéndose a Stein--; don Federico, procure usted examinarla
sin que tenga que moverse, pues no lo hará aunque la maten.
Stein empezó por preguntar al padre algunos pormenores sobre la
enfermedad de su hija; acercándose después a la paciente, que estaba
amodorrada, observó que sus pulmones se hallaban oprimidos en la
estrecha cavidad que ocupaban, y estaban irritados de resultas de la
opresión. El caso era grave. Tenía una gran debilidad por falta de
alimentos, tos honda y seca y calentura continua; en fin, estaba en
camino de la consunción.
--¿Y todavía le da por cantar?--preguntó la anciana durante el examen.
--Cantará crucificada como los _murciégalos_--dijo Momo, sacando la
cabeza fuera de la puerta para que el viento se llevase sus suaves
palabras y no las oyese su abuela.
--Lo primero que hay que hacer--dijo Stein--es impedir que esta niña se
exponga a la intemperie.
--¿Lo estás oyendo?--dijo a la niña su angustiado padre.
--Es preciso--continuó Stein--que gaste calzado y ropa de abrigo.
--¡Si no quiere!--exclamó el pescador, levantándose precipitadamente y
abriendo un arca de cedro, de la que sacó cantidad de prendas de
vestir--. Nada le falta; ¡cuanto tengo y puedo juntar, es para ella!
María, hija, ¿te pondrás estas ropas? ¡Hazlo por Dios, Mariquilla!, ya
ves que lo manda el médico.
La muchacha, que se había despabilado con el ruido que había hecho su
padre, lanzó una mirada díscola a Stein, diciendo con voz áspera:
--¿Quién me gobierna a mí?
--No me dieran a mí más trabajo que ese y una vara de acebuche--murmuró
Momo.
--Es preciso--prosiguió Stein--alimentarla bien, y que tome caldos
sustanciosos.
La tía María hizo un gesto expresivo de aprobación.
--Debe nutrirse con leche, pollos, huevos frescos y cosas análogas.
--¡Cuando yo le decía a usted--prorrumpió la abuelita encarándose con el
tío Pedro--que el señor es el mejor médico del mundo entero!
--Cuidado que no cante--advirtió Stein.
--¡Que no vuelva yo a oírla!--exclamó con dolor el pobre tío Pedro.
--¡Pues mira qué desgracia!--contestó la tía María--. Deje usted que se
ponga buena, y entonces podrá cantar de día y de noche como un reloj.
Pero estoy pensando que lo mejor será que yo me la lleve a mi casa,
porque aquí no hay quien la cuide ni quien haga un buen puchero, como lo
sé yo hacer.
--Lo sé por experiencia--dijo Stein sonriéndose--; y puedo asegurar que
el caldo hecho por manos de mi buena enfermera, se le puede presentar a
un rey.
La tía María se esponjó tan satisfecha.
--Conque, tío Pedro, no hay más que hablar; me la llevo.
--¡Quedarme sin ella! ¡No, no puede ser!
--Tío Pedro, tío Pedro, no es esa la manera de querer a los
hijos--replicó la tía María--; el amar a los hijos es anteponer a todo
lo que a ellos conviene.
--Pues bien está--repuso el pescador levantándose de repente--;
llévesela usted: en sus manos la pongo, al cuidado de ese señor la
entrego y al amparo de Dios la encomiendo.
Diciendo esto, salió precipitadamente de la casa, como si temiese
volverse atrás de su determinación; y fue a aparejar su burra.
--Don Federico--preguntó la tía María, cuando quedaron solos con la
niña, que permanecía aletargada--, ¿no es verdad que la pondrá usted
buena con la ayuda de Dios?
--Así lo espero--contestó Stein--, ¡no puedo expresar a usted cuánto me
interesa ese pobre padre!
La tía María hizo un lío de ropa que el pescador había sacado, y este
volvió trayendo del diestro la bestia. Entre todos colocaron encima a la
enferma, la que, siguiendo amodorrada con la calentura, no opuso
resistencia. Antes que la tía María se subiese en _Golondrina_, que
parecía bastante satisfecha de volverse en compañía de _Urca_ (que tal
era _la gracia_ de la burra del tío Pedro), este llamó aparte a la tía
María, y le dijo dándole unas monedas de oro:
--Esto pude escapar de mi naufragio; tómelo usted y déselo al médico,
que cuanto yo tengo es para quien salve la vida de mi hija.
