Era fenicio el bajel: dirigíase al Epiro; y aunque los que venían a
su bordo habían visto a Telémaco en su viaje a Egipto, no pudieron
conocerle en medio de las aguas; pero luego que Méntor se halló
bastante próximo para que pudiesen entenderle, dijo en alta voz y
alzando la cabeza sobre las olas: ¡Fenicios, protectores de todas las
naciones!, no neguéis la vida a dos hombres que la esperan de vuestra
humanidad. Si os mueve el respeto a los dioses, recibidnos en vuestro
bajel: nosotros iremos doquiera que vayáis. Os recibiremos con gusto,
respondió el que mandaba la nave, pues no ignoramos lo que debe hacerse
con los desconocidos, al parecer desgraciados; y al momento fueron
recibidos.
Apenas saltaron a la nave quedaron inmóviles y sin aliento, porque
habían nadado largo espacio y con esfuerzo para vencer las olas; mas
recobraron poco a poco las fuerzas; diéronles vestidos; y luego que
estuvieron en estado de hablar, rodeáronles los fenicios deseosos de
escuchar sus aventuras. ¿Cómo habéis podido entrar en esa isla de donde
venís?, les preguntó el comandante del bajel. Según dicen, la posee
una deidad cruel que no permite arriben a ella; está defendida por
rocas escarpadas en donde va a estrellarse el mar con braveza, y no es
posible acercarse a ellas sin naufragar.
Hemos sido arrojados a esa isla, respondió Méntor: somos griegos:
nuestra patria es la isla de Ítaca, vecina al Epiro adonde os dirigís;
y aun cuando no quisieseis recalar en aquella isla situada en vuestro
derrotero, bastaría nos condujeseis al Epiro, pues allí encontraremos
amigos que cuidarán de proporcionarnos la corta travesía que resta, y
os seremos deudores para siempre de la satisfacción de ver de nuevo lo
que nos es más caro sobre la tierra.
Así hablaba Méntor que llevaba la voz y a quien dejaba hablar Telémaco,
porque los yerros que cometiera en la isla de Calipso le hicieron más
prudente. Desconfiaba de sí mismo: conocía la necesidad de seguir
siempre los sabios consejos de Méntor, y cuando no le era posible
preguntarle su parecer, consultaba al menos sus ojos procurando
adivinar sus pensamientos.
Mirando con atención a Telémaco el comandante fenicio, creyó acordarse
de haberle visto; pero era tan confuso este recuerdo que no podía
descifrarlo. Permitid, le dijo, os pregunte si hacéis memoria
de haberme visto otra vez, como me parece hacerla yo; no me son
desconocidas vuestras facciones, y desde el principio llamaron mi
atención, mas no puedo recordar en dónde os haya visto: tal vez vuestra
memoria ayudará a la mía.
Al veros, le respondió Telémaco con sorpresa, me ha sucedido lo que
a vos: os he visto, os conozco; mas no puedo recordar si ha sido en
Tiro o en Egipto: y oyendo esto el fenicio exclamó repentinamente, cual
aquel a quien abandona el sueño por la mañana y va recordando poco a
poco el que desapareció al despertar: Sois Telémaco con quien estrechó
amistad Narbal al regresar de Egipto, y yo su hermano, de quien os
habrá hablado sin duda muchas veces. Os dejé en su compañía cuando me
fue preciso cruzar los mares para ir a la famosa Bética, situada cerca
de las columnas de Hércules. Por esta causa os vi alguna vez, y no debe
parecer extraño me haya costado tanto trabajo el reconoceros ahora.
Conozco, respondió Telémaco, que sois Adoam: os vi entonces pocas
veces; pero os he conocido por las conversaciones de Narbal. ¡Qué
gozo experimento al hallaros y adquirir noticias de un hombre que
será siempre caro a mi corazón! ¿Permanece en Tiro? ¿Se ve maltratado
por el bárbaro y suspicaz Pigmalión? Sabed, Telémaco, interrumpió
Adoam, que la fortuna os pone en manos de quien se empleará gustoso
en complaceros. Yo os conduciré a Ítaca antes de pasar al Epiro, y la
amistad del hermano de Narbal no será inferior a la de Narbal mismo.
Al acabar de decir estas palabras advirtió comenzaba a soplar el viento
que aguardaba: hizo levar anclas, desplegar velas, partió el bajel, y
llamando aparte a Telémaco y a Méntor, dijo al primero:
Voy a satisfacer vuestra curiosidad. Pigmalión ya no existe: los justos
dioses han purgado de él a la tierra. Como de nadie se fiaba, ninguno
podía tener confianza de él. Contentábanse los buenos con lamentarse y
evitar su crueldad sin resolverse a causarle el menor daño; pero los
malos no creían aseguradas sus vidas sino acabando con la suya; pues
no había tirio alguno que diariamente no corriese el peligro de ser
objeto de sus sospechas, y aun era mayor el riesgo de sus guardias,
como custodios de su vida, por cuya razón le eran más temibles que los
demás hombres y los sacrificaba al menor recelo. Por este medio hallaba
menos seguridad cuanto eran mayores sus esfuerzos para vivir seguro.
Los depositarios de su vida corrían un peligro continuo a causa de su
excesiva desconfianza, y no podían salir de tan horrible estado sino
previniendo con la muerte de aquel tirano los efectos de su suspicacia.
