Idomeneo, que temía la partida de Méntor y de Telémaco, se ocupaba
únicamente de retardarla. Manifestó a Méntor no podía arreglar sin su
consejo cierta discordia suscitada entre Diófanes, sacerdote de Júpiter
Conservador, y Heliodoro que lo era de Apolo, acerca de los presagios
que se extraían del vuelo de las aves y de las entrañas de las víctimas.
¿Por qué, respondió Méntor, os mezcláis en las cosas sagradas? Dejad
la decisión a los etrurios, que poseen la tradición de los oráculos
más antiguos, y se hallan inspirados para ser intérpretes de los
dioses; y emplead solamente vuestra autoridad en sofocar en su origen
tal discordia. Pero sin manifestar parcialidad ni prevención, y
contentándoos con apoyar la decisión cuando haya recaído. No olvidéis
que el monarca debe estar sometido a la religión, y no entrometerse
jamás a arreglarla; porque viene de los dioses y es superior a
los reyes. Cuando estos quieren hacerlo, la esclavizan en vez de
protegerla; pues son tan poderosos, y tan débiles los demás hombres,
que si se les dejase intervenir en las cuestiones relativas a ella,
todo correría el riesgo de ser trastornado a su voluntad. Dejad,
pues, en libertad a los favorecidos de los dioses para que decidan, y
limitaos a reprimir a aquellos que no obedezcan su juicio luego que
haya sido pronunciado.
En seguida se lamentó Idomeneo de la perplejidad en que se hallaba
sobre gran número de procesos entre varios particulares que le instaban
para que los decidiese.
Hacedlo, respondió Méntor, resolviendo todas las cuestiones nuevas
que hayan de establecer máximas generales de jurisprudencia o para
interpretar las leyes; pero nunca toméis a vuestro cargo juzgar los
casos particulares, pues acudirán todos de tropel, seréis el único
juez de vuestro pueblo, e inútiles los demás jueces: os agobiarán los
negocios de poca entidad, distrayéndoos de los de grande importancia,
y no os será posible arreglar el pormenor de ellos. Guardaos bien de
dar lugar a esto; remitid los negocios particulares a los magistrados
ordinarios; no hagáis sino lo que ningún otro pueda hacer para
aliviaros, y de este modo llenaréis las funciones verdaderas de rey.
También me estrechan, decía Idomeneo, a que haga varios matrimonios;
porque las personas distinguidas que me han acompañado a la guerra, y
perdido grandes bienes de fortuna por servirme, desearían encontrar
alguna recompensa enlazándose con ciertas jóvenes ricas, y solo una
palabra mía basta a procurarles el establecimiento que apetecen.
Cierto es, replicó Méntor, que solo os costaría una palabra; pero
también lo es que esta podría costaros muy cara. ¿Querríais privar
al padre y a la madre de la libertad y consuelo de elegir yernos, y
de consiguiente herederos? Sería poner a todas las familias en la
esclavitud más rigurosa, y seríais además responsable de las desgracias
domésticas de vuestros ciudadanos. Hartas espinas tiene en sí el
matrimonio, sin agravarle con esta pesadumbre. Si tenéis servidores
fieles que recompensar, dadles tierras incultas, añadidles honores
proporcionados a su condición y a sus servicios, y aun algún numerario
tomado de los fondos destinados a otros gastos; pero no paguéis jamás
vuestras deudas sacrificando a las jóvenes ricas contra la voluntad de
sus padres.
De esta cuestión pasó Idomeneo con brevedad a otra, diciendo: Se quejan
los sibaritas de que hemos usurpado las tierras que les pertenecen,
y dádolas como campos incultos a los extranjeros establecidos aquí:
¿cederé yo a sus pretensiones? Si lo hago, creerán todos estar
autorizados para hacerlas en perjuicio nuestro.
No es justo, respondió Méntor, creer a los sibaritas en causa propia;
mas tampoco lo es creeros en la vuestra. ¿A quién creeremos pues?,
replicó Idomeneo. A ninguna de las dos partes, prosiguió Méntor.
Preciso es elegir como árbitro un pueblo que no sea sospechoso a
unos ni a otros: tales son los sipontinos, que ningún interés tienen
contrario al vuestro.
¿Pero acaso, respondió Idomeneo, estoy yo obligado a someterme a un
árbitro? ¿No soy rey? ¿Deberá someterse un soberano a los extranjeros
acerca de los límites de su dominación?
