En tanto que los confederados enemigos de Salento se apresuraban a
acercarse para observarlos y escuchar de cerca sus sabios discursos,
se esforzaban Idomeneo y los suyos a leer con ojos ansiosos en sus
acciones y rostros.
Impaciente Telémaco separose de la multitud que le acompañaba, corrió
a la puerta por donde había salido Méntor, y mandó abrirla. Creía
Idomeneo tenerle a su lado, mas en breve se llenó de sorpresa viéndole
correr fuera de la ciudad y llegar adonde se hallaba Néstor, que le
conoció; y aunque con paso trémulo y tardío se adelantó a recibirle.
Le abrazó Telémaco, permaneciendo así algún tiempo sin decirle cosa
alguna; mas al fin exclamó: ¡Oh padre querido!, no temo llamaros así,
porque la desgracia de no hallar al que verdaderamente lo es, y las
bondades con que me habéis favorecido, me dan derecho a servirme de
nombre tan tierno: ¡padre, caro padre mío!, vuelvo a veros; ¡ojalá
pudiera abrazar del mismo modo a Ulises! Si alguna cosa alcanzase a
consolarme después de haberle perdido, sería sin duda el hallar en vos
otro Ulises.
No pudo Néstor contener las lágrimas conmovido de gozo al ver las que
corrían por las mejillas de Telémaco. La hermosura, afabilidad y noble
calma de aquel joven desconocido, que cruzaba sin la menor precaución
por entre número tan crecido de tropas enemigas, llenó de sorpresa
a los confederados. ¿Es, preguntaban, el hijo de ese anciano que ha
venido a hablar con Néstor? Sin duda: en los dos se descubre igual
sabiduría, sin embargo de que se hallan en edades opuestas: en este
comienza a florecer, y en el otro produce ya con abundancia los más
sazonados frutos.
Méntor, a quien llenó de satisfacción la ternura con que Néstor acababa
de recibir a Telémaco, aprovechó tan feliz ocasión y le dijo: Ved aquí
al hijo de Ulises, tan caro a toda la Grecia y a vos mismo, ¡sabio
Néstor!, aquí le tenéis: yo os le entrego en rehenes y como prenda la
más preciosa que se os puede dar de la fidelidad de las promesas de
Idomeneo. Bien comprenderéis no puedo yo querer suceda la pérdida del
hijo a la del padre, y que la desventurada Penélope pueda reconvenir
a Méntor por haber sacrificado a su hijo a la ambición del nuevo rey
de Salento. ¡Pueblos reunidos de tantas naciones diferentes!, con esta
prenda que ha venido a ofrecerse espontáneamente, y que os envían los
dioses protectores de la paz, empezaré a proponeros las condiciones de
ella, para que sea sólida y duradera.
Al pronunciar la palabra paz, dejose oír un confuso rumor en todo el
ejército. Temblaban de cólera aquellas diferentes tropas, creyendo
desperdiciaban todo el tiempo que tardaban en comenzar la pelea,
e imaginaban que los discursos entre los dos ancianos no tenían
otro objeto que entibiar su furor y arrebatarles la presa; y los
mandurianos, con especialidad, se llenaban de impaciencia al
considerar podría prometerse Idomeneo engañarles de nuevo. Intentaron
varias veces interrumpir a Méntor recelando que sus palabras llenas de
sabiduría hiciesen impresión en sus aliados; y empezaron a desconfiar
de todos los caudillos griegos. Notándolo Méntor se apresuró a dar
pábulo a su desconfianza para dividirlos.
