Para el litoral argentino, que tiene en mucho su vitalidad
representativa, como zona de producción ha de parecer paradógico este
vaticinio: San Luis será, dentro de pocos años, un emporio pesquero.
Sin duda, los que ignoran--y son muchos en la República--que en la zona
que hemos dado en definir con el nombre de “terralfar puntano”, hay
trescientas lagunas, recibirán con sonrisa irónica el aserto. Con
geografías hechas a tirones por burócratas y no por geógrafos; con mapas
deficientes; nada de extraño que la planicie de las lagunas, lo más
mediterráneo del país, muy poco interés hubiese despertado hasta hoy en
el sentido de crear y explotar la industria piscícola. El estudio
cartográfico de Lallemant, pudo haber influído en la difusión ventajosa
de la comarca; pero, desgraciadamente, intereses particulares han
retenido--quizá hasta las calendas griegas--la edición de esta obra que
tan ingente labor costó al espíritu meditativo del sabio y a la
disciplina profesional del ingeniero.
Estas lagunas, de agua dulce y permanente, que tachonan como las
Pléyades del cielo, la gran pradera, son hijas de los vientos. Los
“huaicos” o erosiones, han formado, a través de los siglos, estas
hoyadas alrededor de los manantiales. Y prueba de ello es que los bordes
de las lagunas son médanos empastados, propicios a las isletas de
piquillines, de molles morados y talas, de quebracho blanco y cedrón,
con suave bajada al naciente y bordes altos en la ribera opuesta. Las
lagunas Capelen, Soven, Tastú y Los Leones, son las Cabrillas del grupo,
por su tamaño y profundidad. Las demás, en todo lo que abarca la zona
comprendida entre Villa Mercedes y Buena Esperanza, Paunero y Villa
Valeria de Córdoba, tienen, por lo común, extensiones que no exceden de
diez y siete hectáreas, como término general, y se encajonan entre
barrancas sobre lechos profundos, arenosos y firmes. Muchas son de agua
ligeramente salobre y todas abundantes de totoras y aneas donde se
prodigan los crustáceos, alimento nutritivo de los peces.
De esta constelación de lagunas, cuarenta, por lo menos, están pobladas
de pejerreyes, dando lugar a una nueva industria con perspectivas
remuneradoras. Arranca esta civilización lacustre de 1902, época en que
el vecino don Carlos G., persuadido de que podía ser factible la crianza
de peces, llevó agua de estas lagunas al ministerio de agricultura,
deseoso de conocer los resultados de un análisis prolijo, requisitoria
que--a estar a informes oficiosos--no despertó mayor interés en el
gobierno nacional. Dos años más tarde--en junio de 1904--los señores
Roberto y Edmundo W., se dirigían a la misma autoridad insistiendo sobre
la necesidad de iniciar la piscicultura regional con especies
apropiadas.
Por aquel entonces, el gobierno había contratado al ictiólogo
norteamericano Titcomb, con la misión de introducir peces exóticos en
nuestros ríos y lagunas, y al afamado piscicultor don Eugenio Tulliam,
norteamericano también. Estos experimentadores quedaron asombrados al
conocer la excelencia del pejerrey argentino, superior, en mucho, a
cualquiera de las especies que pululan en ríos y lagos del continente
septentrional. Sin embargo, tuvo la opinión de los técnicos sus
tropiezos, frente al juicio pesimista de la repartición ministerial. Y
sin duda, hubieran fracasado aquellos preliminares, a no mediar la
actitud resuelta del general Roca, asesorado por Ronaldo Tidblom,
director entonces de ganadería y agricultura.
Sobre esta seguridad alentadora, Tulliam verifica el primer ensayo de
fecundación artificial de pejerreyes en la laguna Chascomús. Los
primeros huevos, genitores de los copiosos cardúmenes que hoy prosperan
en las lagunas puntanas, fueron depositados el 6 de noviembre de 1904
por el mismo piscicultor. Venía Tulliam, el piscicultor, a sancionar en
la práctica la expresión gráfica que el anecdotario atribuía a Titcomb,
el ictiólogo:
--Francamente, no sé para qué me han llamado ustedes... ¡Ojalá Estados
Unidos tuviera el pejerrey de las lagunas argentinas!
Pasó el tiempo. Comprobado, más tarde, que aquellas gestas artificiadas
por la ciencia, habían caído en aguas piadosas y fecundas, lleva don
Edmundo W. los primeros ejemplares de pejerrey puntano a la dirección de
piscicultura del ministerio. Estaba tan arraigado el prejuicio que
negaba éxito a la fecundación artificial, que poco faltó a los técnicos
para proclamar la impostura del señor W. De lo que estamos seguros es
que alguien dijo, con sospechosa ironía, mirando los pescados:
--¡Qué hermosos... y qué fresquitos!... Cualquiera diría que vienen del
Mercado del Plata...
Pero triunfó la buena fé del propagandista. Y fué una comisión técnica a
la laguna Los Barriles, en Lavaisse. El 2 de octubre de 1907, en tres
tiradas de red, se obró el milagro de los peces. Sesenta y cuatro
pejerreyes cayeron en las mallas arteras. Y entre los incautos,
representantes de más de tres generaciones, se dejaron coger ejemplares
de 27 centímetros de largo.
Pero, ni aun sobre la comprobación indubitable, se encontró el apoyo
oficial reclamado. Entonces los hermanos W., creyéndose moralmente
obligados a no cejar en tan empeñosa gestión, comenzaron a poblar las
lagunas de la zona, usando el sistema de trasladar en toneles y de una a
otra laguna, los peces vivos. En esta forma se logró un transporte
eficaz hasta a distancias de doce leguas y en lo más riguroso del
verano. Es así como se han poblado cuarenta lagunas del terralfar
puntano y frontera de Córdoba. Con la población del semillero de lagunas
hondas y perdurables, que vitalizan y alegran la comarca, vendrá, sin
duda, la gran empresa con mercado franco en las capitales y centros del
interior y hasta en el mismo Buenos Aires.
En nuestra reciente jira por la línea de Beazley hemos visitado la
laguna Los Barriles, que será célebre en su auspiciosa hospitalidad,
hemos presenciado las pintorescas escenas de su pesquería y, sobre todo,
hemos gustado, en mesa de franca camaradería, en la estancia “Don
Roberto”, de sus pejerreyes, que no por ser adoptivos dejan de ser menos
sabrosos...