[Ilustración]
La impía Astarbé, de quien habréis oído hablar tantas veces, fue la
primera que resolvió la ruina de Pigmalión, pues amaba en extremo a
un joven tirio muy rico, llamado Joazar, y se prometió colocarle en
el trono. Para conseguirlo persuadió al rey que su primogénito Fadael
había conspirado contra su vida, impaciente por sucederle, y halló
testigos perjuros que probaron la conspiración, cuya trama costó la
vida al desgraciado Fadael. El hijo segundo Baleazar fue enviado a
Samos con el pretexto de que se instruyese de las ciencias cultivadas
en Grecia y de las costumbres de aquel país; pero en realidad hizo
entender Astarbé al rey que era preciso alejarle para evitar adquiriese
relaciones con los malcontentos. Apenas partieron cuando corrompidos
por aquella mujer cruel los que le conducían, procuraron naufragar
durante la noche, arrojaron al mar al joven príncipe, y se salvaron a
nado en los barcos extranjeros que les aguardaban.
Solo Pigmalión ignoraba la pasión de Astarbé, imaginando ser el único
objeto de sus amores. Así, depositaba una ciega confianza en tan
perversa mujer aquel príncipe desconfiado: el amor le cegaba hasta el
extremo; pero al mismo tiempo le inspiró pretextos la avaricia para
sacrificar al amante de Astarbé, pensando solo en despojarle de las
riquezas que poseía.
Mientras Pigmalión era presa de la desconfianza, de la codicia y del
amor, se apresuró Astarbé a privarle de la vida, creyendo que tal vez
había descubierto sus infames amores con aquel joven; además de que
sabía que la avaricia sola bastaba para que el rey cometiese cualquiera
acción cruel con Joazar, y de todo ello dedujo que no debía perder un
momento para evitarlo. Veía dispuestos a los principales ministros de
palacio a teñir sus manos en la sangre del rey; oía diariamente hablar
de nuevas conjuraciones; pero temía confiarse a alguno que la vendiese.
Por último, le pareció más seguro envenenar a Pigmalión.
Comía este las más veces solo con Astarbé, y preparaba él mismo los
manjares que debía comer, pues no quería fiarse de otras manos, y
se encerraba en el sitio más retirado del palacio para ocultar mejor
su desconfianza y para que nadie le observase mientras preparaba
los alimentos. No osaba entregarse a ninguno de los placeres de la
mesa, ni podía resolverse a comer lo que no sabía preparar por sí
mismo; de consiguiente, no solo no hacía uso de las carnes cocidas y
sazonadas por los cocineros, sino ni aun del vino, pan, sal, aceite,
leche y todos los demás alimentos ordinarios, comiendo únicamente las
frutas cogidas por su mano en el jardín, y las legumbres sembradas y
condimentadas por él. Tampoco bebía otra agua que la cogida por él
mismo en una fuente cerrada en cierto sitio del palacio, cuya llave
guardaba; y aunque al parecer dispensaba tanta confianza a Astarbé,
no por ello omitía las precauciones, haciéndola comer y beber de
todo antes que él, con el objeto de que no pudiesen envenenarle sin
envenenarla a ella, y de que no quedase a esta ninguna esperanza de
sobrevivirle. Pero tomó Astarbé cierto contraveneno que le suministró
una anciana más perversa que ella y protectora de sus amores, después
de lo cual ningún temor le quedó de emponzoñar al rey.
Ved de qué manera lo consiguió. Cuando iba este a comenzar la comida,
hizo ruido la anciana en una puerta, y el rey que recelaba siempre iban
a asesinarle, se llenó de turbación y corrió a cerciorarse de si estaba
bien cerrada. Retirose la anciana, y quedó Pigmalión sobresaltado, no
sabiendo a qué atribuir lo que había oído, y sin atreverse a abrir la
puerta para averiguarlo. Tranquilizole Astarbé, le aduló y le estrechó
a que comiese; mas ya había derramado el veneno en su copa de oro
mientras corrió a la puerta. La hizo beber primero Pigmalión, según su
costumbre; bebió esta sin recelo confiada en el contraveneno; bebió
también aquel, y poco tiempo después cayó desmayado.
[Ilustración]
Conociendo Astarbé que era capaz Pigmalión de matarla si llegase
a concebir la menor sospecha, comenzó a desgarrar sus vestidos,
arrancarse el cabello y lanzar gritos de dolor: abrazó al moribundo
rey, a quien estrechaba entre sus brazos derramando un torrente de
lágrimas que nada costaban a aquella mujer artificiosa: mas luego que
le vio exánime, pasó de las caricias y tiernas señales de amistad
al más horrible furor: se arrojó sobre él y le ahogó, temiendo que
si volvía en sí quisiese obligarla a morir con él; y en seguida le
arrebató el anillo real, le quitó la diadema e hizo entrase Joazar
a quien entregó uno y otro. Se persuadía que no dejarían de seguir
su parcialidad todos los que la habían sido adictos, y que su amante
sería proclamado rey; pero los más solícitos de agradarla eran bajos
y mercenarios, e, incapaces de un sincero afecto, les faltaba también
el valor y temían a los muchos enemigos de Astarbé, cuya elevación les
inspiraba mayor recelo por la simulación y crueldad de aquella impía
mujer que deseaban todos pereciese por su propia seguridad.
