Aunque Nina no lo pensara y dijera, bien se comprenderá que el
desasosiego y consternación de Doña Paca en aquella triste noche
superaron a cuanto pudiera manifestar el narrador. A medida que avanzaba
el tiempo, sin que la criada volviese al hogar, crecía la angustia del
ama, quien, si al principio echó de menos a su compañera por la falta
que en el orden material hacía, pronto se inquietó más, pensando en la
desgracia que habría podido ocurrirle: cogida de coche, verbigracia, o
muerte repentina en la calle. Procuraba el bueno de Frasquito
tranquilizarla, pero inútilmente. Y el desteñido viejo tenía que
callarse cuando su paisana le decía: «¡Pero si nunca ha pasado esto;
nunca, querido Ponte! Ni una sola vez ha faltado de casa en tantísimos
años».
Surgieron dificultades graves para cenar formalmente, y nada se
adelantaba con que las chiquillas de la cordonera se brindasen oficiosas
a sustituir a la criada ausente. Verdad que Doña Paca perdió en absoluto
el apetito, y lo mismo, o poco menos, le pasaba a su huésped. Pero como
no había más remedio que tomar algo para sostener las fuerzas, ambos se
propinaron un huevo batido en vino y unos pedacitos de pan. De dormir,
no se hable. La señora contaba las horas, medias y cuartos de la noche
por los relojes de la vecindad, y no hacía más que medir el pasillo de
punta a punta, atenta a los ruidos de la escalera. Ponte no quiso ser
menos: la galantería le obligaba a no acostarse mientras su amiga y
protectora estuviese en vela, y para conciliar las obligaciones de
caballero con su fatiga de convaleciente, descabezó un par de sueñecitos
en una silla. Para esto hubo de adoptar postura violenta, haciendo
almohada de sus brazos, cruzados sobre el respaldo, y al dormirse se le
quedó colgando la cabeza, de lo que le sobrevino un tremendo tortícolis
a la mañana siguiente.
Al amanecer de Dios, vencida del cansancio Doña Paca, se quedó dormidita
en un sillón. Hablaba en sueños, y su cuerpo se sacudía de rato en rato
con estremecimientos nerviosos. Despertó sobresaltada, creyendo que
había ladrones en la casa, y el día claro, con el vacío de la ausencia
de Nina, le resultó más triste y solitario que la noche. Según
Frasquito, que en esto pensaba cuerdamente, ningún rastro parecía más
seguro que informarse de los señores en cuya casa servía Benina de
asistenta. Ya lo había pensado también su paisana la tarde anterior;
pero como ignoraba el número de la casa de D. Romualdo en la calle de la
Greda, no se determinaron a emprender las averiguaciones. Por la mañana,
habiéndose brindado el portero a inquirir el paradero de la extraviada
sirviente, se le mandó con el encargo, y a la hora volvió diciendo que
en ninguna portería de tal calle daban razón.
Y a todas estas, no había en la casa más que algún resto de cocido del
día anterior, casi avinagrado ya, y mendrugos de pan duro. Gracias que
los vecinos, enterados del conflicto tan grave, ofrecieron a la ilustre
viuda algunos víveres: este, sopas de ajo; aquel, bacalao frito; el
otro, un huevo y media botella de peleón. No había más remedio que
alimentarse, haciendo de tripas corazón, porque la naturaleza no espera:
es forzoso vivir, aunque el alma se oponga, encariñada con su amiga la
muerte. Pasaban lentas las horas del día, y tanto Ponte como su paisana
no podían apartar su atención de todo ruido de pasos que sonaba en la
escalera. Pero tantos desengaños sufrieron, que, al fin, rendidos y sin
esperanza, se sentaron uno frente a otro, silenciosos, con reposo y
gravedad de esfinges, y mirándose confirieron tácitamente la solución
del enigma a la divina voluntad. Ya se sabría el paradero de Nina, o los
motivos de su ausencia, cuando Dios se dignara darlos a conocer por los
medios y caminos a que nunca alcanza nuestra previsión.
Las doce serían ya, cuando sonó un fuerte campanillazo. La dama rondeña
y el galán de Algeciras saltaron, cual muñecos de goma, en sus
respectivos asientos. «No, no es ella--dijo Doña Paca con gran
desaliento--. Nina no llama así».
Y como quisiese Frasquito salir a la puerta le detuvo ella con una
observación muy en su punto: «No salga usted, Ponte, que podría ser uno
de esos gansos de la tienda que vienen a darme un mal rato. Que abra la
niña. Celedonia, corre a abrir, y entérate bien: si es alguno que nos
trae noticias de Nina, que pase. Si es alguien de la tienda, le dices
que no estoy».
