Inmóvil había permanecido Calipso arrebatada de gozo escuchando las
aventuras de Telémaco; mas le interrumpió recordándole la necesidad de
descanso. Tiempo es, le dijo, de que vayáis a disfrutar las dulzuras
del sueño después de tantos trabajos. Aquí nada debéis temer: todo os
es propicio. Regocijaos y disfrutad la paz y todos los demás beneficios
de que van a colmaros los dioses; y mañana cuando la Aurora descubra
con su purpúrea mano las puertas doradas del oriente, y cuando los
caballos de Febo salgan de las aguas para difundir la luz del día
ahuyentando las estrellas que reverberan en el éter, volveremos a
emprender la historia de vuestros infortunios. ¡Caro Telémaco, nunca
Ulises os igualó en valor y sabiduría! Aquiles vencedor de Héctor,
Teseo después de su salida del averno, hasta el grande Alcides que
purgó la tierra de tantos monstruos, no mostraron jamás tal esfuerzo
y valor como vos. Ojalá que rendido al dulce sueño se os haga corta la
noche; mas ¡ay!, ¡cuán larga será para mí!, ¡cuánto se retardará el
placer de veros, de escucharos y de haceros referir de nuevo lo que ya
sé y lo que aún no me habéis referido! Retiraos con el sabio Méntor a
quien os han restituido los dioses; id a esa gruta retirada en donde
todo se halla preparado para que descanséis. Quiera Morfeo derramar los
más dulces encantos sobre vuestros cansados párpados, que circule por
vuestros fatigados miembros un bálsamo divino, y que se presenten a
vuestra fantasía las más placenteras imágenes, que, volando risueñas en
torno vuestro, embriaguen de placer los sentidos alejando cuanto pueda
sacaros de los brazos del sueño.
Ella misma condujo a Telémaco a una gruta separada de la suya, que no
era menos rústica, ni menos agradable. Corría desde el extremo de ella
una fuente, cuyo murmullo convidaba al sueño, y allí habían preparado
las ninfas dos lechos de tierna y olorosa verdura, y extendido sobre
ellos dos hermosas pieles, una de león para Telémaco y otra de oso para
Méntor.
Os habéis dejado llevar, dijo este a Telémaco antes que el sueño
cerrase sus ojos, de la satisfacción de referir vuestras aventuras y
encantado a Calipso describiendo los peligros de que os han sacado el
valor y la astucia, y con ello no habéis hecho otra cosa que inflamar
más y más su corazón, preparándoos una esclavitud más duradera.
¿Cómo esperáis que os deje salir de esta isla habiéndola encantado
vuestra narración? El amor de una gloria vana os ha hecho olvidar la
prudencia. Prometió decir los sucesos ocurridos a Ulises y cuál haya
sido su destino; mas ha encontrado medio de hablar mucho sin decir
nada, comprometiéndoos a explicar cuanto deseaba saber. He aquí los
ardides de las mujeres lisonjeras y apasionadas. ¿Cuándo tendréis,
¡oh Telémaco!, cordura y discreción para que la vanidad no dicte
vuestras palabras? ¿Cuándo sabréis callar lo que os sea ventajoso y
no debáis decir? Admiran todos vuestra prudencia en una edad en que
es disimulable no tenerla; pero yo nada puedo disimularos, porque soy
el único que os conoce y que os ama bastante para dejar de advertiros
vuestros yerros. ¡Cuán distante os halláis todavía de la cordura de
vuestro padre Ulises!
[Ilustración]
¿Cómo, pues, dijo Telémaco, podía yo negarme a referir a Calipso mis
desgracias? No: replicó Méntor: debíais hacerlo, mas únicamente de
aquello que pudiera excitar su compasión. Dijerais que os habíais
visto, ora errante, ora cautivo en Sicilia y en Egipto: esto era
suficiente; lo demás solo ha servido para dar pábulo al veneno que
abrasa sus entrañas. ¡Quieran los dioses preservar de él vuestro
corazón!