Confieso, les dijo, que los mandurianos tienen motivos para quejarse
y pedir alguna reparación de los daños que han sufrido; pero tampoco
es justo que los griegos que establecen colonias en esta costa, sean
sospechosos y odiosos a los antiguos habitantes del país, cuando por
el contrario deben estar los griegos unidos entre sí para obligarlos
a que les traten bien: basta sean moderados y que no intenten jamás
usurparles sus tierras. Cierto es que Idomeneo ha tenido la desgracia
de inspiraros recelos; pero es fácil que desaparezcan. Telémaco y yo
nos ofrecemos por rehenes que respondan de la buena fe de Idomeneo,
y permaneceremos en vuestro poder hasta que se haya cumplido
enteramente todo lo que se os prometa. Lo que inflama vuestro furor, oh
mandurianos, añadió alzando la voz, es que las tropas de los cretenses
se han apoderado de los pasos de las montañas por sorpresa, y que
esto les facilita la entrada en el país adonde os habéis retirado por
dejarles las orillas del mar, a pesar vuestro, siempre que lo intenten;
y esos pasos que han fortificado con altas torres, guarnecidas de
soldados, son el verdadero móvil de la guerra. Respondedme: ¿hay otro
alguno?
[Ilustración]
¡Qué no hemos hecho para evitar la guerra!, dijo a esta sazón el
caudillo de los mandurianos adelantándose algunos pasos. Los dioses
son testigos de que no hemos renunciado a la paz sino después de
perdida la esperanza de ella, a causa de la inquieta ambición de los
cretenses, e imposibilidad en que nos han puesto de fiarnos de sus
juramentos. ¡Nación insensata que nos ha reducido a nuestro pesar a la
dura necesidad de adoptar contra ella el partido de la desesperación,
y de no poder hallar nuestra seguridad sino en su ruina! Mientras se
conserven los pasos de las montañas, viviremos persuadidos de que
quieren usurparnos nuestras tierras y reducirnos a esclavitud. Si
fuese cierto que no piensan en otra cosa que en vivir en paz con sus
vecinos, se contentarían con lo que les hemos cedido sin dificultad,
y no se empeñarían en conservar las entradas en un país contra cuya
independencia no formarían ningún proyecto ambicioso. Pero no los
conocéis bien, ¡sabio anciano! Nosotros hemos llegado a conocerlos
por desgracia. ¡Hombre favorecido por los dioses!, no retardéis
esta guerra justa y necesaria, sin la cual jamás podrá la Hesperia
prometerse una constante paz. ¡Nación ingrata, engañosa, cruel, que los
dioses irritados han enviado para turbar nuestra paz y castigarnos de
nuestros defectos! Mas después de habernos castigado nos vengaremos.
¡Oh dioses!, no seréis menos justos contra nuestros enemigos que contra
nosotros.
Conmoviose toda la asamblea al escuchar estas palabras; y parecía que
Marte y Belona corrían por entre las filas encendiendo en los corazones
el furor de las lides que Méntor procuraba disipar. Volvió este a tomar
la palabra y les dijo:
Si solo tuviese promesas que haceros, podríais negaros a confiar en
ellas; pero os ofrezco cosas ciertas y presentes. Si no os satisface
tenernos en rehenes a Telémaco y a mí, haré os den doce cretenses de
los más valientes y nobles; pero es justo los deis también por vuestra
parte, pues Idomeneo desea la paz sinceramente, la desea sin temor ni
bajeza. La desea como vosotros decís haberla deseado; por prudencia,
por moderación, no por apego a una vida muelle ni por flaqueza al
considerar los peligros con que la guerra amenaza a los hombres. Está
dispuesto a vencer o morir, aunque sin dejar de serle más agradable la
paz que la mayor victoria. Se avergonzaría si temiese ser vencido; pero
teme ser injusto, y no se ruboriza de querer enmendar sus yerros. Os
ofrece la paz con las armas en la mano; sin que aspire a proponeros
las condiciones de ella con altivez, pues la desdeñaría si fuese
forzada. Desea que todos queden contentos de ella, que ponga término a
la rivalidad, sofoque los resentimientos, y cicatrice las llagas que
abriera la desconfianza. En una palabra, las intenciones de Idomeneo
son las que pudierais desear vosotros mismos, y solo se trata de
convenceros de ello, lo cual no será difícil si queréis escucharme con
calma y sin preocupación.
