LIBRO XXIV.

Hínchanse las velas, levantan las anclas, y la tierra empieza a huir

al parecer de su vista. Percibe de lejos el experimentado piloto los

montes de Léucade, cuyas cimas se ocultan entre un torbellino de

heladas escarchas, y los Acroceraunios, que ostentan su orgullosa

frente humillada tantas veces por el rayo celeste.

Durante la navegación decía Telémaco a Méntor: Ahora me parece

comprendo las máximas de gobierno que me habéis explicado. Parecíanme

un sueño al principio; mas poco a poco se van desarrollando en mi

entendimiento, presentándose con claridad, a la manera que todos los

objetos aparecen sombríos y en confusión al amanecer y cuando brillan

los primeros crepúsculos de la aurora, y saliendo de un caos al lucir

la luz que crece insensiblemente, se les distingue dándoles las figuras

y colores naturales. Estoy bien persuadido de que lo esencial en el que

gobierna es distinguir los diferentes caracteres del entendimiento

para elegir y aplicar a cada uno según sus talentos; pero réstame saber

de qué manera puede conocerse a los hombres.

Es preciso estudiarlos para conocerlos, respondió Méntor; y para

conocerlos, verlos y tratarlos. Los reyes deben hablar con los

súbditos, consultarlos, experimentarlos en los empleos de poca

importancia, de los cuales hagan les den cuenta para cerciorarse de

si son capaces de otros más elevados. ¿Cómo es, mi querido Telémaco,

que en Ítaca adquiristeis conocimientos de las buenas o malas

propiedades de los caballos? A fuerza de observarlos y observar sus

defectos o perfecciones junto a gente experimentada. Del mismo modo

llegaréis insensiblemente en lo posible a conocer las buenas o malas

cualidades de los hombres, hablando con los sabios y virtuosos que por

largo tiempo hayan estudiado sus caracteres. ¿Quién os ha enseñado

a distinguir los poetas buenos de los malos? La frecuente lectura y

las reflexiones de personas que conocen la poesía. ¿Por qué medios

habéis adquirido discernimiento en la música? Aplicándoos a observar

varios músicos. ¿Cómo podrá esperarse gobernar bien a los hombres sin

conocerlos? ¿Y cómo se llegará a conocerlos no habiendo vivido jamás

con ellos? Porque no es vivir con ellos verlos en público, cuando solo

dicen cosas indiferentes o preparadas con estudio, sino tratarlos

en particular, extraer del fondo de sus corazones los secretos que

encierran, tantearlos y sondearlos para descubrir sus máximas. Mas

para juzgar de ellos perfectamente, ha de conocerse primero lo que

deben ser, y el mérito sólido y verdadero, para distinguir a los que le

tienen de los que carecen de él.

Sin conocer el mérito y la virtud, se habla continuamente de uno y

otro, que para la mayor parte de los hombres no son otra cosa que

palabras que se honran de pronunciar a toda hora. Pero es preciso tener

principios ciertos de justicia, de razón y de virtud para conocer al

justo y virtuoso, y poseer las máximas de un gobierno sabio y bueno

para distinguir al que las profesa del que se aleja de ellas por medio

de sutilezas ingeniosas. Por último, para pesar muchos cuerpos es

indispensable un peso fijo; y para juzgar, principios constantes a que

se reduzcan todos nuestros juicios, y penetrar con exactitud el objeto

de la vida humana y qué fin se debe buscar al gobernar a los hombres.

Este objeto único, esencial, es no apetecer jamás la autoridad y el

poder para sí; porque en este caso arrastrará la ambición a satisfacer

el orgullo tiránico; sino sacrificarse a las infinitas penalidades del

gobierno para hacer al hombre bueno y feliz. De otro modo se camina

a ciegas por la senda de la vida, entregándose a la casualidad, a la

manera que el bajel surca los mares sin piloto, sin consultar los

astros, y desconociendo las inmediatas costas: necesariamente ha de

naufragar.

Por ignorar muchas veces los príncipes en qué consiste la verdadera

virtud, ignoran también lo que deben buscar entre los hombres. A sus

ojos se presenta la verdadera virtud con cierta aspereza; les parece

demasiado austera e independiente; les espanta y disgusta, y dan oídos

a la lisonja: desde este momento ya no pueden hallar sinceridad ni

virtud, y corren en pos de un fantasma de falsa gloria que les hace

indignos de la verdadera. En breve se acostumbran a juzgar que no

existe virtud sólida sobre la tierra; pues así como el bueno conoce al

malo, desconoce este a aquel y no se persuade de que exista ninguno.

