LIBRO XXI.

Apenas dejó de existir Adrasto, regocijáronse todos los daunios por su

libertad, en vez de llorar su derrota y la pérdida de su caudillo, y

ofrecieron la mano a los confederados en señal de paz y reconciliación.

Huyó cobardemente Metrodoro, hijo de Adrasto, a quien educara este en

las máximas de simulación, inhumanidad e injusticia: mas un esclavo,

cómplice de sus infamias y crueldades, colmado de riquezas después de

haberle hecho libre, y el único a quien confió su fuga, le sacrificó

a su propio interés, y dándole muerte le cortó la cabeza y la condujo

al campo de los confederados prometiéndose grandes recompensas por

este delito que terminaba la guerra, mas causó horror aquel malvado y

pereció en el suplicio. Al ver Telémaco la cabeza de Metrodoro, joven

de maravillosa hermosura, de buen carácter, y a quien habían corrompido

los placeres y el mal ejemplo, no pudo contener sus lágrimas. ¡Ay!,

exclamó: he aquí los efectos que produce el veneno de la prosperidad en

un príncipe joven: cuanto es mayor su elevación y vivacidad, tanto más

se le extravía y se le aleja de los sentimientos que inspira la virtud.

Tal vez me vería yo como él, si las desgracias en que he nacido (merced

al favor de los dioses) y las instrucciones de Méntor no me hubieran

enseñado a moderarme.

Reunidos los daunios exigieron, como la única condición para la paz,

que se les permitiese elegir un rey de su nación que borrase con sus

virtudes el oprobio con que el impío Adrasto había cubierto el reino.

Tributaron gracias al cielo por haber derrocado al tirano: venían en

tropel a besar la mano de Telémaco, que se tiñera en la sangre de aquel

monstruo, y era para ellos su derrota un verdadero triunfo. De esta

manera cayó en un momento el poder que amenazaba a toda la Hesperia,

y hacía temblar a tantos pueblos; semejante a aquellos terrenos

firmes y sólidos al parecer, pero que se socavan poco a poco por sus

cimientos, burlan por largo tiempo el débil trabajo que los destruye,

no se debilita su fuerza, permanecen unidos, nada les conmueve, y sin

embargo se arruinan lentamente hasta hundirse y presentar un abismo.

De esta manera el poder injusto y falaz abre un precipicio a sus

pies, cualquiera que sea la prosperidad que se procure por medio de

la violencia; pues el fraude y la inhumanidad minan con lentitud los

fundamentos más sólidos de la autoridad legítima; se la admira y teme,

se tiembla delante de ella hasta el momento mismo en que ha dejado de

existir: cae por su propio peso, y nada basta a levantarla de nuevo,

porque ha destruido con su propia mano el verdadero apoyo de la buena

fe y de la justicia, que proporcionan la confianza y el amor.

Reuniéronse a la mañana siguiente los caudillos del ejército para

conceder rey a los daunios. Complacíanse al ver confundidos los dos

campos con amistad inesperada, y que ambos ejércitos componían uno

solo. No pudo asistir a la asamblea el sabio Néstor, porque el dolor

y la senectud oprimían su corazón a la manera que la lluvia abate y

marchita por la tarde la flor que durante la mañana y al amanecer la

aurora fue gloria y ornato de la verde pradera. Convertidos sus ojos

en dos fuentes de lágrimas que no podían agotarse, huía de ellos el

benéfico sueño que calma las penas más acerbas: había desaparecido de

su corazón la esperanza, verdadera vida del corazón humano: a aquel

anciano desgraciado le era amargo el alimento, odiosa la luz, y su

alma pedía solo abandonar el cuerpo para sumergirse en la eterna noche

del imperio de Plutón. Procuraban en vano sus amigos consolarle:

negábase su abatido corazón a la amistad cual el enfermo a los mejores

alimentos, y a cuanto le decían para mitigar su dolor no daba otra

respuesta que suspiros y gemidos. ¡Pisístrato, Pisístrato!, decía de

tiempo en tiempo: ¡hijo mío Pisístrato, tú me llamas! Yo te sigo, tú me

harás agradable la muerte. ¡Oh querido hijo mío!, no deseo otro bien

que volverte a ver en las orillas de la Estigia. Trascurrían horas

enteras sin pronunciar una sola palabra; pero gimiendo, levantando las

manos al cielo y con los ojos anegados en llanto.

