XIII

No había acabado el marroquí su oriental leyenda, cuando Benina vio

entrar en el café a una mujer vestida de negro. «Ahí tienes a esa

fandangona, tu compañera de casa.

--¿Pedra? Maldita ella. Sacudir ella yo esta mañana. Venir, _siguro_, con

la Diega...

--Sí, con una viejecica, muy chica y muy flaca, que debe de ser más

borracha que los mosquitos. Las dos se van al mostrador, y piden dos

_tintas_.

--_Señá_ Diega enseñar vicio ella.

--¿Y por qué tienes contigo a esa gansirula, que no sirve para nada?».

Contole el ciego que Pedra era huérfana; su padre fue empleado en el

Matadero de cerdos, con perdón, y su madre _cambiaba_ en la calle de la

Ruda. Murieron los dos, con diferencia de días, por haber comido gato.

Buen plato es el micho; pero cuando está rabioso, le salen pintas en la

cara al que lo come, y a los tres días, muerte natural por calenturas

_perdiciosas_. En fin, que espicharon los padres, y la chica se quedó en

la puerta de la calle, sentadita. Era hermosa: por tal la celebraban; su

voz sonaba como las músicas bonitas. Primero se puso a cambiar, y luego

a vender churros, pues tenía tino de comercianta; pero nada le valió su

buena voluntad, porque hubo de cogerla de su cuenta la Diega, que en

pocos días la enseñó a embriagarse, y otras cosas peores. A los tres

meses, Pedra no era conocida. La enflaquecieron, dejándola en los puros

pellejos, y su aliento apestaba. Hablaba como una carreterona, y tenía

un toser perruno y una carraspera que tiraban para atrás. A veces pedía

por el camino de Carabanchel, y de noche se quedaba a dormir en

cualquier parador. De vez en cuando se lavaba un poco la cara, compraba

_agua de olor_, y rociándose las flaquezas, pedía prestada una camisa,

una falda, un pañuelo, y se ponía _de puerta_ en la casa del

_Comadreja_, calle de Mediodía Chica. Pero no tenía constancia para

nada, y ningún acomodo le duró más de dos días. Sólo duraba en ella el

gusto del aguardiente; y cuando se _apimplaba_, que era un día sí y otro

también, hacía figuras en medio del arroyo, y la toreaban los chicos.

Dormía sus monas en la calle o donde le cogía, y más bofetadas tenía en

su cara que pelos en la cabeza. Cuerpo más asistido de cardenales no se

conoció jamás, ni persona que en su corta edad, pues no tenía más que

veintidós años, aunque representaba treinta, hubiera visitado tan a

menudo las prevenciones de la Inclusa y Latina. Almudena la trataba, con

buen fin, desde que se quedó huérfana, y al verla tan arrastrada, dábale

de tres cosas un poco: consejos, limosna y algún palo. Encontrola un día

curándose sus lamparones con zumo de higuera chumbo, y aliñándose las

greñas al sol. Propúsole que se fuera con él, poniendo cada cual la

mitad del alquiler de la casa, y comprometiéndose ella a cortar de raíz

el vicio de la bebida. Discutieron, parlamentaron; diose solemnidad al

convenio, jurando los dos su fiel observancia ante un emplasto viscoso y

sobre un peine de rotas púas, y aquella noche durmió Pedra en el cuarto

de Santa Casilda. Los primeros días todo fue concordia, sobriedad en el

beber; pero la cabra no tardó en tirar al monte, y... otra vez la

endiablada hembra divirtiendo a los chicos y dando que hacer a los del

Orden.

«No poder mí con ella. _B'rracha_ siempre. Es un dolor... un dolor. Yo

estar ella migo por lástima...».

Al ver que las dos mujeres, después de atizarse un par de _tintas_,

miraban burlonas al ciego y a Benina, esta tuvo miedo y quiso retirarse.

«_Dir_ tú no, _Amri_. Quedar migo--le dijo el ciego cogiéndola de un

brazo.

--Temo que armen bronca estas indinas... Acá vienen ya».

Aproximáronse las tales, y pudo la Benina ver y examinar a su gusto el

rostro de Pedra, de una hermosura desapacible y que despedía. Morena, de

facciones tan regulares como pronunciadas, magníficos ojos negros, cejas

que al juntarse culebreaban, boca sucia y bien rasgueada, que no parecía

hecha para sonreír, cuerpo derecho y esbeltísimo en su flaqueza y

desaliño, la compañera de Almudena era una figura trágica, y como tal

impresionó a Benina, aunque esta no expresaba su juicio sino pensando

que le daría miedo encontrarse con tal persona, de noche, en lugar

solitario.

De la Diega no podía determinarse si era joven o entre-vieja. Por la

estatura parecía una niña; por la cara escuálida y el cuello rugoso,

todo pliegues, una anciana decrépita; por los ojos, un animalejo

vivaracho. Su flaqueza era tan extremada, que Benina no pudo menos de

comentarla mentalmente con una frase andaluza que usar solía su señora:

«Esta es de las que sacan espinas con los codos».

Pedra se sentó, dando los buenos días, y la otra quedose en pie, sin

alzar del suelo más que la cabeza de Almudena, en cuyos hombros dio

fuertes palmetazos.

«_Tati_ quieta--le dijo este enarbolando el palo.

--Cuidado con él, que es malo y traicionero...--indicó la otra.

