«¿Pero tú ves algo, Almudena?--le preguntó _Cuarto e kilo_.
--_Ver mí burtos ellos_».
Explicó que distinguía las masas de obscuridad en medio de la luz: esto
por lo tocante a las cosas del mundo de acá. Pero en lo de los mundos
misteriosos que se extienden encima y debajo, delante y detrás, fuera y
dentro del nuestro, sus ojos veían claro, cuando veían, _mismo como
vosotras ver migo_. Bueno: pues se le aparecieron dos ángeles, y como no
era cosa de aparecérsele para no decir nada, dijéronle que venían de
parte del Rey de _baixo terra_ con una embajada para él. El señor
_Samdai_ tenía que hablarle, para lo cual era preciso que se fuese mi
hombre al Matadero por la noche, que estuviese allí quemando _ilcienso_,
y rezando en medio de los despojos de reses y charcos de sangre, hasta
las doce en punto, hora invariable de la entrevista. No hay que añadir
que los ángeles se marcharon con viento fresco en cuanto dieron
conocimiento de su mensaje a Mordejai, y este cogió sus trebejos de
sahumar, la pipa, la ración de _cáñamo_ en un papel, y se fue caminito
del Matadero: el largo plantón que le esperaba, se le haría menos
aburrido fumando.
Allí se estuvo, sentado en cuclillas, aspirando los vahos olorosos del
sahumerio, y fumando pipa tras pipa, hasta que llegó la hora, y lo
primerito que vio fue un par de perros, más grandes que _el cameio_,
_brancos_, con ojos de fuego. Él, Mordejai, _mocha medo_, un _medo_ que
le quitaba el respirar. Vino después un _arregimiento_ de jinetes con
mucho cantorio, galas _mochas_; luego empezó a caer lluvia espesísima de
arena y piedras, tanto, tanto, que se vio enterrado hasta el
pescuezo... y no respiraba. Cada vez más _medo_... Por encima de toda
aquella escoria pasó velocísimo otro escuadrón de jinetes, dando al
viento los blancos alquiceles, y sin cesar disparando tiros. Siguió un
diluvio de culebras y _alcranes_, que caían silbando y enroscándose. El
pobre ciego se moría de _medo_, sintiéndose envuelto en la horrorosa
nube de inmundos animales... Pero luego vinieron hombres y mujeres a
pie, en pausada procesión, todos con blancas vestiduras, llevando en la
mano canastillas y bateas de oro, y pisando sobre flores, pues en rosas
y azucenas se habían convertido mágicamente las serpientes y alacranes,
y en olorosas ramas de menta y laurel todo aquel material llovido de
arena cálida y puntiagudos guijarros.
Para no cansar, apareció por fin el Rey, hermoso, con humana y divina
hermosura, barba larga y negra, aretes en las orejas, corona de oro que
parecía tener por pedrería el sol, la luna y las estrellas. Verde era su
traje, que por lo fino debía de ser obra de unas arañas muy pulidas que
en los profundos senos de la tierra tejen con hebras de fuego. El
séquito de _Samdai_ era tan vistoso y brillante que deslumbraba. Como le
preguntara la Petra si no venía también Su Majestad la Reina, quedose un
momento parado el narrador, recordando, y al fin dio cuenta de que
_vido_ también a la señora del Rey, pero con la cara muy tapada, como la
luna entre nubes, y por esta razón Mordejai no pudo distinguirla bien.
La Soberana vestía de amarillo, de un color así como nuestros
pensamientos cuando estamos entre alegres y tristes. Expresaba esto el
ciego con dificultad, supliendo las torpezas de su lenguaje con el juego
fisonómico de la convicción, y los mohines y gestos elocuentes.
Total: que a una orden del Rey le fueron poniendo delante todas aquellas
bateas y canastos de oro que traían las mujeres de blanco vestidas. ¿Qué
era? _Pieldras_ de diversas clases, _mochas_, _mochas_, que pronto
formaron montones que no cabrían en ninguna casa: _rubiles_ como
garbanzos, perlas del tamaño de huevos de paloma, _tudas_,
_tudas_ grandes, _diamanta fina_ en tal cantidad, que había para llenar
de ellos sacos _mochas_, y con los sacos un carro de mudanzas;
esmeraldas como nueces y _trompacios_ como _poño mío_...
