Dicho lo que antecede, se limpió las lágrimas con mano temblorosa, y
pensó en tomar las resoluciones de orden práctico que las circunstancias
exigían.
«_Dirnos_, _dirnos_--replicó Almudena cogiéndola del brazo.
--¿A dónde?--dijo Nina con aturdimiento--. ¡Ah! lo primero a casa de D.
Romualdo».
Y al pronunciar este nombre se quedó un instante lela, enteramente
idiota.
--«_R'maldo_ mentira--declaró el ciego.
--Sí, sí, invención mía fue. El que ha llevado tantas riquezas a la
señora será otro, algún D. Romualdo de pega... hechura del demonio...
No, no, el de pega es el mío... No sé, no sé. Vámonos, Almudena.
Pensemos en que tú estás malo, que necesitas pasar la noche bien
abrigadito. La _señá_ Juliana, que es la que ahora corta el queso en la
casa de mi señora, y todo lo suministra... en buen hora sea... me ha
dado este duro. Te llevaré a los palacios de Bernarda, y mañana
veremos.
--Mañana, _dir_ nosotros _Hierusalaim_.
--¿A dónde has dicho? ¿A Jerusalén? ¿Y dónde está eso? ¡Vaya, que querer
llevarme a ese punto, como si fuera, un suponer, Jetafe o Carabanchel de
Abajo!
--_Luejos_, _luejos_... tú casar _migo_ y ser _tigo migo_ uno. _Dirnos_
Marsella por caminos pidiendo... En Marsella _vapora_... pim, pam...
Jaffa... _¡Hierusalaim!_... Casarnos por _arreligión_ tuya, por
_arreligión_ mía... _quierer_ tú... _Veder_ tú _sepolcro_; entrar
tú _S'nagoga_ rezar _Adonai_...
--Espérate, hijo, ten un poco de calma, y no me marees con las
invenciones de tu cabeza _deliriosa_. Lo primero es que te pongas bueno.
--Mí estar bueno... mí no _c'lentura_ ya... mí _contentada_. Tú _viener
migo_ siempre, por _mondo_ grande, _caminas mochas_, _libertanza_, mar,
_terra_, _legría mocha_...
--Muy bonito; pero ahora caigo en la cuenta de que tú y yo tenemos
hambre, y entraremos a cenar en cualquier taberna. Si te parece, aquí en
la Cava Baja...
--_Onde quierer_ tú, yo _quierer_...».
Cenaron con relativo contento, y Almudena no cesaba de ponderar las
delicias de irse juntitos a Jerusalén, pidiendo limosna por tierra y por
mar, sin prisa, sin cuidados. Tardarían meses, medio año quizás; pero al
fin darían con sus cuerpos en la Palestina, aunque la emprendiesen por
la vía terrestre hasta Constantinopla. ¡Pues no había pocos países
bonitos que recorrer! Objetaba Nina que ella tenía ya los huesos duros
para correría tan larga, y el africano, no sabiendo ya cómo convencerla,
le decía: «_Ispania terra n'gratituda_... _Correr luejos_, _juyando de
n'gratos_ ellos».
En cuanto cenaron se recogieron en casa de Bernarda, dormitorios de
abajo, a dos reales cama. Muy tranquilo estuvo Almudena toda la noche,
sin poder coger el sueño, delirando con el viajecito a Jerusalén; y
Benina, por ver de calmarle, mostrábase dispuesta a emprender tan larga
peregrinación. Inquieto y dolorido, cual si la cama fuera de zarzas
punzadoras, Mordejai no hacía más que volverse de un lado para otro,
quejándose de ardores en la piel y de picazones molestísimas, las cuales
no eran motivadas, dicha sea la verdad, por cosa alguna tocante a la
miseria que se combate con polvos insecticidas. Ello provenía quizás de
un extraño giro que la fiebre tomaba, y que se manifestó a la mañana
siguiente en un rojo sarpullo en brazos y piernas. El infeliz se rascaba
con desesperación, y Benina le llevó a la calle, con la esperanza de que
el aire libre y el ejercicio le servirían de alivio. Después de vagar
pidiendo, por no perder la costumbre, fueron a la calle de San Carlos, y
subió Benina a ver a Juliana, que allí le tenía su ropa, y se la dio en
un lío, diciéndole que mientras gestionaban para que fuese recogida en
la _Misericordia_, se albergara en cualquier casa barata, con o sin el
_hombre_, aunque mejor le estaba, para su decoro, dejarse de compañía y
tratos tan indecentes. Añadió que en cuanto se limpiara bien de toda la
inmundicia que había traído del Pardo, podía ir a visitar a Doña Paca,
que gozosa la recibiría; pero que no pensase en volver a su lado, porque
los hijos se oponían a ello, atentos a que su mamá estuviese bien
servida, y _suministrada_ con regularidad. Con todo se mostró conforme
la buena mujer, que en ello veía una voluntad superior incontrastable.