[Ilustración]

Entre tanto esperaban reunidos los príncipes a Telémaco, que se hallaba

cerca del cadáver de Pisístrato, esparciendo sobre él flores a manos

llenas, olorosos perfumes y amargas lágrimas. ¡Querido compañero!,

decía: jamás olvidaré haberte visto en Pilos, seguido a Esparta y

vuelto a encontrarte en las costas de la grande Hesperia: te soy deudor

de mil y mil cuidados: te amaba, tú me amabas también. Conocí tu

valor que hubiera sobrepujado al de muchos griegos célebres. Él te ha

hecho perecer con gloria; mas ¡ah!, también ha privado al mundo de una

virtud naciente que hubiera sido igual a la de tu padre. Sí, tu cordura

y elocuencia hubieran sido en la edad madura semejantes a las de ese

anciano a quien admira toda la Grecia. Adornábate ya aquella dulce

persuasión a que nada resiste cuando habla, aquellas maneras francas

para referir, aquella prudente moderación que aplaca como un encanto

el enojo, aquella autoridad que proporcionan la prudencia y la fuerza

de los buenos consejos. Cuando hablabas, prestaban todos el oído, te

oían con prevención y deseaban hallar la razón en tu discurso, y tus

palabras, sencillas y sin ostentación, penetraban en los corazones

cual el rocío en la tierna yerba. ¡Ah!, ¿por qué perdemos para siempre

tantos bienes que poseíamos hace pocas horas? Pisístrato, a quien

abracé esta mañana, ya no existe; solo nos queda de él un triste

recuerdo. Si al menos hubieras tú cerrado los párpados de Néstor antes

que nosotros cerrásemos los tuyos, no vería lo que hoy ve, no sería el

más desventurado de los padres.

Luego que dijo estas palabras hizo lavar la sangrienta herida que se

veía en el costado de Pisístrato, y que extendiesen el cadáver sobre un

lecho de púrpura, en el cual, inclinada la cabeza desfigurada con la

palidez de la muerte, presentaba la imagen del tierno árbol que después

de haber cubierto con su sombra la tierra, y dirigido hacia el cielo

sus ramas floridas, se ve abatido por la cortante hacha del leñador, y

no hallando apoyo en la tierra, madre fecunda que nutrió sus tallos,

pierde el verdor, vacila, llega a caer, y vienen a arrastrarse entre

el polvo, secas y marchitas, aquellas ramas que ocultaban el cielo,

convirtiéndose en un tronco despojado de todos sus adornos. De esta

manera Pisístrato, presa de la muerte, era conducido por los que debían

colocarle en la hoguera fatal. Ya la llama se elevaba hacia el cielo,

y le conducía pausadamente una tropa de pilios con los ojos bajos y

bañados en lágrimas, llevando las armas en señal de duelo; puesto

en la hoguera y consumido en breve el cadáver por el fuego, fueron

colocadas sus cenizas en una urna de oro que confió Telémaco cual un

tesoro inestimable a Calímaco, ayo de Pisístrato, diciéndole: Guardad

esas cenizas, tristes pero preciosos restos del que tanto amabais:

guardadlas para su padre; mas esperad a presentárselas cuando haya

recobrado fuerzas bastantes para pedirlas, pues lo que aumenta el dolor

en una ocasión lo templa en otra.

[Ilustración]

En seguida entró Telémaco en la asamblea de los reyes confederados,

en la cual guardaron todos silencio luego que se presentó deseosos

de escucharle. Se ruborizó y no pudieron hacerle hablar; porque los

elogios que le daban y las aclamaciones públicas, sobre todo por lo

que acababa de ejecutar, aumentaron su vergüenza y hubiera deseado

poder ocultarse: esta fue la primera ocasión en que se le vio turbado e

indeciso. Por último, pidió como una gracia que no le tributasen ningún

elogio, diciendo: No porque yo no los aprecie, señaladamente cuando

los dan tan buenos jueces, sino porque temo apreciarlos demasiado, y

sé que corrompen al hombre llenándole de orgullo y haciéndole vano y

presuntuoso. Es preciso merecer los elogios y huir de ellos, porque

los exagerados son semejantes a los no merecidos. Los tiranos se hacen

elogiar más que nadie por los aduladores, sin embargo de ser los

mayores malvados. ¿Qué placer puede proporcionar el ser elogiado como

ellos? Los elogios verdaderos serán aquellos que me deis cuando no esté

presente, si tengo la fortuna de llegar a merecerlos. Si me creéis

verdaderamente bueno, debéis creer también que deseo ser modesto y que

temo la vanidad: omitidlos, pues, si me estimáis, y no me elogiéis por

creerme deseoso de escucharlo.

