¡Santa Bárbara bendita[135]
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita,
en el árbol de la Cruz,
Padre nuestro, amén Jesús!
_Sale_ LUJÁN _por la puerta del foro, y sorprende a Tata en su
invocación._
LUJÁN. Pero, señor, ¿qué sucede aquí?
TATA. ¡Ay, señor Luján!
LUJÁN. Al llegar yo, salía Escopeta con una carta que me dice que es un
explosivo; ahora bajaba el otro las escaleras rodándolas
materialmente;[136] usted se santigua... ¿Qué es esto?
TATA. ¡Ay, señor Luján! ¡Prepare usted el tambor, que hoy tenemos
títeres!
LUJÁN. ¿Cómo que tenemos hoy títeres? Expliqúese usted, Tata.
TATA. ¡Doña Clarines lo sabe ya todo!
LUJÁN. ¿Todo?
TATA. ¡Todo! ¡De lo más grave se ha enterado en la primera casa donde
entramos a dar la limosna! Se lo dijeron sin querer hacerle mal ninguno:
al contrario. Pero al oírlo se quedó blanca como la mesma nieve, aunque
hizo por disimular. Y al salir de allí, fué, y me dijo: «Tata, vámonos a
casa.» Y acá volvimos sin chistar. Nunca hasta hoy se ha dejado de dar
la limosna completa.
LUJÁN. ¿Y Marcelita?
TATA. Con ella está ahora mesmo. Parece ser que como ya no hay tapujos
que valgan, el novio va a venir a verla. ¡Qué _turbamulta_! ¡Milagro
será que la señora no se meta esta tarde en el confesonario!
LUJÁN. ¿Qué dice usted? ¿En el confesonario?
TATA. Sí, señor: la señora tiene en su alcoba un confesonario, que fué
de un abuelo suyo medio santo o medio profeta, y siempre que se ve en
algún caso de conciencia que es grave, en él se mete y se está allí las
horas y las horas.
LUJÁN. ¡Costumbre más original! Voy de asombro en asombro en esta santa
casa.
TATA. Ello vino de que doña Clarines le descubrió una maca gorda al cura
que la confesaba, y se la plantó con pelos y señales.[137] El buen señor
se incomodó tanto y más cuanto,[138] y la señora entonces mandó limpiar
y barnizar ese mueble antiguo, y en él se mete las veces que le digo a
usted. Y cuando sale, señor Luján... ¡aaaaah!... son de oírse las
_másimas_ y las sentencias que echa por su boca. ¡Ni que el mesmo Dios
se las dijera al oído![139]
LUJÁN. Le aseguro a usted, Tata, que cada vez admiro más a esta buena
señora.
TATA. ¡Aaaaah!
LUJÁN. Ya tenemos ahí a nuestro hombre.
TATA. ¿Viene por el jardín? _Asomándose a los cristales._ ¡Aaaaah!
LUJÁN. Yo aquí estorbo, Tata. Dígale usted a don Basilio que en su
despacho estoy. _Vase por la puerta de la izquierda._
TATA. Y Dios sea con todos, señor. Vamos a anunciar que está aquí el
señorito. ¡Santa María de la Cabeza! _Éntrase por la puerta de la
derecha, haciendo gestos de tribulación._
_Por la del foro llegan_ MIGUEL _y_ DON BASILIO.
MIGUEL. Otra vez aquí. A fe que no sospechaba volver tan pronto.
DON BASILIO. Ni yo que usted volviera. Pero, ya lo ve usted: con esta
hermana mía no es posible atar dos cuartos de cominos.[140]
MIGUEL. ¿Marcela está con ella quizás?
DON BASILIO. No sé... Es lo probable. Ahora lo veremos. ¡Ah! Una cosa
que no quiero que se me olvide: ¡no se le vaya a escurrir a usted, por
Dios, que ha estado aquí hace un rato![141]
MIGUEL. Pierda usted cuidado, señor.
DON BASILIO. Nada más fácil. Comprenda usted con qué intención podré yo
advertirle...[142]
MIGUEL. Sí, sí...
DON BASILIO. Le veo a usted muy nervioso.
MIGUEL. Mucho, no: un poco.
_Sale_ TATA _por donde se fué._
DON BASILIO. A tiempo llegas, Tata.
TATA. Santos y buenos días.
MIGUEL. Buenos días.
TATA. La señora viene en seguida a hablar con usted. _A don Basilio._
El señor Luján le espera a usted en su despacho.
DON BASILIO. ¿A mí?
TATA. A usted.
DON BASILIO. Ah, pues voy allá. Esto es importante. Hasta luego, querido
Miguel.