Tales príncipes solo saben desconfiar de todos; se ocultan, se aíslan,

envidian las cosas de menor importancia, y a todos temen mientras de

todos son temidos. Huyen la luz, procurando no aparecer cuales son:

sin embargo, aspirando a no ser conocidos no pueden lograrlo, porque

la maligna curiosidad de los súbditos todo lo penetra y adivina.

Complácense al verles inaccesibles las personas interesadas que les

rodean; porque saben que siéndolo a los hombres lo son también a

la verdad, y por lo mismo se esfuerzan a oscurecer el mérito con

relaciones infames para alejar de su lado a los que pudieran abrirles

los ojos. Los monarcas que obran de esta suerte, pasan la vida en una

grandeza estúpida, en la cual temiendo a cada paso ser engañados,

llegan a serlo inevitablemente, y merecen serlo; porque desde el

momento que no hablan sino a un corto número de personas, se obligan

a recibir el influjo de las pasiones y preocupaciones de estas, y

hasta los buenos tienen defectos y prevenciones. Además se entregan al

arbitrio de los chismosos, raza infame y maligna que se alimenta de

veneno, que emponzoña las cosas más inocentes, abulta las pequeñas,

inventa el mal antes de dejar de perjudicar, y se goza por interés

propio en sembrar la desconfianza e indigna curiosidad en el corazón de

un príncipe débil y suspicaz.

Conoced, pues, mi querido Telémaco, conoced a los hombres: examinadlos

haciendo que hablen unos de otros; experimentadlos poco a poco sin

entregaros a ninguno. Aprovechaos de vuestra experiencia cuando hayáis

sido engañado en vuestros juicios; porque lo seréis alguna vez, y

porque los malos poseen demasiado bien el arte de sorprender al bueno

por medio del fingimiento. Aprended por tales medios a no juzgar bien

ni mal con precipitación: lo uno y lo otro es igualmente peligroso; y

así os instruirán con utilidad los yerros padecidos. Cuando encontréis

talentos y virtud en un hombre, servíos de él sin desconfianza; porque

el hombre de bien apetece sea reconocida su rectitud, y aprecia más

la estimación y la confianza que los tesoros. Pero cuidad de no

corromperlos dándoles un poder ilimitado; porque tal vez siempre habría

sido virtuoso el que no lo es por haberle dado demasiada autoridad y

excesivas riquezas. Bastante favorecen los dioses al que encuentra

en un reino dos o tres amigos verdaderos, de bondad y sabiduría

constantes; pues en breve halla por su medio personas semejantes a

ellos que ocupen los empleos inferiores. Confiándose el monarca a los

buenos, conoce lo que no es posible conozca por sí mismo.

¿Pero será preciso, decía Telémaco, servirse de los malos cuando

son hábiles, como he oído decir tantas veces? Es necesario hacerlo

frecuentemente, respondió Méntor; porque en una nación agitada y en

desorden, se hallan hombres injustos y artificiosos que ya tienen

poder, que poseen empleos de importancia de que no puede despojárseles,

y que han adquirido la confianza de ciertas personas poderosas con

quien es preciso contemporizar; y debe hacerse también porque se les

teme como malvados capaces de trastornar la sociedad. Indispensable

es servirse de ellos por algún tiempo; mas debe cuidarse de que poco

a poco lleguen a ser inútiles. Guardaos bien de depositar en ellos

jamás vuestra íntima y verdadera confianza; porque pueden abusar de

ella y sujetaros a pesar vuestro, por la importancia del secreto que

les confiéis, cadenas mucho más difíciles de romper que las de hierro.

Servíos de ellos para cosas de poca importancia, tratadlos bien,

empeñadlos por su propio interés en que os sean fieles; único medio de

lograrlo; mas no les deis parte en vuestras secretas deliberaciones.

Tened siempre dispuesto un resorte que obre según vuestra voluntad;

pero sin darles jamás la llave de vuestro corazón. Y cuando el estado

goce de quietud, regido por hombres sabios y de probidad, de quienes

estéis seguro, irán siendo inútiles los malvados que os fuera preciso

emplear. Entonces continuad tratándoles bien, porque nunca es lícito

ser ingrato aun con los malvados; pero tratándolos bien, procurad sean

buenos, sin olvidaros de que es necesario tolerar ciertos defectos a la

humanidad, recobrando sin embargo la autoridad poco a poco, y evitando

los males que harían si no se les reprimiese. Es un mal producir el

bien valiéndose del malo, y aunque aquel sea inevitable muchas veces,

debe procurarse que desaparezca. Un monarca sabio, que solo apetece la

justicia, llegará a conseguirla con el tiempo sin el auxilio de hombres

corrompidos y engañosos, y encontrará hombres de bien, dotados de la

aptitud necesaria.

