LIBRO XXIII.

Idomeneo, que temía la partida de Méntor y de Telémaco, se ocupaba

únicamente de retardarla. Manifestó a Méntor no podía arreglar sin su

consejo cierta discordia suscitada entre Diófanes, sacerdote de Júpiter

Conservador, y Heliodoro que lo era de Apolo, acerca de los presagios

que se extraían del vuelo de las aves y de las entrañas de las víctimas.

¿Por qué, respondió Méntor, os mezcláis en las cosas sagradas? Dejad

la decisión a los etrurios, que poseen la tradición de los oráculos

más antiguos, y se hallan inspirados para ser intérpretes de los

dioses; y emplead solamente vuestra autoridad en sofocar en su origen

tal discordia. Pero sin manifestar parcialidad ni prevención, y

contentándoos con apoyar la decisión cuando haya recaído. No olvidéis

que el monarca debe estar sometido a la religión, y no entrometerse

jamás a arreglarla; porque viene de los dioses y es superior a

los reyes. Cuando estos quieren hacerlo, la esclavizan en vez de

protegerla; pues son tan poderosos, y tan débiles los demás hombres,

que si se les dejase intervenir en las cuestiones relativas a ella,

todo correría el riesgo de ser trastornado a su voluntad. Dejad,

pues, en libertad a los favorecidos de los dioses para que decidan, y

limitaos a reprimir a aquellos que no obedezcan su juicio luego que

haya sido pronunciado.

En seguida se lamentó Idomeneo de la perplejidad en que se hallaba

sobre gran número de procesos entre varios particulares que le instaban

para que los decidiese.

Hacedlo, respondió Méntor, resolviendo todas las cuestiones nuevas

que hayan de establecer máximas generales de jurisprudencia o para

interpretar las leyes; pero nunca toméis a vuestro cargo juzgar los

casos particulares, pues acudirán todos de tropel, seréis el único

juez de vuestro pueblo, e inútiles los demás jueces: os agobiarán los

negocios de poca entidad, distrayéndoos de los de grande importancia,

y no os será posible arreglar el pormenor de ellos. Guardaos bien de

dar lugar a esto; remitid los negocios particulares a los magistrados

ordinarios; no hagáis sino lo que ningún otro pueda hacer para

aliviaros, y de este modo llenaréis las funciones verdaderas de rey.

También me estrechan, decía Idomeneo, a que haga varios matrimonios;

porque las personas distinguidas que me han acompañado a la guerra, y

perdido grandes bienes de fortuna por servirme, desearían encontrar

alguna recompensa enlazándose con ciertas jóvenes ricas, y solo una

palabra mía basta a procurarles el establecimiento que apetecen.

Cierto es, replicó Méntor, que solo os costaría una palabra; pero

también lo es que esta podría costaros muy cara. ¿Querríais privar

al padre y a la madre de la libertad y consuelo de elegir yernos, y

de consiguiente herederos? Sería poner a todas las familias en la

esclavitud más rigurosa, y seríais además responsable de las desgracias

domésticas de vuestros ciudadanos. Hartas espinas tiene en sí el

matrimonio, sin agravarle con esta pesadumbre. Si tenéis servidores

fieles que recompensar, dadles tierras incultas, añadidles honores

proporcionados a su condición y a sus servicios, y aun algún numerario

tomado de los fondos destinados a otros gastos; pero no paguéis jamás

vuestras deudas sacrificando a las jóvenes ricas contra la voluntad de

sus padres.

De esta cuestión pasó Idomeneo con brevedad a otra, diciendo: Se quejan

los sibaritas de que hemos usurpado las tierras que les pertenecen,

y dádolas como campos incultos a los extranjeros establecidos aquí:

¿cederé yo a sus pretensiones? Si lo hago, creerán todos estar

autorizados para hacerlas en perjuicio nuestro.

No es justo, respondió Méntor, creer a los sibaritas en causa propia;

mas tampoco lo es creeros en la vuestra. ¿A quién creeremos pues?,

replicó Idomeneo. A ninguna de las dos partes, prosiguió Méntor.

Preciso es elegir como árbitro un pueblo que no sea sospechoso a

unos ni a otros: tales son los sipontinos, que ningún interés tienen

contrario al vuestro.

¿Pero acaso, respondió Idomeneo, estoy yo obligado a someterme a un

árbitro? ¿No soy rey? ¿Deberá someterse un soberano a los extranjeros

acerca de los límites de su dominación?