MIGUEL. Adiós, don Basilio.
_Vase éste por la puerta de la izquierda, examinando el cuadernito de
las coplas. Miguel, con aire preocupado, va de aquí para allá, mirando
distraído la estancia. Tata lo observa melancólicamente. Pausa._
TATA. _Muy para sí._ Es verlo... es verlo... _Esforzándose para
hablar._ ¿No se sienta usted?
MIGUEL. Gracias. No estoy cansado. _Nueva pausa._ ¿Lleva usted mucho
tiempo con la señora?
TATA. Mucho tiempo. Con el pelo negro la conocí, y hoy lo tiene más
blanco que el mío. Yo sé más que nadie de esta casa. Dispense,
caballero; pero no puedo mirarlo sin llorar... Con permiso. _Vase
conteniendo el llanto por la misma puerta de la derecha._
MIGUEL. _Impresionado._ Es indudable: despierto aquí un pasado muy
doloroso... El llanto de esta vieja es revelador. _Nueva pausa._ Ya
viene.
_Sale por la puerta de la derecha_ MARCELA, _seguida de_ DOÑA
CLARINES. _Ésta, al mirar a Miguel, no puede reprimir un movimiento de
asombro, vivamente herida en su recuerdo. Pausa._
MARCELA. Mi tía...
MIGUEL. Señora...
DOÑA CLARINES. _Adelantándose a la presentación que va a hacer
Marcela._ No me digas su nombre: sé quién es. Vete tú.
_Vase Marcela por la puerta de la izquierda._
MIGUEL. Señora... puesto que ya sabe usted quién soy...
DOÑA CLARINES. ¡Oh! Sin ningún antecedente lo hubiera sabido con sólo
verlo... Bien lo declara mi turbación, que impedir no he podido... No
la extrañe usted, porque su presencia ha hecho pasar por mi memoria una
ráfaga del dolor que destrozó mi vida... _Se sienta y le invita con el
ademán a hacer lo mismo. Pausa._ ¡Pasó! Pasó ya. Hay algo más fuerte
que la mujer más fuerte. Siéntese usted, si gusta.
MIGUEL. _Obedeciendo._ Mil gracias.
DOÑA CLARINES. El esfuerzo de voluntad que necesito para olvidarme de
quién es usted, es mayor de lo que yo creía: pero debo hacerlo, y lo
hago. Tranquilícese. Ya no es usted más ante mí que el hombre que quiere
á Marcela, ni yo soy más ahora que la persona a cuyo amparo vive. ¿Se
sorprende usted?
MIGUEL. ¿Por qué negarlo? Sí, señora. Era lo primero que venía dispuesto
a pedirle a usted como gracia, y es lo primero que usted me concede sin
pedirlo.
DOÑA CLARINES. Otra cosa no sería justa.
MIGUEL. Tal creo. Siempre he pensado que si para toda culpa hay castigo,
también hay perdón.
DOÑA CLARINES. ¿Y quién le ha dicho a usted que yo perdono?
MIGUEL. ¿No es perdonar esto?
DOÑA CLARINES. Nunca. Yo no perdono nunca: si acaso, olvido, o separo
unas cosas de otras, como ahora he hecho. El perdón no está en mis
costumbres. Creo que es inmoral. Por él viven y medran todos los
malvados. Así se lo dije un día al señor obispo, y no ha vuelto más por
mi casa. Ya volverá cuando me necesite. ¿También le sorprende a usted
que yo no perdone?
MIGUEL. También; sí, señora.
DOÑA CLARINES. Pero ¿a usted tengo algo que perdonarle?
MIGUEL. A mí, nada. No hablé por mí al hablar de perdón.
DOÑA CLARINES. Pues de usted sólo hemos de hablar aquí. Lo pasado a que
usted quiere referirse, no lo borrará más que la muerte. Y yo no he de
morirme en algún tiempo. Deseo vivir mucho. La muerte nos iguala a
todos, y siempre me parecerá pronto[143] para ser yo igual a otras
personas. ¿Entiende usted?
MIGUEL. Entiendo.
DOÑA CLARINES. Volvamos a usted.
MIGUEL. Sí, señora. Ya le habrá contado Marcela...
DOÑA CLARINES. Sí, señor. Y no le he creído una palabra.
MIGUEL. ¿Por qué?
DOÑA CLARINES. Porque lleva tres meses en mi casa, y me ha estado
engañando los tres meses. ¿Se le figura a usted poca razón para no
creerla?
MIGUEL. Es que si Marcela ha ocultado... ha sido por un motivo muy
explicable...
