XXXIX

Dicho lo que antecede, se limpió las lágrimas con mano temblorosa, y

pensó en tomar las resoluciones de orden práctico que las circunstancias

exigían.

«_Dirnos_, _dirnos_--replicó Almudena cogiéndola del brazo.

--¿A dónde?--dijo Nina con aturdimiento--. ¡Ah! lo primero a casa de D.

Romualdo».

Y al pronunciar este nombre se quedó un instante lela, enteramente

idiota.

--«_R'maldo_ mentira--declaró el ciego.

--Sí, sí, invención mía fue. El que ha llevado tantas riquezas a la

señora será otro, algún D. Romualdo de pega... hechura del demonio...

No, no, el de pega es el mío... No sé, no sé. Vámonos, Almudena.

Pensemos en que tú estás malo, que necesitas pasar la noche bien

abrigadito. La _señá_ Juliana, que es la que ahora corta el queso en la

casa de mi señora, y todo lo suministra... en buen hora sea... me ha

dado este duro. Te llevaré a los palacios de Bernarda, y mañana

veremos.

--Mañana, _dir_ nosotros _Hierusalaim_.

--¿A dónde has dicho? ¿A Jerusalén? ¿Y dónde está eso? ¡Vaya, que querer

llevarme a ese punto, como si fuera, un suponer, Jetafe o Carabanchel de

Abajo!

--_Luejos_, _luejos_... tú casar _migo_ y ser _tigo migo_ uno. _Dirnos_

Marsella por caminos pidiendo... En Marsella _vapora_... pim, pam...

Jaffa... _¡Hierusalaim!_... Casarnos por _arreligión_ tuya, por

_arreligión_ mía... _quierer_ tú... _Veder_ tú _sepolcro_; entrar

tú _S'nagoga_ rezar _Adonai_...

--Espérate, hijo, ten un poco de calma, y no me marees con las

invenciones de tu cabeza _deliriosa_. Lo primero es que te pongas bueno.

--Mí estar bueno... mí no _c'lentura_ ya... mí _contentada_. Tú _viener

migo_ siempre, por _mondo_ grande, _caminas mochas_, _libertanza_, mar,

_terra_, _legría mocha_...

--Muy bonito; pero ahora caigo en la cuenta de que tú y yo tenemos

hambre, y entraremos a cenar en cualquier taberna. Si te parece, aquí en

la Cava Baja...

--_Onde quierer_ tú, yo _quierer_...».

Cenaron con relativo contento, y Almudena no cesaba de ponderar las

delicias de irse juntitos a Jerusalén, pidiendo limosna por tierra y por

mar, sin prisa, sin cuidados. Tardarían meses, medio año quizás; pero al

fin darían con sus cuerpos en la Palestina, aunque la emprendiesen por

la vía terrestre hasta Constantinopla. ¡Pues no había pocos países

bonitos que recorrer! Objetaba Nina que ella tenía ya los huesos duros

para correría tan larga, y el africano, no sabiendo ya cómo convencerla,

le decía: «_Ispania terra n'gratituda_... _Correr luejos_, _juyando de

n'gratos_ ellos».

En cuanto cenaron se recogieron en casa de Bernarda, dormitorios de

abajo, a dos reales cama. Muy tranquilo estuvo Almudena toda la noche,

sin poder coger el sueño, delirando con el viajecito a Jerusalén; y

Benina, por ver de calmarle, mostrábase dispuesta a emprender tan larga

peregrinación. Inquieto y dolorido, cual si la cama fuera de zarzas

punzadoras, Mordejai no hacía más que volverse de un lado para otro,

quejándose de ardores en la piel y de picazones molestísimas, las cuales

no eran motivadas, dicha sea la verdad, por cosa alguna tocante a la

miseria que se combate con polvos insecticidas. Ello provenía quizás de

un extraño giro que la fiebre tomaba, y que se manifestó a la mañana

siguiente en un rojo sarpullo en brazos y piernas. El infeliz se rascaba

con desesperación, y Benina le llevó a la calle, con la esperanza de que

el aire libre y el ejercicio le servirían de alivio. Después de vagar

pidiendo, por no perder la costumbre, fueron a la calle de San Carlos, y

subió Benina a ver a Juliana, que allí le tenía su ropa, y se la dio en

un lío, diciéndole que mientras gestionaban para que fuese recogida en

la _Misericordia_, se albergara en cualquier casa barata, con o sin el

_hombre_, aunque mejor le estaba, para su decoro, dejarse de compañía y

tratos tan indecentes. Añadió que en cuanto se limpiara bien de toda la

inmundicia que había traído del Pardo, podía ir a visitar a Doña Paca,

que gozosa la recibiría; pero que no pensase en volver a su lado, porque

los hijos se oponían a ello, atentos a que su mamá estuviese bien

servida, y _suministrada_ con regularidad. Con todo se mostró conforme

la buena mujer, que en ello veía una voluntad superior incontrastable.

