Repuesto de su herida el ciego moro, volvió a pedir, a instancias de su
amiga, pues no estaban los tiempos para pasarse la vida al sol tocando
la vihuela. Las necesidades aumentaban, imponíase la dura realidad, y
era forzoso sacar las perras del fondo de la masa humana como de un mar
rico en tesoros de todas clases. No pudo Almudena resistir a la enérgica
sugestión de la _dama_, y poco a poco se fue curando de aquellas
murrias, y del delirio místico y penitencial que le desconcertó días
antes. Convinieron, tras empeñada discusión, en trasladar _su punto_ de
San Sebastián a San Andrés, porque Almudena conocía en esta parroquia a
un señor clérigo muy bondadoso, que en otra ocasión le había protegido.
Allí se fueron, pues; y aunque también en San Andrés había _Caporalas_ y
Eliseos, con distintos nombres, por ser estos caracteres como fruto
natural de la vida en todo grupo o familia de la sociedad humana, no
parecían tan despóticos y altaneros como en la otra parroquia. El
clérigo que al marroquí protegía era un joven muy listo, algo arabista
y hebraizante, que solía echar algún párrafo con él, no tanto por
caridad como por estudio. Una mañana observó Benina que el curita joven
salía de la Rectoral acompañado de otro sacerdote, alto, bien parecido,
y hablaron los dos mirando al ciego moro. Sin duda decían algo referente
a él, a su origen, a su habla y religión endemoniadas. Después uno y
otro clérigos en ella se fijaron, ¡qué vergüenza! ¿Qué pensarían, qué
dirían de ella? Suponíanla quizás compañera del africano, su mujer
quizás, su...
En fin, que el presbítero alto y guapetón se fue hacia la Cava Baja, y
el otro, el sabio, se dignó parlotear un rato con Almudena en lengua
arábiga. Después se fue hacia Benina, y con todo miramiento le dijo:
«Usted, _Doña Benigna_, bien podría dejarse de esta vida, que a su edad
es tan penosa. No está bien que ande tras el moro como la soga tras el
caldero. ¿Por qué no entra en la _Misericordia_? Ya se lo he dicho a D.
Romualdo, y ha prometido interesarse...».
Quedose atónita la buena mujer, y no supo qué contestar. Por decir algo,
expresó su agradecimiento al Sr. de Mayoral, que así nombraban al
clérigo erudito, y añadió que ya había reconocido en el otro señor
sacerdote al benéfico D. Romualdo.
«Ya le he dicho también--agregó Mayoral--, que es usted criada de una
señora que vive en la calle Imperial, y prometió informarse de su
comportamiento antes de recomendarla...».
Poco más dijo, y Benina llegó al mayor grado de confusión y vértigo de
su mente, pues el sacerdote alto y guapetón que poco antes viera,
concordaba con el que ella, a fuerza de mencionarlo y describirlo en un
mentir sistemático, tenía fijo en su caletre. Ganas sintió de correr por
la Cava Baja, a ver si le encontraba, para decirle: «Sr. D. Romualdo,
perdóneme _si le he inventado_. Yo creí que no había mal en esto. Lo
hice porque la señora no me descubriera que salgo todos los días a pedir
limosna para mantenerla. Y si esto de _aparecerse_ usted ahora con
cuerpo y vida de persona es castigo mío, perdóneme Dios, que no lo
volveré a hacer. ¿O es usted otro D. Romualdo? Para que yo salga de esta
duda que me atormenta, hágame el favor de decirme si tiene una sobrina
bizca, y una hermana que se llama Doña Josefa, y si le han propuesto
para Obispo, como se merece, y ojalá fuera verdad. Dígame si es usted el
mío, mi D. Romualdo, u otro, que yo no sé de dónde puede haber salido, y
dígame también qué demontres tiene que hablar con la señora, y si va a
darle las quejas porque yo he tenido el atrevimiento de _inventarle_».
Esto le habría dicho, si encontrádole hubiera; pero no hubo tal
encuentro, ni tales palabras fueron pronunciadas. Volviose a casa muy
triste, y ya no se apartó de su mente la idea de que el benéfico
sacerdote alcarreño no era invención suya, de que todo lo que soñamos
tiene su existencia propia, y de que las mentiras entrañan verdades.
Pasaron dos días en esta situación, sin más novedad que un crecimiento
horroroso de las dificultades económicas. Con tanto pordiosear mañana y
tarde, nunca le salía la cuenta; no había ya ningún nacido que le fiara
valor de un real; la _Pitusa_ amenazola con _dar parte_ si no le devolvía
en breve término sus alhajas. Faltábale ya la energía, y sus grandes
ánimos flaqueaban; perdía la fe en la Providencia, y formaba opinión
poco lisonjera de la caridad humana; todas sus diligencias y correrías
para procurarse dinero, no le dieron más resultado que un duro que le
prestó por pocos días Juliana, la mujer de Antoñito. La limosna no
bastaba ni con mucho; en vano se privaba ella hasta de su ordinario
alimento, para disimular en casa la escasez; en vano iba con las
alpargatas rotas, magullándose los pies. La economía, la sordidez misma,
eran ineficaces: no había más remedio que sucumbir y caer diciendo:
«Llegué hasta donde pude: lo demás hágalo Dios, si quiere».
Un sábado por la tarde se colmaron sus desdichas con un inesperado y
triste incidente. Salió a pedir en San Justo: Almudena hacía lo mismo en
la calle del Sacramento. Estrenose ella con diez céntimos, inaudito
golpe de suerte, que consideró de buen augurio. ¡Pero cuán grande era su
error, al fiarse de estas golosinas que nos arroja el destino adverso
para atraernos y herirnos más cómodamente! Al poco rato del feliz
estreno, se apareció un individuo de la ronda secreta que, empujándola
con mal modo, le dijo: «Ea, buena mujer, eche usted a andar para
adelante... Y vivo, vivo...
