DON BASILIO. Es que ya le dije a usted anoche que en mí tienen usted y
Marcelita un aliado. Yo siempre estoy al lado de los débiles. Mire usted,
amigo Miguel, la cuestión tiene dos aspectos.
MIGUEL. ¿Dos aspectos?
DON BASILIO. Uno moral y otro económico. En el moral, ni entro ni
salgo.[105] Si ustedes se quieren, harán, como en los cuentos de los
chicos, nieblas de las montañas.[106] Pero en el aspecto económico creo
que tengo el deber de intervenir.
MIGUEL. No comprendo.
DON BASILIO. Mi hermana está loca. _Vox populi, vox Dei._[107] La
fortuna de esa niña se encuentra en sus manos. ¿Usted está tranquilo?
¿Está usted tranquilo? ¡Porque yo... no estoy tranquilo! Yo, no estoy
tranquilo. Yo, no estoy tranquilo. ¿A qué engañarlo a usted? Mientras
más amigos, más claros.[108] Yo, no estoy tranquilo. ¿Usted está
tranquilo?
MIGUEL. Francamente... me empieza usted a intranquilizar.
DON BASILIO. Ahí se le fué la burra a su futuro suegro de usted,[109]
que en paz descanse. ¡Se le fué! No lo discutamos. ¡Se le fué! Lo de
Clarines no es de ahora,[110] ¡qué carape! Clarines tiene los cascos a
la jineta hace mucho tiempo. ¿No estaba yo aquí, tan hermano suyo como
ella?
MIGUEL. ¡Claro!
DON BASILIO. Sobre que, a mayor abundamiento, yo, querido Miguel, tengo
grandes aficiones financieras. Siempre he especulado con éxito
brillante. A la propia Clarines le he triplicado el capital.
MIGUEL. ¿Ah, sí?
DON BASILIO. Sí, señor. Hoy cuenta ella con un sin fin de propiedades
que no tendría a no ser por mí.
MIGUEL. ¿Hola?
DON BASILIO. Como usted lo oye.--Aquí está ya Marcela. Pónganse ustedes
de acuerdo en seguidita. No me gasten la pólvora en salvas.[111] Y en la
terracilla por donde hemos pasado lo espero a usted filosóficamente.
MIGUEL. ¿Cómo expresarle mi gratitud, señor don Basilio?
DON BASILIO. ¡De ninguna manera! Es un deber mío, ¡qué carape! _Vase por
la puerta del foro hacia la derecha._
_Sale_ MARCELA _por la puerta de la izquierda. Al ver a Miguel corre
a él ansiosa de estrecharle las manos._
MARCELA. ¡Miguel!
MIGUEL. ¡Marcela!
MARCELA. ¡Ya era hora!
MIGUEL. ¿Qué tienes?
MARCELA. ¡El contento de verte aquí![112] ¿Y el tío?
MIGUEL. Ahí fuera, esperándome.
MARCELA. ¡Qué bueno! ¿Verdad?
MIGUEL. Tan bueno, que por él estoy a tu lado.
MARCELA. Hemos de hablar mucho en poco tiempo.
MIGUEL. Sí.
MARCELA. ¡Dos días sin verte ni escribirte!
MIGUEL. Hasta el amanecer te esperé anteanoche en la verja.
MARCELA. No pude bajar. Me sorprendió mi tía. ¡Si vieras![113] ¡Qué
disgusto! Tata me contaba unas historias... ¿Me quieres tú mucho,
Miguel?
MIGUEL. ¿Y me lo preguntas, Marcela?
MARCELA. Verdad. No me hagas caso.
MIGUEL. ¿Sabe ya la tía...?
MARCELA. No.
MIGUEL. ¿Por qué no se lo has dicho?
MARCELA. ¡Ay, Miguel! No me atrevo.
MIGUEL. ¿Por qué no?
MARCELA. Porque estoy llena de temores.
