FENELÓN Y TELÉMACO.

En 6 de agosto de 1651 nació Francisco Salignac de la Mothe Fenelón

en el antiguo castillo de este nombre, y a no haber existido Bossuet,

hubiera sido el mayor escritor y literato del siglo XVII. Descendiente

de valerosos capitanes que se habían dado a conocer por su ardimiento y

lealtad en los infaustos reinados de los dos Carlos VI y VII, llegaron

a ser adictos de corazón a sus sucesores a fuerza de pelear con los

ingleses. Mas afortunadamente era feliz y gozaba de paz la monarquía

francesa en la época del nacimiento del que debía ser llamado por

excelencia arzobispo de Cambrai; época precursora de la profunda

ilustración del genio francés y del renacimiento de la bella poesía,

del teatro, de la elocuencia, del púlpito y de la historia cultivados

con celo, perseverancia y convicción. No era ya objeto único de los

franceses pelear contra la Inglaterra, sino suavizar la lengua por

tanto tiempo rebelde, y mejorada con inteligencia y estudio; obra

inmensa acabada por Corneille, Pascal, Molière, Bossuet, Lafontaine y

madama de Sevigné, y por los grandes maestros de la antigüedad Homero

y Virgilio, Platón y Cicerón, cuya poderosa influencia no era posible

dejase de obrar aun después de la época remota en que existieron.

A la corta edad de diez años ya escuchaba conmovido el tierno Fenelón

los armoniosos y poéticos períodos del bello lenguaje de los escritores

griegos y romanos, y con paso firme y seguro llegó a penetrar las

bellezas de la Odisea y de la Ilíada, pudiendo adivinarse desde

entonces llegaría a ser el continuador de Homero; pues conoció el poder

de la antigüedad clásica y pasó laboriosamente por todas las pruebas de

la retórica, de la filosofía y de la teología; porque en aquel siglo

nada se confiaba al acaso en la instrucción de la juventud.

Quince años contaba cuando fue llevado a París por su tío el teniente

general marqués de Fenelón, uno de aquellos nobles elegantes del

reinado de Luis XIV, cuya vida se empleaba en estudios serios,

conversaciones festivas y tolerancia religiosa, cosas desvanecidas

hoy, ya por no existir aquella clase de nobles, ya porque la rápida

carrera de la vida transcurre entre los diarios debates que ocasiona la

desaparición de unos en la escena del mundo, y la presencia de otros en

ella.

Fácil es persuadir que cuando el joven Fenelón, hermoso como un ángel,

inspirado como un poeta, se vio transportado desde su provincia

al salón de su anciano tío, debió producir un entusiasmo general.

Llegó, pues, a París poseído de aquel ardor que produce tan corta

edad, animado de la más activa emulación por los modelos griegos y

latinos que sabía de memoria, y preocupado de cuanto iba a ver y

observar en un mundo nuevo para él; si bien es cierto que contra lo

que ordinariamente acontece, no alucinó al joven la casa del tío, y

sí deslumbró a este el genio del sobrino. Grande emulación produjo:

disputábanse todos el gusto de verle, observar de cerca el fuego de

sus miradas, y dar ocasión a las salidas de su precoz elocuencia; y

no habrían sido tan generales la admiración y sorpresa, si de repente

hubiese aparecido en París algún joven alumno del pórtico o de la

academia, o algún discípulo de Platón en la más hermosa época de su

esplendor literario. Así fue que ocurrió a Fenelón entre los amigos de

su tío lo mismo que a Bossuet en el palacio de Rambouillet; porque el

talento de ambos fue conocido por unos y otros. Guardaban silencio al

escucharles y aplaudían los primeros esfuerzos de su entendimiento,

tratándoles como hombres formales en aquel siglo en que tan difícil

era aun a los literatos ser considerados así. Pero ni en Rambouillet,

ni en los salones de Fenelón, ni en las reuniones no menos animadas

que elocuentes de la señorita Lenclós, ni en los convites del anciano

Scarron presididos por madama Maintenon en persona, ni en París ni en

Versalles hubiera nadie consentido fuesen marchitados en la flor de

su edad aquellos dos grandes talentos Bossuet y Fenelón. Hoy por el

contrario hubiera sido tratada su adolescencia sin piedad ni respeto,

corrompiendo su corazón o abusando de sus nobles inclinaciones; y una

vez debilitado por las caricias y por la lisonja, ¡quién sabe lo que

hubieran llegado a ser! Mas el siglo de Luis XIV consideraba a la

juventud de otra manera que nosotros lo hacemos, respetando aquel verso

del poeta satírico que recomienda la veneración debida a la infancia.

