XXXVIII

Temblorosa llegó a la calle Imperial, y habiendo mandado al moro que se

arrimara a la pared y la esperase allí, mientras ella subía y se

enteraba de si podía o no alojarle en la que fue su casa, le dijo

Almudena: «No _bandonar_ tú mí, _amri_.

--¿Pero estás loco? ¿Abandonarte yo ahora que estás malito, y los dos

andamos tan de capa caída? No pienses tal desatino, y aguárdame. Te

pondré ahí enfrente, a la entrada de la calle de la Lechuga.

--¿No _n'gañar_ tú mí? ¿_Golver_ ti _pronta_?

--En seguidita que vea lo que ocurre por arriba, y si está de buen temple

mi Doña Paca».

Subió Nina sin aliento, y con gran ansiedad tiró de la campanilla.

Primera sorpresa: le abrió la puerta una mujer desconocida, jovenzuela,

de tipito elegante, con su delantal muy pulcro. Benina creía soñar. Sin

duda los demonios habían levantado en peso la casa para cargar con ella,

dejando en su lugar otra que parecía la misma y era muy diferente. Entró

la prófuga sin preguntar, con no poco asombro de Daniela, que al pronto

no la conoció. ¿Pero qué significaban, qué eran, de dónde habían salido

aquellos jardines, que formaban como alameda de preciosos arbustos desde

la puerta, en todo lo largo del pasillo? Benina se restregaba los ojos,

creyendo hallarse aún bajo la acción de las estúpidas somnolencias del

Pardo, en las fétidas y asfixiantes cuadras. No, no; no era aquella su

casa, no podía ser, y lo confirmaba la aparición de otra figura

desconocida, como de cocinera fina, bien puesta, de semblante

altanero... Y mirando al comedor, cuya puerta al extremo del pasillo se

abría, vio... ¡Santo Dios, qué maravilla, qué cosa...! ¿Era sueño? No,

no, que bien segura estaba de verlo con los ojos corporales. Encima de

la mesa, pero sin tocar a ella, como suspendido en el aire, había _un

montón_ de piedras preciosas, con diferentes brillos, luces y matices,

encarnadas unas, azules o verdes otras. ¡Jesús, qué preciosidad! ¿Acaso

Doña Paca, más hábil que ella, había efectuado el conjuro del rey

_Samdai_, pidiéndole y obteniendo de él las carretadas de diamantes y

zafiros? Antes de que pudiera comprender que todo aquel centellear de

vidrios procedía de los colgajos de la lámpara del comedor, iluminados

por una vela que acababa de encender Doña Paca para revisar los

cuchillos que de la casa de préstamos acababa de traerle Juliana,

apareció esta en la puerta del comedor, y cortando el paso a la pobre

vieja, le dijo entre risueña y desabrida:

--«Hola, Nina, ¿tú por aquí? ¿Has parecido ya? Creímos que te habías ido

al Congo... No pases, no entres; quédate ahí, que nos vas a poner

perdidos los suelos, lavados de esta tarde... ¡Bonita vienes!... Quita

allá esas patas, mujer, que manchas los baldosines...

--¿En dónde está la señora?--dijo Nina, volviendo a mirar los diamantes y

esmeraldas, y dudando ya que fueran efectivos.

--La señora está aquí... Pero te dice que no pases, porque vendrás llena

de miseria...».

En aquel momento apareció por otro lado la señorita Obdulia, chillando:

«Nina, bien venida seas; pero antes de que entres en casa, hay que

fumigarte y ponerte en la colada... No, no te arrimes a mí. ¡Tantos días

entre pobres inmundos!... ¿Ves qué bonito está todo?».

Avanzó Juliana hacia ella sonriendo; pero al través de la sonrisa, hubo

de vislumbrar Nina la autoridad que la ribeteadora había sabido

conquistar allí, y se dijo: «Esta es la que ahora manda. Bien se le

conoce el despotismo». A las arrogancias revestidas de benevolencia con

que la acogió la tirana, respondió Nina que no se iría sin ver a su

señora.

«Mujer, entra, entra--murmuró desde el fondo del comedor, con voz ahogada

por los sollozos la señora Doña Francisca Juárez.