Pues no queréis ceder, prosiguió Méntor, debéis juzgar ser bueno

vuestro derecho. Por otra parte tampoco lo harán los sibaritas

sosteniendo ser cierto el suyo, y en tal oposición o ha de aveniros un

árbitro elegido por ambas partes, o ha de decidir la suerte de las

armas: no hay término medio. Si entraseis en una república en que no

hubiese magistrados ni jueces, y en la cual se creyeran autorizadas las

familias para hacerse justicia por medio de la fuerza, lamentaríais

su desventura y os causaría horror tan espantoso desorden, pues se

armarían unas contra otras. ¿Y creéis que los dioses no miren con el

mismo horror al mundo entero, que no es otra cosa que la república

universal, si cada pueblo, que es una gran familia, se cree con derecho

a hacerse justicia a sí mismo por medio de la violencia contra los

demás pueblos? El particular que posee un campo como patrimonio de sus

progenitores, no puede mantenerse en él sino por la autoridad de las

leyes y el juicio de los magistrados; y si pretendiese conservar por

la fuerza lo que le ha dado la justicia, sería castigado con severidad

cual sedicioso. ¿Juzgáis que los monarcas puedan emplear la fuerza para

apoyar sus pretensiones, sin haber tentado antes los medios suaves y

humanos? ¿No es aún más sagrada la justicia, y más inviolable para

los reyes con relación a la totalidad de otros países, que para las

familias relativamente a algunos terrenos cultivados? ¿Será injusto y

raptor cuando se apodera únicamente de cortas porciones de tierra, y

justo y héroe si ocupa provincias? Si se previene y lisonjea, si se

ciega en los pequeños intereses del particular, ¿no deberá temerse

todavía más que suceda así en los grandes intereses del estado? ¿Se

creerá a sí mismo en lo que hay tantas razones para desconfiar del

juicio propio? ¿No temerá engañarse en los casos en que el error de un

solo hombre produce consecuencias terribles? El error de un monarca que

se lisonjea en sus pretensiones, causa muchas veces estragos, hambres,

mortandades, pérdidas, depravación de costumbres, cuyos funestos

efectos se trasmiten a edades remotas. ¿Y no temerá lisonjearse

en tales ocasiones el rey que siempre está rodeado de lisonjeros?

Si conviene en algún árbitro que termine su diferencia, manifiesta

equidad, moderación y buena fe; publica las razones sólidas en que se

apoya su derecho, y el árbitro elegido es un mediador amigable, no un

juez riguroso. Mas no se somete ciegamente a sus decisiones, sino que

se le mira con deferencia: no pronuncia la decisión como juez soberano,

hace proposiciones, y por sus consejos se sacrifica algo para conservar

la paz. Si a pesar de sus cuidados por conservarla sobreviene la

guerra, le tranquiliza al menos el testimonio de su conciencia, goza

la estimación de sus vecinos y la protección del cielo. Convencido

Idomeneo, consintió en que los sipontinos fuesen mediadores entre él y

los sibaritas.

Viendo el rey eran inútiles todos sus esfuerzos para detener a los

dos extranjeros, procuró conseguirlo por un vínculo más fuerte.

Había observado que Telémaco amaba a Antíope, y se prometió lograrlo

excitando su pasión: con este objeto la hizo cantar muchas veces

durante los festines; y aunque lo ejecutó por obediencia a su padre,

fue con tanta modestia y disgusto que no podía desconocerse el que

experimentaba al obedecerle: y aun llegó Idomeneo a pretender cantase

la victoria alcanzada sobre Adrasto y los daunios; pero no pudo

resolverse a celebrar las alabanzas de Telémaco: negose con respeto,

y no osó insistir en ello su padre. Penetraba su agradable voz en el

corazón del hijo de Ulises: escuchábala absorto; e Idomeneo, que no

apartaba de él la vista, se regocijaba al observar su turbación. Sin

embargo, aparentaba Telémaco no conocer los designios del rey. No le

era posible en ciertas ocasiones dejar de conmoverse; mas la razón

era superior a sus sentimientos: ya no era aquel Telémaco a quien

una tiránica pasión cautivara en otro tiempo en la isla de Calipso.

Mientras cantaba Antíope guardaba el mayor silencio, y cuando había

acabado se apresuraba a atraer la conversación a cualquier otro objeto.