Corrió la chiquilla, y volvió desalada al instante diciendo: «Señora, D.
Romualdo».
Efecto de gran intensidad emocional, que casi era terrorífica. Ponte dio
varias vueltas de peonza sobre un pie, y Doña Paca se levantó y volvió
a caer en el sillón como unas diez veces, diciendo: «Que pase... Ahora
sabremos... ¡Dios mío, D. Romualdo en casa!... A la salita, Celedonia, a
la salita... Me echaré la falda negra... Y no me he peinado... ¡Con qué
facha le recibo!... Que pase, niña... Mi falda negra».
Entre el algecireño y la chiquilla la vistieron de mala manera, y con la
prisa le ponían la ropa del revés. La señora se impacientaba,
llamándoles torpes y dando pataditas. Por fin se arregló de cualquier
modo, pasose un peine por el pelo, y dando tumbos se fue a la salita
donde aguardaba el sacerdote, en pie, mirando las fotografías de
personas de la familia, única decoración de la mezquina y pobre
estancia.
«Dispénseme usted, Sr. D. Romualdo--dijo la viuda de Zapata, que de la
emoción no podía tenerse en pie, y hubo de arrojarse en una silla,
después de besar la mano al sacerdote--. Gracias a Dios que puedo
manifestar a usted mi gratitud por su inagotable bondad.
--Es mi obligación, señora...--repuso el clérigo un tanto sorprendido--, y
nada tiene usted que agradecerme.
--Y dígame ahora, por Dios--agregó la señora, con tanto miedo de oír una
mala noticia, que apenas hablar podía--; dígamelo pronto. ¿Qué ha sido de
mi pobre Nina?».
Sonó este nombre en el oído del buen sacerdote como el de una perrita
que a la señora se le había perdido.
«¿No parece?...--le dijo por decir algo.
--¿Pero usted no sabe...? ¡Ay, ay! Es que ha ocurrido una desgracia, y
quiere ocultármelo, por caridad».
Prorrumpió en acerbo llanto la infeliz dama, y el clérigo permanecía
perplejo y mudo. «Señora, por piedad, no se aflija usted... Será, o no
será lo que usted supone.
--¡Nina, Nina de mi alma!
--¿Es persona de su familia, de su intimidad? Explíqueme...
--Si el Sr. D. Romualdo no quiere decirme la verdad por no aumentar mi
tribulación, yo se lo agradezco infinito... Pero vale más saber... ¿O es
que quiere darme la noticia poquito a poco, para que me impresione
menos?...
--Señora mía--dijo el sacerdote con impaciente franqueza, ávido de aclarar
las cosas--. Yo no le traigo a usted noticias buenas ni malas de la
persona por quien llora, ni sé qué persona es esa, ni en qué se funda
usted para creer que yo...
--Dispénseme, Sr. D. Romualdo. Pensé que la Benina, mi criada, mi amiga y
compañera más bien, había sufrido algún grave accidente en su casa de
usted, o al salir de ella, o en la calle, y...
--¿Qué más?... Sin duda, señora Doña Francisca Juárez, hay en esto un
error que yo debo desvanecer, diciendo a usted mi nombre: Romualdo
Cedrón. He desempeñado durante veinte años el arciprestazgo de Santa
María de Ronda, y vengo a manifestar a usted, por encargo expreso de los
demás testamentarios, la última voluntad del que fue mi amigo del alma,
Rafael García de los Antrines, que Dios tenga en su santa gloria».
Si Doña Paca viera que se abría la tierra y salían de ella escuadrones
de diablos, y que por arriba el cielo se descuajaraba, echando de sí
legiones de ángeles, y unos y otros se juntaban formando una inmensa
falange gloriosa y bufonesca, no se quedara más atónita y confusa.
¡Testamento, herencia! ¿Lo que decía el clérigo era verdad, o una
ridícula, despiadada burla? ¿Y el tal sujeto era persona real, o imagen
fingida en la mente enferma de la dama infeliz? La lengua se le pegó al
paladar, y miraba a D. Romualdo con aterrados ojos.
«No es para que usted se asuste, señora. Al contrario: yo tengo la
satisfacción de comunicar a Doña Francisca Juárez el término de sus
sufrimientos. El Señor, que ha probado sin duda ya con creces su
conformidad y resignación, quiere premiar ahora estas virtudes,
sacándola a usted de la tristísima situación en que ha vivido tantos
años».
A doña Paca le caía un hilo de lágrimas de cada ojo, y no acertaba a
proferir palabra. ¡Cuál sería su emoción, cuáles su sorpresa y júbilo,
que se borró de su mente la imagen de Benina, como si la ausencia y
pérdida de esta fuese suceso ocurrido muchos años antes!