Apenas hubo pronunciado Bossuet su primer sermón en el palacio de

Rambouillet, se le dedicó sin dilación a los estudios que debían

hacer de él más adelante un padre de la Iglesia; y apenas también el

joven Fenelón hubo dado a conocer en los salones de París su hermosa

fisonomía, su elocuencia y su saber precoz, fue encerrado por su

familia en las estrechas paredes de San Sulpicio, en cuyo venerable

recinto debían desaparecer los elogios mundanos; y desde entonces

acabaron para aquel joven los primeros encantos de la vida, y hubo

de abandonar a Platón y a Sócrates por el Evangelio. Reemplazó el

antiguo Testamento a los Idilios de Teócrito y a las Églogas de

Virgilio; San Juan Crisóstomo a Demóstenes, San Basilio a Cicerón,

y las lamentaciones de Jeremías a Tibulo y a Horacio; y ya no más

poesías profanas, epopeyas, fábulas, Sófocles, Eurípides, Teofrasto, y

aquella encantadora melodía de las dos costas del mar Jonio. Alzose la

austera Jerusalén sobre las ruinas de Troya, y en vano el joven Fenelón

escuchaba: no oía ya a la esposa de Héctor llorando sobre el cadáver

de su esposo, sino al profeta lamentándose sobre las ruinas de las

ciudades castigadas por la cólera de Dios.

Demasiado duro era este tránsito para aquel joven que entraba en

el seminario entusiasmado de la poesía profana; mucho más por ser

entonces un establecimiento en que se practicaba toda especie de

mortificaciones. Era silencioso el estudio, y comprendía a la vez

todas las partes de la Religión. Fácil es conocer los efectos de tal

camino en aquel joven amable, y cuán amarga debió parecer a sus labios

que aún paladeaban la deliciosa miel del monte Himeto aquella copa de

mortificación evangélica. Por fortuna supo sostenerse en tal prueba, ya

por convencimiento, ya por su natural inclinación a todo lo bueno, y

con la maravillosa condescendencia y conformidad que nunca le abandonó,

descubrió muy en breve la poesía del antiguo y del nuevo Testamento,

y hubiera arreglado una epopeya homérica con la divina historia de

los patriarcas, y hallado en los padres de la Iglesia griega y latina

aquella misma inspiración que tantas veces le había encantado al pie de

las dos tribunas de Atenas y de Roma. Así, pues, no debe causar tanta

compasión en su retiro de San Sulpicio; antes bien, entregado a sí

mismo hubiera llegado a ser un gran poeta; al paso que dedicado a tales

estudios lo fue en efecto al principio, y después preceptor de reyes,

el mayor prelado de la Iglesia, el salvador de su diócesis, y para

siempre un bienaventurado.

Salió de San Sulpicio poseído de celo, caridad y elocuencia, y en su

primer ardor habría deseado apoderarse del mundo para convertirle a

la fe. Deseaba partir a América y hacer por sus dilatados desiertos,

mucho antes que Chateaubriand, el mismo viaje que debía ejecutar este

algún día como cristiano y como poeta; mas opúsose a ello su familia

al verle débil y enfermo por consecuencia de las mortificaciones

que había sufrido; y entonces solicitó pasar a Grecia, su verdadera

patria. Parecíale ver ya a Atenas y el Pireo, Delfos y el Parnaso, cuna

ilustre de las musas: creíase compañero de Praxíteles y de Fidias; y

al mismo tiempo encontraba a San Pablo en Atenas y a San Juan en una

de las islas del Archipiélago; porque en su bella imaginación reinaba

siempre una confusión ingeniosa que admiraba apasionadamente _la

Ilíada_ y _la Biblia_, no pudiendo separar jamás los grandes talentos

que brillaron bajo el sol ateniense.