Pero no basta encontrarlos: preciso es formar otros nuevos. Eso,

respondió Telémaco, debe producir grandes dificultades. Ninguna,

replicó Méntor, porque dedicándoos a buscar hombres hábiles y virtuosos

para ensalzarlos, excitaréis y animaréis a los que posean valor o

talentos, y todos se esforzarán en merecerlo. ¡Cuántos yacen en una

oscura ociosidad, que serían grandes hombres si les estimulase al

trabajo la emulación o la esperanza! ¡Cuántos a quienes la miseria

o la imposibilidad de medrar por la virtud arrastra a lograrlo por

el delito! Si destináis las recompensas y los honores al talento y

a la virtud, ¡cuántos formaréis adornados de uno y otra! ¡Y cuántos

haciéndoles ascender de grado en grado desde los primeros empleos hasta

los de mayor importancia! Ejercitaréis sus talentos, experimentando la

extensión de ellos y la sinceridad de su virtud; y los que lleguen a

los más elevados, habrán servido a vuestra vista en los inferiores,

y juzgaréis de ellos no por sus palabras sino por la serie de sus

acciones.

[Ilustración]

En tanto que discurrían de esta suerte Méntor y Telémaco, descubrieron

un bajel feacio que había recalado en cierta isla pequeña, inculta y

desierta, rodeada de espantosos peñascos; y al mismo tiempo cesaron

de soplar los vientos, suspendiendo al parecer sus agradables soplos:

serenose el mar cual un espejo: no podían las velas dar movimiento al

bajel, y eran inútiles los esfuerzos de los fatigados remeros. Fue

preciso arribar a la isla, que era más bien un escollo que propia para

habitarla los hombres. En tiempo de menos calma no habrían podido

arribar a ella sin gran peligro.

Los feacios, que aguardaban el viento para partir, no se hallaban menos

impacientes de continuar su viaje que los salentinos: acercose a ellos

Telémaco por entre aquellas escarpadas riberas, y preguntó al primero

a quien halló si había visto a Ulises, rey de Ítaca, en el palacio del

rey Alcínoo.

[Ilustración]

No era feacio el que casualmente fue preguntado por Telémaco, sino

un extranjero desconocido, de semblante majestuoso, aunque abatido

y triste; pensativo al parecer apenas escuchó al principio lo que le

preguntaba Telémaco; mas al fin le respondió: No os engañáis: Ulises

fue recibido en el palacio del rey Alcínoo, como asilo en donde se teme

a Júpiter y en donde se ejerce la hospitalidad; mas ya no está allí,

y le buscaríais inútilmente: partió para Ítaca, si es que los dioses

aplacados ya, permiten pueda saludar a sus penates.

Apenas hubo pronunciado el extranjero estas tristes palabras, se

introdujo en un pequeño bosquecillo que señoreaba una roca, desde el

cual miraba atentamente las aguas, huyendo de los hombres afligido al

parecer por no poder partir.

Tenía Telémaco fija la vista en él, y se aumentaba su conmoción y

sorpresa cuanto más le miraba. Este desconocido, decía a Méntor, me ha

respondido como el que apenas escucha lo que le dicen por hallarse

lleno de pesadumbre: compadezco a los desgraciados desde que lo soy, y

siento que se interesa mi corazón por este hombre sin conocer la causa.

Me ha recibido mal, apenas se ha dignado escucharme y responderme: sin

embargo, no me es posible dejar de desear el término de sus desgracias.

He ahí, respondió Méntor sonriendo, el fruto de los infortunios de la

vida: hacer a los príncipes moderados y sensibles a los padecimientos

del hombre. Cuando solo han gozado el veneno halagüeño de la

prosperidad, se consideran dioses, quieren que para satisfacer sus

deseos humillen sus cumbres las montañas, desprecian a los hombres,

y se burlan de la naturaleza entera. Si oyen hablar de padecimientos

ignoran lo que sean considerándolos como un sueño; pues jamás han

visto la distancia que media entre el bien y el mal. El infortunio

solamente puede hacerlos sensibles y cambiar sus corazones de peña

en corazones humanos. En este caso llegan a conocer que son hombres,

y cómo deben tratar a sus semejantes. Si un desconocido excita tanto

vuestra compasión, porque como vos va errante por esta costa, ¿cuánta

deberá excitaros el pueblo de Ítaca cuando le veáis un día padecer,

considerando que os le confiaron los dioses cual el rebaño al pastor,

y que será tal vez desgraciado a causa de vuestra ambición, lujo o

imprudencia? Porque no padecen las naciones sino por culpa de los reyes

que deberían vigilar para impedir que padeciesen.