«Comprendo--prosiguió el buen sacerdote enderezando su cuerpo y
aproximando el sillón para tocar con su mano el brazo de Doña
Francisca--, comprendo su trastorno... No se pasa bruscamente del
infortunio al bienestar, sin sentir una fuerte sacudida. Lo contrario
sería peor... Y puesto que se trata de cosa importante, que debe ocupar
con preferencia su atención, hablemos de ello, señora mía, dejando para
después ese otro asunto que la inquieta... No debe usted afanarse tanto
por su criada o amiga... ¡Ya parecerá!».
Esta frase llevó de nuevo al espíritu de Doña Paca la idea de Nina y el
sentimiento de su misteriosa desaparición. Notando en el _ya parecerá_
de D. Romualdo una intención benévola y optimista, dio en creer que el
buen señor, después que despachase el asunto principal, le hablaría del
caso de la anciana, que sin duda no era de suma gravedad. Pronto la
mente de la señora con rápido giro de veleta tornó a la idea de la
herencia, y a ella se agarró, dejando lo demás en el olvido; y
observando el presbítero su ansiedad de informes, se apresuró a
satisfacerla.
--Pues ya sabrá usted que el pobre Rafael pasó a mejor vida el 11 de
Febrero...
--No lo sabía, no, señor. Dios le haya dado su descanso... ¡ay!
--Era un santo. Su único error fue abominar del matrimonio, despreciando
los excelentes partidos que sus amigos le proponíamos. Los últimos años
vivió en un cortijo llamado las _Higueras de Juárez_...
--Lo conozco. Esa finca fue de mi abuelo.
--Justamente: de D. Alejandro Juárez... Bueno: pues Rafael contrajo en
las _Higueras_ la afección del hígado que le llevó al sepulcro a los
cincuenta y cinco años de edad. ¡Lástima de mocetón, casi tan alto como
yo, señora, con una musculatura no menos vigorosa que la mía, y un pecho
como el de un toro, y aquel rostro rebosando vida!...
--¡Ay!...
--En nuestras cacerías del jabalí y del venado, nunca conseguí cansarle.
Su amor propio era más fuerte que su complexión fortísima. Desafiaba los
chubascos, el hambre y la sed... Pues vea usted aquel roble quebrarse
como una caña. A los pocos meses de caer enfermo se le podían contar los
huesos al través de la piel... se fue consumiendo, consumiendo...
--¡Ay!...
--¡Y con qué resignación llevaba su mal, y qué bien se preparó para la
muerte, mirándola como una sentencia de Dios, contra la cual no debe
haber protesta, sino más bien una conformidad alegre! ¡Pobre Rafael, qué
pedazo de ángel!...
--¡Ay!...
--Yo no vivía ya en Ronda, porque tenía intereses en mi pueblo que me
obligaron a fijar mi residencia en Madrid. Pero cuando supe la gravedad
del amigo queridísimo, me planté allá... Un mes le acompañé y asistí...
¡Qué pena!... Murió en mis brazos.
--¡Ay!...».
Estos ayes eran suspiros que a Doña Paca se le salían del alma, como
pajaritos que escapan de una jaula abierta por los cuatro costados. Con
noble sinceridad, sin dejar de acariciar en su pensamiento la probable
herencia, se asociaba al duelo de D. Romualdo por el generoso solterón
rondeño.
«En fin, señora mía: murió como católico ferviente, después de otorgar
testamento...
--¡Ay!...
--En el cual deja el tercio de sus bienes a su sobrina en segundo grado,
Clemencia Sopelana, ¿sabe usted? la esposa de D. Rodrigo del Quintanar,
hermano del Marqués de Guadalerce. Los otros dos tercios los destina,
parte a una fundación piadosa, parte a mejorar la situación de algunos
de sus parientes que, por desgracias de familia, malos negocios u otras
adversidades y contratiempos, han venido a menos. Hallándose usted y sus
hijos en este caso, claro está que son de los más favorecidos, y...
--¡Ay!... Al fin Dios ha querido que yo no me muera sin ver el término de
esta miseria ignominiosa. ¡Bendito sea una y mil veces el que da y quita
los males, el Justiciero, el Misericordioso, el Santo de los
Santos!...».
Con tal efusión rompió en llanto la desdichada Doña Francisca, cruzando
las manos y poniéndose de hinojos, que el buen sacerdote, temeroso de
que tanta sensibilidad acabase en una pataleta, salió a la puerta, dando
palmadas, para que viniese alguien a quien pedir un vaso de agua.