Frente al gran dique del Neuquen--que acabamos de visitar--la obra
hidráulica más importante del país y, quizá, del mundo, recorramos, en
ligera semblanza, el proceso cultural de estas tierras, desde la llegada
del ejército que plantó el primer rancho sobre la salvaje heredad, hasta
la civilización de los ríos y el triunfo de las industrias rurales.
Después de la revolución del 80, el general Conrado Villegas--figura
legendaria de la expedición al desierto, reclamada por la eternidad del
bronce--regresó a Buenos Aires con dos regimientos. Quedó el 5.º de
caballería en Patagones a las órdenes del coronel Wintter. Encariñado
Villegas con la gloriosa campaña, iba a tentar el avance definitivo
hasta el remoto Nahuel Huapí, segunda etapa militar después de la
concentración de Choele Choel con Roca--ministro y héroe--a la cabeza.
Regresó Villegas a Río Negro a principios del 81 con el plan general de
la nueva cruzada. El 82 se inicia la expedición al lago. La primer
brigada, que sale de Ñorquin en recorrida por los valles cordilleranos,
va al mando del coronel Ortega. Está constituída por el 11 de caballería
y el 12 de infantería. La segunda, sale de General Roca, al mando del
comandante Godoy. Esta fuerza cruza el Neuquen y costea el Limay hasta
sus fuentes. La tercer brigada, con el general Villegas a la cabeza,
parte de Choele Choel. Comprende el 6 de infantería, que manda Bernal y
cruza, en treinta leguas, la travesía desolada de Valcheta. Esta
concentración, operada en el sur con marchas en forma de abanico, barrió
las indiadas peligrosas, realizó investigaciones geográficas de
importancia y puso el punto final a la empresa conquistadora iniciada
con el foso de Alsina, años atrás y seguida con el plan militar de Roca,
todo bajo el gobierno previsor de Avellaneda. Con el jalón de Nahuel
Huapí, quedaban veinte mil leguas de territorio argentino rescatado a
la civilización y al trabajo. Esta expedición al sur duró el verano del
82. Se dejó junto al lago un destacamento al mando del comandante
Rosario Suárez y regresó el grueso de las tropas al alto valle del Río
Negro, dispuestas a seguir, en la paz y el trabajo, la era de
civilización que acababa de abrir la empresa militar.
Y se trocaron en colonos los soldados.
Como medida previa para encarrilar las industrias del campo, reclamadas
por la tierra generosa y feraz, se imponía la disciplina del agua. Fué
así que se cavó el primer canal por iniciativa del comandante don
Enrique E. Godoy, que llegó más tarde, como todos sabéis, a ministro y
teniente general. Esa primer obra hidrológica, que es la que actualmente
administra la Cooperativa de Irrigación de Colonia Roca, fué realizada,
técnicamente, por el ingeniero Hilarión Furque. El gobierno nacional
prestó todo su apoyo a esta primer tentativa en el sentido de difundir
la agricultura en la región. El general Roca, que acababa de asumir la
presidencia, tuvo un vaticinio augural: “Aquellas tierras, dijo, serán
la futura Mendoza". Fué así que puso todo su empeño en favorecer la
colonización. Los primeros agricultores fueron franceses, ingleses y
rusos. Llegaron a la zona en número de ochenta familias, traídos por
Godoy. Nuclearon sus pequeñas chacras en el paraje conocido por Sauce
Ladeado, entre lo que es hoy General Roca y Allen. De aquel primer
contingente, vive aún uno de los precursores de la agricultura regional,
don José Escale, que tiene una chacra importante, sin contar el coronel
Mallea, a la sazón teniente, que todavía gasta sus veranos a la sombra
familiar del huerto que formó en su mocedad.
Iniciadas las labores agrícolas con los beneficios del riego artificial,
se tropezó, de inmediato, con los inconvenientes de la administración
del agua. Era demasiado grande el canal para alimentar predios laborados
tan incipientes. Los trabajos de monda y sostenimiento de aquella
arteria y sus confluentes, complicados con el desconocimiento absoluto
del régimen de las aguas fluviales, debieron desalentar a los primeros
colonos. Se inició un ligero éxodo. Pero la feracidad de la tierra pudo
más que el pesimismo; y a pesar de las deficiencias de la compuerta del
canal y las bajantes del río, en verano, y sus desbordes incontenibles
en invierno, se reinició la población del valle, alentada por vecinos
progresistas como el doctor Marcos Zorrilla, uno de los más sinceros y
eficaces propagadores de la región.
Uno de los vecinos más viejos del valle--don Enrique L.--que ha
presenciado la obra del canal desde su primer palada, nos habla con
entusiasmo, de aquellos preliminares de la colonia, significándonos, al
propio tiempo, la lucha eterna que ha debido sostenerse para aprovechar,
en forma sistemada y eficaz, los beneficios del agua. La Cooperativa no
ha salvado aún los inconvenientes, según nuestro informante. Y es
justicia añadir que hay una opinión muy difundida en el alto valle,
según la cual esta institución de riego debía incorporarse a la acción
del gobierno, no bien se inaugurasen las obras del canal grande. En
nuestro reciente viaje por la zona nos hemos enterado de la petición
vecinal, elevada al gobierno, en el sentido de oficializar el giro de
esta Cooperativa.
Tal es, según este mal perjeñado boceto, el proceso cultural del alto
valle o sea el Departamento General Roca de Río Negro. Las industrias
rurales han tomado un vuelo de tal consideración, que han debido imponer
obras fundamentales en lo que se relaciona con la civilización de los
ríos y el aprovechamiento industrial de sus aguas. De ahí el gran dique
sobre el Neuquen y el canal grande que arranca en Cordero y terminará en
Chichinales.
El dique del Neuquen tiene por razón capital desviar hacia la cuenca
Vidal o sea el lago Pellegrini, las aguas sobrantes del río. Constituye,
propiamente, el primer paso en firme, dado en el sentido de evitar las
inundaciones en Río Negro. Con el apresamiento y civilización del
Limay--cuyo régimen dará margen a otros procedimientos debido a su
diversidad de caracteres fluviales y lacustres--se habrá completado
definitivamente un gran plan de defensa y aprovechamiento de las aguas,
base segura del gran porvenir industrial del valle.
Las más temibles inundaciones del Río Negro, han demostrado, sin duda,
la simultaneidad en las crecientes de los dos ríos Limay y Neuquen. Tan
abundoso caudal procedente de los lagos del sur y de los aluviones
cordilleranos, volcado sobre el Negro, debía producir la catástrofe. El
dique del Neuquen viene a asegurar científicamente la docilidad de este
río, por más turbulenta y arrolladora que sea su arremetida. Detenida su
corriente por los grandes portalones y la fortaleza de sus muros, el
agua buscará dos salidas: hacia la cuenca que es una hoyada como un mar,
o hacia el canal grande, domesticada por las obras de ingeniería y
bifurcada en su raigambre de canales y acequias fecundizadores. De
manera que con esta obra, realmente gigantesca, desaparece todo temor de
inundación por parte del río Neuquen. Con el estudio y apresamiento del
Limay, se complementará la obra hidráulica reclamada por el amplio
valle.
Por lo pronto, esta gran barrera de dique, opuesta a las aguas bravías
del río y complementada con el amplio canal que corre junto al
Ferrocarril del Sur en una longitud de ciento veinte kilómetros,
significa el punto de partida en donde afianzará su verdadero porvenir
la zona al orientar sus industrias en la explotación segura de la
tierra, sin zozobras, sin desesperanzas, sin precipitación.