Entre tanto era el palacio teatro del más espantoso desorden: ¡El
rey ha muerto!, resonaba en todos los ángulos de él. Aterrados unos,
corriendo otros a empuñar las armas, y todos al parecer ocupados de las
consecuencias; pero sobrecogidos por el acaecimiento, que se extendió
con velocidad de boca en boca sin que hubiese en la populosa Tiro quien
lamentase la pérdida de Pigmalión, porque su muerte servía de consuelo
y dejaba en libertad al pueblo.
Consternado Narbal por lo repentino de tan terrible suceso, lamentó
como hombre de bien la desgracia de su soberano, que confiándose a la
impía Astarbé se había vendido a sí mismo, y que prefirió ser tirano a
llenar los deberes de rey, siendo padre de sus vasallos. Pensó en el
bien de su patria, y apresurose a reunir a las personas honradas, a fin
de oponerse a Astarbé, cuya elevación habría sido más insoportable aún
que la anterior.
Sabía que Baleazar no había perecido cuando le arrojaron al mar, pues
aunque lo aseguraron así a Astarbé persuadidos de ello, logró salvarse
a nado favorecido de la oscuridad de la noche, y fue recibido en un
bajel mercante de Creta, excitados de compasión los que iban a su
bordo; que no había osado regresar al reino sospechando la intención
de sacrificarle, y temiendo tanto a la cruel rivalidad de Pigmalión
como a los artificios de Astarbé; que permanecía había mucho tiempo
errante y disfrazado en las costas de Siria, adonde le dejaron los
mercaderes cretenses, llegando al extremo de verse obligado a guardar
un rebaño para proporcionarse el sustento, pues halló conducto para
enterar de todo a Narbal, creyendo podía confiarle su secreto y su vida
como hombre de experimentada virtud; porque aunque maltratado Narbal
por el padre, no dejó de amar al hijo ni de ocuparse de sus intereses,
si bien no cuidó de otra cosa que de impedir faltase a lo que debía a
su soberano y padre mientras este vivió, aconsejándole sufriese con
paciencia su desgraciada suerte.
Si juzgáis que puedo regresar, enviadme un anillo de oro, había avisado
Baleazar a Narbal, y al momento comprenderé que ha llegado el tiempo
de ir a reunirme con vos. Sin embargo, mientras existió Pigmalión no
lo creyó oportuno, pues hubiera arriesgado la vida del príncipe y la
suya, según era difícil burlar la rigurosa vigilancia de Pigmalión;
mas luego que aquel desgraciado monarca halló el fin que merecían sus
delitos, se apresuró Narbal a enviarle la señal convenida. Partió
Baleazar inmediatamente, y llegó a las puertas de Tiro cuando toda la
ciudad se hallaba alarmada por ignorar quién sucedería a Pigmalión.
Reconociéronle con facilidad los principales tirios, y también todo el
pueblo; y como le amaban no por ser hijo de su rey, a quien odiaban
todos, sino por su afabilidad y moderación, diéronle los prolongados
infortunios cierto realce que aumentaba sus buenas cualidades e
interesaba a los tirios en su favor.
Reunió Narbal a los jefes del pueblo, a los ancianos que componían
el consejo y a los sacerdotes de la gran deidad de Fenicia, quienes
saludaron a Baleazar por su soberano y le hicieron proclamar por los
reyes de armas, correspondiendo el pueblo con mil aclamaciones de
júbilo, que hirieron los oídos de Astarbé encerrada en lo interior
del palacio con el cobarde e infame Joazar, abandonada de los pérfidos
que la habían servido mientras vivió Pigmalión, por ser propiedad del
malo temer al que lo es y no desear verle ensalzado desconfiando de él;
pues el hombre corrompido conoce cuánto abusarán de la autoridad sus
semejantes, y la violencia con que obrarán, al paso que se acomodan
mejor con el bueno, prometiéndose encontrar en él al menos moderación e
indulgencia. Solo permanecían con Astarbé algunos cómplices de sus más
atroces delitos, que esperaban el suplicio.
Forzaron el palacio sin que los malvados se atreviesen a resistir mucho
tiempo, ocupados de huir. Quiso Astarbé salvarse entre la multitud en
traje de esclava; mas la conoció un soldado, fue detenida, y costó gran
trabajo impedir que la despedazase el pueblo enfurecido. Ya habían
comenzado a arrastrarla, mas la sacó Narbal de las manos del populacho.
Solicitó hablar a Baleazar prometiéndose le alucinarían sus gracias, y
le haría concebir la esperanza de que descubriría secretos importantes,
y no pudo Baleazar negarse a escucharla. Al principio mostró a la par
de su belleza tal modestia y dulzura que podía aplacar el más irritado
corazón; adulando a Baleazar con alabanzas delicadas e insinuantes,
manifestándole cuánto la amara Pigmalión, y suplicándole por las
cenizas de este tuviese clemencia de ella: invocó a los dioses como si
los hubiese adorado sinceramente; vertió abundantes lágrimas; se arrojó
a los pies del nuevo rey, y concluyó esforzándose a hacerle sospechosos
a los más fieles servidores. Acusó a Narbal de haber tomado parte en
una conjuración contra Pigmalión, y procurado seducir al pueblo para
alzarse rey en perjuicio de Baleazar, añadiendo que intentaba envenenar
a este. Inventó calumnias semejantes contra todos los demás tirios que
amaban la virtud, esperando hallar en el corazón del nuevo rey igual
desconfianza que en el de su padre; mas no pudiendo tolerar la maldad
de aquella mujer, la interrumpió y llamó a las guardias. Pusiéronla
en prisión, y fueron encargados de examinar todas sus acciones los
ancianos más sabios.
