El “terralfar”[1] puntano, abarca, casi sin desperdicios, la gran
llanura comprendida entre Villa Mercedes y Buena Esperanza. En 600.000
hectáreas, por lo menos, se extendió la conquista del inmenso prado que
dominó al guadal. La sequía asoladora de 1916, puso su nota cruel sobre
la verde maravilla de los campos. Las arenas, domadas paulatinamente,
con el refinamiento forrajero y la rotación de los ganados, se
entregaron a merced de los vientos, como una honda revelación contra la
fuerza civilizadora que asentó su vagoroso peregrinar por el desierto.
La gran zona convalece de la pavorosa epidemia. Los médanos viejos
bravean aun al borde de los caminos y ondulan por los campos
aprovechando el descuido de los ganaderos indolentes. Contra su acción
arrasadora, impelida por los vientos del Sur, están los carrizales, los
tamariscos, los sorgos y el centeno, remedios heróicos incorporados
definitivamente a la práctica rural. El problema de las dunas pampeanas
no existe en nuestro país. Solo la imprevisión y el despego a la tierra
pueden fomentar estas temibles migraciones. Los viejos vecinos
comarqueños recuerdan todavía la agreste primitividad de estos campos,
tan sueltos, tan deleznables, que era preciso transitar por la angosta
huella de los ganados, so pena de arruinar las cabalgaduras en una legua
de trayecto. Con el curso de los años, casi insensiblemente se ha
operado la transformación. Los cultivos de forrajes, el apeñuzcamiento
de los vacunos, la subdivisión territorial que fomentó atenciones
pastoriles y el esfuerzo defensivo de los pobladores, han contribuído,
de consuno, a estabilizar la superficie, dando vida a la gran pradera
artificial. Ya no se forman médanos. Solo algún viejo arenal porfía aún
contra el esfuerzo civilizador hasta que cae atrincherado por el cerco
de alambre y aplaca sus veleidosos nubarrones de polvo bajo la acción de
los cultivos. Y es llegado el momento, entonces, cuando la misma
naturaleza, cual si quisiera favorecer el esfuerzo humano, termina la
obra empenachando al médano vencido con matorrales de paja blanca,
síntoma inequívoco de que el implacable arenal ha encontrado su eterna
esclavitud. Los pobladores de la comarca que sufrieron la gran sequía
(1910), debieron suponer que los médanos reconquistarían el
desierto--tan despiadado fué el azote.--Pero sobre la pérdida de grandes
alfalfares, cuando el suelo inconsistente entregaba sus arenas a los
vendavales, cuando la torpeza salvaje de los campos parecía enseñorearse
de nuevo y arrasar con la última mata de alfalfa, vinieron las lluvias
del año 17, se remozaron las praderas, reverdecieron los bosques, y
sobre la tierra sedienta y aplacada, se extendió como una red una yerba
silvestre y amorosa, la “yerba del pollo"--la “yerba meona”, del
paisano--síntoma modesto de salud y de vida con que significaba la
naturaleza en su promisoria maternidad. Y al amparo de esta
yerba-providencia que rastreó el suelo humildemente, con la sencillez de
una liana cordial, se criaron los tupidos gramillales, tan sanos, tan
inmensos, tan incitadores, que cayeron bajo la cortadora y fueron a
reponer los almiares, a sustituir el forraje artificial que agonizaba en
los predios.
¡Qué año terrible aquel! Lo recuerda el país entero que sufrió en forma
proporcional, la implacable epidemia. Esta comarca, cuyos progresos
rurales venían acrecentándose de una década atrás, sintió como ninguna
el rudo golpe de la adversidad. Los ventarrones fijos, persistentes,
desatados, castigaban la tierra sin compasión. Los primeros meses de
sequía, resistieron valerosamente los alfalfares; luego cejaron las
furias del viento que removía el guadal. Zona salpicada de lagunas,
dulces y perdurables, barrancosas y hondas, mantuvo sus ganados mientras
el agua fué complemento de nutrición. Pero cuando faltaron los pastos,
cuando quedaron rasos como la mano los potreros de alfalfa, cuando se
secó el olivillo salvaje y se achicharraron hasta las pencas, bajo las
brasas del sol, no fué el agua de las lagunas la que salvó al ganado. La
faena rural se circunscribió al cueraje de las bestias caídas en el lomo
de los médanos, a la orilla del agua, junto a los molinos, al margen de
los alambrados... ¡Qué horas amargas debieron pasar estos valientes
pobladores! Las peonadas recorrían los campos tristes, despellejando sin
tregua aquella hacienda mestizada ya, producto paciente de la acción
tesonera de los criadores en aquel proceso civilizador desde los pastos
punas al alfalfar, desde la represa primitiva al molino, al pozo sin
medida y al tanque australiano. Por muchos años se recordará en la
comarca el caso del inglés X, que después de esfuerzos inauditos para
evitar la mortandad de su hacienda, vió--tal vez con lágrimas de rabia y
de desesperación--que el médano vecino se había arrastrado alevosamente
hasta cubrir por completo la charca de hierro galvanizado que almacenaba
las aguas de su pozo. Solo el molino asomando su abanico circular, en
lucha de muerte, seguía sus furiosos giros bajo el ala del aquilón...