No era mala persona Juliana; dominante, eso sí, ávida de mostrar las

grandes dotes de gobierno que le había dado Dios, mujer que no soltaba a

dos tirones la presa caída en sus manos. Pero no carecía de amor al

prójimo, se compadecía de Benina, y habiéndole dicho esta que el moro la

esperaba en la calle, quiso verle y juzgarle por sus propios ojos. Que

la traza del pobre africano le pareció lastimosa, se conoció en el gesto

que hizo, en la cara que puso, y en el acento con que dijo: «Ya le

conocía yo a este, de verle pedir en la calle del Duque de Alba. Es buen

punto, y muy enamorado. ¿Verdad, Sr. Almudena, que le gustan a usted las

chicas?

--Gustar mí _B'nina_, _amri_...

--Ajajá... Pobre Benina, ¡no se le ha sentado mala mosca! Si lo hace por

caridad, de veras digo que es usted una santa.

--El pobrecito está enfermo, y no puede valerse».

Y como el morito, acometido de violentísimas picazones en brazos y

pecho, hiciera garras de sus dedos para rascarse con gana, la

ribeteadora se acercó para mirarle los brazos, que había desnudado de la

manga. «Lo que tiene este hombre--dijo con espanto--es lepra... ¡Jesús,

qué lepra, _seña_ Benina! He visto otro caso: un pobre, del Moro

también, mendigo él, de Orán él, que pedía en Puerta Cerrada, junto al

taller de mi padrastro. Y se puso tan perdido, que no había cristiano

que se le acercara, y ni en los santos Hospitales le querían recibir...

«Picar, picar _mocha_--era lo único que Almudena decía, pasando las uñas

desde el hombro a la mano, como se pasaría un peine por la madeja.

Disimulando su asco, por no lastimar a la infeliz pareja, Juliana dijo a

Nina: «¡Pues no le ha caído a usted mala incumbencia con este tipo! Mire

que esa sarna se pega. Buena se va usted a poner, sí señora; buena,

bonita y barata... O es usted más boba que el que asó la manteca, o no

sé lo que es usted».

Con miradas no más expresó Nina su lástima del pobre ciego, su decisión

de no abandonarle, y su conformidad con todas las calamidades que

quisiera enviarle Dios. Y en esto, Antonio Zapata, que a su casa volvía,

vio a su mujer en el grupo; llegose a ella presuroso, y enterado de lo

que hablaban, aconsejó a Benina que llevara al moro a la consulta de

enfermedades dermatológicas en San Juan de Dios.

«Más cuenta le tiene--afirmó Juliana--mandarle para su tierra.

--_Luejos_, _luejos_--dijo Almudena--. _Dir_ nos _Hierusalaim_.

--No está mal. 'De Madrid a Jerusalén, o la familia del tío Maroma...'.

Bueno, bueno. A otra cosa, mujercita mía, no pegues y escucha. No he

podido hacer tus encargos, porque... te digo que no pegues.

--Porque te has ido al billar, granuja... Sube, sube, y ajustaremos

cuentas.

--No subo porque tengo que volver a los carros de pateta.

--¿Qué dices, granuja?

--Que no va el carro grande por menos de cuarenta reales, y como me

mandaste que no pasase de treinta...

--Tendré yo que verlo. Estos hombres no sirven mas que de estorbo,

¿verdad, Nina?

--Verdad. ¿Y qué es? ¿Se muda la señora?

--Sí, mujer; pero ya no podrá ser hasta mañana, porque este marido tonto

que me ha dado Dios, salió antes de las ocho a tomar la casa y avisar el

carro, y ya ve usted a qué hora se descuelga por aquí, con todo ese

cuajo, sin haber hecho nada.

--Bastante he corrido, chica: A las nueve entraba yo en casa de mamá con

el contrato para que lo firmara. Ya ves si ganábamos tiempo. ¿Pero tú

sabes el que he perdido con Frasquito Ponte, que nos ha dado una tabarra

tremenda? Como que tuvimos que llevarle a su casa Polidura y yo con

grandísimo trabajo. ¡Dios, cómo está el hombre, y qué barullo tiene en

la cabeza desde el batacazo de ayer!».