Descubrieron con horror que había envenenado y ahogado a Pigmalión, y
que toda su vida era una cadena no interrumpida de atroces delitos.
Iba a ser condenada al suplicio destinado en Fenicia para el castigo
de los grandes crímenes, que consistía en perecer entre las llamas;
pero cuando se persuadió de que ninguna esperanza le quedaba, se
convirtió en una furia abortada por el averno, y bebió el veneno que
llevaba siempre encima para darse la muerte cuando quisiesen hacerla
sufrir grandes tormentos. Advirtieron los que la custodiaban que
padecía dolores violentos, y trataron de socorrerla; mas nunca les
quiso responder, indicándoles por señas que ningún auxilio necesitaba.
Habláronla de los justos dioses a quienes había irritado; pero en vez
de dar señales de la confusión y arrepentimiento que merecían sus
delitos, dirigió la vista al cielo con desprecio y arrogancia como para
insultar al Olimpo.
[Ilustración]
Ya no existían las gracias y belleza que causaran la desdicha de tantos
hombres. Su rostro moribundo solo ofrecía los furores de la impiedad:
vagaban sus ojos de un objeto en otro sin fijarse en ninguno: agitaba
sus labios un movimiento convulsivo, y abierta la boca presentaba
horrible magnitud: contraídas las facciones hacia gestos espantosos,
y habíase apoderado de su cuerpo el frío y la lividez de la muerte.
Algunos momentos parecía reanimarse; mas era solo para lanzar alaridos.
Al fin expiró dejando llenos de horror y espanto a cuantos la miraban;
y sus manes impíos bajaron sin duda a aquellos tristes lugares en donde
las crueles Danaides sacan sin cesar el agua en vasijas horadadas;
en donde Ixión hace girar perpetuamente su rueda; en donde abrasado
Tántalo de sed, no puede beber el agua que huye de sus labios; allí
donde Sísifo da vueltas a una peña que torna a caer al instante, y en
donde las entrañas de Ticio no serán devoradas jamás por el buitre que
sin cesar las muerde.
Libre Baleazar de tal monstruo, dio gracias a los dioses y empieza su
reinado por una conducta opuesta enteramente a la de Pigmalión. Se
ha dedicado a restablecer el comercio, que desfallecía diariamente;
sigue el consejo de Narbal en los asuntos de más importancia, pero sin
ser gobernado por este, pues desea verlo todo por sí mismo; oye los
diferentes dictámenes que le dan, y resuelve en seguida conforme al
que mejor le parece. Ámale el pueblo, y poseyendo los corazones posee
mayores tesoros que había reunido la cruel avaricia de su padre; porque
no hay una sola familia que no le diese cuanto tiene si se hallara en
necesidad urgente, y de este modo es más suyo lo que les deja que lo
que aquel les quitaba. Ninguna necesidad tiene de precauciones para
la seguridad de su persona, porque siempre vela en torno suyo la más
segura guardia, que es el amor del pueblo. Todos sus vasallos temen
perderle, y arriesgarían su propia vida para asegurar la de un rey
tan bueno. Vive feliz, y lo es con él todo su pueblo: teme exigirles
demasiado, y estos temen también no ofrecerle bastante porción de sus
bienes. Les proporciona vivir en la abundancia; mas esta no los hace
indóciles ni insolentes, pues son laboriosos, inclinados al comercio,
y constantes en conservar la pureza de las antiguas leyes. Se ha
elevado la Fenicia al más alto grado de poder y de gloria, y debe esta
prosperidad a su actual joven monarca.
Narbal merece su confianza. ¡Oh Telémaco! ¡Si os viese ahora, con
cuánto placer os colmaría de presentes! ¡Qué satisfacción sería para él
restituiros con opulencia a vuestra querida patria! ¿No soy yo feliz
en ejecutar lo que él mismo desearía hacer, pasando a la isla de Ítaca
para colocar en el trono al hijo de Ulises, a fin de que reine allí con
tanta sabiduría como Baleazar en Tiro?
Luego que Adoam acabó de hablar le abrazó Telémaco afectuosamente,
encantado de la historia que acababa de referir, y más aún de las
señales de amistad que recibía de él en su desgracia; y en seguida le
preguntó aquel qué aventura le había conducido a la isla de Calipso.
Contole Telémaco su salida de Tiro; el paso a la isla de Chipre;
cómo había vuelto a encontrar a Méntor; el viaje a Creta; los juegos
públicos para la elección de rey, después de la fuga de Idomeneo; la
cólera de Venus; el naufragio; el júbilo con que le recibió Calipso;
los celos que inspiró a esta diosa una de sus ninfas, y la acción de
Méntor que le arrojó al mar cuando descubrió el bajel fenicio.