[Ilustración]

No pudiendo el rey lograr por este medio su designio, se resolvió a

preparar una gran cacería para complacer a su hija. Lloró Antíope

no queriendo concurrir a ella, mas fue preciso ejecutar la orden

terminante de su padre. Montó un fogoso caballo, semejante a los que

domaba Cástor para las lides; y le guiaba sin dificultad, siguiéndola

una tropa de hermosas doncellas, entre las cuales aparecía cual Diana

en las florestas. La vio Idomeneo y no se cansaba de mirarla, y al

verla olvidaba todos sus infortunios: viola también Telémaco, y más le

conmovió la modestia de Antíope que su destreza y sus gracias.

Perseguían los perros a un jabalí enorme, y tan furioso como el de

Calidón, cuyas largas y erizadas cerdas eran semejantes a los dardos:

centelleábanle los ojos, y sus bufidos se percibían a larga distancia

cual el ruido de los vientos cuando los encierra Eolo en su gruta para

calmar las tempestades: cortaba los troncos con el corvo colmillo del

mismo modo que pudiera hacerlo la hoz del segador: despedazaba a los

perros que osaban aproximarse a él, y los más atrevidos cazadores

temían esperarle al perseguirle.

Mas no temió acercarse a él Antíope corriendo con la velocidad del

viento: le arrojó un dardo y quedó herido en el lomo; y comenzando a

correrle la sangre, se aumentó su furor y corrió hacia la mano que le

había herido. Estremecido el caballo de Antíope, retrocede a pesar de

su fiereza, arrójase a él el jabalí cual la pesada máquina cuyo golpe

estremece las murallas más sólidas, vacila el caballo, cae, y queda

tendida en tierra Antíope sin arbitrio para evitar el fatal golpe del

colmillo del jabalí deseoso de vengar su herida. Pero a este tiempo ya

había descendido Telémaco del caballo, cuidadoso por el peligro que

pudiera correr Antíope, y con la celeridad del rayo se coloca entre el

caballo y la fiera, e introduce por el costado de esta un dardo que la

hizo caer llena de furor.

[Ilustración]

Divide al instante del cuerpo la cabeza que todavía inspiraba temor al

verla de cerca, y cuya magnitud sorprende a los cazadores: preséntala a

Antíope, ruborízase esta, y procura descubrir en los ojos de su padre

lo que debía hacer, e indícale este la acepte, complacido al verla

fuera de peligro después de haberle llenado de espanto la situación en

que se viera. Recibo de vos llena de gratitud, dijo Antíope a Telémaco

al recibirla, otro don más grande, pues os debo la vida; y apenas hubo

acabado de decir estas palabras, temió haber dicho demasiado, bajó la

vista, y al observar Telémaco su turbación no se atrevió a hablar cual

deseaba, y solo la dijo estas palabras: ¡Venturoso el hijo de Ulises,

pues ha conservado vida tan preciosa!, pero todavía más venturoso

si pudiese pasar la suya a vuestro lado. Oyole Antíope, y sin darle

respuesta se incorporó precipitadamente con las demás jóvenes que la

acompañaban, y volvió a subir a su caballo.

En aquel momento mismo hubiera Idomeneo ofrecido su hija a Telémaco;

pero quiso estimular su pasión dejándole en la incertidumbre, y aun

creyó retenerle en Salento por el deseo de asegurar su enlace. Así

pensaba Idomeneo; mas los dioses burlan la sabiduría humana, y lo que

debía detener a Telémaco fue precisamente el motivo que aceleró su

partida, pues lo que comenzaba a sentir en su corazón introdujo en él

una desconfianza justa de sí mismo.

Redobló su solicitud Méntor para inspirar a Telémaco un deseo

impaciente de regresar a Ítaca, instando al mismo tiempo a Idomeneo

para que les dejase partir. Ya se hallaba dispuesto el bajel; porque

Méntor, que dirigía todos los momentos de la vida de Telémaco para

elevarle al más alto grado de gloria, no le permitía permanecer en

lugar alguno sino en cuanto le era necesario para ejercitar sus

virtudes y proporcionarle lecciones de experiencia, y había tenido

cuidado de preparar el navío desde su regreso del campo confederado.

Idomeneo que con tanta repugnancia le viera preparar, cayó en una

mortal tristeza y en un desconsuelo que causaba compasión cuando

vio iban a abandonarle los dos huéspedes que tantos auxilios le

proporcionaran. Encerrábase en los sitios más retirados del palacio, y

en ellos desahogaba su pecho sollozando y vertiendo lágrimas: olvidó

el alimento, huyó el sueño de sus párpados y consumíale la inquietud:

semejante al corpulento árbol cuyas pobladas ramas proporcionaran

sombra a la madre tierra, respetado en otro tiempo por el hacha del

leñador y nunca estremecido por los huracanes; pero que, comenzado

a roer por el gusano que se introdujera en los canales por donde

circulaba la nutridora savia, llega a convertirse en un tronco vestido

de corteza y poblado de secos tallos, porque debilitándose sin causa

conocida, se marchitó y perdió el adorno frondoso de su hoja: tal era

el estado de Idomeneo.