¿Qué haré pues?, exclamó Telémaco con docilidad. No es ya tiempo,
respondió Méntor, de ocultar el resto de vuestras aventuras, pues sabe
Calipso demasiado para dejarse engañar en lo que aún ignora, y vuestra
reserva solo serviría para irritarla. Terminad mañana la relación de
cuanto han hecho los dioses en beneficio vuestro, y sed más cauto en
adelante para hablar de lo que pueda atraeros alguna alabanza.
Recibió Telémaco amistosamente tan acertado consejo; y entregáronse al
descanso.
Apenas acababa el encendido Febo de difundir sus primeros rayos sobre
el horizonte, cuando oyó Méntor los acentos de la diosa que llamaba a
las ninfas en el bosque, y despertó a Telémaco diciéndole: Tiempo es ya
de abandonar el sueño. Vamos a ver a Calipso; pero desconfiad de sus
lisonjeras palabras: no descubráis vuestro corazón: temed la ponzoña
de sus alabanzas. Ayer os encumbró sobre la gloria de Ulises, sobre la
del invencible Aquiles, del famoso Teseo y hasta del inmortal Hércules.
¿No conocéis el exceso de tal ponderación? ¿Creisteis lo que os dijo?
Pues sabed que tampoco ella lo cree. Os alaba porque os considera débil
y demasiado vano para dejaros seducir, celebrando con exageración
vuestras acciones.
Dicho esto pasaron adonde los esperaba la diosa. Sonrió al verlos,
ocultando bajo una apariencia de gozo el temor que la inquietaba, pues
preveía que, conducido Telémaco por Méntor, huiría de ella como Ulises.
Apresuraos, Telémaco, dijo, a satisfacer mi curiosidad: durante la
noche he creído veros partir de Fenicia para buscar nuevo destino en la
isla de Chipre: decidnos, pues, el término de este viaje: no perdamos
un momento; y en seguida sentáronse a la agradable sombra de un espeso
bosque, sobre la hermosa yerba tapizada de fragantes violetas.
Sin cesar dirigía Calipso la vista a Telémaco pintándose en sus ojos
el amor y la ternura; pero al mismo tiempo se llenaba de indignación
al notar que observaba Méntor con el mayor cuidado todas sus acciones.
Entre tanto guardaban silencio las ninfas, y prestaban atención
colocadas en forma de medio círculo para ver y escuchar más fácilmente,
y todos inmóviles tenían fija la vista en el gallardo joven.
Bajó este los párpados, y suspirando con mucha gracia continuó así el
hilo de su narración.
No bien hinchó las velas un viento favorable, cuando desapareció
a nuestros ojos la tierra de Fenicia. Como iba en compañía de los
chipriotas, cuyas costumbres ignoraba, resolví callar, notarlo todo y
observar las reglas que dicta la prudencia para captarme su estimación;
mas durante mi silencio se apoderó de mí un sueño agradable que embotó
mis sentidos sumergiéndome en una calma, en un gozo profundo que
embriagó mi corazón.
Al momento creí ver a Venus hendiendo las nubes sobre un etéreo carro,
tirado por dos palomas. Tenía aquella admirable belleza, aquella
floreciente juventud, aquellas gracias seductoras que aparecieron en
ella y deslumbraron al mismo Júpiter cuando salió de las espumas del
Océano. Descendió sobre mí volando con rapidez, me puso la mano sobre
el hombro y, llamándome por mi nombre, me dijo risueña estas palabras:
Joven griego, vas a entrar en mi reino: en breve llegarás a aquella
isla afortunada en donde nacen en pos de mí los placeres, la risa y
los regocijos. Allí quemarás aromas en mis aras y yo te sumergiré
en un piélago de delicias: abre tu corazón a lisonjeras esperanzas,
y guárdate de resistir a la más poderosa de las deidades que quiere
hacerte dichoso.