Oían esto las tres mujeres embobadas, mudas, fijos los ojos en la cara
del ciego, entreabiertas las bocas. Al comienzo de la relación, no se
hallaban dispuestas a creer, y acabaron creyendo, por estímulo de sus
almas, ávidas de cosas gratas y placenteras, como compensación de la
miseria bochornosa en que vivían. Almudena ponía toda su alma en su
voz, y con la lengua hablaban todos los pliegues movibles de su cara, y
hasta los pelos de su barba negra. Todo era signos, jeroglífico
descifrable, oriental escritura que los oyentes entendían sin saber por
qué. El fin de la espléndida visión fue que el Rey le dijo al bueno de
Mordejai que de las dos cosas que deseaba, riquezas y mujer, no podía
darle más que una; que optase entre las pedrerías de gran valor que
delante miraba, y con las cuales gozaría de una fortuna superior a la de
todos los soberanos de la tierra, y una mujer buena, bella y laboriosa,
joya sin duda tan rara que no se podía encontrar sino revolviendo toda
la tierra. Mordejai no vaciló un momento en la elección, y dijo a Su
Majestad de _baixo terra_, que para nada quería tanta pedrería _por
fanegas_, si no le daban _muquier_... «Querer mi ella... gustar mí
_muquier_, y sin _muquier_ migo, no querer _pieldras_ finas, ni
_diniero_ ni _naida_».
Señalole entonces el Rey una hembra que bien envuelta en un manto que la
tapaba toda, el rostro inclusive, iba por el camino, y le dijo que
aquella era _la suya_, y que la siguiese hasta cogerla o más bien
cazarla, pues a paso muy ligero iba la condenada. Y dicho esto por el
Rey, se dignó Su Majestad desaparecerse, y con él se fueron todos los de
su comitiva, y los _arregimientos_ y las señoras de blanco, y _tudo_,
_tudo_, no quedando más que un olor penetrante del _ilcienso_, y los
ladridos de los dos perrazos que se iban perdiendo en las lontananzas de
la noche fría, cual si despavoridos huyeran hacia los montes. Tres meses
estuvo enfermo Mordejai después de este singular suceso, y no comía más
que agua y harina de cebada sin sal. Quedose tan flaco que se contaba al
tacto todos los huesos, sin que se le escapara uno en la cuenta. Por
fin, arrastrándose como pudo, emprendió su camino por toda la grandeza
del mundo en busca de la mujer que, según dicho del divino _Samdai_, era
suya.
«Y no la encontraste hasta _tantismos_ años de correr, y se llamaba
Nicolasa--dijo la Petra, queriendo ayudar al biógrafo de sí mismo.
--¿Tú qué saber? No ser Nicolasa.
--Entonces será _la señora_--apuntó la Diega, señalando no sin cierta
impertinencia a la pobre Benina, que no chistaba.
--¿Yo?... ¡Jesús me valga! Yo no soy ninguna tarascona que anda por los
caminos».
Contó Almudena que desde Fez había ido a la Argelia; que vivió de
limosna en Tlemcén primero, después en Constantina y Orán; que en este
punto se embarcó para Marsella, y recorrió toda Francia, Lyon, Dijon,
París, que es _mu_ grande, con tantos _olivares_ y buenos pisos de
calle, todo como la palma de la mano. Después de subirse hasta un pueblo
que le llaman _Lila_, volviose a Marsella y a Cette, donde se embarcó
para Valencia.
«Y en Valencia encontraste a la Nicolasa, con quien veniste por
_badajes_, que vos daban los _aiuntamientos_, con dos _riales de
tapa_--dijo la Petra--, y de Madrid vos fuisteis a los _Portugales_, y
tres años te duró el contento, camastrón, hasta que la _golfa_ se te fue
con otro.
--Tú no saber.
--Que cuente la historia de Nicolasa y cómo a él le cogieron en Madrid
para llevarle a San Bernardino, y ella fue al _espital_; y estando él
una noche durmiendo, se le aparecieron dos mujeres del otro mundo,
verbigracia, _ánimas_, para decirle que la Nicolasa _hablaba_ en
el _espital_ con uno que le iban a dar de alta...
--No ser eso, no ser eso: cállate tú.
--Otro día nos lo contará--indicó Benina, que, aunque gustaba de oír
aquellos entretenidos relatos, no quería detenerse más, recordando sus
apremiantes quehaceres.
--Espérese, señora: ¿qué prisa tiene?--le dijo la Diega--. ¿A dónde irá
usted que más valga?
--Otro día contar más--indicó el ciego sonriendo--. Mí ver mundo _mocha_.
--Estás cansadito, Jai. Convídanos a un medio para que se te remoje la
lengua, que la tienes más seca que suela de zapato.
--Yo no convidar mí ellas, _b'rrachonas_. No tener _diniero migo_.
--Por eso no quede--dijo la Diega, rumbosa.
