ESCOPETA. Las señoras de Guadalema, ¿son todas como doña Clarines?
TATA. ¡Qué disparate! Lo que quisieran las señoras de Guadalema era[5]
saberla descalzar. ¡Aaaaah! ¡Doña Clarines! Doña Clarines no hay más que
una...
ESCOPETA. Más vale. Porque si no, era cosa de pitá otra vez pa mi tierra
y dejá a Guadalema y a toa Castiya na más que pa vení cuando hubiera
festejos.
TATA. ¿Pues?
ESCOPETA. ¿Er criao que estuvo en la casa antes que yo, duró mucho ar
servisio de la señora?
TATA. Seis días escasamente. Era muy casquivano y muy gandul.
ESCOPETA. ¿Y er de antes?
TATA. El de antes no duró sino tres. Aquel era muy poquita cosa. Se
asustaba de todo.
ESCOPETA. ¡Es que se asusta er Sí Campeadó! ¿Usté sabe los mandaos que
esta señora quié que uno le yeve a to er mundo?
TATA. ¿No he de saberlo?[6] ¡Aaaaah! Y que o se dicen las razones como
ella las da, ce por be, o por la puerta se va a la calle. ¡Es mucha
señora!
ESCOPETA. ¿Pos sabe usté lo que se me ocurre? Que en lugá de un criao
debía tené un piquete de infantería.
TATA. Poco murmurar, ¿eh?
ESCOPETA. No es murmurá, señora; es que ahora me ha mandao que me yegue
a la botica con esta boteyita que traje pa la señorita Marsela, y que le
diga ar boticario: «De parte de doña Clarines, que no es esto lo que eya
ha pedío; que agua der poso ya tiene eya bastante en su casa, y que se
vaya usté a robá a Despeñaperros.»
TATA. _Riéndose._ ¡Aaaaah! Oyéndola estoy.
ESCOPETA. ¡Y yo estoy oyendo ar boticario!
TATA. Pues así lo ha de decir usted si no quiere perder la casa.
ESCOPETA. ¿No le daría iguá por escrito?
TATA. Ande, ande a su obligación y déjese de más discursos.
ESCOPETA. ¿Qué se le va a hasé?[7] Vamos a que me tire un mortero er tío
ese. Peó fuera no verlo. _Se marcha por la puerta del foro hacia la
izquierda, canturreando y contoneándose._
TATA. ¡Ay! Muy zaragatero eres tú para hacer los huesos duros en esta
casa.
_Por la misma puerta que se ha ido Escopeta, salen_ DON BASILIO
_y_ LUJÁN. _Don Basilio, hermano de doña Clarines, es un señor de
ojos vivos y cabeza inquieta, señal de poco peso. Viste con desaliño.
Luján, antiguo amigo suyo, es hombre de pesquis, un tanto socarrón y de
espíritu reposado y tranquilo. Viene en traza de haber caminado a
caballo unas leguas. La edad de uno y otro anda alrededor del medio
siglo._
DON BASILIO. Pasa, Isidoro.
LUJÁN. Buenas noches.
TATA. Buenas las tenga usted, señor mío.
DON BASILIO. ¿Y mi hermana, Tata?
TATA. También son ganas de preguntar[8] lo que sabe usted de memoria: en
sus habitaciones.
DON BASILIO. _A Luján._ ¿Quieres verla?
LUJÁN. Si no ha de servirle de molestia, con mucho gusto. _Mirando un
cuadro._ ¿Este retrato es de tu padre?
DON BASILIO. Sí; ése es papá. Papá recién casado. Como yo lo conocí
mucho después, no puedo apreciar si se parece. ¡Je! _A Tata, mientras
Luján ve los otros cuadros y observa el jardín._ Bueno, tú, llégate y
dile a doña Clarines que aquí está ya mi amigo el señor Luján, que desea
saludarla.
TATA. _Bajo a don Basilio._ ¡Va a soltar una descarga de fusilería!
DON BASILIO. _Lo mismo, a Tata._ ¡Ya lo sé! Pero si no es ahora será
luego más tarde!
TATA. Ah, bien, bien. Por mí no ha de quedar.--Con permiso, buen
caballero. _Vase por la puerta de la derecha._
LUJÁN. ¿Quién es esta vieja escamona?
DON BASILIO. ¡Tata! La tradición, como quien dice.[9] Nos ha visto nacer
a todos. Ya la infeliz no es más que una de tantas ruinas en este viejo
caserón de los Olivenzas. ¡Pobre caserón! Por mucho que lo cuido, y lo
revoco, y lo aderezo, se viene abajo, como la familia.
LUJÁN. ¡Pues tú no te conservas mal!
DON BASILIO. ¿Y me lo dices tú, que estás hecho un pollo?
LUJÁN. Sí lo estoy, sí. Para la edad que tengo... Pero eso no quita...
Desde que resolví que nada me importase nada, en vista de que lo
contrario me afectaba al hígado, marcho como unas perlas.
DON BASILIO. Es verdad. Quince años hacía que no te echaba la vista
encima y, lo que es en lo exterior, apenas si han dejado huellas.
LUJÁN. Me las arranca mi mujer.
DON BASILIO. ¡Ah, carape! Secretos del hogar.
LUJÁN. Sí. Tú, en cambio, te las tiñes. Ya lo he visto.
DON BASILIO. Secretos del tocador.
LUJÁN. ¡Secreto a voces!
DON BASILIO. Chico, hay que defenderse. No me resigno a la vejez de la
cabeza, cuando tengo el corazón entrando en quintas. Pero siéntate,
galopín.
LUJÁN. _Obedeciéndolo._ Cansadillo estoy. Mi caballejo tiene un
trotecillo que desbarata. En mal hora se le ocurrió a don Rodrigo
ponerse neurasténico, y a su familia llamarme a mí a consulta. Me he
vuelto poltrón. No me gusta salir de mi casa.
DON BASILIO. ¿Y querías irte a parar a un fonducho? ¡Ca, hombre, ca! Los
días que estés en Guadalema, en mi casa vives.
LUJÁN. Dios te lo pague. La comida de las fondas me aterra. Las camas me
espantan. Sobre todo en cuanto empieza Mayo. En fin, que te
agradezco[10] muy de veras tu hospitalidad.
DON BASILIO. No se hable más de ello. ¿Qué tal te va en ese poblacho?
LUJÁN. Tan bien como en otra parte cualquiera. Todo está en todo.[11]
Estoy decidido a vivir a gusto.