Pues no queréis ceder, prosiguió Méntor, debéis juzgar ser bueno
vuestro derecho. Por otra parte tampoco lo harán los sibaritas
sosteniendo ser cierto el suyo, y en tal oposición o ha de aveniros un
árbitro elegido por ambas partes, o ha de decidir la suerte de las
armas: no hay término medio. Si entraseis en una república en que no
hubiese magistrados ni jueces, y en la cual se creyeran autorizadas las
familias para hacerse justicia por medio de la fuerza, lamentaríais
su desventura y os causaría horror tan espantoso desorden, pues se
armarían unas contra otras. ¿Y creéis que los dioses no miren con el
mismo horror al mundo entero, que no es otra cosa que la república
universal, si cada pueblo, que es una gran familia, se cree con derecho
a hacerse justicia a sí mismo por medio de la violencia contra los
demás pueblos? El particular que posee un campo como patrimonio de sus
progenitores, no puede mantenerse en él sino por la autoridad de las
leyes y el juicio de los magistrados; y si pretendiese conservar por
la fuerza lo que le ha dado la justicia, sería castigado con severidad
cual sedicioso. ¿Juzgáis que los monarcas puedan emplear la fuerza para
apoyar sus pretensiones, sin haber tentado antes los medios suaves y
humanos? ¿No es aún más sagrada la justicia, y más inviolable para
los reyes con relación a la totalidad de otros países, que para las
familias relativamente a algunos terrenos cultivados? ¿Será injusto y
raptor cuando se apodera únicamente de cortas porciones de tierra, y
justo y héroe si ocupa provincias? Si se previene y lisonjea, si se
ciega en los pequeños intereses del particular, ¿no deberá temerse
todavía más que suceda así en los grandes intereses del estado? ¿Se
creerá a sí mismo en lo que hay tantas razones para desconfiar del
juicio propio? ¿No temerá engañarse en los casos en que el error de un
solo hombre produce consecuencias terribles? El error de un monarca que
se lisonjea en sus pretensiones, causa muchas veces estragos, hambres,
mortandades, pérdidas, depravación de costumbres, cuyos funestos
efectos se trasmiten a edades remotas. ¿Y no temerá lisonjearse
en tales ocasiones el rey que siempre está rodeado de lisonjeros?
Si conviene en algún árbitro que termine su diferencia, manifiesta
equidad, moderación y buena fe; publica las razones sólidas en que se
apoya su derecho, y el árbitro elegido es un mediador amigable, no un
juez riguroso. Mas no se somete ciegamente a sus decisiones, sino que
se le mira con deferencia: no pronuncia la decisión como juez soberano,
hace proposiciones, y por sus consejos se sacrifica algo para conservar
la paz. Si a pesar de sus cuidados por conservarla sobreviene la
guerra, le tranquiliza al menos el testimonio de su conciencia, goza
la estimación de sus vecinos y la protección del cielo. Convencido
Idomeneo, consintió en que los sipontinos fuesen mediadores entre él y
los sibaritas.
Viendo el rey eran inútiles todos sus esfuerzos para detener a los
dos extranjeros, procuró conseguirlo por un vínculo más fuerte.
Había observado que Telémaco amaba a Antíope, y se prometió lograrlo
excitando su pasión: con este objeto la hizo cantar muchas veces
durante los festines; y aunque lo ejecutó por obediencia a su padre,
fue con tanta modestia y disgusto que no podía desconocerse el que
experimentaba al obedecerle: y aun llegó Idomeneo a pretender cantase
la victoria alcanzada sobre Adrasto y los daunios; pero no pudo
resolverse a celebrar las alabanzas de Telémaco: negose con respeto,
y no osó insistir en ello su padre. Penetraba su agradable voz en el
corazón del hijo de Ulises: escuchábala absorto; e Idomeneo, que no
apartaba de él la vista, se regocijaba al observar su turbación. Sin
embargo, aparentaba Telémaco no conocer los designios del rey. No le
era posible en ciertas ocasiones dejar de conmoverse; mas la razón
era superior a sus sentimientos: ya no era aquel Telémaco a quien
una tiránica pasión cautivara en otro tiempo en la isla de Calipso.
Mientras cantaba Antíope guardaba el mayor silencio, y cuando había
acabado se apresuraba a atraer la conversación a cualquier otro objeto.