--¿Qué dice?...
--Que se calle y ande...
--¿Pero a dónde me lleva?
--Cállese usted, que le tiene más cuenta... ¡Hala! a San Bernardino.
--¿Pero qué mal hago yo... señor?
--¡Está usted pidiendo!... ¿No le dije a usted ayer que el señor
Gobernador no quiere que se pida en esta calle?
--Pues manténgame el señor Gobernador, que yo de hambre no he de morirme,
por Cristo... ¡Vaya con el hombre!...
--¡Calle usted, _so borracha_!... ¡Andando digo!
--¡Que no me empuje!... Yo no soy _criminala_... Yo tengo familia,
conozco quién me abone... Ea, que no voy a donde usted quiere
llevarme...».
Se arrimó a la pared; pero el fiero polizonte la despegó del arrimo con
un empujón violentísimo. Acercáronse dos de Orden público, a los cuales
el de la ronda mandó que la llevaran a San Bernardino, juntamente con
toda la demás pobretería de ambos sexos que en la tal calle y callejones
adyacentes encontraran. Aún trató Benina de ganar la voluntad de los
guardias, mostrándose sumisa en su viva aflicción. Suplicó, lloró
amargamente; mas lágrimas y ruegos fueron inútiles. Adelante, siempre
adelante, llevando a retaguardia al ciego africano, que en cuanto se
enteró de que la _recogían_, se fue hacia los del Orden, pidiéndoles que
a él también le echasen la red, y al mismo infierno le llevaran, con tal
que no le separasen de ella. Presión grande hubo de hacer sobre su
espíritu la desgraciada mujer para resignarse a tan atroz desventura...
¡Ser llevada a un recogimiento de mendigos callejeros como son
conducidos a la cárcel los rateros y malhechores! ¡Verse imposibilitada
de acudir a su casa a la hora de costumbre, y de atender al cuidado de
su ama y amiga! Cuando consideraba que Doña Paca y Frasquito no tendrían
qué comer aquella noche, su dolor llegaba al frenesí: hubiera embestido
a los corchetes para deshacerse de ellos, si fuerzas tuviera contra dos
hombres. Apartar no podía del pensamiento la consternación de su señora
infeliz, cuando viera que pasaban horas, horas... y la Nina sin parecer.
¡Jesús, Virgen Santísima! ¿Qué iba a pasar en aquella casa? Cuando no se
hunde el mundo por sucesos tales, seguro es que no se hundirá jamás...
Más allá de las Caballerizas trató nuevamente de enternecer con razones
y lamentos el corazón de sus guardianes. Pero ellos cumplían una orden
del jefe, y si no la cumplían, mediano réspice les echarían. Almudena
callaba, andando agarradito a la falda de Benina, y no parecía
disgustado de la recogida y conducción al depósito de mendicidad.
Si lloraba la pobre postulante, no lloraba menos el cielo, concordando
con ella en sombría tristeza, pues la llovizna que a caer empezó en el
momento de la recogida, fue creciendo hasta ser copiosa lluvia, que la
puso perdida de pies a cabeza. Las ropas de uno y otro mendigo
chorreaban; el sombrero hongo de Almudena parecía la pieza superior de
la fuente de los Tritones: poco le faltaba ya para tener verdín. El
calzado ligero de Benina, destrozado por el mucho andar de aquellos
días, se iba quedando a pedazos en los charcos y barrizales en que se
metía. Cuando llegaron a San Bernardino, pensaba la anciana que mejor
estaría descalza. «_Amri_--le dijo Almudena cuando traspasaban la triste
puerta del Asilo Municipal--, no _yorar_ ti... Aquí bien _tigo migo_...
No _yorar_ ti... _contentado_ mí... Dar sopa, dar pan nosotras...».
En su desolación, no quiso Benina contestarle. De buena gana le habría
dado un palo. ¿Cómo había de hacerse cargo aquel vagabundo de la razón
con que la infeliz mujer se quejaba de su suerte? ¿Quién, sino ella,
comprendería el desamparo de su señora, de su amiga, de su hermana, y la
noche de ansiedad que pasaría, ignorante de lo que pasaba? Y si le
hacían el favor de soltarla al día siguiente, ¿con qué razones, con qué
mentiras explicaría su larga ausencia, su desaparición súbita? ¿Qué
podía decir, ni qué invento sacar de su fecunda imaginación? Nada, nada:
lo mejor sería desechar todo embuste, revelando el secreto de su
mendicidad, nada vergonzosa por cierto. Pero bien podía suceder que Doña
Francisca no lo creyese, y que se quebrantara el lazo de amistad que
desde tan antiguo las unía; y si la señora se enojaba de veras,
arrojándola de su lado, Nina se moriría de pena, porque no podía vivir
sin Doña Paca, a quien amaba por sus buenas cualidades y casi casi por
sus defectos. En fin, después de pensar en todo esto, y cuando la
metieron en una gran sala, ahogada y fétida, donde había ya como un
medio centenar de ancianos de ambos sexos, concluyó por echarse en los
brazos amorosos de la resignación, diciéndose: «Sea lo que Dios quiera.
Cuando vuelva a casa diré la verdad; y si la señora está viva para
cuando yo llegue y no quiere creerme, que no me crea; y si se enfada,
que se enfade; y si me despide, que me despida; y si me muero, que me
muera».