Acabó de hablar Telémaco, y no dio respuesta alguna a los que

continuaban ensalzándole, porque les impuso silencio el aire de

indiferencia que manifestó. Comenzaron a temer se disgustase, y por lo

mismo terminaron los elogios; pero acrecentose su admiración al saber

su ternura hacia Pisístrato, y su esmero en tributarle los últimos

deberes: todo el ejército admiró más estos rasgos de bondad que los

prodigios de valor y prudencia de que acababan de ser testigos. Es

prudente y valeroso, se decían unos a otros, favorecido de los dioses

y el verdadero héroe de nuestro siglo: es sobrehumano: cuanto obra es

maravilloso y nos llena de sorpresa. Humano, bondadoso, amigo fiel y

tierno, compasivo, liberal, benéfico, consagrado todo a los que debe

amar, forma las delicias de cuantos viven con él, y ha desaparecido de

su carácter la altivez, indiferencia y arrogancia: así cautiva nuestros

corazones y nos convence de sus virtudes, y he aquí la causa de que

estemos todos dispuestos a sacrificar por él nuestras vidas.

No retardaron por más tiempo tratar de la necesidad de elegir rey de

los daunios. Opinaron la mayor parte de los príncipes que concurrían

al congreso debía dividirse entre ellos el país como conquistado, y

ofrecieron a Telémaco la fértil comarca de Arpi, que produce dos veces

al año los ricos dones de Ceres, los agradables presentes de Baco, y

el fruto siempre verde de la oliva consagrado a Minerva. Este país,

le decían, debe haceros olvidar la pobre isla de Ítaca, sus cabañas,

las espantosas rocas de Duliquio y las escabrosas selvas de Zacinto.

No penséis ya en Ulises, que habrá perecido sin duda en las aguas del

promontorio Cafareo, víctima de la venganza de Nauplio y en desagravio

de Neptuno, ni en Penélope, a quien poseen sus amantes desde vuestra

partida, ni tampoco en vuestra patria, cuya tierra no es favorecida del

cielo como la que os ofrecemos.

Escuchaba tranquilo Telémaco estos razonamientos; pero no son más

sordas las rocas de la Tracia y de la Tesalia, ni más insensibles a las

quejas del desesperado amante, que lo eran sus oídos a tales ofertas.

Ni me mueven, dijo, las riquezas ni las delicias: ¿de qué sirve poseer

gran porción de terrenos y mandar considerable número de hombres? De

mayor embarazo y menos libertad. Demasiadas desgracias acompañan la

vida del hombre más sabio y moderado para añadirle todavía el trabajo

de gobernar a otros hombres indóciles, inquietos, injustos, engañosos e

ingratos. Cuando se aspira a ser señor de los hombres por amor propio,

sin atender a otra cosa que a la autoridad, placeres y gloria, se llega

a ser impío, tirano, azote de la especie humana. Por el contrario, si

se les quiere gobernar para su bien, siguiendo las verdaderas reglas,

se llega a ser tutor más que dueño, y entonces cuesta infinito trabajo,

pero es preciso no abrigar el deseo de extender los límites de la

autoridad; porque el pastor que no se come el rebaño, que le defiende

del carnívoro lobo con peligro de su vida, que vela noche y día para

conducirle al saludable pasto, no aspira a aumentar el número de las

reses ni a arrebatar las de su vecino, pues en tal caso aumentaría

también su trabajo y su cuidado. Aunque nunca goberné, las leyes, y los

hombres sabios que las dictaron, me han hecho conocer cuán penoso es

regir los imperios y las ciudades. Me contento, pues, con la pobre isla

de Ítaca, por más que sea pequeña y pobre: harta gloria me cabrá si

llego a reinar en ella con justicia, valor y piedad, aunque recelo que

siempre será demasiado pronto para llegar a ocupar el trono.

¡Plegue a los dioses burle mi caro padre el furor de las olas, y reine

hasta la más extremada senectud para que su ejemplo me enseñe a vencer

las pasiones y moderar las de todo un pueblo!