Después de esta gran experiencia que trajo consigo el año 16, asistimos
a la hora mortecina de los médanos comarcanos. Frente a Lavaisse, rumbo
al sur, el camino que se encajona entre dos alambrados se ve de pronto
interceptado por la duna, extendida como un inmenso reptil en tres
kilómetros, por lo menos. Cautelosamente, erradizo, avanza el arenal
sobre los campos del Oeste. El peón conductor del sulky en que
practicamos la travesía, un ítalo-criollo andariego y conocedor, nos
informa sobre las pretensiones de este endiablado arenal.
--Es atropellador, como él solo--nos dice.--Ya ve: va comiendo el campo
sin ningún miramiento. Y si lo dejan, créame, se va a ir hasta las
casas, nomás...
Pero antes de que peregrine, la trinchera de cañaverales de Castilla lo
habrá estabilizado. Por el Este, junto al alambrado del camino, el
saucedal, que ha resistido a las inclemencias del viento y de la sequía,
se afirma como una muralla contra las arenas deleznables. Falta
circunscribir la zona peligrosa que se abre a merced de los vendavales
ordinarios y del pampero. A nuestro paso encontramos las carretas
cargadas de caña que van a iniciar la defensa, enterrando en el guadal
bulbos y carrizos. Es oportuno este saneamiento de la zona que anticipa
de aquí a un par de años la posibilidad de poner remedio a esta molesta
travesía, siempre que una cuadrilla de camineros--el camino de Lavaisse
es carril nacional--distraiga su atención en cubrir con ramas silvestres
esta duna endiablada, tendida como un dragón entre el ferrocarril y el
país de los alfalfares.
El proceso civilizador del terralfar puntano data de quince
años a esta parte. En 1902, de Villa Mercedes al sur--salvo raras
excepciones--aquella zona estaba comprendida por campos de estepa,
cubiertos de paja amarga y poblados de ovinos “chilludos”
(semi-criollos, de lanas lacias, con extremidades y barriga peladas).
Los establecimientos rurales eran, en su mayor parte, abiertos, de un
criollismo inveterado en sus crianzas. Apuntaba apenas el modernismo
rural en tres o cuatro estancias: Las Isletas, Santa Ana y Buena
Esperanza, muy al sur, establecimiento de una compañía holandesa.
Planicie constelada de lagunas, los pastizales duros estaban salpicados
por pequeños oasis de gramillas tiernas en la vecindad de los
manantiales; y este fué, sin duda, el incentivo firme para los
pobladores de las grandes estancias. Con la tecnificación de las
praderas, ha sufrido una transformación fundamental la fisonomía del
país. La cebadilla, que jamás medrara en aquellos campos salvajes,
erizados de yerbas bravas se manifiesta en 1907 con su primer
inmigración arrastrada por los vientos del estuario. La alfalfa, que va
conquistando los predios, mata en 1908 el cebadillal incipiente, domina
poco a poco la comarca y llega a culminar en la inmensa pradera que nace
en Mercedes y remata en el paralelo 35, servida por las líneas del
Pacífico. La crisis rural del 16 lo trastorna todo arteramente,
despiadadamente. Y cuando las lluvias de 1917 aplacan las arenas, cuando
ni rastros quedan de las praderías artificiales, vuelve el copioso
cebadillal, tupido y fresco a extender su manto como una bendición. Y
junto a la cebadilla que se prodiga con la intensidad de un cultivo, se
extiende al ras del suelo una roseta peculiar, firme y espinosa, que
resulta excelente gramínea y contribuye a afirmar los campos levantizos.
Vinieron otras yerbas, además, aprovechando el resurgimiento de las
especies con la lluvia bienhechora; nutricias algunas, como el pasto de
araña, el salvavidas y el almorejo; nocivas otras, como el abrojo grande
y la cepa de caballo. Pero bien pronto echaron de ver los hacendados que
las plantas tóxicas desarrolladas y floridas el primer año, perdían su
fuerza germinativa desapareciendo como por ensalmo.
Después de la pavorosa epidemia del año 16 que a punto estuvo de
convertir estas fértiles tierras en el “país del nunca jamás” que
descorazonaba al agricultor australiano, vuelve a tonificarse la
extendida comarca. Florecen nuevamente los alfalfares. Se pueblan, se
dividen, se hermosean los campos; se civilizan y se enriquecen las
estancias con las comodidades zootécnicas; se refinan los ganados.
Arranca de 1902 el progreso firme del terralfar puntano. Don Roberto,
Los Pozos, La Helvecia, Capelén, Alfaland, Las Meladas, Los Césares, El
Nassau, etc., son las estancias que continúan el problema de la
renovación pecuaria planteado por los primeros establecimientos de cría
que se poblaron a renglón seguido de la conquista del riel.
Hablar de arvicultura en esta zona, es decir, del cultivo de la tierra
con relación a los cereales exclusivamente, sería, sin duda, aventurarse
hacia el fracaso. Mientras no se afirmen las tierras, mientras siga
siendo guadal el guadal con su corteza de más de cincuenta metros de
espesor, mientras no se atemperen los vientos con el arbolado
artificial, toda cultura agrícola sería como arar en el océano o aventar
la semilla al espacio. Hasta aquí no alcanza la previsión del
“dry-farming”, con sus fórmulas maravillosas. Esta zona, será por muchos
años país de invernadas, tierra de alfalfar.