[Ilustración]
Al mismo tiempo vi al niño Cupido, que agitando las ligeras alas
volaba placentero en torno de su madre. Aunque brillaban en su rostro
la ternura, las gracias y la candidez de la infancia, había en sus
penetrantes ojos cierta cosa que me causaba temor. Reíase al mirarme:
pero su risa era maligna, engañosa y cruel. Sacó de la aljaba de oro
la más aguda de sus flechas, tendió el arco y ya iba a herirme, cuando
se dejó ver Minerva repentinamente y me cubrió con su égida. No tenía
el rostro de esta diosa aquella afeminada hermosura, aquella languidez
amorosa que había advertido en el rostro y actitudes de Venus. Por el
contrario, era sencilla su belleza, modesta y sin compostura, y en ella
todo grave, vigoroso, noble y majestuoso. No pudiendo la flecha de
Cupido penetrar la égida, cayó al suelo, y Cupido, indignado, suspiró
amargamente y quedó avergonzado al verse vencido. ¡Huye de aquí, gritó
Minerva, huye, niño audaz! Nunca vencerás sino a los cobardes que
prefieren los vergonzosos placeres a la sabiduría, a la virtud y a la
gloria.
Irritado el Amor al oír estas palabras, desapareció volando, y
remontándose Venus hacia el Olimpo, vi por largo tiempo el carro y las
palomas en una nube de oro y azul: mas al fin la perdí de vista. Bajé
los ojos a la tierra y ya no hallé a Minerva.
Pareciome haber sido trasportado a un delicioso jardín tal como
describen los Campos Elíseos, en donde vi a Méntor que me dijo estas
palabras: Huid de esta tierra cruel, de esta corrompida isla en donde
solo se respira sensualidad. La más sólida virtud debe temblar en
ella, y solo puede salvarse huyendo. Al verle quise abrazarle, mas
sentí que no podían moverse mis pies: que desfallecían mis rodillas,
y que procurando alcanzar con las manos a Méntor, buscaban una sombra
vana que jamás podía encontrar. Estos esfuerzos ahuyentaron el sueño,
y conocí que aquella misteriosa visión era un aviso celestial.
Sintiéndome animoso contra los placeres y desconfiando de mí mismo,
detesté la vida sensual de los chipriotas; pero lo que afligió mi
corazón fue haber creído que no existía ya Méntor, y que después de
atravesar las aguas de la Estigia habitaba la dichosa mansión de las
almas justas.
Esta idea me hizo derramar un torrente de lágrimas. Preguntáronme por
qué lloraba, y yo les respondí: demasiado debe llorar un desventurado
extranjero que vaga errante sin esperanza de volver a su patria. Sin
embargo, entregáronse todos los chipriotas que iban a bordo de la
nave a una inconsiderada alegría. Los remeros, enemigos del trabajo,
dormían sobre los remos; coronado de flores el piloto, abandonaba el
timón; tenía en la mano una gran copa de vino que casi había consumido,
y, agitados los demás por los furores de Baco, entonaban cánticos
capaces de causar horror a cuantos aman la virtud, en loor de Venus y
de Cupido.
[Ilustración]
Mientras que así olvidaban los peligros que ofrece el mar, se oscureció
el cielo y agitó las aguas una repentina borrasca. Desencadenados los
vientos bramaban con furor soplando contra las velas, y estrellábanse
las espumosas olas en los costados de la nave, que crujía al recibir
multiplicados golpes. Ora nos remontábamos sobre las irritadas olas,
ora parecían elevarse las aguas sobre la nave para precipitarnos en
su seno. Descubríamos cerca de nosotros quebradas rocas, contra las
cuales embestían con horrísono estruendo las aguas; y entonces conocí
por experiencia que los hombres corrompidos por los placeres, carecen
de ánimo en los peligros, como tantas veces lo había oído decir a
Méntor. Consternados los chipriotas lloraban cual mujeres; solo se oían
lamentos, lastimeros ayes por dejar las delicias de la vida, y promesas
a los dioses de algún sacrificio si arribaban al puerto. Pero ninguno
tenía el ánimo necesario para mandar ni ejecutar las maniobras, y creí
que salvando mi vida debía salvar también la de los demás. Empuñé el
timón, pues perturbado el piloto por el vino, cual si estuviera en una
bacanal, no se hallaba en estado de conocer el peligro que corría la
nave; alenté a los asustados marineros, les hice amainar las velas,
remaron esforzadamente, y aunque vimos de cerca los horrores de la
muerte, burlamos todos los escollos.