¡Príncipes aquí reunidos!, escuchad lo que a mi entender conviene a

vuestros intereses. Si dais a los daunios un rey justo, los regirá

con justicia y les enseñará a conocer la utilidad de conservar la

buena fe, y de no usurpar nunca las tierras de sus vecinos, ventajas

que no han podido disfrutar bajo el cetro del impío Adrasto; y

mientras sean regidos por él nada tendréis que temer, porque os

serán deudores de un buen monarca, y de la paz y prosperidad en que

vivan, y lejos de atacaros os bendecirán sin cesar, por cuyo medio

el rey y su pueblo vendrán a ser obra de vuestras manos. Si por el

contrario, aspiráis a adjudicaros el país, ved aquí las desgracias

que os presagio. Desesperado, este mismo pueblo volverá a comenzar

la guerra, peleará con justicia por su independencia, y en su favor

estarán los dioses, enemigos de la tiranía; y si estos le protegen,

llegaréis a ser confundidos tarde o temprano, disipándose cual el

humo vuestra prosperidad, faltará a vuestros caudillos el consejo y

la prudencia, huirá el valor de vuestras banderas, y la abundancia de

vuestras campiñas. Podréis lisonjearos, seréis temerarios en vuestras

empresas, impondréis silencio a los hombres honrados que quieran decir

la verdad. Sin embargo, caeréis repentinamente, y dirán de vosotros:

¿Son acaso estos aquellos pueblos florecientes que debían dictar

leyes al universo?, y en el día huyen delante de sus enemigos, hechos

ludibrio de todas las naciones que los desprecian hoy: he aquí la obra

de los dioses, he aquí el castigo merecido de las naciones soberbias

e inhumanas. Considerad además que si tratáis de repartiros el país

conquistado, todos se unirán contra vosotros, y llegará a hacerse

odiosa la liga formada en defensa de la independencia común de la

Hesperia contra el usurpador Adrasto, y de este modo os acusarán con

razón de aspirar a la tiranía universal.

Pero supongo alcancéis la victoria contra los daunios y contra todas

las demás naciones: la misma victoria os destruirá: he aquí la razón.

Esta empresa introducirá la discordia entre vosotros; porque como

no está apoyada en la justicia, careceréis de regla para establecer

límites a las pretensiones de cada uno: cada cual deseará que la

conquista sea proporcionada a su poder; y ninguno tendrá autoridad

bastante para hacer la distribución pacíficamente, y este será

el origen de una guerra que no verán terminada vuestros nietos.

¿No vale más ser justos y moderados que seguir los consejos de la

ambición arrostrando tantos peligros y a través de tantas desgracias

inevitables? La paz, los placeres inocentes y agradables que la

acompañan, la venturosa abundancia, la amistad de las naciones vecinas,

la gloria inseparable de la justicia, la autoridad que se adquiere

haciéndose árbitro de los pueblos extranjeros por medio de la buena

fe, ¿no son bienes más apetecibles que la vanidad insensata de una

conquista injusta? ¡Reyes, veis que os hablo por vuestro interés,

escuchad pues al que os ama bastante para contradeciros y desagradaros

haciéndoos conocer la verdad!

Mientras hablaba Telémaco de esta suerte, cual si fuera un ser más que

humano, y admiraban suspensos los reyes la sabiduría de sus consejos,

hirió sus oídos un confuso rumor que difundiéndose por todo el campo

llegó a penetrar hasta el sitio en donde se hallaban reunidos. Acaba

de arribar, decían, a estas costas un extranjero acompañado de varios

hombres armados: este desconocido es de alta estatura, y todo parece en

él heroico: se advierte ha padecido largo tiempo, y que el valor le ha

hecho superior a sus padecimientos. Al principio han querido rechazarle

como enemigo los naturales del país que defienden la costa recelando

viniese a invadirlo; pero después de desnudar la espada con intrepidez,

ha manifestado sabría defenderse si le hostilizaban, aunque solo pedía

la paz y reclamaba la hospitalidad. Al momento ha presentado una rama

de olivo en señal de paz; le han escuchado, ha exigido le condujesen a

la presencia de los que gobiernan en esta costa de Hesperia, y le traen

aquí para que hable con los reyes que se hallan reunidos.

Apenas fueron informados de esta novedad, se presentó a ellos un

incógnito que les llenó de sorpresa, y hubieran podido creer fácilmente

ser el dios Marte cuando reúne sus sanguinarias tropas en las montañas

de Tracia.