Enternecido Telémaco no osaba abrir los labios: temía la hora de la

partida, buscaba pretextos para retardarla, y hubiera permanecido largo

tiempo en tal incertidumbre si no le hubiese dicho Méntor: Me complace

veros tan demudado: nacisteis de carácter duro y altanero: no afectaban

vuestro corazón sino las comodidades e intereses propios; mas por fin

habéis llegado a ser hombre, y por la experiencia de los males propios

comenzáis a compadecer los ajenos. Sin esta compasión no hay bondad,

virtud, ni capacidad para gobernar a los hombres; pero es preciso no

llevarla al extremo ni caer en la flaqueza. Hablaré gustoso a Idomeneo

para que nos permita partir, y os evitaré la turbación consiguiente;

pero no quiero que la vergüenza y la timidez dominen vuestro corazón,

porque debéis acostumbraros a hermanar el valor y la firmeza con la

tierna y sensible amistad, temiendo afligir al hombre cuando no sea

necesario, tomando parte en sus penas cuando no puedan evitarse, y

dulcificando en lo posible el golpe que no esté en vuestras manos

evitar. Por eso mismo, respondió Telémaco, sería para mí preferible

supiese Idomeneo por vos nuestra partida.

Os engañáis, replicó Méntor, querido Telémaco: habéis nacido como los

hijos de los reyes, nutridos entre púrpura, que pretenden se haga todo

a su gusto, y que la naturaleza entera obedezca su voluntad, pero sin

tener ánimo para resistir a persona alguna cara a cara; no porque

desprecien a los hombres, ni porque llenos de bondad teman afligirles,

sino porque deseosos de su propia comodidad no quieren ver en torno

suyo al melancólico ni al descontento. No les afectan las miserias

y calamidades humanas cuando no se hallan a su vista, y si oyen

hablar de ellas se entristecen considerándolo inoportuno, pues para

agradarles siempre ha de decírseles que viven todos contentos; y en

tanto que se entregan a los placeres, nada quieren ver ni oír que pueda

interrumpirlos. Si es preciso reprender, corregir, desengañar a alguno,

resistir a las pretensiones o injustos deseos de hombres importunos, lo

encargan a otro; y en vez de hablar por sí mismos con entereza y agrado

en tales ocasiones, permitirán les arranquen gracias las más injustas,

y perjudicarán los negocios de mayor interés, por no decidir contra el

parecer de aquellos con quienes tratan diariamente. Esta flaqueza que

experimentan en sí mismos, hace que cada cual procure aprovecharse de

ella: se les insta e importuna, se les agobia, y haciéndolo se llega a

obtener lo que se apetece. Lisonjéaseles y se les inciensa al principio

para insinuarse; pero luego que se ha obtenido su confianza, y se

está cerca de ellos en empleos de alguna categoría, se les subyuga:

laméntanse de ello y desean sacudir el yugo: sin embargo, arrástranle

toda su vida. Aparentan celo por no ser gobernados; mas lo son siempre,

y no pueden dejar de serlo, semejantes al débil tallo de la vid, que

careciendo de apoyo propio lo busca en el tronco de algún árbol robusto.

No permitiré caigáis en tal flaqueza, que hace al hombre imbécil para

el gobierno. La ternura que impide os atreváis a hablar a Idomeneo,

desaparecerá luego que estéis fuera de Salento; porque no es su dolor

lo que os estremece, sino que os embaraza su presencia. Id, hablad a

Idomeneo; aprended en esta ocasión a ser a la vez tierno y animoso:

manifestadle vuestro sentimiento por apartaros de él; pero al mismo

tiempo hacedle ver con tono decisivo la necesidad de nuestra partida.