Mientras hablaba así Méntor, hallábase Telémaco melancólico y

disgustado; mas al fin le respondió algo conmovido: Si todas esas

cosas son ciertas, bien infeliz es el rey; porque llegará a ser

esclavo de los que manda: nacido para ellos, a ellos debe consagrarse

enteramente. Encargado de sus necesidades, será padre del pueblo y

de cada individuo: deberá acomodarse a sus debilidades, corregirles

cual padre y hacerlos sabios y felices. La autoridad que tiene no es

al parecer suya, sino de aquellos: nada puede hacer para su gloria ni

para sus comodidades. Únicamente reside en él la de las leyes; ha de

obedecerlas para dar ejemplo a los vasallos; y hablando con propiedad,

es el defensor de ellas para hacerlas obedecer. Para mantenerlas ha de

velar y trabajar incesantemente; porque goza menos libertad y quietud

que los demás, y es un esclavo que sacrifica su reposo y libertad por

la libertad y felicidad públicas.

Cierto es, respondió Méntor, que el rey lo es únicamente para cuidar de

su pueblo, como el pastor del rebaño, o cual el padre de la familia;

pero ¿pensáis Telémaco que sea infeliz por tener que hacer bien a tanto

número de personas? Corrige al malo castigándole, alienta al bueno con

la recompensa, y representa a los dioses conduciendo por el camino

de la virtud a todo el género humano. ¿No le cabe bastante gloria en

hacer observar las leyes? La de hacerse superior a ellas es una falsa

gloria que merece desprecio y horror. Si es malo no puede dejar de

ser infeliz, porque no sabrá hallar paz en el seno de la vanidad y de

las pasiones; y si bueno debe gozar el más puro y sólido de todos los

placeres, trabajando en obsequio de la virtud y esperando de los dioses

la recompensa eterna.

Agitado interiormente Telémaco, parecía no haber llegado a persuadirse

jamás de estas máximas, a pesar de enseñarlas a los otros. Contra

estos sentimientos le suministraba la melancolía cierto espíritu de

contradicción y sutileza para resistir las verdades que le explicaba

Méntor, oponiendo a ellas la ingratitud tan común entre los hombres.

¡A qué, decía, esforzarse a costa de tantas fatigas para hacerse amar

de ellos, cuando acaso no os amarán nunca! ¡A qué hacer bien a los

malvados que se servirán de los beneficios para causaros daño!

Debe contarse con la ingratitud de los hombres, respondió Méntor con

serenidad; pero sin dejar por ello de hacerles beneficios, pues ha

de ejecutarse así, menos por amor hacia ellos que por satisfacer a

los dioses, porque nunca es perdido el bien que se hace: si llegan

a olvidarle los hombres, los dioses lo recompensan. Además, si la

multitud es ingrata, siempre se encuentran algunos virtuosos que se

interesan por la virtud; y aun la multitud misma, aunque caprichosa e

inconstante, no deja de hacer justicia tarde o temprano al virtuoso.

Pero si aspiráis a evitar la ingratitud de los hombres, no os

ocupéis únicamente en hacerlos poderosos, ricos, temibles por sus

armas, felices por la variedad de placeres; porque esta gloria,

esta abundancia de delicias llegarán a corromperles, y al paso que

se aumentará su maldad, crecerá su ingratitud. Esto es hacerles un

presente funesto; ofrecerles un veneno delicioso. Aplicaos a mejorar

sus costumbres, a inspirarles sentimientos de justicia, de sinceridad,

de temor a los dioses, de humanidad, de fidelidad, moderación y

desinterés; y haciéndolos buenos, impediréis sean ingratos: les

proporcionaréis el verdadero bien, que es la virtud; y si es sólida,

les inclinará al que se la haya inspirado. De esta suerte os haréis

bien a vos mismo dándoles bienes ciertos, y no deberéis temer su

ingratitud. ¿Por qué ha de causar sorpresa que sean ingratos los

hombres para con un príncipe que solo les ha ejercitado en la

injusticia, ambición, envidia, inhumanidad, altivez y mala fe? No

debe prometerse el príncipe otra cosa de sus vasallos, que lo que les

ha enseñado a hacer. Si emplease su poder y su ejemplo en hacerlos

buenos, encontraría el premio de sus fatigas en las virtudes de

aquellos, o al menos hallaría en las suyas y en el favor de los dioses

motivos de consuelo en sus errores.

