Todo iba bien a la mañana siguiente: Don Frasquito mejorando de hora en
hora, y con las entendederas en estado de mediana claridad; Doña Paca
contenta; la casa bien provista de vituallas; aquel día y el próximo
asegurados, por lo cual la pobre Benina podría descansar de su penosa
postulación en San Sebastián. Mas siéndole preciso sostener la comedia
de su asistencia en la casa del eclesiástico, salió como todos los días,
la cesta al brazo, dispuesta a no perder la mañana y hacer algo útil. Al
salir le dijo su ama: «Me parece que tendremos que hacer un obsequio a
nuestro D. Romualdo... Conviene demostrar que somos agradecidas y bien
educadas. Llévale de mi parte dos botellas de _Champagne_ de buena
marca, para que acompañe con ellas el guisado, que le harás hoy, del
conejo.
--¿Pero está loca, señora? ¿Sabe lo que cuestan dos botellas de
_Champaña_? Nos empeñaríamos para tres meses. Siempre ha de ser usted lo
mismo. Por gustar tanto del quedar bien, se ve ahora tan pobre. Ya le
obsequiaremos cuando nos caiga la lotería, pues de hoy no pasa que
busque yo quien me ceda una peseta en un décimo de los de a tres.
--Bueno, bueno: anda con Dios».
Y se fue la señora a platicar con Frasquito, que animado y locuaz
estaba. Una y otro evocaron recuerdos de la tierra andaluza en que
habían nacido, resucitando familias, personas y sucesos; y charla que te
charla, Doña Francisca salió por el registro de su sueño, aunque se
guardó bien de contárselo al paisano. «Dígame, Ponte: ¿qué ha sido de D.
Pedro José García de los Antrines?». Después de un penoso espurgo en los
obscuros cartapacios de su memoria, respondió Frasquito que el D. Pedro
se había muerto el año de la Revolución.
«Anda, anda; y yo creí que aún vivía. ¿Sabe usted quién heredó sus
bienes?
--Pues su hijo Rafael, que no ha querido casarse. Ya va para viejo. Bien
podría suceder que se acordara de nosotros, de sus hijos de usted y de
mí, pues no tiene parentela más próxima.
--¡Ay! no lo dude usted: se acordará...--manifestó Doña Paca con grande
animación en los ojos y en la palabra--. Si no se acordara, sería un
puerco... Lo que me decían D. Francisco Morquecho y D. José María
Porcell...
--¿Cuándo?
--Hace... no sé cuánto tiempo. Verdad que ya pasaron a mejor vida. Pero
me parece que les estoy viendo... Fueron testamentarios de García de los
Antrines, ¿no es cierto?
--Sí, señora. También yo les traté mucho. Eran amigos de mi casa, y les
tengo muy presentes en mi memoria... Me parece que les estoy viendo con
sus levitas negras de corte antiguo...
--Así, así.
--Sus corbatines de suela, y aquellos sombreros de copa que parecían la
torre de Santa María...».
Prosiguió el coloquio con esta vaga fluctuación entre lo real y lo
imaginativo; y en tanto, Benina, calle arriba, calle abajo, ya con la
mente despejada, tranquilo el espíritu por la posesión de un caudal no
inferior a tres duros y medio, pensaba que toda la tracamundana del
conjuro de Almudena era simplemente un engaña-bobos. Más probable veía
el éxito en la lotería, que no es, por más que digan, obra de la ciega
casualidad, pues ¿quién nos dice que no anda por los aires un ángel o
demonio invisible que se encarga de sacar la bola del gordo, sabiendo de
antemano quién posee el número? Por esto se ven cosas tan raras:
verbigracia, que se reparte el premio entre multitud de infelices que
se juntaron para tal fin, poniendo este un real, el otro una peseta. Con
tales ideas se dio a pensar quién le proporcionaría una participación
módica, pues adquirir ella sola un décimo parecíale mucho aventurar. Con
la Petra y su compañera _Cuarto e kilo_, que probaban fortuna en casi
todas las extracciones, no quería cuentas, mejor se entendería para este
negocio con Pulido, su compañero de mendicidad en la parroquia, del cual
se contaba que hacía combinaciones de jugadas lotéricas con el burrero
vecino de Obdulia; y para cogerle en su morada antes de que saliese a
pedir, apresuró el paso hacia la calle de la Cabeza, y dio fondo en el
establecimiento de burras de leche. En los establos de aquellas
pacíficas bestias daban albergue a Pulido los honrados lecheros, gente
buena y humilde. Una hermana de la burrera vendía décimos por las
calles, y un tío del burrero, que tuvo el mismo negocio en la misma
calle y casa, años atrás, se había sacado el gordo, retirándose a su
pueblo, donde compró tierras. La afición se perpetuó, pues, en el
establecimiento, formando hábito vicioso; y a la fecha de esta historia,
con lo que los burreros llevaban gastado en quince años de jugadas,
habrían podido triplicar el ganado asnal que poseían.