No se atrevía Telémaco a resistir a Méntor ni a presentarse a Idomeneo:

ruborizábase de su timidez; mas no tenía valor para hacerse superior a

ella: vacilaba, y dando algunos pasos retrocedía inmediatamente para

alegar alguna excusa que lo retardase. Sin embargo, una sola mirada de

Méntor le imponía silencio y desaparecían todos los pretextos. ¿Sois

vos, decía Méntor sonriendo, el vencedor de los daunios, el libertador

de la grande Hesperia, el hijo del sabio Ulises, que después de los

días de este ha de ser oráculo de la Grecia? ¡No os atrevéis a decir

a Idomeneo no seros posible retardar más vuestro regreso a la patria

para abrazar al que os dio el ser! Pueblo de Ítaca, ¡cuán desventurado

serás si algún día llegas a tener un rey dominado por la mal entendida

vergüenza, y que sacrifica los mayores intereses a sus debilidades en

las cosas de menos importancia! Ved aquí, Telémaco, cuánta diferencia

media entre el valor necesario en las lides y el que es propio de los

negocios: no os inspiraron temor las armas de Adrasto, y teméis a la

tristeza de Idomeneo. He aquí lo que deshonra a los príncipes que

ejecutaron las mayores hazañas: después de haber obrado cual héroes en

la guerra, lo hacen como el menos capaz en las ocasiones ordinarias en

que otros se mantienen con esfuerzo.

[Ilustración]

Penetrado Telémaco de la verdad de estas palabras, y ofendido de las

reconvenciones de Méntor, partió con celeridad; pero apenas se presentó

en el lugar en que se hallaba sentado Idomeneo con la vista en el

suelo, desfallecido de tristeza, temiéronse uno a otro y no se atrevió

a mirarle. Entendíanse sin hablar palabra, y temían recíprocamente

romper el silencio: comenzaron a llorar uno y otro, y por último,

arrebatado Idomeneo por el exceso de su dolor, exclamó: ¡De qué sirve

buscar la virtud si recompensa tan mal a los que la estiman! ¡Después

de haberme hecho ver mis flaquezas, me abandonan! Incidiré de nuevo

en el infortunio: no se me hable más de gobernar bien: no, no puedo

hacerlo: me hallo ya cansado de los hombres. ¿A dónde queréis ir,

Telémaco? Vuestro padre no existe: le buscáis inútilmente: Ítaca es

presa de vuestros enemigos, y os sacrificarán si regresáis a ella:

vuestra madre se habrá entregado ya a los brazos de otro esposo.

Permaneced aquí: seréis mi yerno y mi heredero: reinaréis después de

mis días y aun durante mi vida será aquí absoluto vuestro poder: no

tendrá límites mi confianza. Pero si sois insensible a todas estas

ventajas, dejadme al menos a Méntor, que es mi único apoyo. Hablad,

respondedme; no se endurezca vuestro corazón: tened piedad del más

infeliz de los hombres. ¡Qué! ¡Nada respondéis! ¡Ah!, comprendo cuán

desapiadados son para mí los dioses: sí, los veo todavía más rigurosos

que cuando en Creta traspasé el pecho de mi propio hijo.

No soy mío, respondió Telémaco con voz tímida y turbada: los destinos

me llaman a mi patria; y Méntor, que posee la sabiduría de los dioses,

me manda partir en nombre de ellos. ¿Qué queréis que haga? ¿Renunciaré

al padre, a la madre, y a la patria que debe serme todavía más cara?

Nacido para ocupar el trono, no me hallo destinado a una vida tranquila

y agradable, ni a obrar según mis inclinaciones. Más rico y poderoso es

vuestro reino que el de Ulises; pero debo preferir el que me destinan

los dioses al que tenéis la bondad de ofrecerme. Me contemplaría feliz

si tuviese por esposa a Antíope sin la esperanza de sucederos en el

reino; mas para hacerme digno de ella, debo ir adonde me llama mi

deber, y debe ser también mi padre el que pida su mano para mí. ¿No me

prometisteis enviarme a Ítaca? ¿No he peleado por vos contra Adrasto

en el ejército confederado en virtud de esta promesa? Tiempo es ya de

que repare las desgracias domésticas. Los dioses que me han dado a

Méntor, han encomendado también a este el hijo de Ulises para que le

haga cumplir sus destinos. ¿Queréis que pierda a Méntor después que lo

he perdido todo? Ni poseo bienes de fortuna, ni tengo adonde retirarme,

ni padre, ni madre, ni patria segura: solo me queda un hombre sabio y

virtuoso, don el más precioso de Júpiter. Juzgad vos mismo si puedo

renunciar a él y consentir en que me abandone. No, antes moriré.

Arrancadme la vida, que nada es, y no me dejéis sin Méntor.

A medida que hablaba Telémaco, era más vigorosa su voz, y desaparecía

su timidez. No hallaba Idomeneo qué responderle, ni podía convenir en

lo que le decía el hijo de Ulises; y cuando no le era posible hablar,

procuraba al menos excitar su compasión con sus gestos y miradas.