Apenas terminó su discurso Méntor, se acercó Telémaco presuroso hacia

los feacios del bajel que se hallaba detenido en aquella costa; y

dirigiéndose a un anciano, preguntole de dónde venían, a dónde se

dirigía su navegación, y si habían visto a Ulises.

[Ilustración]

Venimos de la isla de Feacia, respondió el anciano, y navegamos hacia

el Epiro en busca de mercancías. Ulises, como ya os han dicho, pasó

a nuestra patria; mas partió de ella. ¿Y quién es, añadió Telémaco,

ese hombre poseído de tristeza, que busca los lugares más apartados

mientras vuestro bajel se da a la vela? Es, contestó, un extranjero a

quien no conocemos: dicen se llama Cleómenes, natural de Frigia, y que

un oráculo había presagiado a su madre, antes que él naciese, sería rey

con tal que no permaneciera jamás en su patria; y que si permanecía,

experimentarían los frigios el enojo de los dioses sufriendo una peste

cruel. Luego que nació le entregaron sus padres a unos marineros que

le condujeron a la isla de Lesbos, y allí fue alimentado en secreto

a expensas de su patria, tan interesada en que permaneciese lejos de

ella. Pronto llegó a ser vigoroso, robusto, afable, y diestro en todos

los ejercicios corporales, y aun se aplicó gustoso a las ciencias y

nobles artes; pero no pudieron sufrirle en ningún país. La predicción

le hizo célebre; fue conocido en breve por donde quiera que iba, y

causaba temor a todos los reyes, que recelaban les arrebatase la

corona. Así vaga desde la juventud, sin hallar lugar alguno en que

pueda permanecer. Ha transitado por varias naciones muy lejanas de

la suya; mas apenas llega a una ciudad, descubren su nacimiento y el

oráculo anunciado, y cree conveniente ocultarse y elegir en cada lugar

un género de vida oscura: sin embargo, en todas partes sobresalen

sus talentos a pesar suyo, según dicen, ora en la guerra, ora en las

letras, ora en los negocios de mayor importancia; porque en cada país

se presenta alguna ocasión imprevista que le obliga a ser conocido del

público. Su mérito le hace desdichado; pues por él es temible y se

ve desterrado de todas las naciones en que quiere morar. Su destino

le hace digno de estimación y de aprecio; pero le aleja de todos los

países conocidos. No es ya joven, y sin embargo aún no ha podido hallar

ninguna costa del Asia ni de la Grecia en donde le hayan permitido

vivir con reposo. No le seduce la ambición, ni corre tras la fortuna:

se consideraría feliz si el oráculo no le hubiese anunciado jamás la

corona. Ninguna esperanza le queda de volver a su patria; porque sabe

no podría llevar a ella sino duelo y lágrimas a todas las familias.

La misma corona, causa de sus padecimientos no le parece apetecible:

corre tras ella a su pesar, arrastrado por la fatalidad, de nación en

nación, mientras aquella huye de él para gozarse en su desgracia hasta

la senectud. ¡Presente funesto de los dioses que llena sus días de

inquietud, y le causa pesares en la edad en que debilitado el hombre

solo ha menester el reposo! Corre, dice, hacia la Tracia en busca

de algún pueblo salvaje e insociable para reunirle, civilizarle y

regirle por algunos años; y después de haber cumplido el anuncio del

oráculo, nada tendrán que temer de él las naciones más florecientes,

y se promete retirarse a una aldea de la Caria para dedicarse a la

agricultura, que aprecia con pasión. Es sabio y moderado, teme a los

dioses, conoce a los hombres, y sabe vivir en paz en medio de ellos

sin estimarlos. He aquí lo que refieren de ese extranjero por quien me

preguntáis.

Durante esta conversación volvía la vista Telémaco repetidamente

hacia el mar, que comenzaba a agitarse. Elevaba el viento las olas,

que venían a estrellarse contra las rocas y las cubría de espuma, e

improvisadamente prosiguió el anciano: Me es preciso partir: no pueden

esperarme mis compañeros; y al decir estas palabras corre a la orilla,

se embarca, y solo se percibe la confusa gritería de los marineros que

desean con impaciencia continuar su viaje.

El desconocido a quien llamaban Cleómenes había andado errante algún

tiempo por lo interior de la isla, subiendo a la cumbre de las rocas y

contemplando el espacio inmenso de los mares con semblante melancólico,

sin perderle de vista Telémaco y observando todos sus pasos. Había

interesado su corazón aquel hombre virtuoso, errante, desgraciado,

destinado a los más grandes hechos, y convertido en blanco de la

rigurosa fortuna lejos de su patria. Al menos, decía Telémaco, yo veré

tal vez a Ítaca, pero Cleómenes jamás podrá regresar a Frigia. El

ejemplo de un hombre aún más desgraciado que él, mitigaba las penas de

Telémaco. Por último, viendo preparado su bajel, el hombre descendió

de las rocas escarpadas con tanta agilidad y ligereza como el mismo

Apolo en las selvas de la Licia, tras recoger el rizado cabello, pasa

a través de los precipicios para herir con sus flechas a los ciervos

y jabalíes. Llegó el desconocido al bajel, y cortando este las aguas

comenzó a alejarse de la tierra.