¡Pueblos valientes, oídme pues, y vosotros, prudentes caudillos,
escuchad también lo que ofrezco a nombre de Idomeneo! No es justo que
él entre en las tierras de sus vecinos, ni tampoco que estos puedan
hacerlo en las suyas; y consiente en que los pasos que ha fortificado
con torres elevadas, sean guardados por tropas neutrales. Néstor,
Filoctetes, sois griegos, y sin embargo os habéis declarado contra
Idomeneo en esta ocasión, de consiguiente no podéis ser sospechosos
como demasiado afectos a sus intereses. Si lo que os mueve es el
interés común de la paz y de la independencia de la Hesperia, sed
depositarios y custodios de los pasos que promueven la guerra; pues
no sois menos interesados en impedir que los antiguos pobladores de
Hesperia destruyan a Salento, nueva colonia de griegos semejante a
las que habéis fundado, que en no dar lugar a que Idomeneo usurpe
los dominios de sus vecinos. Mantened el equilibrio entre los unos y
los otros, y reservaos la gloria de ser jueces y medianeros en vez
de llevar el hierro y el fuego al seno de un pueblo que debe seros
caro. Me diréis que estas condiciones os parecerían ventajosas si
pudieseis aseguraros de que las cumplirá Idomeneo de buena fe; mas voy
a satisfaceros.
Hasta que se hayan depositado en vuestras manos todos los pasos
fortificados, habrá para seguridad recíproca los rehenes que os he
indicado; y cuando la salud de toda la Hesperia, la de Salento y la
del mismo Idomeneo se halle en vuestras manos, ¿estaréis satisfechos?
¿De quién podréis desconfiar entonces? ¿Será de vosotros mismos? No os
atrevéis a fiaros de Idomeneo, y este es tan incapaz de engañaros que
quiere fiarse de vosotros. Sí, quiere confiaros el reposo, la vida,
la independencia de su pueblo y la suya propia. Si es cierto que solo
deseabais una paz ventajosa, ya la tenéis para quitaros todo pretexto
de retroceder. Mas no imaginéis, vuelvo a decir, reduzca a Idomeneo
el temor a haceros estas proposiciones: la prudencia, la justicia
le empeñan en tomar este partido, sin el recelo de que atribuyáis a
debilidad lo que es efecto de virtud. Cierto es cometió yerros en un
principio; pero hoy fija su gloria en reconocerlos por medio de las
ofertas con que se adelanta a vuestros deseos: y si bien el pretender
ocultarlos aparentando sostenerlos con arrogancia y altivez es efecto
de flaqueza y de vanidad, y de hallarse en ignorancia estúpida de los
propios intereses; el que, por el contrario, los confiesa a su enemigo
y ofrece repararlos, manifiesta la incapacidad de cometerlos de nuevo,
y debe ser más temible a sus enemigos por su firmeza y prudencia si
no lograse la paz. Evitad llegue el caso de que os cause igual daño
algún día; porque si rehusáis la paz y la justicia que se os presentan,
una y otra serán vengadas, pues Idomeneo, que debía temer estuviesen
los dioses irritados contra él, volverá su enojo contra vosotros.
Pelearemos Telémaco y yo por la buena causa, y tomo por testigos de
las justas proposiciones que acabo de haceros a todas las deidades del
cielo y de los infiernos.
[Ilustración]
Al acabar de decir Méntor estas palabras alzó el brazo para enseñar a
todos los confederados el ramo de oliva que llevaba en la mano como
signo de paz. Los caudillos que más de cerca le miraban se llenaron
de asombro al advertir el fuego divino que brillaba en sus ojos.
Descubríanse en él cierta majestad y autoridad superiores a cuanto se
ve en los más poderosos mortales. Arrebataba los corazones el encanto
de sus palabras insinuantes y enérgicas, semejantes a aquellas que en
el profundo silencio de la noche detienen en medio del Olimpo el curso
de la luna y de las estrellas, aplacan el agitado mar, imponen silencio
a los vientos y a las olas, y suspenden las corrientes más rápidas.