Mirábanme con asombro los que me eran deudores de la vida, a quienes
pareció un sueño el éxito de la azarosa borrasca. Arribamos a la isla
de Chipre en el mes de la primavera, consagrado a Venus, pues decían
aquellos naturales ser la época más propia de esta divinidad; porque al
parecer se anima la naturaleza produciendo los placeres del mismo modo
que las flores.
Llegado a la isla sentí un aire agradable que a la vez laxaba la
fibra, inclinando a la pereza, e inspiraba alegría y liviandad; y
noté hallarse casi inculta la campiña, sin embargo de ser aquella
tierra naturalmente fértil, lo cual me hizo conocer eran sus naturales
poco laboriosos. Por todas partes vi al bello sexo que, adornado con
desenvoltura, se dirigía al templo de Venus entonando cánticos en loor
de esta diosa, y en cuyos rostros sobresalían a un tiempo la belleza,
las gracias, el gozo y la sensualidad; mas su gracia era afectada,
pues no se descubría aquella noble sencillez, aquel insinuante
pudor que forma la mayor hermosura. Su aire muelle y afeminado, el
artificio estudiado de sus rostros, los vanos adornos, paso lánguido,
miradas que parecían buscar al sexo opuesto, rivalidad por inspirar
vehementes pasiones, y en una palabra, todo era en ellas despreciable,
y esforzándose para agradar, dejaban de agradarme.
Condujéronme al templo de la diosa. Tiene varios en esta isla, pues
en Citera, en Idalia y en Pafos se la adora particularmente, aunque
tiene otros muchos en aquella isla. Era el templo de mármol, y su forma
de un perfecto peristilo, sus columnas de tal grosura y elevación
que hacían majestuoso el edificio. Sobre el arquitrabe y el friso
sobresalían en cada una de sus fachadas grandes medallones, en donde
se veían esculpidas de bajo relieve las aventuras más agradables de
aquella deidad; y a todas horas había a la puerta del templo multitud
de personas que llegaban a él a presentar sus ofrendas.
Jamás se degüella víctima alguna en el recinto de aquel lugar sagrado,
ni se quema tampoco como en otros templos la grasa de los toros, ni se
derrama su sangre; y solamente se presentan ante el altar las víctimas
que se ofrecen, sin que pueda hacerse de ninguna que no sea nueva,
blanca, y sin defecto ni mancha, cubiertas siempre de bandas de púrpura
bordadas de oro, dorados sus cuernos y adornados de ramilletes de
olorosas flores, y después de haber sido presentadas delante del altar,
las conducen a un sitio retirado en donde las degüellan para que sirvan
en los festines de los sacerdotes de la diosa.
Ofrecen también toda clase de aguas olorosas y vino más dulce que el
néctar. Los sacerdotes visten largas túnicas blancas, con cinturones
de oro y franjas de la misma clase en la falda de ellas. Día y noche
queman en los altares los más exquisitos perfumes del oriente, los
cuales forman una densa nube que se eleva hacia el cielo. Penden
festones de las columnas del templo, son de oro todos los vasos que
sirven para los sacrificios, y ciñe su recinto un bosque sagrado de
mirtos. Solo pueden presentar las víctimas a los sacerdotes y atreverse
a encender el fuego en los altares los varones jóvenes o las hembras
de extraordinaria belleza; mas deshonran aquel magnífico templo la
disolución y la impudencia.