MIGUEL. Pues hay que rechazarlos, niña. ¿Qué ley humana nos obliga a
recoger un dolor sembrado por otros?
MARCELA. Ninguna; pero ya estás viendo que es así.
MIGUEL. No lo será más tiempo. Resuelto estoy.
MARCELA. ¿A qué, Miguel?
MIGUEL. A presentarme a esta señora; a decirle mi nombre, si tú no se lo
dices; a convencerla de que serás mía.
MARCELA. ¿Con quién vendrás?
MIGUEL. Yo solo.
MARCELA. ¿Tú solo?
MIGUEL. ¿Qué remedio, si nadie se aventura a acompañarme? ¿si las
insolencias de doña Clarines ponen una valla entre la sociedad y yo?[114]
MARCELA. ¡Ay, Dios mío!
MIGUEL. Vendré yo solo: mi mejor compañía es este cariño que me lleva a ti.
MARCELA. Que es muy grande, ¿verdad?
MIGUEL. Si el corazón de esa señora se estremece de odio al oír mi
nombre, yo sé que el tuyo se estremece de amor.
MARCELA. Sí.
MIGUEL. Vendré, vendré. No estoy dispuesto a consentir este secuestro
tuyo, esta tortura de los dos, este acechar las ocasiones para hablarnos
traicioneramente. ¿Qué hicimos tú y yo, que mereciera este castigo?
MARCELA. ¡Ésa es mi pregunta! ¡De día y de noche es ésa mi constante
pregunta!
MIGUEL. Pues la respuesta de ella no está más que en tu corazón y en el
mío. Guadalema entera dice que doña Clarines es rencorosa, es loca. ¿Y
qué?[115] ¿Tú me quieres? Guadalema entera cree que yo saldré de esta
casa escarnecido y avergonzado. ¿Y qué? ¿Tú me quieres? Guadalema entera
afirma que al eco sólo de mi nombre temblarán las paredes viejas de este
caserón solitario. ¿Y qué? ¿Tú me quieres? Pues si tú me quieres, todo
lo demás es cosa sin fuerza ni sentido.
MARCELA. Sí, Miguel, sí. Ahí está la única verdad: en que tú me quieres:
en que te quiero yo. Necesitaba oírtelo decir así, ahora más que nunca.
MIGUEL. También lo sé: también lo he leído en tus ojos. Tu corazón no
respira tranquilo en el aire que llena esta casa, que no es aire de
primavera. Las historias de Tata la vieja te han hecho temblar...
MARCELA. ¡Miguel!
MIGUEL. Pues aquellas historias pasaron,[116] y yo no he de juzgarlas al
lado tuyo. Pero sí quiero que sepas que el amor no tiene en el mundo
dos historias iguales, para que puedas confiar en que ésta nuestra no ha
de parecerse a la que a ti te ha dado miedo. ¿Me crees?
MARCELA. Te creo, sí.
MIGUEL. Pues si me crees, no llores.
MARCELA. Lloro porque te creo.
MIGUEL. Yo haré pronto porque me creas y rías a la vez.[117] Adiós.
MARCELA. ¿Te vas ya?
MIGUEL. Sí: no quiero comprometer en modo alguno a este señor tan
bondadoso. Pero cuando vuelva doña Clarines, volveré yo.
MARCELA. ¿Sí?
MIGUEL. Sí. Hoy acaba[118] este suplicio intolerable: no lo dudes.
MARCELA. Por Dios, Miguel...
MIGUEL. Por Dios, Marcela... ¿Es que quieres que siga?
MARCELA. No.
MIGUEL. Pues fía en mí.
MARCELA. Ya no sé qué decirte. Me abandono a tu voluntad. Haz tú lo que
quieras.
MIGUEL. Yo no quiero más que lo que ha de devolver a tu corazón la calma
perdida y a tu voz la alegría que siempre tuvo para mis oídos. Adiós.
MARCELA. Adiós. ¿Hasta luego?