Hallábase Méntor en medio de aquellos pueblos enfurecidos como Baco
cuando rodeado de tigres olvidaban estos su fiereza y venían, movidos
de su dulce voz, a lamerle la planta y sometérsele cariñosos. Al
principio guardó profundo silencio todo el ejército: mirábanse los
caudillos, sin poder resistir a aquel hombre ni comprender quién
fuese; e inmóviles los soldados tenían la vista fija en él. Ninguno
osaba hablar, temiendo tuviese alguna cosa que decir todavía e impedir
fuese oído; y aunque nada podía añadirse a cuanto había dicho, hubieran
deseado todos hablase más largo tiempo. Conservaban en la memoria las
palabras de Méntor, pues cuando hablaba se hacía querer y respetar;
y permanecían todos como suspensos para no perder ninguna de las que
pronunciaba su labio.
Por último, después de tan prolongado silencio se percibió un sordo
rumor que fue extendiéndose poco a poco. Mas no era ya aquella confusa
gritería de los soldados que temblaban de indignación, sino un murmullo
favorable. Descubríase ya en sus rostros cierta serenidad y blandura,
y al parecer iban a caer las armas de las manos de los mandurianos,
tan irritados antes. El feroz Falanto vio con sorpresa enternecidas
sus entrañas, y los demás empezaron a suspirar por la dichosa paz que
acababan de ofrecerles. Más sensible Filoctetes por la experiencia de
sus infortunios, no supo contener sus lágrimas: y no pudiendo Néstor
hablar, arrebatado por el discurso que acababa de pronunciar Méntor,
le abrazó tiernamente: y todo el ejército a la vez, cual si hubiese
sido esta la señal, comenzó a gritar diciendo: ¡Sabio anciano, tú nos
desarmas! ¡La paz, la paz!
Intentó hablar Néstor un momento después; pero impacientes todas las
tropas temieron quisiese oponer alguna dificultad, y volvieron de nuevo
a gritar: ¡La paz, la paz!, sin que pudiese imponérseles silencio hasta
que pronunciaron la misma voz todos los caudillos del ejército.
Conociendo Néstor no hallarse en estado de pronunciar un largo
razonamiento, le dijo: Ya veis, Méntor, el efecto de la palabra del
hombre honrado. Cuando hablan la virtud y la sabiduría, sofocan todas
las pasiones. Los justos resentimientos se han trocado en amistad y en
deseos de una paz duradera. Al tiempo que hablaba así Néstor, alzaron
el brazo todos los caudillos en prueba de su consentimiento.
Dirigiose Méntor hacia las puertas de Salento para hacerlas abrir y
para manifestar a Idomeneo saliese de la ciudad sin precaución alguna,
y entretanto abrazaba Néstor a Telémaco diciéndole: Hijo el más amable
del mayor sabio de la Grecia, ¡ojalá lo seáis cual él y más feliz!
¿Nada habéis sabido acerca de su destino? La memoria de un padre a
quien sois tan semejante, ha contribuido a sofocar nuestra indignación.
Aunque feroz el carácter de Falanto, y a pesar de que jamás había visto
a Ulises, no por ello dejaron de afectarle sus desgracias y las de su
hijo; y cuando instaban a este para que refiriese sus aventuras, volvió
Méntor en compañía de Idomeneo, seguidos de toda la juventud cretense.