Igualmente interesadas Benina y Juliana en la buena o mala suerte del

hijo de Algeciras, oyeron atentas lo que Antonio les refirió de las

consecuencias funestísimas de la caída del jinete en el camino del

Pardo. Cuando le vieron en tierra, despedido por el jaco, pensaron todos

que en aquel crítico instante había terminado la existencia mortal del

pobre caballero. Pero al levantarle, recobró Frasquito, como quien

resucita, el movimiento y la palabra, y asegurando no haber recibido

golpe en la cabeza, que era lo más delicado, y palpándose en distintas

partes del cráneo, les dijo: «Nada, nada, señores, tóquenme y no

hallarán el más ligero chichón». De brazos y piernas, si al principio

pareció haber salido con suerte, pues hueso roto seguramente no tenía, a

poco de echar a andar cojeaba horrorosamente de la pierna izquierda,

efecto, sin duda, del violento choque contra el suelo. Pero lo más

extraño fue que, al ser puesto en pie, rompió en una charla incoherente,

impetuosa, roja la cara como un tomate, vibrante y entrecortada la

lengua. Lleváronle a su casa en coche, creyendo que un reposo absoluto

le restablecería; frotáronle todo el cuerpo con árnica, le acostaron, se

fueron... Pero el maldito, según les dijo después la patrona, no bien se

quedó solo, vistiose precipitadamente, y echándose a la calle se fue a

casa de Boto, y allí estuvo hasta muy tarde, _metiéndose con todo el

mundo_, y provocando con destempladas insolencias a los pacíficos

parroquianos. Tan contrario era esto al natural plácido de Frasquito, y

a su timidez y buena educación, que seguramente había perturbación

cerebral grave, por causa del batacazo. No se sabe dónde pasó el resto

de la noche: se cree que estuvo alborotando en las calles de Mediodía

Grande y Chica. Ello es que a poco de llegar Antonio y Polidura a la

casa de Doña Francisca, entró Frasquito muy alborotado, el rostro

encendido, brillantes los ojos, y con gran sorpresa y consternación de

las señoras, empezó a soltar de su boca, un poco torcida, atroces

disparates. Combinando la maña con la fuerza, pudieron sacarle de allí y

volverle a su casa, donde le dejaron, encargando a la patrona que le

sujetara si podía, y que hiciera por darle de comer. Entre otras

tenacidades monomaniacas, tenía la de que su honor le demandaba pedir

explicaciones al moro por el inaudito agravio de suponer, de afirmar en

público que él, Frasquito, hacía la corte a Benina. Más de veinte veces

se arrancó hacia la calle de Mediodía Grande, procurando ver al Sr. de

Almudena, decidido a entregarle su tarjeta; pero el africano escurría el

bulto y no se dejaba ver por ninguna parte. Claro: se había ido a su

tierra, huyendo de la furia de Ponte... pero él estaba decidido a no

parar hasta descubrirle, y obligarle a cumplir como caballero, aunque se

escondiese en el último rincón del Atlas.

«Si _venier_ mí _galán bunito_--dijo el moro riendo tan estrepitosamente,

que los extremos de su boca se le enganchaban en las orejas--, dar mí él

_patás mochas_.

--¡Pobre D. Frasquito... cuitado, alma de Dios!--exclamó Nina cruzando las

manos--. Yo me temía que parara en esto...

--¡Valiente estantigua!--dijo la Juliana--. ¿Y a nosotros qué nos importa

que ese viejo pintado se chifle o no se chifle? ¿Sabéis lo que os digo?

Pues que todo eso proviene de las drogas que se pone en la cara, lo cual

que son venenosas y atacan al sentido. Ea, no perdamos el tiempo.

Antonio, vuélvete a la calle Imperial, diles que preparen todo, y yo iré

_al carro_ a ver si lo arreglo para esta tarde. Nina, vete con Dios, y

cuidado no se te pegue... ¿sabes? ¡Ay, hija, se te pegará, por mucho

aseo que tengas! ¿Ves? ya empiezas a sufrir las consecuencias del mal

paso... por no hacer caso de mí. Doña Paca me dijo que te permitiera ir

allá. Quiere verte: ¡pobre señora! Yo le di mi conformidad, y hoy

pensaba llevarte conmigo... pero ya no me atrevo, hija, ya no me atrevo.

Habiendo de por medio esta pestilencia, no puedes rozarte... Yo había

determinado que fueras todos los días a recoger la comida sobrante en

casa de la que fue tu ama.

--¿Y ya no...?

--Sí, sí: la comida es tuya... pero... verás lo que debes hacer... te

llegas al portal a la hora que yo te fije, y mi prima Hilaria te la

bajará y te la dará... acercándose a ti lo menos que pueda... Ya

comprendes... cada una tiene su escrúpulo... No todos los estómagos son

como el tuyo, Nina, a prueba de bomba... con que...

--Comprendo... señora Juliana. Quédese con Dios».

Misericordia · 第 39 / 43 题