[Ilustración]

Entonces se apoderó del corazón de Telémaco una secreta impresión:

afligíase sin conocer la causa, lloraba, y llorando hallaba consuelo.

Al mismo tiempo descubrió a los marineros de Salento tendidos sobre

la yerba y entregados al sueño. Hallábanse cansados y abatidos, y el

benéfico sueño se había insinuado en sus miembros, derramándose sobre

ellos los narcóticos de la noche en medio del día por el influjo de

Minerva. Maravillose Telémaco al observar la pereza de los salentinos,

mientras diligentes y atentos los feacios habían aprovechado el viento

favorable; pero todavía se hallaba aún más ocupado en observar el bajel

feacio, próximo a desaparecer entre las olas, que de acercarse a los

salentinos para despertarlos de su profundo sueño. Una admiración y

agitación interior le arrastraban a seguir con la vista el bajel, del

cual solo descubrían las velas que blanqueaban algún tanto sobre el

campo azulado de las aguas. Ni aun escuchaba a Méntor que le hablaba; y

fuera de sí, era su agitación semejante a la de las Ménades cuando con

el tirso en la mano hacen resonar sus gritos en las riberas del Hebro,

y en las montañas de Ródope y de Ismaro.

Por último volvió de la especie de encanto en que se hallaba, y

comenzaron a correr de nuevo sus lágrimas. No me maravilla, dijo

entonces Méntor, veros llorar: la causa de vuestro dolor, que os es

desconocida, no la ignora Méntor: la naturaleza habla y se hace sentir,

y ella enternece vuestro corazón. El desconocido que ha producido en

vos tan viva inquietud es el grande Ulises; y cuanto os ha referido

de él el anciano feacio bajo el nombre de Cleómenes es una ficción

dirigida a ocultar con más seguridad el regreso de Ulises a su reino.

Va en derechura a Ítaca, ya se halla cerca del puerto, y vuelve por fin

a ver aquellos lugares tanto tiempo deseados. Le habéis visto según

os predijeron en otro tiempo; pero sin conocerle: en breve le veréis,

le conoceréis y él os conocerá; pero los dioses no podían permitirlo

ahora fuera de Ítaca. No ha estado su corazón menos agitado que el

vuestro; pero es demasiado prudente para descubrirse a mortal alguno

en unos lugares en que pudiera verse expuesto a las asechanzas de los

crueles amantes de Penélope. Ulises es el más sabio de los hombres; su

corazón es semejante a un profundo pozo, del cual no podría extraerse

el secreto. Ama la verdad, y jamás dice lo que puede ofenderla; pero

solo dice lo necesario, y la prudencia tiene cerrados sus labios cual

un sello para articular palabras inútiles. ¡Cuán agitado se hallaba

mientras os habló! ¡Cuánta violencia se hizo para no descubrirse!

¡Cuánto ha padecido al veros! He aquí la causa de su tristeza y

abatimiento.

Lloraba Telémaco mientras Méntor hablaba, y los sollozos le impidieron

responder en mucho tiempo. Por último exclamó: ¡Ah, mi querido Méntor!

no en balde experimentaba yo que este desconocido alteraba mis

entrañas. ¿Mas por qué, conociéndole, no me habéis dicho que era Ulises

antes que partiese? ¿Por qué le habéis dejado partir sin hablarle y sin

manifestar que le conocíais? ¿Qué misterio es este? ¿Seré yo siempre

desgraciado, o querrán los dioses, irritados contra mí, tenerme lleno

de agitación como a Tántalo sediento, embelesado con una agua engañosa

que huye sin cesar de su abrasado labio? ¡Ulises! ¡Ulises! ¿Os habré

perdido para siempre? ¡Acaso no le volveré a ver! ¡Acaso también le

harán caer los amantes de Penélope en los lazos que me tendían! Si al

menos le siguiese, moriría con él. ¡Ulises! ¡Ulises! Si las tempestades

no os conducen a algún nuevo escollo (porque todo lo temo de la enemiga

fortuna), tiemblo al considerar si os aguardará en Ítaca suerte tan

funesta como la de Agamenón en Micenas. Mas, querido Méntor, ¿por qué

me habéis privado de tanta dicha? En este momento le abrazaría, me

hallaría con él en el puerto de Ítaca, y pelearíamos ambos para vencer

a nuestros enemigos.