[Ilustración]
No pudiendo el rey lograr por este medio su designio, se resolvió a
preparar una gran cacería para complacer a su hija. Lloró Antíope
no queriendo concurrir a ella, mas fue preciso ejecutar la orden
terminante de su padre. Montó un fogoso caballo, semejante a los que
domaba Cástor para las lides; y le guiaba sin dificultad, siguiéndola
una tropa de hermosas doncellas, entre las cuales aparecía cual Diana
en las florestas. La vio Idomeneo y no se cansaba de mirarla, y al
verla olvidaba todos sus infortunios: viola también Telémaco, y más le
conmovió la modestia de Antíope que su destreza y sus gracias.
Perseguían los perros a un jabalí enorme, y tan furioso como el de
Calidón, cuyas largas y erizadas cerdas eran semejantes a los dardos:
centelleábanle los ojos, y sus bufidos se percibían a larga distancia
cual el ruido de los vientos cuando los encierra Eolo en su gruta para
calmar las tempestades: cortaba los troncos con el corvo colmillo del
mismo modo que pudiera hacerlo la hoz del segador: despedazaba a los
perros que osaban aproximarse a él, y los más atrevidos cazadores
temían esperarle al perseguirle.
Mas no temió acercarse a él Antíope corriendo con la velocidad del
viento: le arrojó un dardo y quedó herido en el lomo; y comenzando a
correrle la sangre, se aumentó su furor y corrió hacia la mano que le
había herido. Estremecido el caballo de Antíope, retrocede a pesar de
su fiereza, arrójase a él el jabalí cual la pesada máquina cuyo golpe
estremece las murallas más sólidas, vacila el caballo, cae, y queda
tendida en tierra Antíope sin arbitrio para evitar el fatal golpe del
colmillo del jabalí deseoso de vengar su herida. Pero a este tiempo ya
había descendido Telémaco del caballo, cuidadoso por el peligro que
pudiera correr Antíope, y con la celeridad del rayo se coloca entre el
caballo y la fiera, e introduce por el costado de esta un dardo que la
hizo caer llena de furor.
[Ilustración]
Divide al instante del cuerpo la cabeza que todavía inspiraba temor al
verla de cerca, y cuya magnitud sorprende a los cazadores: preséntala a
Antíope, ruborízase esta, y procura descubrir en los ojos de su padre
lo que debía hacer, e indícale este la acepte, complacido al verla
fuera de peligro después de haberle llenado de espanto la situación en
que se viera. Recibo de vos llena de gratitud, dijo Antíope a Telémaco
al recibirla, otro don más grande, pues os debo la vida; y apenas hubo
acabado de decir estas palabras, temió haber dicho demasiado, bajó la
vista, y al observar Telémaco su turbación no se atrevió a hablar cual
deseaba, y solo la dijo estas palabras: ¡Venturoso el hijo de Ulises,
pues ha conservado vida tan preciosa!, pero todavía más venturoso
si pudiese pasar la suya a vuestro lado. Oyole Antíope, y sin darle
respuesta se incorporó precipitadamente con las demás jóvenes que la
acompañaban, y volvió a subir a su caballo.
En aquel momento mismo hubiera Idomeneo ofrecido su hija a Telémaco;
pero quiso estimular su pasión dejándole en la incertidumbre, y aun
creyó retenerle en Salento por el deseo de asegurar su enlace. Así
pensaba Idomeneo; mas los dioses burlan la sabiduría humana, y lo que
debía detener a Telémaco fue precisamente el motivo que aceleró su
partida, pues lo que comenzaba a sentir en su corazón introdujo en él
una desconfianza justa de sí mismo.
Redobló su solicitud Méntor para inspirar a Telémaco un deseo
impaciente de regresar a Ítaca, instando al mismo tiempo a Idomeneo
para que les dejase partir. Ya se hallaba dispuesto el bajel; porque
Méntor, que dirigía todos los momentos de la vida de Telémaco para
elevarle al más alto grado de gloria, no le permitía permanecer en
lugar alguno sino en cuanto le era necesario para ejercitar sus
virtudes y proporcionarle lecciones de experiencia, y había tenido
cuidado de preparar el navío desde su regreso del campo confederado.
Idomeneo que con tanta repugnancia le viera preparar, cayó en una
mortal tristeza y en un desconsuelo que causaba compasión cuando
vio iban a abandonarle los dos huéspedes que tantos auxilios le
proporcionaran. Encerrábase en los sitios más retirados del palacio, y
en ellos desahogaba su pecho sollozando y vertiendo lágrimas: olvidó
el alimento, huyó el sueño de sus párpados y consumíale la inquietud:
semejante al corpulento árbol cuyas pobladas ramas proporcionaran
sombra a la madre tierra, respetado en otro tiempo por el hacha del
leñador y nunca estremecido por los huracanes; pero que, comenzado
a roer por el gusano que se introdujera en los canales por donde
circulaba la nutridora savia, llega a convertirse en un tronco vestido
de corteza y poblado de secos tallos, porque debilitándose sin causa
conocida, se marchitó y perdió el adorno frondoso de su hoja: tal era
el estado de Idomeneo.
