Deseaba con impaciencia el hijo de Ulises volver a reunirse con Méntor
en Salento, y embarcarse en su compañía para Ítaca adonde esperaba
arribaría en breve su padre. Luego que se aproximó a Salento le
sorprendió hallar cultivados, convertidos en jardín y poblados de
labradores todos los campos inmediatos a la ciudad, conociendo ser
obra de la sabiduría de Méntor; y dentro ya de sus muros advirtió ser
más escaso en ella el número de artesanos dedicados a proporcionar
los goces delicados de la vida, y desterrada en parte la antigua
magnificencia. Llamó esto su atención, porque su carácter le inclinaba
a todo aquello que tenía las exterioridades de opulencia y cultura;
pero ocuparon su imaginación otras ideas. Descubrió de lejos a Idomeneo
y a Méntor, y al momento conmovieron su corazón el gozo y la ternura.
Sin embargo del éxito de sus empresas durante la guerra contra Adrasto,
temía no estuviese Méntor satisfecho de su conducta, y a medida que se
acercaba a él procuraba descubrir en su semblante si algo tendría que
reprenderle.
[Ilustración]
Abrazó Idomeneo a Telémaco cual pudiera hacerlo con su propio hijo y
en seguida se arrojó Telémaco a los brazos de Méntor bañándole con sus
lágrimas. Me hallo satisfecho de vos, le dijo Méntor: habéis cometido
grandes yerros; pero os han servido para conoceros y desconfiar de vos
mismo. Muchas veces proporcionan mayor fruto los errores que las bellas
acciones; porque estas envanecen al hombre inspirándole una presunción
peligrosa, al paso que aquellas le hacen conocer su interior y le
proporcionan la prudencia que perdiera protegido por la fortuna. Solo
os falta alabar a los dioses, y no desear que vuestros semejantes os
alaben. Grandes cosas habéis hecho; pero confesad la verdad, no habéis
sido vos solo quien las ha ejecutado. ¿No es cierto que al obrarlas
habéis conocido proceder de una causa extraña que obraba dentro de
vos mismo? ¿No erais incapaz de ejecutarlas por vuestra impetuosidad
y falta de prudencia? ¿No conocéis que Minerva os ha trasformado al
parecer en otro hombre superior a lo que sois para obrar lo que habéis
ejecutado? Esta deidad ha suspendido los efectos de vuestros errores,
como aplaca y suspende Neptuno las tempestades y las irritadas olas.
En tanto que Idomeneo preguntaba con curiosidad a los cretenses que
habían regresado de la guerra, escuchaba Telémaco los sabios consejos
de Méntor, y mirando a todas partes lleno de admiración decía a
este: He aquí un cambio cuya causa no comprendo: ¿ha ocurrido alguna
calamidad en Salento durante mi ausencia? No veo metales ni piedras
preciosas; los trajes son sencillos; los edificios menos vastos
y adornados; desfallecen las artes, y la ciudad ha llegado a ser
comparable con la soledad.
¿Habéis observado, respondió Méntor sonriendo, el estado de los campos
inmediatos a ella? Sí, replicó Telémaco, por todas partes he visto
honrada la labranza, y entrados en cultivo los campos. ¿Y qué vale
más, volvió a decir Méntor, una ciudad opulenta en mármoles y ricos
metales, cuyos campos se hallen descuidados y estériles, o una campiña
bien cultivada y fértil con una ciudad mediana, y en cuyas costumbres
resplandezca la modestia? Una gran ciudad bien poblada de artesanos
que se ocupen en debilitar las costumbres, proporcionando delicias a
la vida, cuando su territorio sea pobre y esté mal cultivado, puede
compararse a un monstruo cuya cabeza sea de enorme tamaño, y el cuerpo
extenuado por falta de alimento y sin ninguna proporción con ella. El
número de la población y la abundancia de los alimentos, forman la
fuerza y riqueza verdadera de un rey. En el día cuenta Idomeneo con un
numeroso pueblo, infatigable en el trabajo que ocupa toda la extensión
de su país. Este forma una sola ciudad, cuyo centro es Salento. Hemos
trasportado a la campiña los brazos que faltaban en ella y eran
superfluos en la ciudad, y atraído además a este país muchos pueblos
extranjeros. Mientras más se multipliquen estos, más multiplicarán
también los frutos de la tierra con su trabajo; y esta multiplicación,
tan agradable como pacífica, proporcionará mayor aumento a su reino que
las conquistas. Hemos arrojado de la ciudad las artes superfluas que
alejan al pobre del cultivo de la tierra que sufraga a sus necesidades
verdaderas, y corrompen al rico entregándole al lujo y la molicie;
pero sin perjudicar a las bellas artes y a los que poseen talentos
para cultivarlas, y por este medio es más poderoso Idomeneo que cuando
admirabais su magnificencia, porque aquel brillo ocultaba la flaqueza y
miseria que en breve hubieran destruido su imperio. Ahora es mayor el
número de hombres, y los alimenta con más facilidad; y acostumbrados
todos ellos al trabajo, al sufrimiento y al desprecio de la vida, por
su adhesión a las buenas leyes, están dispuestos a pelear en defensa
de la tierra que cultivan con sus propias manos. El estado que hoy
creéis abatido, será en breve maravilla de la Hesperia.