Causábame horror al principio cuanto veía; pero insensiblemente
fui acostumbrándome a ello. El vicio no me asustaba, y cuantos
me acompañaban me inspiraban cierta especie de inclinación a la
sensualidad. Burlábanse de mi inocencia y pudor, y mi reserva era el
escarnio de aquellos habitantes disolutos. Nada dejaron de hacer para
excitar en mí todas las pasiones: tendíanme lazos para despertar en
mi corazón el gusto a los placeres. Sentíame más débil cada día, y
apenas bastaba a sostenerme la buena educación que había recibido;
pero mis buenos propósitos se evaporaban, viéndome sin fuerzas para
resistir el mal que me rodeaba por todas partes, y aun me ruborizaba
de ser virtuoso, a la manera que es arrastrado por la corriente el que
nadando en un caudaloso río rompe las aguas al principio, logra vencer
su acelerado curso, mas llegando a la escarpada ribera ni puede salir a
ella ni mantenerse, y abandonándole las fuerzas poco a poco quedan sin
acción sus fatigados miembros y perece anegado.
Del mismo modo desfallecía el corazón y comenzaban a oscurecerse mis
ojos, sin que pudiese recobrar la razón, ni recordar la memoria y
virtudes de mi padre, habiendo acabado de desalentarme el sueño en que
me pareció ver al sabio Méntor en los Campos Elíseos. Apoderábase de
mí una languidez interior agradable; amaba la ponzoña lisonjera que
corría por mis venas y penetraba hasta la médula de mis huesos. Sin
embargo, lanzaba todavía profundos suspiros, vertía amargas lágrimas,
rugía como un furioso león. ¡Oh desventurada juventud!, decía: ¡oh
dioses que os burláis cruelmente de los hombres! ¿Por qué les hacéis
pasar por esta edad que puede llamarse locura y fiebre ardiente? ¡Ah!
¡Por qué no veo mi cabeza encanecida, agobiado mi cuerpo y próximo a la
tumba cual Laertes mi abuelo! La muerte sería para mí menos terrible
que la flaqueza vergonzosa en que me hallo.
Conocía así templarse mi dolor después de hablar, y que embriagado mi
corazón de una pasión frenética casi olvidaba el pudor; mas después
veíame sumido en un abismo de remordimientos. Mientras duraba esta
agitación, vagaba de una parte a otra del bosque sagrado, cual la
cierva que herida por el cazador atraviesa corriendo la dilatada selva
buscando el alivio de su dolor, mas habiendo penetrado la flecha en su
costado corre con ella el cruel instrumento de su muerte. Del mismo
modo corría yo en vano procurando olvidarme de mí mismo; mas nada
remediaba la herida de mi corazón.
Así me encontraba cuando vi a bastante distancia y entre la espesa
sombra del bosque al sabio Méntor; pero pareciome tan pálido su rostro,
tan triste y austero que no experimenté ningún placer. ¿Sois vos,
exclamé, oh caro amigo, mi única esperanza? ¿Sois vos? ¡Qué! ¿Sois vos
mismo, o viene a engañar mis ojos una visión falaz? ¿Sois vos Méntor?
¿Es todavía vuestra sombra sensible a mis desgracias? ¿No os halláis
en el número de las almas afortunadas que gozan la recompensa de su
virtud; y a quienes dan los dioses goces puros en una paz eterna en
los Campos Elíseos? Hablad, Méntor, ¿vivís todavía? ¿Seré tan feliz
que aún pueda poseeros, o bien sois una sombra vana? Diciendo estas
palabras corría yo hacia él enajenado, pudiendo apenas respirar.
Esperábame él tranquilamente y sin dar un paso hacia mí. ¡Oh dioses!
¡Vosotros sabéis cuál fue mi júbilo cuando mis manos le tocaron! ¡No,
no es una vana sombra, yo toco, yo abrazo a mi querido Méntor! Así
exclamé; y entre tanto bañaban mis lágrimas su rostro, permanecía
abrazado a su cuello sin poder articular palabra, y él me miraba triste
y poseído de una afectuosa compasión.