No era mala persona Juliana; dominante, eso sí, ávida de mostrar las
grandes dotes de gobierno que le había dado Dios, mujer que no soltaba a
dos tirones la presa caída en sus manos. Pero no carecía de amor al
prójimo, se compadecía de Benina, y habiéndole dicho esta que el moro la
esperaba en la calle, quiso verle y juzgarle por sus propios ojos. Que
la traza del pobre africano le pareció lastimosa, se conoció en el gesto
que hizo, en la cara que puso, y en el acento con que dijo: «Ya le
conocía yo a este, de verle pedir en la calle del Duque de Alba. Es buen
punto, y muy enamorado. ¿Verdad, Sr. Almudena, que le gustan a usted las
chicas?
--Gustar mí _B'nina_, _amri_...
--Ajajá... Pobre Benina, ¡no se le ha sentado mala mosca! Si lo hace por
caridad, de veras digo que es usted una santa.
--El pobrecito está enfermo, y no puede valerse».
Y como el morito, acometido de violentísimas picazones en brazos y
pecho, hiciera garras de sus dedos para rascarse con gana, la
ribeteadora se acercó para mirarle los brazos, que había desnudado de la
manga. «Lo que tiene este hombre--dijo con espanto--es lepra... ¡Jesús,
qué lepra, _seña_ Benina! He visto otro caso: un pobre, del Moro
también, mendigo él, de Orán él, que pedía en Puerta Cerrada, junto al
taller de mi padrastro. Y se puso tan perdido, que no había cristiano
que se le acercara, y ni en los santos Hospitales le querían recibir...
«Picar, picar _mocha_--era lo único que Almudena decía, pasando las uñas
desde el hombro a la mano, como se pasaría un peine por la madeja.
Disimulando su asco, por no lastimar a la infeliz pareja, Juliana dijo a
Nina: «¡Pues no le ha caído a usted mala incumbencia con este tipo! Mire
que esa sarna se pega. Buena se va usted a poner, sí señora; buena,
bonita y barata... O es usted más boba que el que asó la manteca, o no
sé lo que es usted».
Con miradas no más expresó Nina su lástima del pobre ciego, su decisión
de no abandonarle, y su conformidad con todas las calamidades que
quisiera enviarle Dios. Y en esto, Antonio Zapata, que a su casa volvía,
vio a su mujer en el grupo; llegose a ella presuroso, y enterado de lo
que hablaban, aconsejó a Benina que llevara al moro a la consulta de
enfermedades dermatológicas en San Juan de Dios.
«Más cuenta le tiene--afirmó Juliana--mandarle para su tierra.
--_Luejos_, _luejos_--dijo Almudena--. _Dir_ nos _Hierusalaim_.
--No está mal. 'De Madrid a Jerusalén, o la familia del tío Maroma...'.
Bueno, bueno. A otra cosa, mujercita mía, no pegues y escucha. No he
podido hacer tus encargos, porque... te digo que no pegues.
--Porque te has ido al billar, granuja... Sube, sube, y ajustaremos
cuentas.
--No subo porque tengo que volver a los carros de pateta.
--¿Qué dices, granuja?
--Que no va el carro grande por menos de cuarenta reales, y como me
mandaste que no pasase de treinta...
--Tendré yo que verlo. Estos hombres no sirven mas que de estorbo,
¿verdad, Nina?
--Verdad. ¿Y qué es? ¿Se muda la señora?
--Sí, mujer; pero ya no podrá ser hasta mañana, porque este marido tonto
que me ha dado Dios, salió antes de las ocho a tomar la casa y avisar el
carro, y ya ve usted a qué hora se descuelga por aquí, con todo ese
cuajo, sin haber hecho nada.
--Bastante he corrido, chica: A las nueve entraba yo en casa de mamá con
el contrato para que lo firmara. Ya ves si ganábamos tiempo. ¿Pero tú
sabes el que he perdido con Frasquito Ponte, que nos ha dado una tabarra
tremenda? Como que tuvimos que llevarle a su casa Polidura y yo con
grandísimo trabajo. ¡Dios, cómo está el hombre, y qué barullo tiene en
la cabeza desde el batacazo de ayer!».