[Ilustración]
Hizo Adoam servir una comida espléndida, reuniendo cuantos placeres
podían gozar para manifestarle el mayor júbilo; y durante ella, que fue
servida por jóvenes fenicios vestidos de blanco y coronados de flores,
quemaron los más exquisitos perfumes del oriente. Los bancos de remeros
se hallaban ocupados por músicos que tañían varios instrumentos,
interrumpiéndoles Aquitoas de tiempo en tiempo con la dulce consonancia
de su voz acompañada de la lira, dignas una y otra de adornar la mesa
de los dioses, y de arrebatar el oído del mismo Apolo. Los tritones,
las nereidas, las divinidades todas que obedecen a Neptuno, y hasta
los monstruos marinos, salían de sus profundas grutas para venir en
derredor de la nave encantadas de aquella melodía. Una comparsa de
jóvenes fenicios de extraordinaria belleza, vestidos de delicado
lino más blanco que la nieve, bailaron largo tiempo las danzas de su
país, las de Egipto y las de Grecia. Resonaba en las aguas y hasta en
las remotas orillas de tiempo en tiempo el eco de los clarines; y el
silencio de la noche, la serenidad del mar, el incierto resplandor de
la luna reflejando sobre la superficie de las aguas, y el oscuro azul
de la etérea bóveda sembrada de brillantes estrellas, hacían más bella
y majestuosa la escena que describimos.
Gozaba Telémaco tan sabrosos placeres por ser de natural vivo y
sencillo; pero sin entregarse a ellos, pues desde que en la isla de
Calipso tuvo desengaños vergonzosos de la facilidad con que se inflama
la juventud, inspirábanle temor aun los más inocentes: sospechaba de
todo, y mirando a Méntor procuraba leer en su semblante el juicio que
debía formar de lo que veía.
Complacíase este de verle indeciso aunque disimulaba conocerlo;
mas encantado de la moderación de Telémaco, le dijo sonriéndose:
Comprendo lo que teméis, y es laudable vuestro temor; pero conviene
que no seáis excesivamente tímido. Ninguno os deseará más que yo el
goce de los placeres; pero sin exceso, y de aquellos que no enerven
vuestro entendimiento, pues bastan los que distraen y se disfrutan sin
dejarse arrastrar de ellos. Gocéis en buen hora los que no os priven
de la razón y no os hagan semejante a una bestia feroz. Ahora deben
hallar alivio vuestras penas. ¡Regocijaos, Telémaco, regocijaos! Sed
complaciente con Adoam, porque la sabiduría desecha la austeridad
y afectación: ella proporciona los verdaderos placeres; solo ella
sabe sazonarlos para hacerlos puros y duraderos, combinando el
entretenimiento y la risa con las ocupaciones graves, preparando el
placer para el trabajo y aliviando la fatiga de este con la diversión.
Por último, la sabiduría no se ruboriza de aparecer jovial cuando es
preciso.
[Ilustración]
Luego que Méntor dijo estas palabras, tomó una lira y la tocó con tanta
destreza que Aquitoas dejó la suya disgustado y lleno de envidia:
encendiéronse sus ojos, alterósele el color del rostro, y se hubieran
notado su turbación, sentimiento y vergüenza si los dulces acentos de
la lira de Méntor no hubiesen arrebatado los oídos de todos. Ninguno
osaba respirar temiendo turbar el silencio y perder solo un acento de
su divino canto, y todos temían cesase de cantar demasiado pronto; mas
no era su voz afeminada, sino flexible, sonora y expresiva.
Cantó primero las alabanzas de Júpiter, padre y rey de los dioses y de
los hombres, cuyo menor movimiento estremece al universo. Representó
después a Minerva saliendo de la cabeza de Júpiter, es decir, a la
sabiduría que formó dentro de sí mismo y que arroja bondadoso de sí
para instruir al hombre dócil. Cantó Méntor estas verdades con voz tan
expresiva y con tal veneración, que todos los circunstantes creyeron
hallarse trasportados a lo más elevado del Olimpo y a la presencia
de Júpiter, cuya vista es más penetrante que sus rayos; y por último
la desgracia del joven Narciso, que enamorado locamente de su propia
hermosura, y contemplándola sin cesar desde la orilla de una clara
fuente, llegó a verse consumido de dolor, y fue convertido en la flor
que lleva su nombre; y la muerte lamentable del bello Adonis, a quien
despedazó un jabalí sin que pudiese Venus, enamorada de él, resucitarle
a pesar de dirigir al cielo fervorosas plegarias.
No pudieron contener las lágrimas cuantos le escuchaban, pero se
complacían al llorar. ¿Es Orfeo?, decía uno de los fenicios que llenos
de admiración habían escuchado: del mismo modo domesticaba las fieras
con su lira y daba movimiento a los troncos y a las peñas; del mismo
modo encantó al Cerbero, suspendió los tormentos de Ixión y de las
Danaides, y aplacó al inexorable Plutón para sacar de los infiernos a
la hermosa Eurídice. No, exclamaba otro: es Lino, hijo de Apolo. Os
engañáis, replicaba otro: es el mismo Apolo; y entre tanto no estaba
Telémaco menos sorprendido que los demás, porque ignoraba supiese
Méntor cantar y tocar la lira con tanta perfección.