[Ilustración]
Acordaos, Telémaco, de que en el gobierno de los pueblos hay dos cosas
perniciosas que rara vez procuran remediarse: una la autoridad injusta
y demasiado violenta de los reyes, otra el lujo que corrompe las
costumbres.
Cuando se acostumbran los monarcas a obrar sin otras leyes que su
voluntad, y no ponen freno a sus pasiones, todo lo pueden; pero al
mismo tiempo debilitan el fundamento de su poder, porque careciendo de
regla y máxima cierta para gobernar, no rigen pueblos sino esclavos,
cuyo número disminuye diariamente, a pesar de que todos les adulan
a porfía. ¿Y quién les dirá la verdad? ¿Quién opondrá diques a este
torrente? Todo sucumbe: huyen los sabios, y se ocultan lamentando las
desgracias públicas; y si acaso una revolución repentina y violenta
hace entrar en sus antiguos límites el poder que los había traspasado,
no pocas veces le conduce a su ruina el golpe mismo que pudiera
salvarle. Ninguna cosa amenaza la funesta caída como la autoridad que
llega a ser ilimitada, porque puede compararse a un arco cuya cuerda
se estira con exceso, que llega a romperse de repente si aquella no
se afloja; mas ¿quién osará hacerlo? Hallábase Idomeneo corrompido
hasta el fondo de su corazón por la autoridad que le lisonjeaba tanto,
y aunque caído de su trono no había llegado a desengañarse. Ha sido,
pues, necesario que los dioses nos enviasen aquí para que olvidase el
abuso del poder ciego y opresivo que no conviene a los hombres, y aun
así ha sido preciso también obrar maravillas para convencerle.
El otro mal, poco menos que incurable, es el lujo; porque así como la
excesiva autoridad seduce a los reyes, seduce el lujo a las naciones.
Suponen que este proporciona subsistencia al pobre a expensas del rico,
como si aquel no pudiera hallarla con mayor utilidad multiplicando
los frutos de la tierra, sin debilitar al rico extraviándole en la
sensualidad. Se acostumbra una nación entera a considerar las cosas
superfluas como necesarias a la vida: se inventan diariamente estas,
y no pueden vivir sin lo que era desconocido treinta años antes, y a
esto se da el nombre de buen gusto, perfección de las artes y cultura
de la nación. Elógiase como virtud este vicio que acarrea otros muchos,
y comunica su contagio desde el monarca hasta la plebe. Quieren los
deudos de aquel imitar su opulencia, la de estos los grandes del
estado, rivalizar con estos las clases medianas, porque ¿quién se hace
justicia a sí mismo?, y a estos quieren igualarse los pobres. Hacen
todos más de lo que pueden, unos por fasto y por prevalerse de sus
riquezas, otros por vergüenza mal entendida y por ocultar su pobreza,
y aun aquellos que son bastante cuerdos para desaprobar el desorden,
no lo son para corregirle los primeros, dando ejemplos opuestos.