Poco duradera fue esta lucha; porque el señor Harlay, arzobispo a la

sazón de París, mandó al poeta cediese al misionero, y fue nombrado

Fenelón director de los nuevos convertidos cuando Luis XIV acababa de

dar el último golpe al edicto de Nantes. Aquel rey que creía alcanzarlo

todo de su poder, aspiraba a destruir las creencias después de haber

arrasado las murallas de la ciudad, considerando lícitos todos los

medios para convertir a los vasallos rebeldes, y empleando a la vez los

misioneros y los dragones, a Lamoignon y a Turena. Mas cuando aquel

apóstol inspirado le advirtió que por la gracia y por la convicción de

su palabra podía traer de nuevo al redil las ovejas extraviadas, se

ciñó a emplear un evangelista en tan útil servicio, conducido por su

justicia y bondad natural; pues en medio de un despotismo sin ejemplo,

llamó aquel monarca en su auxilio a los magistrados más severos, a

los guerreros más sanguinarios y a los mayores talentos de la Iglesia

de Francia, los corazones más humanos, los hombres más modestos, los

oradores más elocuentes. En este nuevo apostolado desplegó Fenelón

todas las dotes de su elocuencia. Hablaba de tal manera de Dios y de

sus terribles misterios que afianzaba la fe en las conciencias cuya

conversión reciente se hallaba poseída de temores; porque era tanta su

unción como Bossuet impetuoso y terrible. Fogoso este cual un torrente,

quebrantaba los obstáculos y también a las veces las almas; al paso

que regular aquel en su curso, introducía en todas y hasta en las más

rebeldes cierta calma y convicción íntima que producía los más felices

resultados; y al oírle hablar a los jóvenes luteranos, cuyos padres

se veían proscritos, con la más ingeniosa y solícita caridad, pudo

presentirse escribiría veinte años después su _Tratado de la educación

de las jóvenes_.

Concluido su primer apostolado con aplauso universal, se le envió

al Poitou para continuar tan recomendable obra; y queriendo Luis XIV

auxiliarle con algunas tropas, suplicó Fenelón al monarca le abandonase

a sus propias fuerzas diciéndole: «Nuestro ministerio es de paz, de

concordia, de persuasión: con ellas atraeremos a nuestros hermanos

extraviados; porque la violencia no es el medio de introducir el

convencimiento en las almas», y partió solo a aquella provincia agitada

por la discordia. Difícil era la empresa; pues debía hacer escuchar

la palabra divina en los lugares más remotos, en los valles, en las

montañas, en medio de las lagunas, y fortificar aquellos espíritus

feroces; peligros y afanes a que solo podía prestarse la caridad de

un apóstol. Preciso es decirlo en elogio de Fenelón. De todas las

provincias protestantes que intentó someter Luis XIV, aquella fue la

mejor conquistada; o más bien se rindió a la ardiente caridad, a la

pureza de costumbres, al convencimiento; y aquel prelado solo hizo más

por la unidad de la Iglesia y por la pacificación de la monarquía, que

todos los ejércitos.[1]

A su regreso de tan peligroso viaje, aguardaban otros trabajos al

celoso y ardiente predicador. El monarca que ha dado su nombre al siglo

XVII abrigaba el más alto concepto de la dignidad real. Cuanto más

descuidada había sido su infancia, tanto más experimentaba la necesidad

de confiar a hombres de talento la educación de los príncipes de su

sangre. Recordaba con indignación las vergonzosas condescendencias

que le tuviera en la infancia el cardenal Mazarino, y confesaba que

si faltaba algo a su grandeza, procedía del criminal descuido de sus

primeros años. Así fue que apenas su nieto el duque de Borgoña, hijo

mayor del Delfín, salió de las manos de su aya, eligió el rey por sí

mismo el hombre que debía educarle, recayendo su elección en el duque

de Beauvilliers, que contaba la edad de 37 años. Era este amigo íntimo

de Fenelón, y había dejado el rey a su cargo el cuidado de formar la

casa del príncipe. Buscó a su amigo y le confió la dirección del duque

de Borgoña; noble correspondencia a la confianza con que le honrara

Luis XIV, porque entre tantos hombres grandes como brillaran en aquel

siglo, ninguno más digno de abrir los difíciles senderos de la vida

ni de enseñar los deberes de un rey. Hacíase mucho más dificultosa

esta obligación por el carácter del príncipe. Indómito y rodeado de

lisonjeros, llegaba su cólera hasta el furor y su voluntad hasta la

obstinación, pues al nacer reunió el germen de todas las pasiones y de

los más desmedidos deseos a una inteligencia precoz, a un corazón tan

atrevido como su carácter. Derramaba a manos llenas la ironía desdeñosa

y el desprecio absoluto sobre todo lo humano que apenas le era

conocido, y sobresalía en él un extremado orgullo. Tal era el discípulo

que el rey confiaba al duque, y que este ponía a cargo de Fenelón.