[Ilustración]
Finalmente le dije: ¿De dónde venís? ¡En qué peligros me he visto
durante vuestra ausencia! ¿Y qué sería de mí sin vos en esta ocasión?
¡Huid!, me respondió con voz terrible sin satisfacer a mis preguntas;
¡huid con presteza! Aquí solo produce veneno la tierra; el aire que se
respira está emponzoñado; y, corrompidos los hombres, solo se comunican
para trasmitir un veneno mortal. La vil e infame sensualidad, que es la
más horrible de las plagas que abortó la caja de Pandora, enerva los
corazones y destierra todas las virtudes. ¡Huid! ¿Qué os detiene? Ni
aun volváis el rostro cuando os alejéis de esta execrable isla: borrad
de vuestra memoria hasta el menor recuerdo de ella.
Dijo: y al momento advertí disiparse una especie de nube densa que
me dejó ver con toda su pureza la verdadera luz, y renacer en mi
corazón la alegría; pero alegría bien diferente de la sensual y
voluptuosa que había embotado mis sentidos, pues esta producía en mí
la inquietud y enajenamiento, interrumpidos de accesos de furor y de
agudos remordimientos, y aquella, por el contrario, satisfacía mi razón
proporcionándome un no sé qué de felicidad celestial, permanente e
inalterable, de tal naturaleza que arrebataba mi alma sirviéndome de
mayor consuelo a medida que se introducía en ella. Entonces me arrancó
el gozo las lágrimas y conocí cuán agradable es llorar por tal causa.
¡Felices, exclamé, aquellos a quienes se muestra la virtud con toda su
belleza! ¡Podrá conocerse sin apreciarla! ¡Podrá apreciarse sin ser
feliz!
Debo dejaros, interrumpió Méntor: parto, no puedo detenerme. ¿A dónde
vais?, le repliqué. ¿A qué tierra por inhabitable que sea no os
seguiré? No penséis apartaros de mí: antes moriré siguiendo vuestras
huellas; y al decirle estas palabras le estrechaba en mis brazos con
todas mis fuerzas. En vano es, me dijo, pretendáis detenerme, porque
el cruel Metofis me vendió a los árabes o etíopes, y habiendo pasado
estos a Damasco en la Siria para traficar, quisieron deshacerse de mí
pensando adquirir una suma considerable de Hazael, que deseaba hallar
un esclavo griego para instruirse de las costumbres de la Grecia y de
nuestras ciencias, y en efecto me compró Hazael por crecido precio.
Lo que le he referido acerca de nuestras costumbres, le ha excitado
a pasar a la isla de Creta para aprender las sabias leyes de Minos.
Los vientos nos han obligado a recalar en la de Chipre, y ha venido
al templo para presentar sus ofrendas en tanto que comienza a soplar
el que nos sea favorable: hele allí; ya sale; los vientos nos llaman;
ya se hinchan nuestras velas: adiós, caro Telémaco; un esclavo que
teme a los dioses debe seguir fielmente a su señor. Ellos impiden
que sea libre mi voluntad: si lo fuese, también saben que solo sería
vuestro. Adiós: acordaos de los trabajos de Ulises y de las lágrimas de
Penélope; acordaos de los justos dioses. ¡Oh deidades, protectoras de
la inocencia, en qué país me es forzoso abandonar a Telémaco!
No, no, exclamé, mi querido Méntor: no dependerá de vos el dejarme
aquí: moriré antes que partáis solo. ¿No conocerá la piedad ese sirio
de quien sois esclavo? ¿Le habrán nutrido las fieras en su infancia?
¿Querrá arrancaros de entre mis brazos? O habrá de darme la muerte, o
permitirá que os siga. ¡Me exhortáis a huir y os negáis a que huya con
vos! Hablaré a Hazael; tal vez compadecerá mi juventud y mis lágrimas.