[Ilustración]

¡Oh vosotros, comenzó a decir, pastores de vuestros pueblos, reunidos

aquí sin duda, ora para defender la patria contra sus enemigos, ora

para hacer observar las leyes más justas: escuchad a un hombre a quien

persigue la fortuna! ¡No permitan los dioses padezcáis nunca los

infortunios que me agobian! Soy Diomedes, rey de Etolia, que hirió a

Venus en el sitio de Troya. La venganza de esta deidad me persigue

por todas partes, y Neptuno, que nada puede rehusar a la celestial

hija de los mares, me ha entregado al furor de los vientos y de las

olas, que repetidas veces han hecho zozobrar los bajeles en que

navegaba. Venus inexorable me ha privado de la esperanza de regresar

a mi reino, de abrazar a mi familia, y de ver aquella hermosa luz del

país do comencé a existir. No, jamás verán mis ojos lo que me era más

caro sobre la tierra. Después de tantos naufragios, vengo a buscar

en estas costas desconocidas un albergue seguro para vivir con algún

descanso. Si teméis a los dioses, y sobre todo a Júpiter protector de

los extranjeros, si sois compasivos, no me neguéis en estos dilatados

países una corta porción de tierra inculta, algún desierto, arenal o

roca escarpada para fundar con mis compañeros una ciudad que a lo menos

sea imagen de la perdida patria. Solo pedimos un pequeño espacio que

sea inútil para vosotros: viviremos en paz y estrecha alianza: vuestros

enemigos lo serán nuestros, tomaremos parte en vuestros intereses sin

exigir otra cosa que la libertad de vivir según nuestras leyes.

En tanto que Diomedes hablaba de esta suerte, mirábale Telémaco

dejándose ver en su rostro las diferentes pasiones que le agitaban, y

cuando aquel comenzó a referir sus largos infortunios se prometió fuese

Ulises; mas luego que declaró su nombre se alteraron sus facciones,

cual se marchita la flor al recibir el soplo del helado aquilón. Las

palabras de Diomedes, quejándose del prolongado enojo de una divinidad,

conmovieron su corazón recordándole iguales desgracias padecidas por él

y por su padre: bañaron sus mejillas lágrimas de dolor y de gozo, y se

arrojó a los brazos de Diomedes.

Soy, le repuso, el hijo de Ulises a quien habéis conocido, y que no os

fue inútil cuando tomasteis los famosos caballos de Reso. Los dioses

le han tratado sin compasión como a vos. Si los oráculos del Érebo no

son falaces, vive todavía; mas ¡ay, no vive para mí! Abandoné a Ítaca

para correr en busca suya, y ni he podido hallarle ni regresar a Ítaca:

juzgad, pues, por mis desgracias la compasión que excitarán en mi

corazón las vuestras. Esta es la única ventaja que proporciona el ser

desgraciado: saber compadecer las desgracias de otro. Aunque extranjero

en este país, puedo, ¡oh gran Diomedes! (porque, sin embargo de las

miserias que agobiaron a mi patria durante mi infancia, no ha sido tan

descuidada mi educación que ignore cuánta sea vuestra gloria en las

lides), puedo, digo, ¡oh el más invencible de los griegos después de

Aquiles!, ofreceros algún socorro. Los monarcas que veis, son humanos

y saben que no hay virtud, verdadero valor ni gloria duradera sin

humanidad. El infortunio añade nuevo lustre a la gloria de los hombres

grandes: les falta alguna cosa cuando nunca fueron desgraciados; pues

carece su vida de ejemplos de firmeza y sufrimiento, porque la virtud

perseguida conmueve todos los corazones que aún respetan el nombre de

ella. Dejadnos el cuidado de procuraros consuelo: toda vez que los

dioses os conducen entre nosotros, es un presente que nos ofrecen, y

debemos creernos dichosos al poder dulcificar vuestras penas.

Mirábale Diomedes atentamente lleno de admiración, y sentíase

conmovido al escucharle: abrazáronse ambos como si largo tiempo les

hubiese unido estrecha amistad. ¡Hijo digno del sabio Ulises!, exclamó

Diomedes, reconozco en vuestras facciones las suyas, la elegancia en

las palabras, la elocuencia, la generosidad de sus sentimientos y la

sabiduría de su recto juicio.