--Yo no bebo--declaró la Benina--, y además tengo prisa, y con permiso de
la compañía me voy.
--Quedar ti rato más. Dar once _reloja_.
--Dejarla--manifestó con benevolencia la Petra--, por si tiene que ir a
ganarlo; que nosotras ya lo hemos ganado».
Interrogadas por Almudena, refirieron que habiendo cogido la Diega unos
dineros que le debían dos mozas de la calle de la Chopa, se habían
lanzado al comercio, pues una y otra tenían suma disposición y travesura
para el compra y vende. La Petra no se sentía mujer honrada y cabal sino
cuando se dedicaba al tráfico, aunque fuese en cosas menudas, como
palillos, mondarajas de tea, y _torraé_. La otra era un águila para
pañuelos y puntillas. Con el dinero aquel, venido a sus manos por
milagro, compraron género en una casa de saldos, y en la mañana de aquel
día pusieron sus bazares junto a la Fuentecilla de la Arganzuela,
teniendo la suerte de colocar muchas carreras de botones, varas muchas
de puntilla y dos chalecos de bayona. Otro día _sacarían_ loza,
_imágenes_, y caballos de cartón de los que daban, _a partir
ganancias_, en la fábrica de la calle del Carnero. Largamente hablaron
ambas de su negocio, y se alababan recíprocamente, porque si _Cuarto e
kilo_ era de lo que no hay para la adquisición de género _por gruesas_, a
la otra nadie aventajaba en salero y malicia para la venta al menudeo.
Otra señal de que había venido al mundo para ser o _comercianta_ o nada,
era que los cuartos ganados en la compra-venta se le pegaban al
bolsillo, despertando en ella vagos anhelos de ahorro, mientras que los
que por otros medios iban a sus flacas manos, se le escapaban por entre
los dedos antes de que cerrar pudiera el puño para guardarlos.
Oyó Benina muy atenta estas explicaciones, que tuvieron la virtud de
infundirle cierta simpatía hacia la borracha, porque también ella,
Benina, se sentía _negocianta_; también acarició su alma alguna vez la
ilusión del compra-vende. ¡Ah! si, en vez de dedicarse al servicio,
trabajando como una negra, hubiera tomado _una puerta de calle_, otro
gallo le cantara. Pero ya su vejez y la indisoluble sociedad moral con
Doña Paca la imposibilitaban para el comercio.
Insistió la buena mujer en abandonar la grata tertulia, y cuando se
levantó para despedirse cayósele el lápiz que le había dado D. Carlos,
y al intentar recogerlo del suelo, cayósele también la agenda.
«Pues no lleva usted ahí pocas cosas--dijo la Petra, cogiendo el libro y
hojeándolo rápidamente, con mohines de lectora, aunque más bien
deletreaba que leía--. ¿Esto qué es? Un libro para llevar cuentas. ¡Cómo
me gusta! _Marzo_, dice aquí, y luego _Pe...setas_, y luego _céntimos_.
Es _mu_ bonito apuntar aquí todo lo que sale y entra. Yo escribo tal
cual; pero en los números me atasco, porque los ochos se me enredan en
los dedos, y cuando sumo no me acuerdo nunca de lo que _se lleva_.
--Ese libro--dijo Benina, que al punto vislumbró un negocio--, me lo dio un
pariente de mi señora, para que lleváramos por apuntación el gasto; pero
no sabemos. Ya no está la Magdalena para estos tafetanes, como dijo el
otro... Y ahora pienso, señoras, que a ustedes, que comercian, les
conviene este libro. Ea, lo vendo, si me lo pagan bien.
--¿Cuánto?
--Por ser para ustedes, dos reales.
--Es mucho--dijo _Cuarto e kilo_, mirando las hojas del libro, que
continuaba en manos de su compañera--. Y ¿para qué lo queremos nosotras,
si nos estorba lo negro?
--Toma--indicó Petra, acometida de una risa infantil al repasar, con el
dedo mojado en saliva, las hojas--. Se marca con rayitas: tantas
cantidades, tantas rayas, y así es más claro... Se da un real, ea.
--¿Pero no ven que está nuevo? Su valor, aquí, lo dice: «dos pesetas».
Regatearon. Almudena conciliaba los intereses de una y otra parte, y por
fin quedó cerrado el trato en cuarenta céntimos, con lápiz y todo. Salió
del café la Benina, gozosa, pensando que no había perdido el tiempo,
pues si resultaban fantásticas las _pieldras_ preciosas que en montones
Mordejai pusiera ante su vista, positivas y de buena ley eran las cuatro
perras, como cuatro soles, que había ganado vendiendo el inútil regalo
del monomaníaco Trujillo.