LUJÁN. ¿Entonces cómo no vas de negro?
DON BASILIO. ¡Por no hacer más patente su chifladura!... ¡Y porque no me
da una peseta para el traje!...
LUJÁN. Ya.
DON BASILIO. Pero concluyamos con mi cuento. Mi hermano Juan--Dios lo
tenga en su gloria,[20]--ha hecho al morir el disparate--asómbrate,
Isidoro--de confiarle su hija y sus bienes a esta desventurada doña
Clarines. ¿Qué tal? ¿Debo yo permanecer ocioso? ¿Eh? Mi responsabilidad
moral ante los hechos, es enorme. El pobre Juan seguramente desconocía
el estado de perturbación de nuestra hermana. ¿No es deber mío ponerme
al lado de esa niña?
LUJÁN. Claro.
DON BASILIO. ¿Verdad que sí? Por eso, ya que la providencia te envía, me
atrevo a suplicarte que observes detenidamente, concienzudamente,
científicamente a la infeliz Clarines, y si por desgracia tú confirmas
mis secretos temores... algo habrá que hacer, ¿no te parece? ¡algo
habrá que hacer!... Yo hablaría con mi sobrinita, que es muy razonable...
y... ¡qué carape! de acuerdo contigo le buscaríamos al caso la
mejor solución. Así como así, mi vida es un tanto aburridilla, y el
administrar los cuatro cuartos de la muchacha me serviría de
entretenimiento. ¿Qué me dices tú?
LUJÁN. _Con gran sorna._ Yo, querido Basilio, hace ya tiempo que
procuro no darles a las cosas sino sólo el valor que tienen. Determinar
qué valor tienen es lo primero. Hay que vivir en la realidad de la vida.
DON BASILIO. Quiere eso significar...
LUJÁN. Quiere esto significar que acepto la delicada comisión que me
encomiendas, y que empiezo a atar cabos desde este momento.
DON BASILIO. Pero ¿lo tomarás con interés?
LUJÁN. Con todo el interés que merece. Declarándote que, para mí, pocas
cosas logran ya tener ninguno. Porque es un hecho, Basilio amigo: el
planeta se enfría, y este tinglado va a durar poco.
DON BASILIO. Sí, pero... ¿A qué viene?...
LUJÁN. Viene...
DON BASILIO. Calla ahora.
_Por la puerta de la izquierda salen los ojos de Marcela, y luego_
MARCELA, _la sobrina de doña Clarines. Viste de negro. Su hablar es
comedido y prudente._
MARCELA. Buenas noches.
DON BASILIO. Aquí la tienes. Ésta es Marcelita. Mi amigo Luján...
MARCELA. Ya, ya me he figurado... Tanto gusto... Acabo de darle los
últimos toques a su alcoba de usted.
LUJÁN. Mil gracias. No podía yo sospechar que manos tan lindas...
MARCELA. Calle usted, por Dios.
DON BASILIO. Chico, eres el mismo de antaño. Este perillán es muy
galante.
LUJÁN. ¡Bah!
MARCELA. Cualquiera falta que usted note allá, cualquier cosa que
necesite, me lo dice a mí.[21]
DON BASILIO. Sí, mejor es: porque si se lo dices a Tata, Tata va con el
cuento a doña Clarines y tenemos gresca.
MARCELA. Eso, no; a doña Clarines no hace falta que le digan las cosas
para saberlas ella. Tiene un poder de adivinación que a mí me da susto.
DON BASILIO. _A Luján._ ¿Eh?
MARCELA. Es natural, después de todo: en soledad constante, no para de
discurrir aquella cabeza, y alambicando alambicando, siempre va a dar
con la verdad. ¿Usted ha entrado a saludarla?
LUJÁN. Ha habido un pequeño inconveniente.
MARCELA. Pues a estas horas, sin haberlo visto, esté usted seguro de que
sabe doña Clarines cómo es usted.
DON BASILIO. Te advierto, Marcelita, que ha dicho que no lo recibe
porque no quiere ver visiones.
MARCELA. ¿Sí?
LUJÁN. Así mismo.
MARCELA. Sus cosas... Usted me dispense... yo no sabía... Si yo
adivinara como ella...
LUJÁN. No le preocupe a usted. Me importa poco parecerle visión a la
tía, si a la sobrina no se lo parezco.
MARCELA. A la sobrina de ninguna manera.
LUJÁN. Entonces... Sobre que doña Clarines fundó su juicio en el
antiquísimo proverbio de: «Dime con quien andas, te diré quién eres»...
MARCELA. ¡Ja, ja, ja!
DON BASILIO. Total: que la visión soy yo. Ven a tu alcoba, cepíllate un
poco, y vamos a dar una vuelta por la ciudad. La noche convida. ¿Tú ya
no vuelves[22] a casa de don Rodrigo?
LUJÁN. Hasta mañana, no.
MARCELA. ¿Qué es lo que tiene ese caballero?
LUJÁN. ¡Ganas de fastidiarme a mí!
MARCELA. Todo sea por Dios.
LUJÁN. Con que estoy a tus órdenes incondicionales. Y no se diga a las
de usted,[23] Marcela.
MARCELA. Muchas gracias.
DON BASILIO. Anda, anda, mediquillo.