Ciertamente no le faltaban motivos para acobardarse al considerar

la responsabilidad de tal confianza. La lucha era terrible por el

carácter del antagonista, y por la circunstancia de ser hijo de un rey.

Estremeciose el alma sensible de Fenelón y rehusó el honor que se le

dispensaba, haciendo conocer a su amigo la diferencia que mediaba entre

las lagunas de La Rochela y el palacio de Versalles; entre los recién

convertidos y el duque de Borgoña; entre una cuestión de herejía medio

resuelta por la voluntad del monarca y la completa educación de un

príncipe destinado tal vez al primer trono del universo, y que a ningún

precio quería ni podía aventurarse a tantos peligros; pues apenas había

consumado su propia educación vacilando aún entre su vocación presente

y los primeros estudios de su juventud; y por último que todas las

cuestiones de que se había ocupado su entendimiento no se hallaban

enteramente debatidas, puesto que examinando bien su conciencia, no

estaba seguro de inclinarse menos a Homero que a los libros sagrados.

Mas no era el duque hombre que cediese a semejantes excusas: rogó en

nombre de la amistad, habló en nombre del rey, y fue preciso obedecer.

Aceptó Fenelón obligación tan penosa, y empezó a desempeñarla sin que

le inspirase temor la indómita altivez de su discípulo; y a fuerza de

celo, perseverancia y talento, acabó por domarle haciendo de él otro

hombre y cambiando de tal suerte sus terribles defectos, que llegaron

a convertirse en las virtudes opuestas. De tan grande abismo salió un

príncipe afable, humano, sufrido, modesto, penetrado de sus deberes en

toda la extensión de ellos. ¡Pero cuántas penas, cuántos cuidados!

¡Qué lucha y qué resistencia! ¡Qué mortal desaliento! Ninguno se

atrevía a hablar cuando se enfurecía el duque de Borgoña; mas poco a

poco, y día por día, logró Fenelón completar su obra. Todo tuvo que

hacerlo en la educación del príncipe; hasta los libros elementales.

Escribió una gramática y varios apólogos, diálogos de los muertos,

y hasta versiones y temas, algunas de cuyas páginas son dignas de

los mejores escritores latinos. Así estudiaron a la vez el maestro y

el discípulo las obras de la antigüedad y los padres de la Iglesia,

pasando sin disgusto de la poesía a la creencia, de la fábula a la

historia, y de esta a la legislación; hasta que reconocido el príncipe

se arrojó a los brazos de su maestro exclamando: «No soy ya el duque

de Borgoña, sino el joven Luis». Esta fue la mayor recompensa de

Fenelón; porque Luis XIV, cuya principal ciencia consistía en conocer

a los hombres, adivinó que no sería nunca un adulador de su poder, y

descubrió la independencia que ocultaba bajo la exterioridad de un

cortesano.

Pero en medio de resultados tan felices y cuando Bossuet, maestro del

Delfín, admiraba la instrucción, talento y cortesanía del duque de

Borgoña, era Fenelón uno de los sacerdotes más pobres de su diócesis,

olvidado estudiadamente por Luis XIV, y sin que nadie hubiese cuidado

de informarse de los recursos con que contaba para vivir, sostener

la grandeza de su nombre, el brillo de su posición y la pobreza de

su familia. Más reconocido París que la corte, y más ilustrado que

Versalles, repetía diariamente su nombre con entusiasmo, habiéndose

esparcido su gloria por todas partes y a su pesar, sin embargo de

que solo eran conocidas entonces sus dos obras: _Tratado sobre la

educación de las jóvenes_ y _Sobre el ministerio pastoral_. Los mayores

talentos del siglo XVII le habían reconocido tácitamente como su rival

y maestro, y le hicieron su colega de la Academia Francesa con gran

sorpresa suya. Subyugada también madama Maintenon por tantas virtudes,

por tanta elocuencia, y por tan singular modestia, emprendió el

elogio de aquel hombre a quien nadie se atrevía a elogiar en la corte

a excepción del duque de Borgoña; y Luis XIV, que no gustaba de que

le diesen semejantes lecciones, le concedió su primera abadía de San

Valerio diciéndole: «Bastante he tardado en manifestaros mi gratitud:

he olvidado que hombres como vos jamás se presentan, y es preciso irlos

a buscar».