Aquitoas, que había tenido tiempo para ocultar su envidia, comenzó
a alabarle; mas avergonzábase al hacerlo, y no pudo terminar su
discurso. Advirtiendo Méntor su turbación, tomó la palabra como si
quisiese interrumpirle, y procuró consolarle elogiando su habilidad
cual merecía: mas no halló consuelo aquel, conociendo que Méntor le
aventajaba aún más por su moderación que por su destreza en la lira y
por los encantos de su voz.
Recuerdo, dijo Telémaco a Adoam, me habéis hablado del viaje que
hicisteis a la Bética después que salimos de Egipto; y como es un
país del cual refieren maravillas que apenas pueden creerse, os ruego
me digáis si es cierto lo que dicen. Lo haré con gusto, respondió
Adoam, describiéndoos aquel famoso país, digno de vuestra curiosidad y
superior a cuanto publica de él la fama; y al momento comenzó a hablar
de esta suerte:
Corre el Betis por un suelo fértil, y bajo un cielo despejado y siempre
sereno: el país ha tomado nombre del caudaloso río que desagua en el
Océano, muy cerca de las columnas de Hércules, y del sitio en donde
rompiendo sus diques el furioso mar separó en otro tiempo la tierra de
Tarsis de la grande África. En aquel país se han conservado al parecer
las delicias del siglo de oro. Son templados allí los inviernos,
y nunca soplan los fuertes aquilones. Mitigan el ardor del verano
los frescos céfiros a la hora del mediodía, de modo que todo el año
es un feliz enlace de otoño y primavera. En los valles y campiñas
produce la tierra dos cosechas al año: los caminos están poblados de
laureles, granados, jazmines y otros árboles siempre verdes y floridos:
pacen en las montañas rebaños numerosos que producen finas lanas,
estimadas de todas las naciones conocidas: encuéntranse allí muchas
minas de oro y plata: mas aquellos naturales, sencillos y felices en
la sencillez, miran con desprecio estos metales sin querer contarlos
entre las riquezas, porque solo dan estimación a las cosas que sirven
verdaderamente a las necesidades del hombre.
Cuando comenzamos a comerciar con ellos encontramos la plata y el oro
destinados a iguales usos que el hierro; por ejemplo, para rejas de
arado, pues no haciendo ningún comercio exterior, no necesitan especie
alguna de moneda. Casi todos ellos son labradores o pastores: hay pocos
artesanos, y solo cultivan aquellas artes útiles a las verdaderas
necesidades, y aun no dejan todos de ejercitar las que lo son a su vida
sencilla y frugal como dedicados a la agricultura y ganadería.
[Ilustración]
Elaboran las mujeres aquella hermosa lana de que fabrican telas finas
de maravillosa blancura: hacen el pan y preparan los demás alimentos,
siéndoles fácil este trabajo porque se alimentan de frutas o de leche,
y rara vez de carnes. Destinan las pieles del ganado lanar a su calzado
y al de sus esposos e hijos: construyen tiendas, unas de pieles
enceradas y otras de cortezas de árbol; y elaboran y lavan los vestidos
de la familia manteniendo el orden interior de las casas, y conservando
en ellas admirable aseo. Las vestiduras son fáciles de hacer, porque
en aquel suave clima usan un ropaje de tela fina y ligera sin forma
de talle, que cada cual distribuye en pliegues alrededor de la cintura
dándoles la forma que más le agrada.
Además del cultivo de las tierras y de la custodia de los ganados,
no se ejercitan los hombres en otra cosa que en trabajar el hierro y
la madera; y aun no se sirven del primero sino para los instrumentos
necesarios a la labranza. Las artes relativas a la arquitectura les son
inútiles, pues no edifican casas; porque es, dicen, adherirse demasiado
a la tierra establecer una morada mucho más duradera que la vida, y
basta estar al abrigo de la inclemencia de las estaciones. En cuanto
a las demás artes, tan estimadas entre los griegos, egipcios y otros
pueblos civilizados, las detestan como invenciones de la vanidad y de
la molicie.
Si les hablan de los pueblos que poseen el arte de construir opulentos
edificios, de alhajas de oro y plata, de telas adornadas con bordaduras
y piedras preciosas, de perfumes exquisitos, manjares delicados, o de
instrumentos cuya armonía encanta; oíd su respuesta: ¡Cuán desdichados
son esos pueblos que han empleado tanto trabajo e industria para
corromperse! Lo superfluo enflaquece, embriaga, atormenta al que lo
posee, e incita a los que se ven privados de ello para que procuren
adquirirlo por medio de la violencia e injusticia. ¿Puede nombrarse una
sola cosa de las superfluas que no contribuya a pervertir al hombre?
¿Son por ventura los naturales de esos países más sanos y robustos
que nosotros? ¿Viven acaso más largo tiempo, o están más unidos entre
sí? ¿Gozan más libertad, viven más tranquilos y contentos? Por el
contrario, deben sin duda vivir con más rivalidad entre sí, corroídos
por la negra e infame envidia, agitados siempre por la ambición, por el
temor y la avaricia, y desconocer los placeres puros y sencillos, pues
son esclavos de tantas necesidades ficticias en que hacen consistir su
felicidad.