Entonces vio aparecer a Méntor, que le dijo con gravedad:

No os aflijáis: os dejamos; mas permanecerá a vuestro lado la sabiduría

que preside a los consejos de los dioses: pensad solamente que habéis

sido demasiado feliz en que nos haya enviado Júpiter para salvar

vuestro reino y sacaros del extravío en que vivíais. Filocles, a quien

os hemos restituido, os servirá fielmente, y permanecerán siempre en su

corazón la inclinación a la virtud, el amor al pueblo y la compasión

al desgraciado. Escuchadle: servíos de él lleno de confianza y sin

envidia. El mayor servicio que puedo haceros es obligarle a que os haga

ver vuestros errores sin contemplación; pues el mayor valor de un buen

monarca consiste en buscar amigos verdaderos que le digan sus defectos.

Si tenéis ánimo para ello, en nada os perjudicará nuestra ausencia y

viviréis feliz; pero si la lisonja, que se desliza cual la serpiente,

vuelve a encontrar camino para introducirse en vuestro corazón, estáis

perdido. No dejéis que os abata el dolor, y esforzaos a seguir la

virtud. He dicho a Filocles cuanto debe hacer para aliviaros y para no

abusar jamás de vuestra confianza: yo os respondo de él, pues os le han

dado los dioses como me han dado a mí a Telémaco. Cada cual debe seguir

animoso su destino: inútil es afligirse; si alguna vez tenéis necesidad

de mí, volveré después que haya restituido a Telémaco su padre y su

patria. ¿Qué podría yo hacer más agradable para mí? No busco bienes

de fortuna ni autoridad sobre la tierra, solo quiero ayudar a los que

desean la virtud y la justicia. ¿Cómo podré yo olvidar la confianza y

amistad con que me habéis tratado?

Este razonamiento cambió repentinamente la situación de Idomeneo:

sintió aplacado su corazón, a la manera que Neptuno aplaca con su

tridente las olas embravecidas y las tempestades. Experimentaba

únicamente un dolor pasivo, que era más bien tristeza y efecto de

ternura que aflicción; y comenzaban a renacer en su pecho el valor, la

confianza, la virtud y la esperanza de ser auxiliado por los dioses.

Pues bien, mi querido Méntor, dijo Idomeneo: lo perderé todo resignado;

pero al menos acordaos de mí cuando hayáis llegado a Ítaca, en donde

vuestra sabiduría os conducirá a la prosperidad. No olvidéis ha sido

obra vuestra Salento, en cuya ciudad dejáis un rey desgraciado, que

ninguna esperanza tiene sino en vosotros. Partid, digno hijo de Ulises,

ya no os detengo más; no pretendo resistir a los dioses que me habían

proporcionado tan inestimable tesoro: partid vos también, oh Méntor,

el más grande y más sabio de los hombres (si es que la humanidad

puede hacer lo que vos habéis ejecutado, y si acaso no sois divinidad

que haya adoptado la forma humana para instruir a los débiles e

ignorantes); conducid al hijo de Ulises, más venturoso aún por poseeros

que por la victoria alcanzada contra Adrasto. Partid ambos: no me

atrevo a deciros más; perdonad mis suspiros. Id, viváis felices juntos:

nada me resta sobre la tierra sino la memoria de que hayáis vivido

conmigo. ¡Venturosos días, cuyo precio no he conocido nunca bastante

bien, días trascurridos con demasiada rapidez, ya no volveréis, ya mis

ojos no volverán a ver lo que ahora miran!

Aprovechó Méntor para la partida este momento: abrazó a Filocles,

que sin poder hablar una sola palabra le bañó con su llanto. Quiso

Telémaco dar la mano a Méntor para libertarse de las de Idomeneo; pero

colocándose este entre los dos, se dirigió con ellos hacia el puerto.

Mirábalos, suspiraba, comenzaba a hablar; mas no podía acabar palabra

alguna.

[Ilustración]

Entre tanto percibieron en la playa la confusa gritería de los

marineros: prepararon estos las jarcias, izaron las velas y comenzó

a soplar un viento favorable. Despídense del rey Telémaco y Méntor

llorosos, estréchales por largo tiempo entre sus brazos Idomeneo,

siguiéndoles con la vista mientras pudo divisarlos.

[Ilustración]

Las aventuras de Telémaco seguidas de las de Aristonoo · 第 79 / 88 题