Arruínase la nación, y se confunden todas las clases. El deseo de
adquirir bienes para sostener gastos inútiles corrompe las más puras
almas, y solo se trata de ser ricos, porque la pobreza es infamia. El
sabio, el hábil, el virtuoso, el que instruye a sus semejantes, el
vencedor en las batallas, el que salva la patria, el que sacrifica
todos sus intereses, será despreciado si la opulencia no hace brillar
sus talentos. Hasta el que nada posee quiere aparecer rico: gasta cual
si tuviese: contrae deudas, engaña, y para conseguirlo se vale de mil
artificios indignos. ¿Y quién remediará tantos males? Preciso es trocar
el gusto y las costumbres de una nación, y darla leyes nuevas. Pero
¿quién podrá verificarlo sino un monarca filósofo que con el ejemplo de
su moderación sepa avergonzar a los inclinados a gastos superfluos, y
alentar al sabio, que adquirirá influencia sobre el pueblo viviendo en
la honrosa frugalidad?
Escuchaba Telémaco a Méntor como el que despierta de un profundo sueño:
conocía la verdad de sus palabras, y se grababan estas en su corazón a
la manera que el escultor diestro imprime los rasgos que quiere sobre
el mármol, dándoles vida y movimiento. Nada respondía; pero recordaba
lo que le acababa de decir, y observaba con la vista los cambios
ejecutados en la ciudad, y en seguida decía de esta suerte.
[Ilustración]
Por vos ha llegado a ser Idomeneo el más sabio de los reyes: le
desconozco y también a su pueblo. Confieso que lo que habéis hecho
vale infinitamente más que nuestras victorias; porque la casualidad y
la fuerza tienen gran parte en los éxitos de la guerra, y por lo mismo
debe ser el soldado partícipe de la gloria en las batallas, al paso
que vuestra obra procede de una sola cabeza, y ha sido preciso hayáis
trabajado solo para corregir al rey y a su pueblo. Los sucesos de la
guerra son siempre odiosos y funestos, y aquí todo es obra de una
sabiduría divina, todo es agradable, puro, amable, y en todo ello se
ven rasgos de un poder superior al del hombre. Cuando este apetece la
gloria, ¿por qué no se la procura empleándose en ejecutar el bien? ¡Ah,
qué mal la comprenden cuando la buscan asolando la tierra y derramando
sangre humana!
Manifestó Méntor su gozo al advertir desaprobaba Telémaco las victorias
y las conquistas, sin embargo de hallarse en una edad en que era muy
natural le alucinase la gloria que acababa de adquirir.
Cierto es, dijo Méntor, que cuanto veis aquí es bueno y laudable; pero
sabed que podrían hacerse cosas todavía mejores. Idomeneo modera sus
pasiones y se esfuerza en gobernar con justicia. Sin embargo, no deja
de padecer algunos errores, consecuencias desgraciadas de los que antes
ha cometido; porque cuando el hombre quiere huir el mal, le persigue
este al parecer por largo tiempo, pues el hábito enerva su carácter con
errores inveterados y prevenciones casi incurables. ¡Feliz el que jamás
se extravió! Solo él puede obrar el bien con perfección. Telémaco, los
dioses exigirán de vos más que de Idomeneo, pues habéis conocido la
verdad desde la juventud, y jamás os entregasteis a las seducciones de
una excesiva prosperidad.
Idomeneo, continuó Méntor, es prudente e ilustrado; pero se ocupa
demasiado en los detalles, y no medita bastante sobre la generalidad
de los negocios para formar planes. La habilidad de un monarca,
superior a los demás hombres, no consiste en hacerlo todo por sí
mismo; porque es grosera vanidad esperar conseguirlo o intentar
persuadir al mundo de tener capacidad para ello. El rey debe gobernar
eligiendo y dirigiendo a los que gobiernan bajo su autoridad, sin que
sea preciso ejecute los pormenores, porque sería hacer lo que toca a
estos; sino exigir le enteren de su ejecución y saber bastante para
verificarlo con discernimiento. Elegir y aplicar según sus talentos
a los que gobiernan es hacerlo maravillosamente; pues el gobierno
supremo y perfecto consiste en gobernar a los que gobiernan. Para ello
es preciso observarlos, experimentarlos, moderarlos, corregirlos,
animarlos, elevarlos o abatirlos, cambiarlos de lugar y no dejar nunca