--Guarde usted su dinero--respondió la tía María--y sepa que el doctor
ha venido aquí en primer lugar por Dios, y en segundo..., por mí--la tía
María dijo estas últimas palabras con un ligero tinte de fatuidad.
Con esto, se pusieron en camino.
--No ha de parar usted, madre abuela--dijo Momo, que caminaba detrás de
_Golondrina_--, hasta llenar de gentes el convento, tan grande como es.
Y qué, ¿no es bastante buena la choza para la principesa _Gaviota_?
--Momo--respondió su abuela--, métete en tus calzones: ¿estás?
--Pero ¿qué tiene usted que ver ni qué le toca esa gaviota montaraz para
que asina la tome a su cargo, señora?
--Momo, dice el refrán, «¿quién es tu hermana?, la vecina más cercana»;
y otro añade: «al hijo del vecino quitarle el moco y meterlo en casa», y
la sentencia reza: «al prójimo como a ti mismo».
--Otro hay que dice, al prójimo contra una esquina--repuso Momo--.
¡Pero nada!, usted se ha encalabrinado en ganarle la palmeta a San Juan
de Dios.
--No serás tú el ángel que me ayude--dijo con tristeza la tía María.
Dolores recibió a la enferma con los brazos abiertos, celebrando como
muy acertada la determinación de su suegra.
Pedro Santaló, que había llevado a su hija, antes de volverse, llamó
aparte a la caritativa enfermera y, poniéndole las monedas de oro en la
mano, le dijo:
--Esto es para costear la asistencia y para que nada le falte. En cuanto
a la caridad de usted, tía María, Dios será el premio.
La buena anciana vaciló un instante, tomó el dinero y dijo:
--Bien está; nada le faltará; vaya usted descuidado, tío Pedro, que su
hija queda en buenas manos.
El pobre padre salió aceleradamente y no se detuvo hasta llegar a la
playa. Allí se paró, volvió la cara hacia el convento y se echó a llorar
amargamente.
Entre tanto, la tía María decía a Momo:
--Menéate, ves al lugar y tráeme un jamón de en casa del Serrano, que me
hará el favor de dártelo añejo, en sabiendo que es para un enfermo;
tráete una libra de azúcar y una cuarta de almendras.
--¡Eche usted y no se derrame!--exclamó Momo--, y eso, ¿piensa usted que
me lo den fiado, o por mi buena cara?
--Aquí tienes con que pagar--repuso la abuela, poniéndole en la mano una
moneda de oro de cuatro duros.
--¡Oro!--exclamó estupefacto Momo, que por primera vez en su vida veía
ese metal acuñado--. ¿De dónde demonios ha sacado usted esa moneda?
--¿Qué te importa?--repuso la tía María--; no te metas en camisa de once
varas. Corre, vuela, ¿estás de vuelta?
--¡Pues sólo faltaba--repuso Momo--el que sirviese yo de criado a esa
pilla de playa, a esa condenada _Gaviota_! No voy, ni por los catalanes.
--Muchacho, ponte en camino, y _liberal_[13].
[Nota 13: Es decir: pronto, ve de prisa.]
--Que no voy ni hecho trizas--recalcó Momo.
--José--dijo la tía María al ver salir al pastor--, ¿vas al lugar?
--Sí, señora, ¿qué me tiene usted que mandar?
Hízole la buena mujer sus encargos y añadió:
--Ese Momo, ese mal alma, no quiere ir, y yo no se lo quiero decir a su
padre, que le haría ir de cabeza, porque llevaría una soba tal, que no
le había de quedar en su cuerpo hueso sano.
--Sí, sí, esmérese usted en cuidar a esa cuerva, que le sacará los
ojos--dijo Momo--. ¡Ya verá el pago que le da!, y si no..., al tiempo.