Manteniéndose en la puerta, le contestó Benina con voz entera: «Aquí

estoy, señora, y como dicen que mancho los baldosines, no quiero pasar;

digo que no paso... Me han sucedido cosas que no le quiero contar por no

afligirla... Lleváronme presa, he pasado hambres... he padecido

vergüenzas, malos tratos... Yo no hacía más que pensar en la señora, y

en si tendría también hambre, y si estaría desamparada.

--No, no, Nina: desde que te fuiste, ¡mira qué casualidad! entró la

suerte en mi casa... Parece un milagro, ¿verdad? ¿Te acuerdas de lo que

hablábamos, aburriditas en esta soledad, ¡ay! en aquellas noches de

miseria y sufrimientos? Pues el milagro es una verdad, hija, y ya puedes

comprender que nos lo ha hecho tu Don Romualdo, ese bendito, ese

arcángel, que en su modestia no quiere confesar los beneficios que tú y

yo le debemos... y niega sus méritos y virtudes... y dice que no tiene

por sobrina a Doña Patros... y que no le han propuesto para Obispo...

Pero es él, es él, porque no puede haber otro, no, no puede haberlo, que

realice estas maravillas».

Nina no contestó sílaba, y arrimándose a la puerta, sollozaba.

«Yo de buena gana te recibiría otra vez aquí--afirmó Doña Francisca, a

cuyo lado, en la sombra, se puso Juliana, sugiriéndole por lo bajo lo

que había de decir--; pero no cabemos en casa, y estamos aquí muy

incómodas... Ya sabes que te quiero, que tu compañía me agrada más que

ninguna... pero... ya ves... Mañana estaremos de mudanza, y se te hará

un hueco en la nueva casa... ¿Qué dices? ¿Tienes algo que decirme? Hija,

no te quejarás: ten presente que te fuiste de mala manera, dejándome sin

una miga de pan en casa, sola, abandonada... ¡Vaya con la Nina!

Francamente, tu conducta merece que yo sea un poquito severa contigo...

Y para que todo hable en contra tuya, olvidaste los sanos principios que

siempre te enseñé, largándote por esos mundos en compañía de un

morazo... Sabe Dios qué casta de pájaro será ese, y con qué sortilegios

habrá conseguido hacerte olvidar las buenas costumbres. Dime,

confiésamelo todo: ¿le has dejado ya?

--No, señora.

--¿Le has traído contigo?

--Sí, señora. Abajo está esperándome.

--Como eres así, capaz te creo de todo... ¡hasta de traérmele a casa!

--A casa le traía, porque está enfermo, y no le voy a dejar en medio de

la calle--replicó Benina con firme acento.

--Ya sé que eres buena, y que a veces tu bondad te ciega y no miras por

el decoro.

--Nada tiene que ver el decoro con esto, ni yo falto porque vaya con

Almudena, que es un pobrecito. Él me quiere a mí... y yo le miro como un

hijo».

La ingenuidad con que expresaba Nina su pensamiento no llegó a penetrar

en el alma de Doña Paca, que sin moverse de su asiento, y con los

cuchillos en la falda, prosiguió diciéndole:

«No hay otra como tú para componer las cosas, y retocar tus faltas hasta

conseguir que parezcan perfecciones; pero yo te quiero, Nina; reconozco

tus buenas cualidades, y no te abandonaré nunca.

--Gracias, señora, muchas gracias.

--No te faltará qué comer, ni cama en qué dormir. Me has servido, me has

acompañado, me has sostenido en mi adversidad. Eres buena, buenísima;

pero no abuses, hija; no me digas que venías a casa con el moro _de los

dátiles_, porque creeré que te has vuelto loca.

--A casa le traía, sí, señora, como traje a Frasquito Ponte, por

caridad... Si hubo misericordia con el otro, ¿por qué no ha de haberla

con este? ¿O es que la caridad es una para el caballero de levita, y

otra para el pobre desnudo? Yo no lo entiendo así, yo no distingo... Por

eso le traía; y si a él no le admite, será lo mismo que si a mí no me

admitiera.

--A ti siempre... digo, siempre no... quiero decir... es que no tenemos

hueco en casa... Somos cuatro mujeres, ya ves... ¿Volverás mañana?

Coloca a ese desdichado en una buena fonda... no, ¡qué disparate! en el

Hospital... No tienes más que dirigirte a D. Romualdo... Dile de mi

parte que yo le recomiendo... que lo mire como cosa mía... ¡ay, no sé lo

que digo!... como cosa tuya, y tan tuya... En fin, hija, tú verás...