--_Jai_... ¿verdad que eres malo y pegar _tú mí_?

--Yo _ero beno_; tú mala, _b'rracha_.

--No lo digas, que se escandalizará la señora anciana.

--Anciana no ser ella.

--¿Tú qué sabes, si no la ves?

--Decente ella.

--Sí que lo será, sin agraviar. Pero a ti te gustan las viejas.

--Ea, yo me voy, señora, que lo pasen bien--dijo Benina, azoradísima,

levantándose.

--Quédese, quédese... ¡Si es _groma_!».

La Diega la instó también a quedarse, añadiendo que habían comprado un

décimo de la Lotería, y ofreciéndole participación.

«Yo no juego--replicó Benina--: no tengo cuartos.

--Yo sí--dijo el marroquí--: dar vos una _pieseta_.

--Y la señora, ¿por qué no juega?

--Mañana sale. Seremos ricas, ricachonas en _efetivo_--dijo la Diega--. Yo,

si me la saco, San Antonio me oiga, volveré a establecerme en la calle

de la Sierpe. Allí te conocí, Almudena. ¿Te acuerdas?

--No _mi cuerda_, no...

--Vos conocisteis en Mediodía Chica, por la casa de atrás.

--A este le llamaban Muley Abbas.

--Y a ti _Cuarto e kilo_, por lo chica que eres.

--Poner motes es cosa fea. ¿Verdad, Almudenita? Las personas decentes se

llaman por el santo bautismo, con sus nombres de cristiano. Y esta

señora, ¿qué gracia tiene?

--Yo me llamo Benina.

--¿Es usted de Toledo, por casualidad?

--No, señora: soy... dos leguas de Guadalajara.

--Yo de Cebolla, en tierra de Talavera... y dime una cosa: ¿por qué esta

gorrinaza de Pedrilla te llama a ti _Jai_? ¿Cuál es tu nombre en tu

religión y en tu tierra cochina, con perdón?

--Llamarle _mi Jai_ porque ser morito él--dijo la trágica remedando su

habla.

--Nombre mío _Mordejai_--declaró el ciego--, y ser yo nacido en un _puebro

mu bunito_ que llamar allá Ullah de Bergel, _terra_ de Sus... ¡oh!

_terra_ divina, _bunita_... _mochas arbolas_, _aceita mocha_, _miela_,

_frores_, _támaras_, _mocha güena_».

El recuerdo del país natal le infundió un candoroso entusiasmo, y allí

fue el pintarlo y describirlo con hipérboles graciosas, y un colorido

poético que con gran entretenimiento y gozo saborearon las tres mujeres.

Incitado por ellas, contó algunos pasajes de su vida, toda llena de

estupendos casos, peligrosas empresas y fantásticas aventuras. Refirió

primero cómo se había fugado del hogar paterno, de edad de quince años,

lanzándose a correr mundo, sin que en todo el tiempo transcurrido desde

aquel suceso, tuviese noticia alguna de su patria y familia. Mandole su

padre a casa de un mercader amigo suyo con este recado: «Dile a Rubén

Toledano que te dé doscientos duros que necesito hoy». El tal debía de

ser al modo de banquero, y entre ambos señores reinaba sin duda

patriarcal confianza; porque el encargo se hizo efectivo sin ninguna

dificultad, cogiendo Mordejai los doscientos pesos en cuatro pesados

cartuchos de moneda española. Pero en vez de ir con ellos a la casa

paterna, tomó el caminito de Fez, ávido de ver mundo, de trabajar por su

cuenta, y de ganar mucho dinero para el autor de sus días, no los

doscientos duros, sino dos mil o cientos de miles. Comprando dos

borricos, se puso a portear mercaderías y pasajeros entre Fez y

Mequínez, con buenas ganancias. Pero un día de mucho calor, ¡castigo de

Dios! pasó junto a un río y le entraron ganas de darse un baño. En el

agua flotaban dos caballos muertos, cosa mala. Al salir del baño le

dolían los ojos: a los tres días era ciego.

Como aún tenía dinero, pudo algún tiempo vivir sin implorar la caridad

pública, con la tristeza inherente al no ver, y la no menos honda

producida por el brusco paso de la vida activa a la sedentaria. El

muchacho ágil y fuerte se hizo de la noche a la mañana hombre enclenque

y achacoso, y sus ambiciones de comerciante y sus entusiasmos de viajero

quedaron reducidos a un continuo meditar sobre lo inseguro de los bienes

terrenos, y la infalible justicia con que Dios Nuestro Padre y Juez

sienta la mano al pecador. No se atrevía el pobre ciego a pedirle que le

devolviese la vista, pues esto no se lo había de conceder. Era castigo,

y el Señor no _se vuelve atrás_ cuando pega de firme. Pedíale que le

diera dinero abundante para poder vivir con desahogo, y una _muquier_ que

le amara; mas nada de esto le fue concedido al pobre Mordejai, que cada

día tenía menos dineros, pues estos iban saliendo, sin que entraran

otros por ninguna parte, y de _muquieres_ nada. Las que se acercaban a

él fingiéndole cariño, no iban a su covacha más que a robarle. Un día

estaba el hombre muy molesto por no poder cazar una pulga que atrozmente

le picaba, burlándose de él con audacia insolente, cuando... no es

broma... se le aparecieron dos ángeles.

Misericordia · 第 13 / 43 题