DOÑA CLARINES. ¿Pues a qué ha venido Crispín?
DARÍA. A acompañarme.
DOÑA CLARINES. ¡Bah! ¿Qué edad tiene usted? _Daría titubea atribulada y
echa a andar de nuevo hacia el foro. A la voz de doña Clarines se
detiene._ ¡Sin preguntárselo a Crispín! ¡Tampoco lo sabe! ¿Pero usted
no sabe nada?
DARÍA. Nada; para servir a usted.
DOÑA CLARINES. Casi lo prefiero. Entre no saber nada y saber poco y mal,
mejor es la ignorancia absoluta. Así la podré moldear a mi gusto, aunque
sea a coscorrones.
DARÍA. Sí, señora.
DOÑA CLARINES. ¿Tiene usted novio?
DARÍA. Aquí, no: en el pueblo. Pero lo puedo dejar, si quiere la señora.
DOÑA CLARINES. ¿Yo? ¡Dios me libre!
DARÍA. No me tira mucho.
DOÑA CLARINES. Allá usted. En no distrayéndola[30] de sus obligaciones...
Mire usted, que se vaya Crispín o que entre; pero que no esté como una
sombra chinesca por el corredor. Por más que, aguarde un poco, y se irá
usted también con él. ¿Cuánto tiempo hace que no se lava usted?
DARÍA. ¿La cara?
DOÑA CLARINES. No: usted, de arriba abajo.
DARÍA. ¡Uh!...
MARCELA. Como no sabe la edad que tiene...
DOÑA CLARINES. Pues en mi casa la limpieza es la primera condición que
exijo.
DARÍA. Sí, señora.
DOÑA CLARINES. Y la segunda, trabajar mucho y bien; que para eso las
pago a ustedes mejor que nadie.
DARÍA. Sí, señora. Yo haré todo lo que sea menester.
DOÑA CLARINES. No le queda a usted otro recurso. De lo contrario, en la
calle sopla un aire muy fresco. Las puertas de mi casa son mucho más
anchas para salir que para entrar.--Marcela, acompaña a esta mujer allá
dentro, que suelta un tufillo a algarrobas que marea.
DARÍA. Sí, señora.
DOÑA CLARINES. Y vuelve en seguida, que tenemos que hablar.
DARÍA. ¿Manda algo más la señora?
DOÑA CLARINES. Nada, nada. Que se vaya usted con la señorita.
DARÍA. Sí, señora. Servidora de la señora.
MARCELA. Venga usted.
DARÍA. Sí, señora.
MARCELA. Por aquí.
DARÍA. Sí, señora.
_Éntrase Marcela por la puerta del foro, hacia la izquierda. Daría la
sigue mirando a todas partes azoradísima. Crispín cruza en seguida por
el pasillo como una exhalación, detrás de Daría._
DOÑA CLARINES. ¡Jesús me valga! ¿Y ésta es la flor de Cogollo del Llano?
¡Alabado sea Dios!
_Sale_ TATA _por la puerta de la izquierda._
TATA. ¿Qué tal le ha parecido la moza?
DOÑA CLARINES. Cerril del todo; pero si tiene buena voluntad...
TATA. ¡Aaaaah! Como salga a la madre... No es porque sea mi prima,[31]
pero es mujer que levanta una casa en vilo. Por esa puerta no cabe a
entrar el marido que tiene, y cuando se resiste a trabajar le da unas
palizas que lo balda.[32]
DOÑA CLARINES. Eso me gusta.
_Vuelve_ ESCOPETA _por la puerta del foro canturreando como se
marchó._
ESCOPETA. _Hise un oyito en la arena,
sepurté mi pensamiento..._
DOÑA CLARINES. ¡Escopeta!
ESCOPETA. Dispense la señora. No sabía que estaba usté aquí.
DOÑA CLARINES. ¿Fué usted a la botica?
ESCOPETA. De ayí vengo.
DOÑA CLARINES. ¿Y qué?
ESCOPETA. Pos que le sorté ar boticario la rosiá.
DOÑA CLARINES. ¿Qué le dijo usted?
ESCOPETA. Lo mismito que usté me encargó. Como si lo yevara impreso.[33]
Le dije, digo... le dije: «De parte de mi señora doña Clarines, que no
es esto lo que eya ha pedío; que agua der poso ya tiene eya bastante en
su casa, y que se vaya usté a robá a Despeñaperros.» ¿No era así?
DOÑA CLARINES. Así era. ¿El contestó algo?
ESCOPETA. _Rascándose la cabeza._ Contestó, contestó. ¿No había e
contestá?[34]
DOÑA CLARINES. ¿Qué contestó? _Escopeta vuelve a rascarse la cabeza, y
trata de hablar y se contiene, ante la dificultad de decirle a doña
Clarines la desvergüenza que le ha contestado el boticario. La señora se
da cuenta de ello, y lo libra del compromiso._ Bien está. Toda la vida
ha sido un mala lengua ese boticario.