[Ilustración]

Al mismo tiempo abrazaba Filoctetes al célebre hijo de Tideo, y

referíanse ambos sus tristes aventuras. Sin duda, dijo Filoctetes,

os complacerá ver al sabio Néstor: acaba de perder a Pisístrato, el

último de sus hijos, y solo le resta en la carrera de la vida un camino

de lágrimas que le conduce al sepulcro. Venid a consolarle; porque un

amigo desventurado es más a propósito que otro alguno para aliviar

su dolor. Al momento pasaron a la tienda de Néstor, que pudo apenas

conocer a Diomedes: tan abatido se hallaba su espíritu. Lloró con él

al principio, y su entrevista aumentó el pesar del anciano; mas poco a

poco fue templando su corazón la presencia de aquel amigo, y llegó a

conocer que la satisfacción de referirle sus padecimientos y escuchar

los de Diomedes daba alivio al mal que le aquejaba.

Reunidos entre tanto los reyes con Telémaco, se ocupaban de lo que

debían ejecutar. Aconsejábales este adjudicasen a Diomedes la tierra

de Arpi, y eligiesen a Polidamante rey de los daunios por ser de

su nación. Era este un famoso capitán a quien nunca había querido

emplear Adrasto por envidia, temiendo le atribuyesen los éxitos cuya

gloria apetecía para sí solo, y que más de una vez le advirtiera

en secreto exponía demasiado su vida por la salud del estado en

aquella guerra contra tantas naciones, intentando atraerle a que

observase con sus vecinos una conducta más recta y moderada. Mas por

desgracia los hombres que aborrecen la virtud aborrecen también a

los que se atreven a decirla, sin que les mueva su sinceridad, celo

y desinterés. Endurecía el corazón de Adrasto una prosperidad falaz

contra los consejos más saludables, y desoyéndolos triunfaba cada

día de sus enemigos; porque el orgullo, la mala fe y la violencia

le proporcionaban siempre la victoria, y porque nunca llegaban las

desgracias que hacía tanto tiempo le anunciara Polidamante. Por

lo mismo burlábase de la prudencia tímida que preveía siempre

inconvenientes, y le era insoportable Polidamante: le alejó de los

empleos, y le dejó padecer solitario en la pobreza.

Esta desgracia agobió a Polidamante al principio; mas le proporcionó

aquello de que carecía, convenciéndole de la vanidad de las grandes

fortunas: llegó a ser sabio, y se regocijó de su desgracia: aprendió

a callar, a vivir con poco, a cultivar las virtudes privadas, más

apreciables aún que las ostensibles; y por último, a no depender

de los hombres. Moraba al pie del monte Gargano en un desierto,

sirviéndole de techo la bóveda imperfecta de una roca: apagaba su

sed un cristalino arroyo que se precipitaba de la montaña: dábanle

frutas algunos árboles: tenía dos esclavos que cultivaban una escasa

porción de tierra, y trabajaba con ellos: recompensaba la tierra

con usura su trabajo, y nada le faltaba. No solamente no carecía de

frutas y legumbres en abundancia, sino de toda especie de flores, y

allí deploraba las desgracias de los pueblos que arrastra a la ruina

la insensata ambición de un monarca; y esperaba que los dioses,

justos aunque pacientes, derrocasen el poder de Adrasto. Cuanto más

aumentaba su prosperidad tanto más próxima e irremediable le parecía

su caída, porque la imprudencia, feliz en sus errores, y el poder

llevado al último grado de absoluta autoridad, son precursores de la

destrucción de los reyes y de los imperios; y cuando supo la derrota

y muerte de Adrasto no se manifestó gozoso ni de haberla previsto, ni

de encontrarse libre de aquel tirano: únicamente se lamentó temiendo

cayesen los daunios en la servidumbre.

Este fue el hombre a quien propuso Telémaco para elevarle al trono.

Hacía ya tiempo que conocía su valor y sus virtudes; porque siguiendo

los consejos de Méntor no cesaba de informarse de las cualidades

buenas o malas de todas las personas que ocupaban algún empleo

considerable, no solo en las naciones confederadas que concurrían

a aquella guerra, sino en las enemigas. Su principal cuidado era

averiguar qué hombres poseían algún talento o virtud particular en

dondequiera que estuviesen.