Así hablan, continuó Adoam, aquellos hombres cuerdos, que han llegado
a serlo estudiando a la naturaleza. Inspírales horror nuestra cultura;
y debe confesarse que no es inferior la suya, a pesar de la apreciable
simplicidad en que viven reunidos todos sin división alguna de sus
tierras, y gobernada cada familia por el jefe, que es un verdadero
rey. El padre de familia tiene derecho a castigar a cualquiera de sus
hijos o descendientes cuando ejecuta alguna mala acción; pero antes
de ejercer su autoridad debe oír el parecer de toda la familia. Sin
embargo, tales castigos tienen lugar pocas veces, porque en aquella
venturosa tierra hallan su mansión la inocencia de costumbres, la
buena fe, la obediencia y el horror al vicio; y parece que Astrea,
que suponen haberse retirado al cielo, existe todavía oculta entre
aquellos moradores. No han menester jueces, porque les juzga su
propia conciencia; y todos los bienes son comunes entre ellos, porque
las frutas de los árboles, las legumbres y la leche de los ganados,
producen tan abundantes riquezas que no tienen necesidad de dividirlas
aquellos habitantes sobrios y moderados. Errantes las familias,
trasportan sus tiendas de un lugar a otro luego que han consumido los
frutos o agotado los pastos del sitio en donde habitaban. Por esta
razón no tienen intereses que defender unos contra otros, y se aman
cual hermanos sin que nada altere su amor; y esta unión, esta paz y
libertad, es el resultado feliz de no conocer las vanas riquezas y
engañosos placeres, pues todos son iguales.
No se encuentra entre ellos ninguna distinción, sino las que provienen
de la experiencia de ancianos sabios o de la sabiduría precoz de los
jóvenes que compiten con los consumados en la virtud. Jamás se ha oído
en aquel país favorecido de los dioses la voz cruel e inficionada
del fraude, de la violencia, del perjurio, ni menos de las guerras
ni procesos; y jamás tampoco se vio regada con sangre humana aquella
tierra, pues apenas se derrama la del inocente cordero. Cuando se les
habla de batallas sangrientas, conquistas rápidas o revoluciones de los
estados que son frecuentes entre otras naciones, no pueden contener su
admiración. ¡Qué!, dicen, ¿no están los hombres demasiado sujetos a la
muerte, sino que todavía quieren dársela unos a otros? ¡Cuán corta es
la vida!, sin embargo, al parecer la consideran como de larga duración.
¿Acaso existen sobre la tierra para despedazarse y hacerse mutuamente
infelices?
Por lo demás no pueden comprender los pueblos de la Bética por qué se
admira tanto a los conquistadores que subyugan dilatados imperios. ¡Qué
locura es, dicen, fijar la felicidad en gobernar a los demás hombres,
cuando el hacerlo cuesta tantas penas si se les ha de regir con razón
y justicia! ¿Y por qué complacerse en gobernarlos a su pesar? Lo que
puede hacer el hombre sabio es sujetarse a mandar a un pueblo dócil,
cuyo gobierno le han encargado los dioses, o del que le suplican
lo haga como padre y protector; mas gobernar a los hombres contra
su voluntad, es quererse hacer desventurado por el falso honor de
sujetarlos. El conquistador es un hombre a quien los dioses, irritados
contra el género humano, han enviado a la tierra en su cólera para
asolar los imperios, para esparcir por todas partes el espanto, la
desesperación y la miseria, y para convertir a los hombres en esclavos.
El que ambiciona gloria ¿no encuentra bastante en regir con sabiduría
a aquellos que los dioses han puesto a su cargo? ¿O creen que no
pueden llegar a merecer elogios no siendo violentos, injustos, altivos,
usurpadores y tiranos de todos sus vecinos? Nunca debe pensarse en
la guerra sino para defender la independencia de una nación, y feliz
la que no siendo esclava de otra, carezca de la loca ambición de
dominarla. Esos grandes conquistadores, que nos pintan cubiertos de
gloria, son semejantes a los ríos caudalosos que saliendo de madre
destruyen las campiñas fértiles que deberían solo regar.
Después que Adoam acabó de hacer la descripción de la Bética,
preguntole Telémaco, encantado, varias cosas curiosas. ¿Usan el vino,
le dijo, aquellos naturales?
No cuidan de beberlo, contestó Adoam, porque jamás han querido
elaborarlo; no porque les falte la uva, pues ninguna tierra la produce
más delicada, sino porque se contentan con comerla cual las otras
frutas, temiendo al vino como corruptor de los mortales. Es una especie
de veneno, dicen, que pone furioso al hombre, y aunque no le hace
morir, le convierte en bestia; y bien puede conservarse sin él la salud
y el vigor, al paso que usándole se corre el peligro de destruirla y
olvidar las buenas costumbres.
Desearía saber, replicó Telémaco, qué leyes arreglan los matrimonios en
aquella nación.