Tuvo Benina la suerte de encontrar a toda la familia reunida, ya de
regreso las pollinas de su excursión matinal. Mientras estas devoraban
el pienso de salvado, los racionales se entretenían en hacer cálculos de
probabilidades, y en aquilatar las razones en que se podía fundar la
certidumbre de que saliese premiado al día siguiente el 5.005, del cual
poseían un décimo. Pulido, examinando el caso con su poderosa vista
interior, que por la ceguera de los ojos corporales prodigiosamente se
le aumentaba, remachó el convencimiento de los burreros, y en tono
profético les dijo que tan cierto era que saldría premiado el 5.005,
como que hay Dios en el Cielo y Diablo en los Infiernos. Inútil es decir
que la pretensión de Benina cayó en aquella obcecada familia como una
bomba, y que el primer impulso de todos fue negarle en absoluto la
participación que solicitaba, pues ello equivalía a regalarle montones
de dinero.
Picose la mendiga, diciéndoles que no le faltaban tres pesetas para
tirarlas en un decimito, _todo para ella_, y este golpe de audacia
produjo su efecto. Por último, se convino en que, si ella compraba el
décimo, ellos le tomarían la mitad, dándole una participación de dos
reales en el mágico 5.005, número seguro, tan seguro como _estarlo
viendo_. Así se hizo: salió Benina, y llevó al poco rato un décimo del
4.844, el cual, visto por los otros, y _oído cantar_ por el ciego,
produjo en toda la cuadrilla lotérica la mayor confusión y desconcierto,
como si por arte misterioso la suerte se hubiera pasado del uno al otro
número. Por fin, hiciéronse los tratos y combinaciones a gusto de todos,
y el burrero extendió las papeletas de participación, quedándose la
anciana con seis reales en el suyo y dos en el otro. Salió Pulido
refunfuñando, y se fue a su parroquia de muy mal talante, diciéndose que
aquella _eclesiástica pocritona_ había ido a quitarles la suerte; los
burreros se despotricaron contra Obdulia, afirmando que no pagaba el pan
y compraba tiestos de flores, y que el casero la iba a plantar en la
calle; y Benina subió a ver a la _niña_, a quien encontró en manos de la
peinadora, que trataba de arreglarle una bonita cabeza. Aquel día sus
suegros le habían mandado albóndigas y sardinas en escabeche; Luquitas
había entrado en casa a las seis de la mañana, y aún dormía como un
cachorro. Pensaba la _niña_ irse de paseo, ansiosa de ver jardines,
arboledas, carruajes, gente elegante, y su peinadora le dijo que se
fuera al Retiro, donde vería estas cosas, y todas las fieras del mundo,
y además cisnes, que son, una comparanza, gansos de pescuezo largo. Al
saber que Frasquito, enfermo, se hallaba recogido en casa de Doña Paca,
mostró la niña sincera aflicción, y quiso ir a verle; pero Benina se lo
quitó de la cabeza. Más valía que le dejara descansar un par de días,
evitándole conversaciones _deliriosas_, que le trastornaban el seso.
Asintiendo a estas discretas razones, Obdulia se despidió de su criada,
persistiendo en irse de paseo, y la otra tomó el olivo presurosa hacia
la calle de la Ruda, donde quería pagar deudillas de poco dinero. Por el
camino pensó que le convendría ceder parte de la excesiva cantidad
empleada en lotería, y a este fin hizo propósito de buscar al ciego moro
para que jugase una peseta. Más seguro era esto que no la operación de
llamar a los espíritus _soterranos_...
Esto pensaba, cuando se encontró de manos a boca con Petra y Diega, que
de vender venían, trayendo entre las dos, mano por mano, una cesta con
baratijas de mercería ordinaria. Paráronse con ganas de contarle algo
estupendo y que sin duda la interesaba: «¿No sabe, _maestra_? Almudena
la anda buscando.
--¿A mí? Pues yo quisiera hablar con él, por ver si quiere tomarme...
--Le tomará a usted medidas. Eso dice...
--¿Qué?
--Que está furioso... Loco perdido. A mí por poco me mata esta mañana de
la tirria que me tiene. En fin, el disloque.
--Se muda de Santa Casilda... Se va a las Cambroneras.
--Le ha dado la tarantaina, y baila sobre un pie solo».