de vigilarlos. Aspirar el monarca a examinarlo todo por sí mismo,
es pequeñez, desconfianza, entregarse a los detalles, que absorben
el tiempo y la libertad del entendimiento que requieren las cosas
de importancia; porque para formar grandes proyectos, debe estar
el entendimiento libre y reposado, y pensar con quietud, separado
absolutamente de la expedición de los negocios delicados. El talento
agobiado con los pormenores puede compararse con las heces del vino que
carecen de fuerza y no agradan al paladar, y el que gobierna por ellos
se ocupa de lo presente sin entrar en las miras de un porvenir remoto;
y arrastrados siempre por el negocio del día, cual su única ocupación,
se contrae demasiado a ella y hace limitado su entendimiento, porque
no se juzga bien de los negocios sino cuando se les compara en globo,
ordenándolos para que tengan consecuencia y proporción. Desviarse de
esta regla es imitar al músico que se contentase con hallar sonidos
armoniosos sin tomarse el trabajo de unirlos y ordenarlos para componer
una música agradable, o al arquitecto que creyese haberlo hecho todo
aglomerando hermosas columnas y piedras bien labradas, sin pensar en
el orden y proporción de los adornos del edificio; pues al levantar
un salón no prevé ha de ser necesaria la escalera, y cuando edifica
el todo del edificio no cuida del portal ni del patio. Su obra será
una aglomeración confusa de partes magníficas que no convendrán unas
con otras, y lejos de hacerle honor será un monumento que perpetuará
su oprobio; porque hará ver que no pensó con bastante extensión para
concebir a la vez el plan general de la obra, carácter propio de un
entendimiento escaso. El que ha nacido con entendimiento limitado a
los pormenores, solo es apto para ejecutar dirigido por otro. No lo
dudéis, Telémaco; el gobierno de un reino requiere cierta armonía como
la música, y justas proporciones como la arquitectura.
Si todavía queréis que me sirva de la comparación de estas dos artes,
os haré conocer cuán medianos son los hombres que gobernando se ocupan
de los detalles. El músico que solo canta en un concierto, por bien que
lo ejecute nunca será otra cosa que un cantor; pero el que le dirige y
ordena a la vez todas sus partes, es el verdadero maestro de capilla.
Del mismo modo es operario o peón el que labra las columnas o levanta
una parte del edificio, mientras que el que ha ideado la totalidad
de él, tiene en la cabeza todas sus proporciones, es el verdadero
arquitecto. Por igual principio son los que menos gobiernan aquellos
que se ocupan en el mayor número de negocios; porque el verdadero genio
que rige el estado es el que no ejecutando nada, hace se ejecute todo,
el que medita, inventa, penetra en lo futuro, retrocede a lo pasado,
arregla, proporciona, prepara de lejos, se concentra sin cesar para
luchar contra la fortuna como el nadador contra el torrente de las
aguas, y cuida noche y día de no fiar nada a la casualidad.
¿Pensáis, Telémaco, trabaje asiduamente un célebre pintor desde la
mañana hasta la noche para concluir sus obras con más prontitud? No:
esta tarea agotaría el fuego de su imaginación; no inventada, porque
es preciso hacerlo todo con irregularidad y por rasgos, según los
produce el gusto y los excita el entendimiento. ¿Juzgáis que pase el
tiempo en moler los colores y preparar los pinceles? Tampoco; porque
esta ocupación es de aprendices, y él se reserva el cuidado de meditar,
y se dedica a ejecutar rasgos atrevidos que den a las figuras vida,
pasión y nobleza. Tiene en su cabeza los conceptos, los sentimientos
de los héroes que quiere representar, se trasporta a los siglos en que
florecieron y a las circunstancias en que se hallaron; y a esta especie
de entusiasmo debe reunir capacidad para retenerle en su imaginación,
y para que todo sea verdadero, correcto y proporcionado. ¿Y creéis
sea preciso menos ingenio y menos esfuerzos del entendimiento para
formar un gran monarca que un célebre pintor? Concluid, pues, que la
ocupación de un rey debe ser crear grandes proyectos, y elegir hombres
a propósito para ejecutarlos.