Enternecido Telémaco no osaba abrir los labios: temía la hora de la
partida, buscaba pretextos para retardarla, y hubiera permanecido largo
tiempo en tal incertidumbre si no le hubiese dicho Méntor: Me complace
veros tan demudado: nacisteis de carácter duro y altanero: no afectaban
vuestro corazón sino las comodidades e intereses propios; mas por fin
habéis llegado a ser hombre, y por la experiencia de los males propios
comenzáis a compadecer los ajenos. Sin esta compasión no hay bondad,
virtud, ni capacidad para gobernar a los hombres; pero es preciso no
llevarla al extremo ni caer en la flaqueza. Hablaré gustoso a Idomeneo
para que nos permita partir, y os evitaré la turbación consiguiente;
pero no quiero que la vergüenza y la timidez dominen vuestro corazón,
porque debéis acostumbraros a hermanar el valor y la firmeza con la
tierna y sensible amistad, temiendo afligir al hombre cuando no sea
necesario, tomando parte en sus penas cuando no puedan evitarse, y
dulcificando en lo posible el golpe que no esté en vuestras manos
evitar. Por eso mismo, respondió Telémaco, sería para mí preferible
supiese Idomeneo por vos nuestra partida.
Os engañáis, replicó Méntor, querido Telémaco: habéis nacido como los
hijos de los reyes, nutridos entre púrpura, que pretenden se haga todo
a su gusto, y que la naturaleza entera obedezca su voluntad, pero sin
tener ánimo para resistir a persona alguna cara a cara; no porque
desprecien a los hombres, ni porque llenos de bondad teman afligirles,
sino porque deseosos de su propia comodidad no quieren ver en torno
suyo al melancólico ni al descontento. No les afectan las miserias
y calamidades humanas cuando no se hallan a su vista, y si oyen
hablar de ellas se entristecen considerándolo inoportuno, pues para
agradarles siempre ha de decírseles que viven todos contentos; y en
tanto que se entregan a los placeres, nada quieren ver ni oír que pueda
interrumpirlos. Si es preciso reprender, corregir, desengañar a alguno,
resistir a las pretensiones o injustos deseos de hombres importunos, lo
encargan a otro; y en vez de hablar por sí mismos con entereza y agrado
en tales ocasiones, permitirán les arranquen gracias las más injustas,
y perjudicarán los negocios de mayor interés, por no decidir contra el
parecer de aquellos con quienes tratan diariamente. Esta flaqueza que
experimentan en sí mismos, hace que cada cual procure aprovecharse de
ella: se les insta e importuna, se les agobia, y haciéndolo se llega a
obtener lo que se apetece. Lisonjéaseles y se les inciensa al principio
para insinuarse; pero luego que se ha obtenido su confianza, y se
está cerca de ellos en empleos de alguna categoría, se les subyuga:
laméntanse de ello y desean sacudir el yugo: sin embargo, arrástranle
toda su vida. Aparentan celo por no ser gobernados; mas lo son siempre,
y no pueden dejar de serlo, semejantes al débil tallo de la vid, que
careciendo de apoyo propio lo busca en el tronco de algún árbol robusto.
No permitiré caigáis en tal flaqueza, que hace al hombre imbécil para
el gobierno. La ternura que impide os atreváis a hablar a Idomeneo,
desaparecerá luego que estéis fuera de Salento; porque no es su dolor
lo que os estremece, sino que os embaraza su presencia. Id, hablad a
Idomeneo; aprended en esta ocasión a ser a la vez tierno y animoso:
manifestadle vuestro sentimiento por apartaros de él; pero al mismo
tiempo hacedle ver con tono decisivo la necesidad de nuestra partida.