DOÑA CLARINES. Muy explicable para usted, que no me conocía. Ella ha
debido discurrir de otro modo.
MIGUEL. Es tan niña...
DOÑA CLARINES. No es tan niña cuando quiere a un hombre.
MIGUEL. Declaro que ella sola me ha contenido para dar este paso antes.
DOÑA CLARINES. Peor que peor. ¿Y es cierto que nadie ha querido presentarlo
a usted en mi casa?
MIGUEL. Es cierto.
DOÑA CLARINES. ¿Sabe usted por qué?
MIGUEL. Señora...
DOÑA CLARINES. Dígame lo que sepa. Yo no tiemblo ante la verdad como la
gente, porque siempre la llevo en los labios.
MIGUEL. Guadalema toda cree que usted me arrojaría sin oírme por las
escaleras de su casa.
DOÑA CLARINES. ¡Gran sentido moral el de Guadalema!
MIGUEL. Guadalema entera cree que doña Clarines...
DOÑA CLARINES. Siga usted.
MIGUEL. Cree que doña Clarines...
DOÑA CLARINES. ¿Es loca, no?
MIGUEL. Justamente. Yo también digo la verdad.
DOÑA CLARINES. Dispense usted: la he dicho yo. Usted no se atrevía. Fama
de loca gozo, sí, señor. Y muy bien ganada. Y la conservaré mientras
viva. ¿No conoce usted cuál es mi locura? Pues llamarle al que roba,
ladrón, y al que miente, embustero, y al que huye, cobarde, y al que
engaña a una mujer, villano. Ésta es mi locura. Todos los locos tenemos
una gran manía, y a mí me dió por aprender a conciencia el idioma. ¿Qué
le parece a usted?
MIGUEL. Que yo por de pronto me felicito de esa gran manía. Tiemble ante
las verdades de usted quien lleve sombras en la conciencia. Yo, siendo
quien soy y como soy, la oigo a usted tranquilo. Califíqueme usted como
merezca.
DOÑA CLARINES. Es claro que lo haré. No había usted de ser la
excepción.
MIGUEL. Verá usted que no soy más que un hombre que estudia y trabaja, y
que está enamorado de Marcela.
DOÑA CLARINES. Eso no le toca a usted decirlo, sino a mí averiguarlo.
MIGUEL. Se lo he dicho a usted para que cuando lo averigüe se convenza
de que yo no miento.
DOÑA CLARINES. Y yo le pido a Dios que así sea. Si lo que quiere usted
es la ventura de Marcela...
MIGUEL. Sí; eso quiero.
DOÑA CLARINES. Yo también. Y siendo así, en lo mejor del camino hemos de
encontrarnos.[144]
MIGUEL. Y pronto, muy pronto.
DOÑA CLARINES. Tal vez. No le quito a usted la esperanza. Pero ni me
abandono ni me confío; porque yo mejor que nadie sé que la traición se
esconde bajo las palabras más bellas.
MIGUEL. Señora, dejemos de hablar de mí para hablar de usted. A despecho
de algo que no puede menos de herirme, yo no convengo con todos en
llamar locura a lo que, para mí al menos, es cordura y bondad. Mis ideas
cambian a medida que la oigo a usted, y a cada paso hallo mayor
distancia entre el falso rumor callejero y lo que escucho de su boca. No
es doña Clarines la que tengo enfrente, aquella que me pintaron[145] en
las casas de Guadalema. Y pienso que mientras ellos ahora mismo comentan
con malsana fruición esta entrevista nuestra, suponiéndola a usted capaz
de todo insulto para mi persona, usted es tan generosa que prescinde de
lo que fué...[146] y me juzga con serenidad y nobleza.
DOÑA CLARINES. ¡Ay, Guillermo!
MIGUEL. Miguel.
DOÑA CLARINES. _Con amargura._ Miguel: es verdad. Si yo no perdono a
quien ultraja, menos aún condeno a quien no tiene culpa.
MIGUEL. No toquemos más esa herida. Hablemos ahora de Marcela.
DOÑA CLARINES. ¿Para qué? Va usted a decirme de ella lo que ella me dice
de usted.
MIGUEL. ¿Qué le dice de mí?
DOÑA CLARINES. Que es bueno, y que es bueno, y que es bueno.
MIGUEL. ¿Y usted lo duda?
DOÑA CLARINES. _Con emoción._ ¿Su madre de usted, vive?
MIGUEL. Sí, señora.
DOÑA CLARINES. ¿Y es muy buena?
MIGUEL. Muy buena es.