Creo comprender todo lo que me decís, respondió Telémaco; pero en tal
caso se vería engañado muchas veces el monarca no tomando parte en los
detalles. Vos sí que os engañáis, replicó Méntor; lo que impide ser
engañado es el conocimiento general del gobierno. Los que no conocen
los negocios ni tienen verdadero discernimiento van siempre a ciegas, y
la casualidad solamente impide que se engañen; porque ni saben lo que
buscan ni lo que deben buscar, y sin hacer otra cosa que desconfiar,
desconfían más bien del honrado que les contradice que del engañoso
que les adula. Por el contrario, los que conocen el arte de gobernar
y aquello de que es capaz el hombre saben lo que pueden prometerse de
ellos y los medios de conseguirlo: penetran bastante, cuando menos
en globo, si aquellos que les auxilian son instrumentos a propósito
para sus planes, y si entran en sus miras para lograr el objeto que
se proponen; y como además no entran en los pormenores penosos, se
halla más libre su entendimiento para penetrar de un golpe de vista el
todo de la obra, y si se dirige al fin principal. Si son engañados,
no es en lo esencial; y superiores a la envidia propia de almas bajas
y talentos limitados, conocen que es imposible dejar de ser engañados
en los negocios importantes, porque es imposible dejar de ocupar en
ellos a los hombres que con tanta generalidad son engañosos. Pero se
pierde mucho más en la irresolución que produce la desconfianza, que
se perdería en dejarse engañar alguna vez; y es demasiada fortuna ser
solo engañado en las cosas de poca monta, porque las importantes no
dejan de presentarse y esto es lo único que debe preocupar a un hombre
grande. Preciso es reprimir con severidad el engaño cuando se descubre;
pero también debe tolerarse algún engaño para no ser verdaderamente
engañado. El artesano todo lo ve y ejecuta por sí mismo; mas el
monarca no puede hacerlo y verlo todo, pues solo debe ejecutar lo que
ningún otro pueda hacer bajo su dirección, ocupándose únicamente en la
decisión de cosas importantes.
Finalmente, dijo Méntor a Telémaco, los dioses os protegen y preparan
un reinado lleno de sabiduría. Cuanto aquí veis, lo hacen menos por la
gloria de Idomeneo que para instruiros. Los establecimientos sabios que
admiráis en Salento son una sombra de lo que haréis algún día en Ítaca,
si corresponden vuestras virtudes al alto destino que os aguarda.
Tiempo es ya de que pensemos en partir: Idomeneo tiene preparado un
bajel al efecto.
Inmediatamente le abrió Telémaco su pecho, aunque con repugnancia,
acerca de la causa que le hacía sensible dejar a Salento. Tal vez,
dijo, vituperaréis que me sea tan fácil en dejarme llevar de mis
inclinaciones en los lugares por donde paso; pero serían continuos mis
remordimientos si os ocultase que amo a Antíope, hija de Idomeneo.
Querido Méntor, no es esta una pasión ciega como aquella de que me
curasteis en la isla de Calipso: he conocido bien la profundidad
de la herida que abrió el amor inspirado por Eucaris, y todavía no
puedo pronunciar su nombre sin sentirme agitado: ni el tiempo ni la
ausencia han podido cicatrizarla, y esta funesta experiencia me ha
enseñado a desconfiar de mí mismo. Pero en nada es semejante a aquella
mi inclinación a Antíope: no es un amor apasionado, sino estimación,
afecto, persuasión de que seré feliz si vivo con ella. Si alguna vez
me restituyen los dioses a mi padre, y me permiten elegir una esposa,
lo será Antíope. Lo que me inclina a ella es su modestia, reserva,
retiro, asiduo trabajo, perfección en las labores de lana y brocado,
aplicación a los cuidados domésticos después de perdida su madre, su
desprecio a los vanos adornos, y el olvido e ignorancia de su hermosura
que sobresale en ella. Cuando la encarga Idomeneo dirigir las danzas
de jóvenes cretenses al compás de la música, podría equivocársela
con Venus risueña, acompañada de las Gracias: cuando la lleva en
su compañía a la caza, se presenta llena de majestad, y maneja con
destreza el arco cual Diana en medio de sus ninfas: todos la admiran;
solo ella ignora lo que vale. Si entra en los templos, llevando sobre
la cabeza los canastillos que contienen las ofrendas sagradas, pudiera
creerse es la divinidad misma que habita en ellos. ¡Con qué temor y
respeto religioso no la vemos ofrecer sacrificios, y aplacar el enojo
de los dioses, cuando es necesario expiar alguna falta o vencer un
funesto presagio! Por último, al verla rodeada de mujeres con la aguja
de oro en la mano, parece a Minerva que tomando forma humana inspira
las bellas artes al hombre. Anima a todos al trabajo, dulcificando su
tarea con los encantos de su voz cuando canta la historia maravillosa
de los dioses, y aventaja a la más exquisita pintura la delicadeza de
sus bordados. ¡Venturoso el hombre que una a ella un dulce himeneo! No
tendrá que temer otra cosa que perderla y sobrevivirla.