No se atrevía Telémaco a resistir a Méntor ni a presentarse a Idomeneo:
ruborizábase de su timidez; mas no tenía valor para hacerse superior a
ella: vacilaba, y dando algunos pasos retrocedía inmediatamente para
alegar alguna excusa que lo retardase. Sin embargo, una sola mirada de
Méntor le imponía silencio y desaparecían todos los pretextos. ¿Sois
vos, decía Méntor sonriendo, el vencedor de los daunios, el libertador
de la grande Hesperia, el hijo del sabio Ulises, que después de los
días de este ha de ser oráculo de la Grecia? ¡No os atrevéis a decir
a Idomeneo no seros posible retardar más vuestro regreso a la patria
para abrazar al que os dio el ser! Pueblo de Ítaca, ¡cuán desventurado
serás si algún día llegas a tener un rey dominado por la mal entendida
vergüenza, y que sacrifica los mayores intereses a sus debilidades en
las cosas de menos importancia! Ved aquí, Telémaco, cuánta diferencia
media entre el valor necesario en las lides y el que es propio de los
negocios: no os inspiraron temor las armas de Adrasto, y teméis a la
tristeza de Idomeneo. He aquí lo que deshonra a los príncipes que
ejecutaron las mayores hazañas: después de haber obrado cual héroes en
la guerra, lo hacen como el menos capaz en las ocasiones ordinarias en
que otros se mantienen con esfuerzo.
[Ilustración]
Penetrado Telémaco de la verdad de estas palabras, y ofendido de las
reconvenciones de Méntor, partió con celeridad; pero apenas se presentó
en el lugar en que se hallaba sentado Idomeneo con la vista en el
suelo, desfallecido de tristeza, temiéronse uno a otro y no se atrevió
a mirarle. Entendíanse sin hablar palabra, y temían recíprocamente
romper el silencio: comenzaron a llorar uno y otro, y por último,
arrebatado Idomeneo por el exceso de su dolor, exclamó: ¡De qué sirve
buscar la virtud si recompensa tan mal a los que la estiman! ¡Después
de haberme hecho ver mis flaquezas, me abandonan! Incidiré de nuevo
en el infortunio: no se me hable más de gobernar bien: no, no puedo
hacerlo: me hallo ya cansado de los hombres. ¿A dónde queréis ir,
Telémaco? Vuestro padre no existe: le buscáis inútilmente: Ítaca es
presa de vuestros enemigos, y os sacrificarán si regresáis a ella:
vuestra madre se habrá entregado ya a los brazos de otro esposo.
Permaneced aquí: seréis mi yerno y mi heredero: reinaréis después de
mis días y aun durante mi vida será aquí absoluto vuestro poder: no
tendrá límites mi confianza. Pero si sois insensible a todas estas
ventajas, dejadme al menos a Méntor, que es mi único apoyo. Hablad,
respondedme; no se endurezca vuestro corazón: tened piedad del más
infeliz de los hombres. ¡Qué! ¡Nada respondéis! ¡Ah!, comprendo cuán
desapiadados son para mí los dioses: sí, los veo todavía más rigurosos
que cuando en Creta traspasé el pecho de mi propio hijo.
No soy mío, respondió Telémaco con voz tímida y turbada: los destinos
me llaman a mi patria; y Méntor, que posee la sabiduría de los dioses,
me manda partir en nombre de ellos. ¿Qué queréis que haga? ¿Renunciaré
al padre, a la madre, y a la patria que debe serme todavía más cara?
Nacido para ocupar el trono, no me hallo destinado a una vida tranquila
y agradable, ni a obrar según mis inclinaciones. Más rico y poderoso es
vuestro reino que el de Ulises; pero debo preferir el que me destinan
los dioses al que tenéis la bondad de ofrecerme. Me contemplaría feliz
si tuviese por esposa a Antíope sin la esperanza de sucederos en el
reino; mas para hacerme digno de ella, debo ir adonde me llama mi
deber, y debe ser también mi padre el que pida su mano para mí. ¿No me
prometisteis enviarme a Ítaca? ¿No he peleado por vos contra Adrasto
en el ejército confederado en virtud de esta promesa? Tiempo es ya de
que repare las desgracias domésticas. Los dioses que me han dado a
Méntor, han encomendado también a este el hijo de Ulises para que le
haga cumplir sus destinos. ¿Queréis que pierda a Méntor después que lo
he perdido todo? Ni poseo bienes de fortuna, ni tengo adonde retirarme,
ni padre, ni madre, ni patria segura: solo me queda un hombre sabio y
virtuoso, don el más precioso de Júpiter. Juzgad vos mismo si puedo
renunciar a él y consentir en que me abandone. No, antes moriré.
Arrancadme la vida, que nada es, y no me dejéis sin Méntor.