Prorrumpieron en desentonadas risas las dos mujerzuelas, y Benina no
sabía qué decirles. Entendiendo que el africano estaría enfermo, indicó
que pensaba ir a San Sebastián en su busca, a lo que replicaron las
otras que no había salido a pedir, y que si quería la _maestra_
encontrarle, buscárale hacia la Arganzuela o hacia la calle del Peñón,
pues en tal rumbo le habían visto ellas poco antes. Fue Benina hacia
donde se le indicaba, despachados brevemente sus asuntos en la calle de
la Ruda; y después de dar vueltas por la Fuentecilla, y subir y bajar
repetidas veces la calle del Peñón, vio al marroquí, que salía de casa
de un herrero. Llegose a él, le cogió por el brazo y...
«Soltar mí, soltar mí tú...--dijo el ciego estremeciéndose de la cabeza a
los pies, cual si recibiese una descarga eléctrica--. Mala tú, _gañadora_
tú... matar yo ti».
Alarmose la pobre mujer, advirtiendo en el rostro de su amigo grandísima
turbación: contraía y dilataba los labios con vibraciones convulsivas,
desfigurando su habitual expresión fisonómica; manos y piernas
temblaban; su voz había enronquecido.
«¿Qué tienes tú, Almudenilla? ¿Qué mosca te ha picado?
--Picar tú mí, mosca mala... _Viner migo_... Querer yo hablar _tigo_.
_Muquier_ mala ser ti...
--Vamos a donde quieras, hombre. ¡Si parece que estás loco!».
Bajaron a la Ronda, y el marroquí, conocedor de aquel terreno, guió
hacia la fábrica del gas, dejándose llevar por su amiga cogido del
brazo. Por angostas veredas pasaron al paseo de las Acacias, sin que la
buena mujer pudiera obtener explicaciones claras de los motivos de
aquella extraña desazón.
«Sentémonos aquí--dijo Benina al llegar junto a la Fábrica de alquitrán--;
estoy cansadita.
--Aquí no... más _abaixo_...».
Y se precipitaron por un sendero empinadísimo, abierto en el terraplén.
Hubieran rodado los dos por la pendiente si Benina no le sostuviera
moderando el paso, y asegurándose bien de dónde ponía la planta.
Llegaron, por fin, a un sitio más bajo que el paseo, suelo quebrado,
lleno de escorias que parecen lavas de un volcán; detrás dejaron casas,
cimentadas a mayor altura que las cabezas de ellos; delante tenían
techos de viviendas pobres, a nivel más bajo que sus pies. En las
revueltas de aquella hondonada se distinguían chozas míseras, y a lo
lejos, oprimida entre las moles del Asilo de Santa Cristina y el taller
de Sierra Mecánica, la barriada de las Injurias, donde hormiguean
familias indigentes.
Sentáronse los dos. Almudena, dando resoplidos, se limpió el copioso
sudor de su frente. Benina no le quitaba los ojos, atenta a sus
movimientos, pues no las tenía todas consigo, viéndose sola con el
enojado marroquí en lugar tan solitario. «A ver... _amos_... a ver por
qué soy tan mala y tan engañadora. ¿Por qué?
--_Poique_ ti _n'gañar_ mí. Yo _quiriendo_ ti, tú _quirier_ otro... Sí,
sí... Señor _bunito_, _cabaiero_ galán... ti queriendo él... Enfermo él
casa _Comadreja_... tú llevar casa tuya él... _quirido_ tuyo...
_quirido_... rico él, señorito él...
--¿Quién te ha contado esas papas, Almudena?--dijo la buena mujer
echándose a reír con toda su alma.
--No negar tú cosa... Tu _n'fadar_ mí; _riyendo_ tú mí...».
Al expresarse de este modo, poseído de súbito furor, se puso en pie, y
antes de que Benina pudiera darse cuenta del peligro que la amenazaba,
descargó sobre ella el palo con toda su fuerza. Gracias que pudo la
infeliz salvar la cabeza apartándola vivamente; pero la paletilla, no.
Quiso ella arrebatarle el palo; pero antes de que lo intentara recibió
otro estacazo en el hombro, y un tercero en la cadera... La mejor
defensa era la fuga. En un abrir y cerrar de ojos, se puso la anciana a
diez pasos del ciego. Este trató de seguirla; ella le buscaba las
vueltas; se ponía en lugar seguro, y él descargaba sus furibundos
garrotazos en el aire y en el suelo. En una de estas cayó boca abajo, y
allí se quedó cual si fuera la víctima, mordiendo la tierra, mientras la
señora de sus pensamientos le decía: «Almudena, Almudenilla, si te cojo,
verás... ¡tontaina, borricote!...».