He ahí, respondió Méntor sonriendo, cómo son los hombres, mi querido

Telémaco: os halláis desconsolado por haber visto a Ulises sin

conocerle. ¿Cuánto habríais dado ayer por tener seguridad de que

existía? Sin embargo, asegurado hoy por vuestros propios ojos de que

vive, os causa pesadumbre lo que ayer habría colmado de gozo vuestro

corazón. De esta manera desprecia el corazón del hombre lo que más

deseaba luego que lo posee; y así se atormenta a sí mismo sobre lo que

aún no ha poseído.

Para ejercitar vuestro sufrimiento, obran de este modo los dioses;

y mientras consideráis perdidos estos momentos, sabed son los más

útiles de vuestra vida, pues os empleáis en la más necesaria de todas

las virtudes para el que debe mandar. Porque para ser el hombre dueño

de sí mismo y de los demás, debe ser sufrido; pues la impaciencia,

que se reputa como vigor del alma, es una flaqueza, una impotencia

para sobrellevar las penas. El que no sabe aguardar y padecer, puede

compararse al que no sabe callar un secreto: ambos carecen de firmeza

para reprimirse, como el que corre en un carro sin fuerza bastante

para contener a los briosos caballos, que desobedeciendo el freno,

se precipitan arrastrando en su caída al hombre débil cuya mano

no obedecen. El hombre impaciente se ve arrastrado a un abismo de

desgracias por sus propios deseos; y cuanto mayor es su poder, más

funesta le es la impaciencia. Nada le contiene; todo lo violenta para

satisfacerse; rompe las ramas del árbol para coger el fruto antes de

maduro; destroza las puertas antes que aguardar a que se las abran, y

quiere segar la mies cuando la siembra el labrador prudente. Cuanto

hace con precipitación y fuera de tiempo, tiene tan poca duración

como sus inconstantes deseos. Tan insensato es el hombre que todo cree

preverlo y se entrega a deseos impacientes abusando de su poder. Para

enseñaros a sufrir ejercitan los dioses vuestra prudencia, y se gozan

al parecer en la vida errante e incierta en que siempre os tienen. Si

os presentan los bienes que apetecéis, y huyen cual el sueño, es para

enseñaros que aquello que cree el hombre tener en la mano desaparece en

un instante. Las lecciones más sabias de Ulises no serían tan útiles

para vos como su larga ausencia y las penas que padecéis por buscarle.

[Ilustración]

Todavía quiso Méntor poner a prueba el sufrimiento de Telémaco de

un modo más fuerte. Cuando corría a estrechar a los marineros para

que apresurasen la partida, le detuvo Méntor para que ofreciese a

Minerva un sacrificio; y con la mayor docilidad lo ejecutó. Prepararon

dos altares de césped, ardió el incienso y corrió la sangre de las

víctimas. Dirigió Telémaco al cielo fervorosas súplicas, y reconoció la

poderosa protección de la diosa.

Acabado el sacrificio siguió Telémaco a Méntor por las sendas sombrías

de un pequeño bosque, y observa alteradas repentinamente las facciones

de su amigo; y a la manera que borra Aurora las sombras de la noche

cuando al abrir las puertas de oriente inflama el horizonte, así

desaparecen las arrugas que afeaban su rostro: bórrase el colorido

de sus ojos, y resplandece en ellos un fuego celestial en vez de la

austeridad de sus miradas: huye la descuidada y blanca barba, y admira

Telémaco las facciones de una mujer de aspecto majestuoso y agradable

al mismo tiempo; y en su tez, más fresca y hermosa que aparece la

tierna flor que se abre al nacer Apolo, descubre el albor del lirio y

el carmín de la rosa. Sobresalían en su rostro juventud permanente,

sencillez y majestad: exhalaba ambrosía el flotante cabello, y veíanse

brillar en las vestiduras los vivos colores que pinta el sol al

comenzar su carrera en las oscuras bóvedas del firmamento y en las

nubes que dora. El pie de la deidad no descansaba en tierra: vagaba

por los aires cual el ave de ligera pluma, y empuñaba una lanza que

causaría temor a las ciudades y naciones más guerreras, y aun al mismo

Marte. Su voz era sonora y agradable; pero introducíanse sus palabras

cual el rayo en el corazón de Telémaco. Brillaba en su pecho la

terrible égida, y aparecía sobre el casco el ave de Atenas.