Pues aprecia la sabiduría y va a buscarla tan lejos, no puede ser
insensible su corazón: me arrojaré a sus pies, estrecharé sus rodillas,
y no le dejaré partir hasta que me haya concedido la gracia de
seguiros. Mi querido Méntor, seré esclavo por acompañaros, me ofreceré
a serlo suyo; y si lo rehúsa, se decidirá mi suerte: me arrebataré la
vida.
[Ilustración]
A este tiempo llamó Hazael a Méntor; postreme ante él, y le sorprendió
ver en tal postura a un desconocido. ¿Qué queréis?, me dijo. La vida,
respondí: pues no podré conservarla si no me permitís seguir a Méntor,
que es esclavo vuestro. Soy el hijo del grande Ulises, rey el más sabio
de los de Grecia que han destruido la soberbia ciudad de Troya, célebre
en toda el Asia. No os hablo de mi nacimiento por orgullo, sino para
que mis desgracias os exciten a la piedad. He buscado a Ulises por la
dilatada extensión de los mares, en compañía de este hombre que era mi
segundo padre. Para colmo de mis infortunios me le ha arrebatado la
fortuna y le ha hecho esclavo vuestro: permitid que yo lo sea también.
Si es cierto que amáis la justicia, y que corréis a Creta para aprender
las leyes del sabio rey Minos, hallen acogida en vuestro corazón mis
lágrimas y mis suspiros. Aquí tenéis al heredero de un reino, que se ve
reducido a pedir la esclavitud como su único remedio. En otro tiempo
quise morir en Sicilia por evitarla; mas ¡ay!, mis primeras desgracias
eran solo anuncios de los ultrajes que me preparaba el destino; y en
prueba de ello me encuentro ahora temeroso de no ser recibido en el
número de vuestros esclavos. ¡Ved, oh dioses, mis males! ¡Oh Hazael!,
acordaos de Minos, cuya sabiduría admiráis, y que ha de juzgarnos un
día en el oscuro reino de Plutón.
No ignoro la sabiduría y virtudes de Ulises, me dijo Hazael, mirándome
bondadosamente y extendiendo su brazo para alzarme: varias veces me
ha referido Méntor la gloria que adquirió entre los griegos; además
de que su nombre se ha extendido entre todos los pueblos de oriente
con celebridad. Seguidme, hijo de Ulises; yo os serviré de padre hasta
que hayáis encontrado al que os dio el ser, pues aun cuando fuese
insensible a la gloria de este, a sus infortunios y a los vuestros, la
amistad de Méntor me empeñaría en cuidar de vos. Cierto es que lo he
adquirido como esclavo, mas le conservo como un amigo fiel; y la suma
que desembolsé al adquirirle me ha proporcionado el mejor amigo: a él
debo la sabiduría y el amor a la virtud que arde en mi pecho. Ya es
libre; también lo sois vos: solo os pido a ambos el afecto de vuestro
corazón.
Pasé de repente del más acerbo dolor al más vivo gozo que pueden
experimentar los mortales. Veíame libre del mayor peligro; aproximábame
a mi país y encontraba auxilios para regresar a él; gustaba las
delicias, el consuelo de estar cerca de un hombre que me amaba ya por
amar la virtud; en fin, lo hallé todo al encontrar de nuevo a Méntor
para no dejarle jamás.
Adelantose Hazael hacia la orilla y le seguimos: entramos en la nave,
azotaron los remeros las pacíficas olas, dio impulso a nuestras velas
una ligera brisa que animando el bajel le movió suavemente, y en
breve desapareció la isla de Chipre. Hallábase Hazael impaciente por
penetrar mis sentimientos, y me preguntó cuál era mi opinión acerca de
las costumbres de aquella isla. Díjele con ingenuidad los peligros que
corriera en ella mi juventud, y la lucha interior que había sufrido.