Contaba a la sazón 43 años, y era ya dueño de entregarse a los

impulsos de su corazón, por ser bastante rico para dar limosna, y

veíase rodeado de la estimación general, amado del príncipe cual un

padre, apreciado del rey y protegido por madama Maintenon. Mas tan

lisonjera situación adquirida a costa de tales trabajos, fue turbada

desgraciadamente por una de aquellas disputas religiosas que agitaron

el siglo de Luis XIV. Madama Guyon, viuda, de edad de 28 años, mujer

honrada, tierna, sensible, y cuyo espíritu religioso se había llegado

a exaltar, escribió dos libros que no merecían por cierto ni el ruido

que hicieron, ni los disturbios que ocasionaron; pues apenas son hoy

conocidos sus nombres. Era el uno _Método fácil para hacer oración_ y

_Explicación del Cantar de los Cantares_ el otro. Fueron denunciados

ambos a la censura eclesiástica; y compadecido Fenelón al verla

perseguida y encerrada en la Bastilla, y conmovido al oírla hablar con

tal elocuencia y unción que participaba de ascetismo, tomó a su cargo

la defensa de las dos obras: fue combatida su defensa con tanto ardor

de parte de Bossuet cuanto era ardiente y fogoso para todo, y llegó a

ser necesaria la intervención del Sumo Pontífice para poner término a

una disputa tan frívolamente empeñada. No permita el cielo que nuestra

admiración a los dos grandes talentos, cuya memoria honra la Francia,

nos conduzca a fijar nuestro juicio en pro o en contra de cualquiera

de ellos. Lamentaremos, sí, como una desgracia la división de aquellos

dos prelados de tanto influjo en la opinión pública. Dignos ambos

de admiración y respeto, les tributamos los homenajes debidos, como

héroes cristianos y escritores célebres; sin otra diferencia que haber

comprendido Bossuet el cristianismo en su parte austera y despótica,

mientras Fenelón le consideraba bajo el aspecto benéfico y paternal.

Cada uno de ellos debía tratar según su carácter la cuestión sobre

el quietismo, hoy enteramente olvidada; mas por una costumbre que no

debe aprobarse, se acusa de herejía al arzobispo de Cambrai cuando se

escribe la vida de Bossuet, y de injusticia y crueldad al de Meaux,

cuando se escribe la de Fenelón.

Entre tanto y antes que las máximas de los santos escritas por este

fuesen delatadas a la corte romana y condenadas, después de varias

dilaciones, por el papa Inocencio VIII, le nombró Luis XIV arzobispo

de Cambrai, cuya noticia consternó a sus enemigos que se preguntaban

el motivo de tan inesperado favor. Mas no lo era en realidad, sino

una desgracia, un destierro que le separaba para siempre del duque

de Borgoña; porque durante la disputa sobre el quietismo, había sido

conducido a Holanda por un doméstico infiel el _Telémaco_ prohibido

en Francia; y apenas apareció impreso apresuradamente sin el

consentimiento de su autor, se ocupó toda Europa de su obra, como el

mayor acontecimiento político; pues desde la _Utopía_ de Tomás Moro,

decapitado de orden de su soberano Enrique VIII, jamás se había dado

tanta latitud a la libertad de pensar, ni escrito más bella producción

del ingenio para bien de las sociedades humanas.