Nadie, contestó Adoam, puede tener más que una esposa, y debe
conservarla mientras viva. En aquel país depende tanto el honor del
esposo de su fidelidad para con la esposa, cuanto en otros se hace
consistir el de esta en su fidelidad a aquel; y jamás pueblo alguno
fue más honrado ni más celoso de la pureza. Allí es el bello sexo
agradable, pero sencillo, modesto y laborioso; y los matrimonios
pacíficos, fecundos e irreprensibles. Parecen los esposos una sola
persona en dos cuerpos diferentes, y se hallan distribuidos entre
ellos los cuidados domésticos. El esposo arregla los exteriores,
y dedícase la esposa a la economía interior, aliviando a aquel y
pareciendo no haber nacido sino para agradarle, por cuyos medios
adquiere su confianza, y le embelesa menos con su belleza que con su
virtud, siendo tan duradero como su vida este verdadero encanto de la
sociedad conyugal. La sobriedad, la moderación y las costumbres puras
de aquellos naturales les proporcionan una vida prolongada y exenta de
dolencias; pues se encuentran ancianos de ciento y ciento veinte años,
que conservan todavía el vigor y la jovialidad.
Réstame saber, volvió a preguntar Telémaco, por qué medios evitan la
guerra con los pueblos limítrofes.
La naturaleza, respondió Adoam, los ha separado de ellos por el mar,
y al norte por elevadas montañas; y los respetan además, a causa de
su virtud. Discordes sus vecinos muchas veces, los han elegido por
árbitros de sus diferencias, y confiádoles las posesiones o plazas
que se disputaban; pues como aquella nación sabia no causó violencia
jamás, nadie desconfía de ella. Excita su risa el oír que los reyes
no puedan convenir en el arreglo de las fronteras de sus respectivos
dominios, y dicen: ¿Podrán temer falte la tierra a los hombres cuando
existirá siempre más de la que pueden cultivar? Mientras haya terrenos
libres e incultos, ni aun quisiéramos defender los nuestros de los que
intentasen apoderarse de ellos. Entre los habitantes de la Bética no se
encuentran ni orgullo, ni altivez, ni mala fe, ni deseo de extender su
dominación; por lo que jamás han inspirado temor a sus vecinos, pues no
pueden aspirar a ser temibles: así es que los dejan vivir tranquilos,
y aun abandonarían el país que habitan o se entregarían a la muerte
antes que tolerar dominación extraña; por cuya razón ofrece tantas
dificultades el subyugarlos, cuanto son incapaces de subyugar a los
demás, y de todo ello resulta la profunda paz que reina entre ellos y
los pueblos limítrofes.
Terminó Adoam este discurso refiriendo el modo de hacer su comercio
los fenicios en la Bética. Sorprendiéronse, continuó, aquellos
habitantes al observar que surcando los mares venían de remotos países
los extranjeros; pero nos dejaron fundar una ciudad en la isla de
Gades, y nos recibieron bondadosamente e hicieron partícipes de lo que
poseían sin querer recibir ninguna recompensa; ofreciéndonos además
liberalmente cuanto les sobrase de sus lanas, después de haber acopiado
las necesarias para su uso. Y en efecto, hiciéronnos un rico presente
de ellas, porque se complacen en dar a los extranjeros cuanto les sobra.
[Ilustración]
Ninguna repugnancia tuvieron en abandonarnos las minas, pues eran
inútiles para ellos; pareciéndoles no ser cordura en los hombres
arrostrar tantas fatigas para ir a buscar en las entrañas de la
tierra lo que no puede hacerlos dichosos, ni satisfacer ninguna
necesidad verdadera. No penetréis tanto, nos decían, en lo interior
de la tierra: contentaos con cultivarla y os dará bienes ciertos
para alimentaros: sacaréis de ella frutos de más valor que el oro y
la plata; pues no aprecia el hombre estos metales sino en cuanto le
proporcionan los alimentos que sostienen su existencia.
Hemos intentado muchas veces enseñarles la navegación, y conducir
a la Fenicia algunos jóvenes de aquel país; pero nunca han querido
que aprendiesen sus hijos a vivir como nosotros. Contraerán, nos
decían, necesidades de cosas que han llegado a serlo entre vosotros:
querrán tenerlas, y abandonarán la virtud para procurárselas por malos
medios, llegando a hacerse semejantes al hombre que teniendo buenas
piernas, y habiendo perdido el hábito de andar, se acostumbra al fin
a ser conducido de un sitio a otro como impedido. En cuanto a la
navegación la admiran a causa de la industria de este arte; pero la
creen perniciosa. Si tenéis, dicen, en vuestro país lo suficiente de
cuanto es necesario a la vida, ¿qué vais a buscar fuera de él?, ¿por
ventura no os basta lo que es suficiente a la naturaleza?, mereceríais
naufragar, pues buscáis la muerte en medio de las tempestades para
satisfacer la avaricia de los mercaderes, y lisonjear las pasiones de
los demás hombres.
Encantado escuchaba Telémaco este discurso de Adoam, y complacíase de
que todavía existiese un pueblo que, siguiendo las leyes naturales,
viviese reunido, sabio y dichoso. ¡Oh!, exclamaba: ¡cuánto distan
sus costumbres de las vanas y ambiciosas de otros pueblos que se
consideran más sabios que ellos! Tan corrompidos estamos que apenas
creemos posible pueda ser cierta su natural sencillez: consideramos
las costumbres de aquel pueblo como una feliz invención, y ellos deben
considerar las nuestras cual un sueño monstruoso.
[Ilustración]