Puede que os alberguen en la casa del Sr. de Cedrón, que debe ser muy

grande... tú me has dicho que es un casetón enorme que parece un

convento... Yo, bien lo sabes, como criatura imperfecta, no tengo la

virtud en el grado heroico que se necesita para alternar con la

pobretería sucia y apestosa... No, hija, no: es cuestión de estómago y

de nervios... De asco me moriría, bien lo sabes. ¡Pues digo, con la

miseria que traerás sobre ti!... Yo te quiero, Nina; pero ya conoces mi

estómago... Veo una mota en la comida, y ya me revuelvo toda, y estoy

mala tres días... Llévate tu ropa, si quieres mudarte... Juliana te dará

lo que necesites... ¿Oyes lo que te digo? ¿Por qué callas? Ya, ya te

entiendo. Te haces la humilde para disimular mejor tu soberbia... Todo

te lo perdono; ya sabes que te quiero, que soy buena para ti... En fin,

tú me conoces... ¿Qué dices?

--Nada, señora, no he dicho nada, ni tengo nada que decir--murmuró Nina

entre dos suspiros hondos--. Quédese con Dios.

--Pero no te irás enojada conmigo--añadió con trémula voz Doña Paca,

siguiéndola a distancia en su lenta marcha por el pasillo.

--No, señora... ya sabe que yo no me enfado...--replicó la anciana

mirándola más compasiva que enojada--. Adiós, adiós».

Obdulia condujo a su madre al comedor diciéndole: «¡Pobre Nina!... Se

va. Pues mira, a mí me habría gustado ver a ese moro Muza y hablar con

él... ¡Esta Juliana, que en todo quiere meterse!...».

Atontada por crueles dudas que desconcertaban su espíritu, Doña

Francisca no pudo expresar ninguna idea, y siguió revisando los

cubiertos desempeñados. En tanto, Juliana, conduciendo a la Nina hasta

la puerta con suave opresión de su mano en la espalda de la mendiga, la

despidió con estas afectuosas palabras: «No se apure, _señá_ Benina, que

nada ha de faltarle... Le perdono el duro que le presté la semana

pasada, ¿no se acuerda?

--Señora Juliana, sí que me acuerdo. Gracias.

--Pues bien: tome además este otro duro para que se acomode esta noche...

Váyase mañana por casa, que allí encontrará su ropa...

--Señora Juliana, Dios se lo pague.

--En ninguna parte estará usted mejor que en la _Misericordia_, y si

quiere, yo misma le hablaré a D. Romualdo, si a usted le da vergüenza.

Doña Paca y yo la recomendaremos... Porque mi señora madre política ha

puesto en mí toda su confianza, y me ha dado su dinero para que se lo

guarde... y le gobierne la casa, y le _suministre_ cuanto pueda

necesitar. Mucho tiene que agradecer a Dios por haber caído en estas

manos...

--Buenas manos son, señora Juliana.

--Vaya por casa, y le diré lo que tiene que hacer.

--Puede que yo lo sepa sin necesidad de que usted me lo diga.

--Eso usted verá... Si no quiere ir por casa...

--Iré.

--Pues, _señá_ Benina, hasta mañana.

--Señora Juliana, servidora de usted».

Bajó de prisa los gastados escalones, ansiosa de verse pronto en la

calle. Cuando llegó junto al ciego, que en lugar próximo le esperaba, la

pena inmensa que oprimía el corazón de la pobre anciana reventó en un

llorar ardiente, angustioso, y golpeándose la frente con el puño

cerrado, exclamó: «¡Ingrata, ingrata, ingrata!

--No _yorar_ ti, _amri_--le dijo el ciego cariñoso, con habla sollozante--.

Señora tuya mala ser, tú _ángela_.

--¡Qué ingratitud, Señor!... ¡Oh mundo... oh miseria!... Afrenta de Dios

es hacer bien...

--_Dir_ nosotros _luejos_... _dirnos_, _amri_... _Dispreciar_ ti _mondo_

malo.

--Dios ve los corazones de todos; el mío también lo ve... Véalo, Señor de

los cielos y la tierra, véalo pronto».

Misericordia · 第 38 / 43 题