Excedió el _Telémaco_ a la _República_ de Platón; mas por desgracia

se consideró Luis XIV representado en ella con toda su corte, y quiso

alejar para siempre de ella al que llamaba ingrato e iluso. Pero es

fuerza decirlo. Nunca Fenelón intentó censurar a Luis XIV y su reinado,

porque tributaba al monarca los homenajes de su respeto y gratitud, y

hasta el último instante de su vida no cesó de protestar la falsedad de

las alusiones que quisieron encontrar en su obra. Mas era inevitable el

golpe; y en vano se arrojó el duque de Borgoña a los pies del monarca

para justificar la inocencia de su maestro. Víctima de la injusticia

y sin manifestarse quejoso, escribió a madama Maintenon expresándole

su reconocimiento por sus antiguos favores, y se apartó de los brazos

del duque de Borgoña y del de Beauvilliers, únicos amigos fieles en su

desgracia. Pasó a despedirse de sus antiguos maestros de San Sulpicio,

y allí vertió las únicas lágrimas que derramó en su vida al recordar

su juventud tranquila y estudiosa y sus arrebatos de poesía y religión

en aquel recinto sagrado. Oró por última vez ante aquellos altares

testigos de la exaltación de sus oraciones cuando contaba solo 18 años,

y dio el postrer adiós a París, teatro de su gloria, a la ingrata corte

que desconocía sus virtudes, y a la literatura francesa que había de

llegar algún día a honrarse con su nombre, y partió para su eterno

destierro.

Imponíale este nuevos deberes; porque no era Luis XIV monarca que

condenase a la ociosidad a un hombre que poseía los talentos de

Fenelón; y si bien se propuso alejarle de su persona, no de la

administración de las almas, privando a la Iglesia de su más digno

prelado, como había privado a la corte de su más bello ornamento.

Con tal propósito le confirió el arzobispado de Cambrai que debía

convertir en la primera diócesis del reino. Apenas empezó a desempeñar

sus funciones, consagrose a ellas con el ardor propio de su alto

ministerio que aceptó diciendo como Jesucristo: «Dejad llegar a mí

a los párvulos, a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, y a

todos los hijos de Dios», confundíase con ellos familiarmente hasta

el punto de acompañar a una anciana o buscar una vaca que se le

había extraviado; enseñaba la doctrina los domingos y daba limosna

diariamente, llegando el que había sido maestro de reyes a ser el más

humilde de los diocesanos, haciéndose compañero de todas las miserias

y necesidades; y cuando después de la más duradera y gloriosa paz se

vio obligado Luis XIV a correr los azares de la guerra y el duque de

Borgoña se arrojó al peligro de las lides, fue preciso que Fenelón

volviese a tomar la pluma para dar a su augusto discípulo las lecciones

que su nueva posición exigía. No es fácil asegurar si era más admirable

la adhesión del discípulo a su maestro, que el afecto de este al

príncipe. Habíalos separado Luis XIV, mas era imposible se olvidasen,

y fue inútil les prohibiera escribirse: hacíanlo siempre que el duque

necesitaba de consejo o el consuelo de alguna esperanza; y por este

medio tratábanse entre ellos los mayores intereses de la monarquía.

¡Con qué ansiedad paternal seguía el arzobispo al príncipe en los

negocios y en los campos de batalla! ¡Cómo preveía y explicaba los

tratados! ¡Qué prudencia en la victoria y qué serenidad en la derrota!

¡Cómo comprendía los intereses políticos de la Francia y penetraba

el triste secreto de sus males! ¡Cuál se condolía de su desgracia! Y

cuando, por último, el poder de Luis XIV llegó a verse abatido, ¡cómo

pronunció Fenelón con recato, pero con valor, las palabras «estados

generales»! Por tales medios caminaba Fenelón adelantado a su siglo,

conduciendo de la mano a su ilustre discípulo; mas ¡ah!, no debía

este llegar a donde su maestro. Mientras vivió, viose sometido a

influencias extranjeras, y faltáronle recursos para romper este yugo.