[Ilustración]
Querido Méntor, pongo a los dioses por testigos de que me hallo
dispuesto a partir; porque si bien amaré a Antíope mientras viva, no
por ello dilataré mi regreso a Ítaca. Si otro alguno debiera poseerla,
trascurriría el resto de mis días triste y desconsolado. Sin embargo,
me apartaré de ella aunque supiese que la ausencia podía hacérmela
perder. No quiero hablar a ella ni a su padre de mi amor, pues solo a
vos debo hacerlo hasta tanto que, sentado Ulises sobre el trono, preste
su consentimiento. Por lo que acabo de decir podéis persuadiros de cuán
diferente es este afecto, de aquella pasión hacia Eucaris que tanto me
obcecó.
Telémaco, respondió Méntor, conozco la diferencia. Antíope es amable,
prudente y sensible; sus manos no desdeñan el trabajo; prevé de lejos y
acude a todo; sabe callar y obrar sin precipitación: se la ve ocupada
a todas horas, y lo hace todo con oportunidad, formando sus delicias
el arreglo doméstico, que la adorna más que su propia hermosura;
y sin embargo de extender su cuidado a todo, y de estar encargada
de corregir, negar y economizar (cosas que producen odiosidad),
se ha hecho amable a los ojos de todos, por no encontrar en ella
parcialidad, ligereza ni obstinación como en las demás, pues de una
sola mirada se hace entender, y temen todos desagradarla. Ordena con
precisión, y solo aquello que puede ser ejecutado; reprende bondadosa,
y al hacerlo alienta a los que la obedecen. Descansa en ella Idomeneo,
a la manera que el fatigado viajero a la sombra sobre la verde yerba;
y en efecto, tenéis razón en decir que Antíope es un tesoro digno de
ser buscado en los países más remotos. Ni su entendimiento ni su cuerpo
se adornan jamás con ostentación; y aunque de imaginación viva, es
discreta, habla solo por necesidad, y cuando llega a abrir los labios
corren de ellos la persuasión y la ingenuidad: hace callar a todos, y
se ruboriza de ello; y si advierte que la escuchan con atención, falta
poco para que olvide lo que intentaba decir. Así es que apenas hemos
oído su voz.
[Ilustración]
¿Os acordáis, Telémaco, del día en que su padre la hizo venir al sitio
en que nos hallábamos? Se presentó con la vista baja, cubierta con
un velo, y solo habló para templar el enojo de Idomeneo que deseaba
castigar rigurosamente a uno de sus esclavos. Al principio tomó
parte en su pesadumbre, y después la calmó: por último le manifestó
cuanto podía disculpar a aquel desgraciado, y sin dar a entender al
rey que se había dejado arrastrar demasiado de su enojo, le inspiró
sentimientos de compasión y de justicia. No aplaca Tetis con más
dulzura las irritadas olas cuando adula al viejo Nereo. Un día dirigirá
Antíope el corazón de su esposo, sin procurarse autoridad alguna ni
prevalerse de sus gracias; a la manera que hoy toca la lira cuando
pretende producir en sus cuerdas agradables consonancias. Vuestro amor,
Telémaco, vuelvo a decir, es justo: los dioses la destinan a vos:
la amáis razonablemente, y es preciso aguardar a que os la otorgue
Ulises. Alabo no hayáis osado descubrir vuestras intenciones; mas sabed
que si hubieseis procurado hacerlo, las hubiera desechado y dejado
de estimaros, porque nunca se ofrecerá a nadie: dejará que su padre
la otorgue, y no se enlazará con el que no tema a los dioses y posea
virtudes. ¿No habéis observado que se deja ver menos, y baja más la
vista después de vuestro regreso? Sabe los acontecimientos felices que
os han ocurrido en la guerra, vuestro nacimiento, vuestras aventuras,
y cuanto los dioses han hecho en vuestro favor, y esto la hace más
reservada y modesta. Partamos, Telémaco; partamos a Ítaca: no me resta
otra cosa que proporcionaros el encuentro con Ulises, y poneros en
estado de obtener una esposa digna de la edad del siglo de oro. Y aun
cuando fuese pastora en el frío Álgido, en vez de hija del rey de
Salento, seríais demasiado feliz en llegar a poseer a Antíope.
[Ilustración]