Complaciose notando mi horror al vicio, y dijo estas palabras: ¡Oh
Venus, conozco vuestro poder y el de vuestro hijo: he quemado inciensos
en vuestros altares; pero permitid deteste la infame sensualidad de
los habitantes de la isla de Chipre, y la impudencia con que celebran
vuestras fiestas!
En seguida hablaron él y Méntor de aquella primera causa que creó
cielo y tierra; de aquella luz perpetua e inalterable que todo lo
alumbra sin dividirse; de aquella universal y suprema verdad que
ilumina los espíritus como el sol los cuerpos. El que jamás ha visto,
decía, aquella pura luz, puede compararse con el ciego de nacimiento,
pues pasa la vida en una oscura noche, semejante a los pueblos que
no alumbra el sol durante algunos meses del año: considérase sabio y
es insensato; cree verlo todo y todo se le oculta; muere sin haber
visto nada; y descubre cuando más, tinieblas, falsos resplandores,
vanas sombras, y fantasmas que nada tienen de realidad. Así son
arrastrados los hombres por el placer de los sentidos y las delicias
de la imaginación. Ninguno sobre la tierra puede llamarse hombre
verdaderamente, sino el que busca, aprecia y sigue a la razón, que
nos inspira cuando pensamos rectamente y nos reprende si caemos en el
error. A ella lo debemos todo; y es como un grande océano de luz, de
donde salen a manera de pequeños arroyos los entendimientos humanos
para volver a él, y perderse en el inmenso caudal de su origen.
Sin embargo de que aún no comprendía yo perfectamente la profunda
sabiduría de este discurso, hallele puro y sublime: inflamábase mi
corazón, y brillaba al parecer la hermosa verdad en todas sus palabras.
Continuaron hablando del origen de los dioses, de los héroes y poetas,
del siglo de oro, del diluvio, de las primeras historias de la especie
humana, del Leteo o río del olvido en donde se anegan las almas de los
muertos, de las penas eternas preparadas al impío en la oscura mansión
del Tártaro, y de aquella paz dichosa que goza el justo en los Campos
Elíseos sin temor de perderla.
[Ilustración]
Mientras hablaban Hazael y Méntor, descubrimos muchos delfines
cubiertos de una escama que parecía de oro y azul, los cuales elevaban
las aguas en torbellinos de espuma. En pos de ellos venían los tritones
sonando las trompas con sus retorcidas caracolas en torno del carro
de Anfitrite, arrastrado por dos caballos marinos más blancos que la
nieve, que cortando las aguas señalaban su camino por el surco que
seguía su dirección; arrojaban fuego sus ojos, humo sus bocas. Era el
carro de la diosa una concha de maravillosa estructura, blanca cual
el marfil, y sus ruedas de oro, cuyo acelerado movimiento parecía
ser un vuelo sobre la superficie de las pacíficas aguas. Nadaban en
derredor del carro varias ninfas coronadas de flores, cuyas hermosas
cabelleras descendían sobre la espalda flotando a merced del viento.
Empuñaba la diosa en una mano el cetro de oro con que manda las aguas,
y con la otra sujetaba al pequeño dios Palemón, su hijo, que sentado
sobre la rodilla pendía de su pezón. Resplandecía en su rostro la
serenidad, y una especie de majestad agradable que ahuyentaba los
vientos inquietos y las oscuras nubes. Guiaban los tritones con riendas
doradas a los caballos, y flotaba encima del carro una vela de púrpura,
medio hinchada por el soplo de multitud de ligeros céfiros que se
esforzaban a arrojar su aliento. En el espacio de los aires veíase a
Eolo presuroso e inquieto, cuyo aspecto melancólico, frente arrugada,
largas y pobladas cejas, y vista encendida y sombría, rechazaba las
nubes e imponía silencio a los fieros aquilones. Ballenas enormes, y
otros monstruos marinos, salían acelerados de las grutas profundas que
les sirven de guarida deseosos de ver a la diosa, y alteraban las aguas
el soplo repetido de sus prodigiosas fosas nasales.
[Ilustración]