Manifestaron alguna repugnancia al principio los reyes confederados

acerca de colocar en el trono a Polidamante, diciendo: Hemos

experimentado cuán temible sea un rey que apetece la guerra y la

sabe hacer. Polidamante es gran capitán, y puede acarrearnos muchos

peligros. Cierto es, respondió Telémaco, que Polidamante conoce el

arte de la guerra, pero desea la paz, y he aquí las dos circunstancias

que podéis desear; porque persuadido de las desgracias, riesgos y

dificultades de aquella, es más capaz de evitarla que el que ninguna

experiencia tiene de ellos. Habituado a gozar las delicias de una vida

tranquila, ha condenado las empresas de Adrasto y previsto sus funestas

consecuencias. Más temible os debe ser un príncipe débil, ignorante y

falto de experiencia, que el que conocerá y decidirá por sí todas las

cosas. El primero lo verá todo por los ojos de un favorito apasionado,

o de un ministro lisonjero, inquieto o ambicioso, y este príncipe

ciego se empeñará en la guerra sin querer hacerla. Jamás podréis

vivir seguros de él, porque no podrá estarlo de sí mismo: faltará a

su palabra, y en breve os reducirá a la extremidad sensible que haga

indispensable, bien que le destruyáis, bien que él os destruya. ¿Y

no es más útil y seguro, y al mismo tiempo más justo y más noble,

corresponder fielmente a la confianza de los daunios dándoles un rey

que sea digno de regirles?

Logró persuadir a cuantos le escuchaban. Lo propusieron a los daunios,

que esperaban llenos de impaciencia, y al oír el nombre de Polidamante

dijeron: Ahora nos convencemos de que los reyes confederados obran

de buena fe, y quieren establecer una paz perpetua, pues nos dan rey

tan virtuoso y capaz de gobernarnos. Si nos hubieran propuesto un

hombre afeminado, cobarde e inexperto, habríamos creído que procuraban

abatirnos y corromper la forma de nuestro gobierno, y esta conducta

artificiosa hubiese producido un secreto resentimiento en nuestros

corazones; mas la elección de Polidamante nos hace conocer el candor

con que proceden. Sin duda nada se prometen de nosotros que no sea

justo y noble, pues nos conceden un rey incapaz de obrar contra la

libertad y gloria de nuestra nación. Por lo mismo, protestamos a la

faz de los justos dioses que antes retrocederán las aguas de los ríos

hacia sus fuentes que dejemos de amar a tan benéficos monarcas. ¡Ojalá

que nuestros últimos nietos no olviden jamás el beneficio que hoy nos

hacen, y que se renueve de generación en generación la paz del siglo de

oro en toda la extensión de las costas de Hesperia!

En seguida propuso Telémaco concediesen a Diomedes la comarca de Arpi

para establecer en ella una colonia, diciendo: Este nuevo pueblo os

será deudor de su establecimiento en un país que no ocupáis. Acordaos

de que todos los hombres deben amarse mutuamente, de que la tierra

es demasiado dilatada, de que es preciso tener vecinos, y que son

preferibles aquellos que están obligados desde su fundación. Muévaos la

desgracia de un rey que no puede regresar a su país. Unidos Polidamante

y Diomedes por los vínculos de la virtud y de la justicia, que son los

únicos duraderos, viviréis en paz y os haréis temibles a todos los

pueblos vecinos que aspiren a engrandecerse. ¡Daunios!, ya veis que os

hemos dado un rey capaz de hacer llegue vuestra gloria hasta el cielo:

dad vosotros también, pues os lo pedimos, la tierra que os es inútil a

un monarca acreedor a toda clase de auxilios.

[Ilustración]

Respondieron los daunios que nada podían negar a Telémaco, pues

a él debían un rey como Polidamante, e inmediatamente partieron

a buscarle al desierto para colocarle en el trono; pero antes de

partir adjudicaron a Diomedes las feraces campiñas de Arpi para

que estableciese un nuevo reino. Esto llenó de complacencia a los

confederados, porque la nueva colonia griega podría auxiliarlos

poderosamente, si alguna vez intentaban los daunios renovar la

usurpación de que había dado Adrasto el mal ejemplo.

Ya no pensaron los reyes más que en separarse. Partió Telémaco con su

tropa derramando lágrimas, después de haber abrazado afectuosamente

al valeroso Diomedes, al sabio e inconsolable Néstor, y al célebre

Filoctetes, digno heredero de las flechas de Hércules.

[Ilustración]

Las aventuras de Telémaco seguidas de las de Aristonoo · 第 73 / 88 题