Excitose de nuevo la ira de los confederados al ver a Idomeneo; mas
las palabras de Méntor sofocaron aquel fuego que ya comenzaba a
arder. ¿Qué tardamos, les dijo, en concluir esta alianza santa que
protegerán los dioses sirviendo de testigos? Tomen ellos venganza del
impío que ose quebrantarla, y en vez de afligir los estragos de la
guerra a los pueblos inocentes y fieles a ella, agobien al perjuro y
execrable ambicioso que huelle los respetos sagrados de los derechos
que establezca; detéstenle a un tiempo los dioses y los hombres;
no goce jamás el fruto de su perfidia; vengan a excitar su rabia y
desesperación las furias infernales, bajo figuras las más horribles
y asquerosas; muera repentinamente y sin esperanza de sepultura;
sea devorado su cuerpo por buitres y perros hambrientos; sea sumido
en los infiernos en el más profundo abismo del Tártaro, atormentado
perpetuamente con mayor rigor que Tántalo, Ixión y las Danaides. Pero
no: más bien sea esta paz indestructible cual el elevado Atlas que
sirve de apoyo a los cielos; que la respeten todas las naciones y
gocen los frutos de ella de generación en generación; que el nombre de
los que acaban de jurarla sea caro y venerable a sus últimos nietos;
que esta paz, fundada en la justicia y buena fe, sirva de modelo a
cuantas ajusten en lo sucesivo todas las naciones de la tierra; y por
último, que los pueblos que aspiren a ser felices por medio de la unión
fraternal, procuren imitar a los que habitan hoy la Hesperia.
Dichas estas palabras, juraron la paz bajo las condiciones convenidas
Idomeneo y los otros reyes, dándose en rehenes doce individuos de
cada parte. Quiso Telémaco ser uno de los que debían recibir los
confederados; pero no pudieron estos consentir que lo fuese Méntor, por
serles preferible permaneciera al lado de Idomeneo para que respondiese
de la total ejecución de lo pactado. Inmolaron entre la ciudad y el
campo de los confederados cien terneras blancas como la nieve, e
igual número de toros del mismo color, cuyas astas estaban doradas y
adornadas de flores. Resonaban hasta en las montañas más lejanas los
bramidos espantosos de las víctimas que caían bajo la cuchilla sagrada:
humeaba y corría por todas partes la sangre; y entre tanto se vertía
con abundancia un exquisito vino para las libaciones. Consultaban los
arúspices las entrañas aún palpitantes, y quemaban los sacerdotes sobre
los altares el incienso que formaba una espesa nube, cuyo perfume se
esparcía por toda la campiña.
Los soldados entre tanto no se miraban ya como enemigos; por el
contrario, entreteníanse con la relación de sus aventuras. Reposaban
de sus fatigas, y gustaban anticipadamente las delicias de la
paz. Muchos de ellos que habían seguido a Idomeneo en el sitio de
Troya, reconocieron a los de Néstor que pelearon en aquella guerra.
Abrazábanse afectuosamente, y contábanse mutuamente cuanto les
acaeciera después de arrasada aquella opulenta ciudad, emporio del
Asia; y descansando sobre el matizado suelo, coronábanse de flores y
bebían mezclados el vino traído de la ciudad en grandes vasijas para
celebrar tan feliz jornada.
[Ilustración]
Desde hoy, interrumpió Méntor dirigiendo su voz a los reyes y capitanes
que se hallaban reunidos, desde hoy formaréis un solo pueblo, aunque
con nombres diferentes y bajo caudillos diversos. Por este medio
disponen los justos dioses, llenos de amor hacia el hombre a quien han
formado, el vínculo eterno de su perfecta unión. El género humano es
una familia sola, esparcida por la superficie de la tierra, y todos los
pueblos hermanos, que deben amarse como tales. ¡Desgracias, desventuras
sobre la cabeza del impío que busca la gloria a costa de la sangre de
sus semejantes, que es la suya propia!
Necesaria es la guerra algunas veces, no hay duda; mas es oprobio para
el género humano que se la considere inevitable en ciertas ocasiones.
¡Poderosos monarcas!, no digáis que debe desearse para adquirir gloria,
porque esta si es verdadera no puede hallarse fuera de la humanidad.