Igualmente interesadas Benina y Juliana en la buena o mala suerte del
hijo de Algeciras, oyeron atentas lo que Antonio les refirió de las
consecuencias funestísimas de la caída del jinete en el camino del
Pardo. Cuando le vieron en tierra, despedido por el jaco, pensaron todos
que en aquel crítico instante había terminado la existencia mortal del
pobre caballero. Pero al levantarle, recobró Frasquito, como quien
resucita, el movimiento y la palabra, y asegurando no haber recibido
golpe en la cabeza, que era lo más delicado, y palpándose en distintas
partes del cráneo, les dijo: «Nada, nada, señores, tóquenme y no
hallarán el más ligero chichón». De brazos y piernas, si al principio
pareció haber salido con suerte, pues hueso roto seguramente no tenía, a
poco de echar a andar cojeaba horrorosamente de la pierna izquierda,
efecto, sin duda, del violento choque contra el suelo. Pero lo más
extraño fue que, al ser puesto en pie, rompió en una charla incoherente,
impetuosa, roja la cara como un tomate, vibrante y entrecortada la
lengua. Lleváronle a su casa en coche, creyendo que un reposo absoluto
le restablecería; frotáronle todo el cuerpo con árnica, le acostaron, se
fueron... Pero el maldito, según les dijo después la patrona, no bien se
quedó solo, vistiose precipitadamente, y echándose a la calle se fue a
casa de Boto, y allí estuvo hasta muy tarde, _metiéndose con todo el
mundo_, y provocando con destempladas insolencias a los pacíficos
parroquianos. Tan contrario era esto al natural plácido de Frasquito, y
a su timidez y buena educación, que seguramente había perturbación
cerebral grave, por causa del batacazo. No se sabe dónde pasó el resto
de la noche: se cree que estuvo alborotando en las calles de Mediodía
Grande y Chica. Ello es que a poco de llegar Antonio y Polidura a la
casa de Doña Francisca, entró Frasquito muy alborotado, el rostro
encendido, brillantes los ojos, y con gran sorpresa y consternación de
las señoras, empezó a soltar de su boca, un poco torcida, atroces
disparates. Combinando la maña con la fuerza, pudieron sacarle de allí y
volverle a su casa, donde le dejaron, encargando a la patrona que le
sujetara si podía, y que hiciera por darle de comer. Entre otras
tenacidades monomaniacas, tenía la de que su honor le demandaba pedir
explicaciones al moro por el inaudito agravio de suponer, de afirmar en
público que él, Frasquito, hacía la corte a Benina. Más de veinte veces
se arrancó hacia la calle de Mediodía Grande, procurando ver al Sr. de
Almudena, decidido a entregarle su tarjeta; pero el africano escurría el
bulto y no se dejaba ver por ninguna parte. Claro: se había ido a su
tierra, huyendo de la furia de Ponte... pero él estaba decidido a no
parar hasta descubrirle, y obligarle a cumplir como caballero, aunque se
escondiese en el último rincón del Atlas.
«Si _venier_ mí _galán bunito_--dijo el moro riendo tan estrepitosamente,
que los extremos de su boca se le enganchaban en las orejas--, dar mí él
_patás mochas_.
--¡Pobre D. Frasquito... cuitado, alma de Dios!--exclamó Nina cruzando las
manos--. Yo me temía que parara en esto...
--¡Valiente estantigua!--dijo la Juliana--. ¿Y a nosotros qué nos importa
que ese viejo pintado se chifle o no se chifle? ¿Sabéis lo que os digo?
Pues que todo eso proviene de las drogas que se pone en la cara, lo cual
que son venenosas y atacan al sentido. Ea, no perdamos el tiempo.
Antonio, vuélvete a la calle Imperial, diles que preparen todo, y yo iré
_al carro_ a ver si lo arreglo para esta tarde. Nina, vete con Dios, y
cuidado no se te pegue... ¿sabes? ¡Ay, hija, se te pegará, por mucho
aseo que tengas! ¿Ves? ya empiezas a sufrir las consecuencias del mal
paso... por no hacer caso de mí. Doña Paca me dijo que te permitiera ir
allá. Quiere verte: ¡pobre señora! Yo le di mi conformidad, y hoy
pensaba llevarte conmigo... pero ya no me atrevo, hija, ya no me atrevo.
Habiendo de por medio esta pestilencia, no puedes rozarte... Yo había
determinado que fueras todos los días a recoger la comida sobrante en
casa de la que fue tu ama.
--¿Y ya no...?
--Sí, sí: la comida es tuya... pero... verás lo que debes hacer... te
llegas al portal a la hora que yo te fije, y mi prima Hilaria te la
bajará y te la dará... acercándose a ti lo menos que pueda... Ya
comprendes... cada una tiene su escrúpulo... No todos los estómagos son
como el tuyo, Nina, a prueba de bomba... con que...
--Comprendo... señora Juliana. Quédese con Dios».