DOÑA CLARINES. Ya. ¿Conoce a Marcela?
MIGUEL. La conoce y la quiere, y goza en verme tan enamorado.
DOÑA CLARINES. ¿Pero lo está usted mucho?
MIGUEL. Mucho. Sueño para ella una ventura tan grande que no quepa en el
mundo. Conocí yo a Marcela cuando empezaba mi corazón a alborear al amor
y a la vida. No he querido a otra mujer que a ella, ni ella ha querido a
más hombre que a mí. No sé qué horas nos tendrá reservadas la vida, pero
yo no las deseo ni las concibo más felices que estas horas en que ella y
yo, tejiendo ilusiones, llegamos hasta los días que vendrán y los
forjamos tan dichosos como los que vivimos. Nuestro charlar es a veces
de niños; a veces de locos... No sé... Si gozo, goza; si río, ríe; si
llora, lloro; si canta, canto... Parecemos dos y somos uno...
DOÑA CLARINES. _Con dolorosa angustia._ Silencio.
MIGUEL. ¿Qué?
DOÑA CLARINES. Silencio. Despiertan su voz y sus palabras en mis oídos
un eco lejano, que no quiero volver a oír. Perdóneme, y llame a Marcela.
MIGUEL. ¿A Marcela?
DOÑA CLARINES. Sí. Que venga con usted.
MIGUEL. Siento, señora, que mis palabras de cariño...
DOÑA CLARINES. Porque son de usted, y son de cariño, no quiero volverlas
a oír. Traiga usted a Marcela.
MIGUEL. Voy por ella, voy. Respeto su dolor, señora... Su bondad me
conmueve... Lloro y tiemblo de gratidud. ¡Esperaba de su boca palabras
tan distintas!... Yo le aseguro a usted que nunca tendrá que
arrepentirse de esta bondad con que me trata. Voy por Marcela ya. _Vase
por la puerta de la izquierda. Pausa._
DOÑA CLARINES. _Mirando al cielo._ ¡Gracias, Señor, que me diste la
entereza que necesitaba para ser justa!
_Salen juntos a poco_ MARCELA _y_ MIGUEL.
MARCELA. Tía.
DOÑA CLARINES. Ven acá.
MARCELA. ¡Qué bien ha hecho Miguel en venir a verla!
DOÑA CLARINES. Tan mal como tú hiciste[147] en engañarme.
MARCELA. Es que ya sabe usted que yo temía...
DOÑA CLARINES. Temías, porque mentías. La mentira es siempre cobarde.
Miguel no lo ha sido, y ahora se alegra de ello; porque ha visto al
acercarse a mí, que las cosas no son como las gentes quieren que sean,
sino como son.
MIGUEL. Así es. Y en vano será desfigurarlas.
DOÑA CLARINES. Mal me conocen los que creen que yo soy capaz de llevar
mi odio hasta el extremo de hacer con tu vida y con tu amor lo mismo
que hicieron[148] con los míos. ¡Dígalo usted así a los cuatro vientos
por toda Guadalema! Y ahora, en secreto, para que no salga de los
tres[149] que aquí estamos... oídme a mí... que quiero que seáis muy
dichosos. _Éntrase en sus habitaciones conteniendo las lágrimas._
MARCELA. ¿Ves, Miguel, como es buena?
MIGUEL. Es buena, sí: para mí más que para nadie.
_Sale_ LUJÁN _por la puerta de la izquierda. Lo sigue_ DON
BASILIO.
LUJÁN. ¿Y doña Clarines?
MARCELA. Ya se fué.
MIGUEL. Y con los ojos llenos de lágrimas, por cierto.
LUJÁN. ¿Vió usted nunca más extraña mujer?
MIGUEL. Nunca. De todos aquí, el más sorprendido soy yo.
_Por la puerta de la derecha vuelve a salir_ TATA.
TATA. _Entre lágrimas._ ¡Años hace que no llora como está llorando!...
¡Aaaaah!
DON BASILIO. ¿Qué os dije yo? ¡Siempre pita por donde no se la espera!
¿Es loca o no es loca?
TATA. ¿Qué ha de ser loca,[150] charlatán?
DON BASILIO. ¡Tata!
TATA. ¡El loco, y el zascandil, y el botarate, y el borracho, es usted!
¡Tío Carape!
DON BASILIO. ¡Che, che, che: que tus canas tienen un límite!
TATA. ¡Sí, señor: pero no será el de teñirlas, que es el que han tenido
las de usted! ¡Decir que es loca mi señora!
DON BASILIO. ¿Qué te parece?
LUJÁN. Que tiene razón Tata.