_Se van por la puerta de la izquierda los dos camaradas._
MARCELA. Es muy simpático este señor. Y parece que tiene más seso que el
tío Carape. Poco se necesita.[24]
_Llegan por la puerta del foro, precedidos de_ TATA, DARÍA _y_
CRISPÍN,[25] _moza y mozo naturales de Cogollo del Llano, pueblo
lindante con Guadalema. Daría es linda, y lo será doble cuando el agua
la purifique. Parece asombrada. Crispín no sólo lo parece, sino que lo
está y ni a tres tirones entra en la estancia. Queda vagando por el
pasillo del foro, y acecha cautelosamente los momentos en que, sin ser
visto, puede echar una ojeada a la escena. Cuando lo ven huye como un
conejo._
TATA. Entrad aquí.
DARÍA. Buenas noches.
MARCELA. Buenas noches.
TATA. Es la criada nueva. Hija de una parienta mía. Veremos si nos
sirve. Voy a avisarle a la señora. _Se va por la puerta de la derecha._
MARCELA. ¿Quién viene con usted?
DARÍA. Crispín: mi hermano.
_Las primeras palabras de Daría, su aliento entrecortado, revelan que
está tan asustada como Crispín; sino que ella no ha tenido más remedio
que entrar. Pesa sobre ambos la temerosa leyenda de doña Clarines._
MARCELA. Dígale usted que entre.
DARÍA. No entra,[26] no.
MARCELA. ¿Por qué?
DARÍA. Porque no entra.
MARCELA. Dígaselo usted.
DARÍA. Se lo diré; pero no entra. _Crispín, que lo ha oído todo, no
parece en diez metros a la redonda. Daría va a la puerta del foro, y
desde allí le habla._ ¡Crispín! La señorita, que entres.[27]--No entra.
MARCELA. Bueno; déjelo usted. ¿De qué pueblo son ustedes?
DARÍA. De Cogollo del Llano; para servir a usted.
MARCELA. ¿Es usted parienta de Tata?
DARÍA. Yo, no. Mi madre; para servir a usted.
MARCELA. Aquí está la señora.
_Crispín, que andaba a la vista, a este anuncio desaparece nuevamente.
Pausa._
_Sale por la puerta de sus habitaciones_ DOÑA CLARINES. _La sigue_
TATA. _Doña Clarines es una señora de buen porte y poderosa simpatía.
Aunque no pasa de los cuarenta y cinco años, sus cabellos son blancos como
la plata. Viste con gran originalidad, con gusto personalísimo, dentro de
una graciosa sencillez. Se expresa en tono campechano y noble a la par;
enérgico, sin sombra alguna de afectación._
DOÑA CLARINES. Buenas noches.
DARÍA. Buenas noches.
DOÑA CLARINES. _A Tata._ Muy joven es.
TATA. Más vale.
DOÑA CLARINES. Está visto que no he de parar de domar potritos. _Se
sienta en su butaca. Ladra Leal._ ¿Quién es, ahora?
TATA. ¡Calla, condenado! Vamos a ver. _Se asoma a la mirilla._ ¿Quién
es?--Un pobre.
DOÑA CLARINES. ¿Es viejo?
TATA. No, señora, que es mozo.
DOÑA CLARINES. Pues que trabaje.
TATA. ¡Que trabaje usted, hermano! _Cierra la mirilla de un golpe
fuerte, sobresaltando a Daría aún más de lo que está._ ¡Que bien trabajo
yo,[28] con mis setenta a las espaldas! _Se va por la puerta de la
izquierda._
DOÑA CLARINES. Acérquese usted. _Daría no se da por entendida._ Que se
acerque usted; ¿no me oye?
DARÍA. _A Marcela._ ¿Es a mí?
MARCELA. A usted, sí; a usted. Acérquese a la señora.
_Daría se acerca a doña Clarines._
DOÑA CLARINES. ¿Cómo se llama usted?
DARÍA. Daría; para servir a usted.
DOÑA CLARINES. ¿Daría qué?
_Daría mira a Marcela con angustia._
MARCELA. Dígale su apellido.
DOÑA CLARINES. Calla tú. ¿Daría qué? ¿No lo sabe? _Crispín, asomando la
cara pegada al quicio de la puerta del foro sin ser visto por nadie, se
empeña en decirle a Daría con la fuerza del gesto el apellido de la
familia. Daría, tras una vacilación momentánea, echa a andar hacia la
misma puerta y se marcha por ella._ ¿Adónde va?
DARÍA. _Volviendo al sitio donde estaba._ Romillo; para servir a
usted.
DOÑA CLARINES. ¿A quién lo ha preguntado? ¿Quién anda ahí fuera?
DARÍA. Crispín; para servir a usted.
DOÑA CLARINES. ¿Crispín? ¿Y quién es Crispín?
DARÍA. Mi hermano.
DOÑA CLARINES. Pues que entre su hermano.
DARÍA. No entra, no, señora.
DOÑA CLARINES. ¿Cómo que no entra?
MARCELA. No entra, no.
DOÑA CLARINES. ¿Y por qué no ha de entrar? Yo lo mando.
DARÍA. _Desde la puerta del foro._ ¡Crispín! ¡La señora te manda
entrar! _Pausa._ Dice que no que no con la cabeza.