Temía a Luis XIV; y aunque le protegía el Delfín su padre, era débil y

desconfiada su protección. Sobre todo, le abandonó la vida cuando la

muerte de este y la ancianidad de aquel le aproximaban al trono. Murió

súbitamente aquel heredero de tan vasta monarquía, sepultándose en el

panteón de San Dionisio la obra más perfecta de Fenelón, sin exceptuar

el _Telémaco_, cuando la Francia se hallaba combatida por todas partes;

y entonces el arzobispo de Cambrai, mirando con ojos llorosos la corte

de que se hallaba desterrado, sintiose conmovido al ver desaparecida su

antigua grandeza y poder, y no encontrando en ella otra cosa que ruinas

y sepulcros, un monarca de 76 años y a su heredero en la cuna. Lleno de

confianza en Dios, dedicose exclusivamente al bien de su diócesis, y

se ocupó más que nunca de aquel desgraciado país fronterizo que sufría

las plagas todas de la funesta guerra llamada de sucesión. A él se

habían dirigido las fuerzas enemigas y las de la Francia, y allí había

tenido el duque de Borgoña sus primeros encuentros al lado de Vendôme,

Boufflers, Berwick, Vauban y Villars, y era preciso defenderle palmo

a palmo protegiendo a unos contra la victoria y contra la derrota

a otros. La liberalidad de Fenelón fue inmensa como su caridad.

Convirtiose en hospital su palacio; asistía personalmente a los

moribundos; suministraba el último pedazo de su pan, el último vino de

su bodega, y hasta el lienzo de su uso para la curación de los heridos;

y, admirados los enemigos de su virtud, respetaban sus almacenes, sus

tierras y sus palacios siempre que les decían: «Esto es del arzobispo».

Sin embargo de que era un ejército inglés que sabía descender Fenelón

de los más valerosos capitanes de Carlos VI y Carlos VII; y entre tanto

consumía en limosnas lo que el enemigo le dejaba.[2]

Duró tan lamentable estado hasta que Luis XIV, rey todavía y alentado

por aquel orgullo que le llevó a consumar tantas cosas grandes, amenazó

sepultarse entre las ruinas de la monarquía, y entonces se salvó la

Francia en Denain por el valor de Villars. Después de la muerte del

duque de Borgoña, aún le quedaba a Fenelón un amigo que perder; el

duque de Beauvilliers. A la muerte del primero exclamó: «Se han roto

cuantos vínculos me unían a la tierra». A la del segundo escribió a su

viuda diciéndole: «Vos y yo volveremos a encontrar pronto lo que aún

no hemos perdido; nos acercamos a ello día por día, y dentro de poco

no tendremos por qué llorar». Cuatro meses después se sintió acometido

de una enfermedad mortal cuando contaba 64 años, quedando justificadas

aquellas palabras tiernas que repetía frecuentemente: «Yo vivo solo

de amistad». Murió al tercer día y después de haber rogado al cielo;

escribió al rey una carta digna de su alma grande; echó la bendición a

todos sus amigos y criados y expiró tranquilo, sin que se encontrara

en todo su palacio una sola moneda, pues todo lo había repartido a los

pobres. Así perdió la Francia un hombre cuya memoria honrará siempre a

la literatura y a la Iglesia.

Las desgracias de la guerra y la pérdida de su discípulo y de su

amigo le habían debilitado en extremo. Saint-Simon y madama Sevigné

le dispensaban su respeto, a pesar de que a nadie respetaban, ni aun

al mismo Luis XIV. El primero pinta a Fenelón como le conoció: alto,

delgado, bien formado, nariz larga y ojos vivos. Grave y afable a

la vez, serio y jovial a un tiempo. No es posible formar idea de la

delicadeza y armonía de sus facciones, que ofrecían a la vista un

sabio, un prelado y un gran señor.

Los que intenten colocar al autor del _Telémaco_ entre los escritores

por necesidad o por inclinación, se engañarán mucho. Nada escribió por

el deseo de gloria literaria, semejante en esta parte a Bossuet, porque

uno y otro comprendían demasiado elevada la misión del sacerdocio para

abatirse al extremo de aspirar a los elogios humanos. Escribieron por

cumplir los deberes de su estado y obedecer las inspiraciones de su

creencia, sin otro objeto que persuadir y convencer. Maestros de reyes

escribieron lecciones para sus discípulos, el _Telémaco_ el uno, la

_Historia universal_ el otro.