Estas señales hicieron conocer a Telémaco que era Minerva, y exclamó:

¡Oh diosa! ¡Sois vos la que os dignáis conducir al hijo de Ulises

por amor hacia su padre!.... Más quería decir; pero faltole la voz,

y esforzábase en vano para expresar las ideas que cual un raudal le

presentaba el entendimiento. La presencia de la diosa le sobrecogía, y

hallábase como el que oprimido por el sueño no puede articular palabra

alguna por la agitación que entorpece su labio.

Hijo de Ulises, dijo por último la diosa, escuchadme por la postrera

vez. A ningún mortal he instruido con tal solicitud como a ti: te he

conducido por la mano a través de los naufragios, guerras sangrientas,

tierras desconocidas, y cuantos males pueden poner a prueba el corazón

del hombre. Te he hecho ver por medio de la experiencia las máximas

verdaderas y falsas para reinar, y tus errores no te han sido menos

útiles que las desgracias; porque ¿cuál es el hombre que pueda gobernar

sabiamente si nunca ha padecido ni aprovechádose de los padecimientos a

que le han arrastrado sus errores?

Semejante a tu padre han llenado la tierra y los mares tus tristes

aventuras: ya eres digno de seguir sus huellas. Ve: nada te falta sino

la corta y fácil travesía hasta Ítaca, adonde tu padre arriba en este

momento: pelea a su lado y obedécele como el último de sus vasallos: da

ejemplo a estos. Será Antíope tu esposa, y vivirás feliz con ella por

haber buscado menos la belleza que la virtud y la sabiduría.

Cuando ocupes el trono, cifra tu gloria en renovar el siglo de oro:

escucha a todos, cree a muy pocos; guárdate de creerte a ti mismo: teme

engañarte; pero nunca temas conozcan que has sido engañado.

Ama al pueblo y nada omitas para hacerte amar; porque el miedo solo

es necesario cuando falta el amor, y debe únicamente emplearse con

disgusto como remedio violento y el más peligroso.

Considera en todas ocasiones las consecuencias de tus empresas,

previendo los mayores inconvenientes, persuadido de que el verdadero

valor consiste en prever los peligros y arrostrarlos cuando

son inevitables. El que no quiere verlos carece de ánimo para

sobrellevarlos con tranquilidad; y el que los ve todos y evita los que

puede, arrostrando los demás con esfuerzo, es el sabio y magnánimo.

Huye la molicie, el fasto y la profusión, cifrando tu gloria en la

sencillez. Las virtudes y las buenas acciones sean el ornato de tu

persona y de tu palacio, y la guardia que te custodie: aprendan todos

en ti a conocer en lo que consiste el verdadero honor.

No olvides nunca que los reyes no reinan para su propia gloria, sino

para el bien de sus pueblos: que los beneficios que hacen se trasmiten

a los más remotos siglos, y los males que causan se multiplican de

generación en generación a la remota posteridad; pues un mal rey

produce a veces calamidades para muchos siglos.

Sobre todo está siempre alerta contra tu genio, enemigo que llevarás

hasta el sepulcro, y que tomará parte en tus decisiones, y te engañará

si le escuchas. Él te hará perder las ocasiones más importantes,

producirá inclinaciones o aversiones semejantes a las de la niñez,

en perjuicio de tus verdaderos intereses: él decide los negocios de

mayor consecuencia por razones frívolas; y él por último oscurece los

talentos, abate el valor, y hace al hombre inconsecuente, débil, infame

e insoportable. Desconfía pues de este enemigo.

¡Teme a los dioses, oh Telémaco! Este temor es el mayor tesoro del

corazón humano: a él acompañan la sabiduría, la justicia, la paz,

el gozo, los placeres puros, la verdadera libertad, la agradable

abundancia y la gloria sin mancilla.

¡Hijo de Ulises!, yo te dejo; pero nunca te abandonará mi sabiduría

con tal que no olvides jamás que nada puedes sin ella. Ya es tiempo de

que aprendas a marchar solo. No me separé de ti en Egipto y en Salento

sino para acostumbrarte a la privación de mi compañía, a la manera que

se desteta al infante cuando ha llegado el tiempo de suministrarle

alimentos más sólidos.

[Ilustración]

Luego que la diosa terminó este discurso se fue remontando en el aire,

y ocultándose en una nube de oro y azul, desapareció. Maravillado

Telémaco se prosternó lloroso y alzando las manos al cielo. Fue

después a despertar a sus compañeros; se apresuró a partir, corrió a

Ítaca, y reconoció a su padre en casa del fiel Eumeo.

[Ilustración]

Las aventuras de Telémaco seguidas de las de Aristonoo · 第 82 / 88 题