A medida que hablaba Telémaco, era más vigorosa su voz, y desaparecía
su timidez. No hallaba Idomeneo qué responderle, ni podía convenir en
lo que le decía el hijo de Ulises; y cuando no le era posible hablar,
procuraba al menos excitar su compasión con sus gestos y miradas.
Entonces vio aparecer a Méntor, que le dijo con gravedad:
No os aflijáis: os dejamos; mas permanecerá a vuestro lado la sabiduría
que preside a los consejos de los dioses: pensad solamente que habéis
sido demasiado feliz en que nos haya enviado Júpiter para salvar
vuestro reino y sacaros del extravío en que vivíais. Filocles, a quien
os hemos restituido, os servirá fielmente, y permanecerán siempre en su
corazón la inclinación a la virtud, el amor al pueblo y la compasión
al desgraciado. Escuchadle: servíos de él lleno de confianza y sin
envidia. El mayor servicio que puedo haceros es obligarle a que os haga
ver vuestros errores sin contemplación; pues el mayor valor de un buen
monarca consiste en buscar amigos verdaderos que le digan sus defectos.
Si tenéis ánimo para ello, en nada os perjudicará nuestra ausencia y
viviréis feliz; pero si la lisonja, que se desliza cual la serpiente,
vuelve a encontrar camino para introducirse en vuestro corazón, estáis
perdido. No dejéis que os abata el dolor, y esforzaos a seguir la
virtud. He dicho a Filocles cuanto debe hacer para aliviaros y para no
abusar jamás de vuestra confianza: yo os respondo de él, pues os le han
dado los dioses como me han dado a mí a Telémaco. Cada cual debe seguir
animoso su destino: inútil es afligirse; si alguna vez tenéis necesidad
de mí, volveré después que haya restituido a Telémaco su padre y su
patria. ¿Qué podría yo hacer más agradable para mí? No busco bienes
de fortuna ni autoridad sobre la tierra, solo quiero ayudar a los que
desean la virtud y la justicia. ¿Cómo podré yo olvidar la confianza y
amistad con que me habéis tratado?
Este razonamiento cambió repentinamente la situación de Idomeneo:
sintió aplacado su corazón, a la manera que Neptuno aplaca con su
tridente las olas embravecidas y las tempestades. Experimentaba
únicamente un dolor pasivo, que era más bien tristeza y efecto de
ternura que aflicción; y comenzaban a renacer en su pecho el valor, la
confianza, la virtud y la esperanza de ser auxiliado por los dioses.
Pues bien, mi querido Méntor, dijo Idomeneo: lo perderé todo resignado;
pero al menos acordaos de mí cuando hayáis llegado a Ítaca, en donde
vuestra sabiduría os conducirá a la prosperidad. No olvidéis ha sido
obra vuestra Salento, en cuya ciudad dejáis un rey desgraciado, que
ninguna esperanza tiene sino en vosotros. Partid, digno hijo de Ulises,
ya no os detengo más; no pretendo resistir a los dioses que me habían
proporcionado tan inestimable tesoro: partid vos también, oh Méntor,
el más grande y más sabio de los hombres (si es que la humanidad
puede hacer lo que vos habéis ejecutado, y si acaso no sois divinidad
que haya adoptado la forma humana para instruir a los débiles e
ignorantes); conducid al hijo de Ulises, más venturoso aún por poseeros
que por la victoria alcanzada contra Adrasto. Partid ambos: no me
atrevo a deciros más; perdonad mis suspiros. Id, viváis felices juntos:
nada me resta sobre la tierra sino la memoria de que hayáis vivido
conmigo. ¡Venturosos días, cuyo precio no he conocido nunca bastante
bien, días trascurridos con demasiada rapidez, ya no volveréis, ya mis
ojos no volverán a ver lo que ahora miran!
Aprovechó Méntor para la partida este momento: abrazó a Filocles,
que sin poder hablar una sola palabra le bañó con su llanto. Quiso
Telémaco dar la mano a Méntor para libertarse de las de Idomeneo; pero
colocándose este entre los dos, se dirigió con ellos hacia el puerto.
Mirábalos, suspiraba, comenzaba a hablar; mas no podía acabar palabra
alguna.
[Ilustración]
Entre tanto percibieron en la playa la confusa gritería de los
marineros: prepararon estos las jarcias, izaron las velas y comenzó
a soplar un viento favorable. Despídense del rey Telémaco y Méntor
llorosos, estréchales por largo tiempo entre sus brazos Idomeneo,
siguiéndoles con la vista mientras pudo divisarlos.
[Ilustración]