El que prefiera la suya a los sentimientos que aquella inspira, es un
monstruo de orgullo a quien no debe llamarse hombre. Jamás alcanzará
una gloria verdadera inseparable de la moderación y la bondad. Podrán
lisonjearle para satisfacer su loca vanidad: sin embargo, cuando hablen
de él en secreto, y quieran hacerlo con sinceridad, dirán: Tan indigno
es de la gloria cuanto la busca injustamente. No merece la estimación
de los hombres, pues los ha estimado tan poco prodigando su sangre
impelido por la más insensata vanidad. Feliz el monarca que ama a sus
vasallos y es amado de ellos; que se fía de sus vecinos e inspira a
estos confianza; que en vez de hostilizarles impide se hostilicen, y
que hace envidien todas las naciones extranjeras la fortuna que gozan
sus vasallos con un rey semejante.
Cuidad de reuniros de tiempo en tiempo, vosotros que gobernáis las
poderosas ciudades de Hesperia. Celebrad de tres en tres años un
congreso general, en donde reunidos cuantos reyes os halláis presentes,
sea renovada la alianza con nuevo juramento para consolidar la amistad
prometida y deliberar sobre los intereses comunes. Mientras viváis
unidos tendréis paz interior en este delicioso país, prosperaréis en
la abundancia, y seréis fuera de él invencibles; porque únicamente
la discordia, abortada por el infierno para atormentar al hombre
insensato, puede turbar la dicha que os preparan los dioses.
La facilidad con que aceptamos la paz, respondió Néstor, debe
convenceros de cuán distantes nos hallamos de apetecer la guerra
por vanagloria o injusta codicia de engrandecernos en perjuicio de
nuestros vecinos. Mas ¿qué puede hacerse viviendo cerca de un príncipe
violento que no conoce otra ley que su interés, y que no desperdicia
ocasión alguna para invadir los demás estados? No penséis que hablo
de Idomeneo: no, no pienso así de él; hablo de Adrasto, rey de los
daunios, que a todos nos inspira temor. Desprecia a los dioses;
juzga que el hombre existe solo para ensalzar su gloria por medio
de la esclavitud; desdeña al vasallo si ha de ser a la vez padre y
soberano de él, pues solo quiere esclavos y adoradores, de quienes se
hace tributar homenajes propios de la divinidad. La ciega fortuna ha
protegido hasta el día sus injustas empresas; y nos apresurábamos a
atacar a Salento para deshacernos del enemigo más débil que comenzaba
a establecerse en esta costa, a fin de dirigir en seguida nuestras
armas contra el más poderoso que ha ocupado ya varias ciudades de
nuestros aliados, y vencido en algunas batallas a los de Crotona. Hace
Adrasto cuanto es posible para satisfacer su ambición: la violencia
y el artificio, todo es para él igual con tal que destruya a sus
enemigos. Ha logrado acumular grandes tesoros; se hallan disciplinadas
y aguerridas sus tropas; experimentados sus capitanes: le sirven todos
bien, y vela por sí mismo sin cesar sobre los que le obedecen: castiga
severo las menores faltas, y recompensa con liberalidad los servicios
que le hacen. Su valor alienta el de sus tropas, y sería un rey
completo si la justicia y la buena fe sirviesen de regla a su conducta;
mas ni teme a los dioses ni le inquieta el remordimiento de la
conciencia. Considera la reputación como cosa inútil, mirándola cual un
vano fantasma que solo debe contener a las almas débiles; siendo para
él bienes sólidos y reales poseer grandes riquezas, inspirar temor, y
hollar con su planta a todo el género humano. En breve se presentará
su ejército en nuestros dominios, y si la unión de tantos pueblos
no nos pone en estado de resistirle, desaparecerá toda esperanza de
independencia. Interesa a Idomeneo como a nosotros oponerse a un rey
que no puede tolerar viva independiente ningún pueblo vecino, porque si
fuésemos vencidos, amenazaría igual desgracia a Salento: apresurémonos,
pues, a evitarlo reunidos.
[Ilustración]
Hablando así Néstor se iban acercando a la ciudad, pues había rogado
Idomeneo a los reyes y caudillos principales entrasen en ella para
reposar aquella noche.
[Ilustración]