La mayor parte de las obras de Fenelón no han sido conocidas hasta

después de su muerte.[3] Sus primeros sermones rebosan elegancia y

entusiasmo, y a pesar de cierto desorden que se advierte en ellos, dan

a conocer al gran crítico a quien somos deudores de tan bellas páginas

sobre el arte oratoria. Su carta a la Academia Francesa, sus diálogos

sobre la elocuencia y algunos trozos admirables sobre Homero y los

antiguos con motivo de la disputa entre La Motte y Dacier, colocarían

a Fenelón en el primer lugar entre los críticos, si el _Telémaco_

no hubiera venido a colocarle a la cabeza de los poetas. Porque, en

efecto, es una continuación de la Odisea, según él mismo lo llamó en su

primera edición. Es verdaderamente la obra de un hombre educado en la

escuela de los antiguos. En la de Homero, cuyo poema ha continuado: en

la de Platón, cuya moral adoptó: en la de Jenofonte, su antecesor en el

arte de educar a los príncipes, autor de la _Ciropedia_ como Fenelón

del _Telémaco_. La historia de Filoctetes, ¿es otra cosa que una

admirable traducción de una tragedia de Sófocles? ¿Dónde se encuentra

a la bella Eucaris? En los _Idilios_ y entre los espesos bosques de

Teócrito. En cuanto a la instrucción que contiene su obra, comprende

a la vez la ambición, el orgullo, el amor, la gloria, el despotismo,

las pasiones todas buenas o malas, pudiendo decirse lo que Fedro en

una expresión que no puede traducirse.[4] Mas parece inútil detenerse

a hacer su elogio: baste decir es una obra maestra que se aprende

en Europa de memoria hace más de dos siglos: que es el libro de los

reyes y de los pueblos: escrito para la educación de un príncipe, ha

servido para educar a la gran familia humana; y cuando el arzobispo de

Cambrai introdujo en su obra las previsiones de su política liberal y

los derechos de los pueblos, como los deberes de los reyes, era muy

remota la época de que a más de una admirable utopía, llegara a ser una

realidad. Omitiremos, pues, el elogio del _Telémaco_ que nunca pudiera

alcanzar a su mérito: ¿qué puede decirse de un libro que a la vez nos

ofrece un código político digno de Montesquieu, un poema que puede

decirse obra de Homero; libro a propósito para los niños, de historia

para los adultos, novela, en fin, para entretener a todos, y catecismo

político para los reyes? Todas las pasiones nobles se hallan retratadas

con su más bello colorido en la obra de Fenelón, y al mismo tiempo se

encuentra en ella el modo de establecerse y acabarse los imperios,

fundarse las ciudades y dictarse las leyes; y al seguir al sabio Méntor

en su marcha profunda, compadecemos a Calipso y experimentamos cierta

simpatía amorosa hacia la tierna Eucaris. En su parte dramática, ¿puede

darse cosa que más afecte que la historia de Filoctetes? Como poema,

¿qué cosa más grande que el regreso de Ulises, ese bello trozo que

parece haberse arrebatado a la Odisea? ¿Y qué ficción podrá comprender

más moral ni afectar más el corazón humano que la de ver conducido a

Telémaco por la sabia Minerva a la morada de Plutón, entre los manes

felices de los Elíseos y a los más acerbos tormentos del averno? En

cuanto al lenguaje, es el autor del _Telémaco_ uno de los primeros

maestros de la lengua francesa por haberle dado gracia y melodía no

acostumbradas. La ha vestido de la toga romana y del manto griego; pues

a la manera que suavizó el carácter del duque de Borgoña sin exceso ni

violencia, así ha hecho obedecer a la lengua rebelde, especialmente en

las _Aventuras de Aristonoo_, escrita con la mayor perfección y de la

manera más ateniense.

Tal era aquel prelado célebre que fue sepultado en su iglesia, al

pie del altar y bajo un largo epitafio escrito en muy buen latín por

el jesuita Sanadon. ¿Mas su tumba necesitaba elogios? El día de sus

exequias ninguna oración fúnebre se pronunció en la catedral ni en la

academia. El mismo silencio guardó madama Maintenon; y Luis XIV, a

quien su confesor el padre Lachaise entregó la carta del arzobispo,

recibió con indiferencia pérdida tan grande; cuando esta hubiera sido

ocasión oportuna para que aquel monarca reparase con una lágrima al

menos todo el mal que había hecho al autor del _Telémaco_, al maestro

de su infeliz nieto el duque de Borgoña.[5]

Las aventuras de Telémaco seguidas de las de Aristonoo · 第 8 / 88 题