UN POBLADOR DE GARRA

Pesa sobre la zona oeste de la Pampa un injusto prejuicio, el mismo que

hace poco más de veinte años gravitaba sobre todo el territorio,

malogrando las más bellas iniciativas. La campaña al desierto cerró el

legendario interrogante. Roto el misterio para la incredulidad de Buenos

Aires, el capital inteligente buscó su acomodo en la tierra conquistada.

Se extendió el horizonte de la ganadería, se abrió paso a paso, llevando

con sus rieles civilización y bienestar. Y bien: no se ha hecho toda la

conquista. Las pampas del oeste esperan todavía, como el bíblico solar,

el advenimiento transformador. Malos gobiernos, iniciativas débiles,

indolencia oficial y privada, han sido los factores negativos puestos

como una infranqueable barrera para la prosperidad de aquellos campos.

Por eso, cuando aparece una figura de garra, que se levanta como la

sombra de Anteo a retar el obstáculo, el escepticismo intolerante no

admite en la acción nueva el propósito levantado, sino la tentativa

especuladora y aviesa.

Tal habrá ocurrido a ese hombre de envergadura, a ese gran francés, tipo

de los modernos colonos del Madagascar, don Alfonso Capdeville. ¿Y quién

es Capdeville?--preguntarán los burócratas de todo el país, los

afincados cómodos que pasan el día mirándose la panza como los

fetiches.--¡Pues nadie!... Capdeville fué el fundador de Telén, buscador

del vellocino que plantó su tienda--qué decimos: ¡su castillo!--treinta

leguas más allá de los últimos durmientes del ferrocarril; que dió

impulso formidable a una inmensa comarca; que depuró de bandidaje los

campos, allanó los caminos y llevó el intercambio comercial hasta los

puntos más remotos del oeste, hasta Colonia Mitre, hasta el Odre, hasta

Santa Isabel, Algarrobo del Aguila y la Copelina. Y después de dar

vitalidad a toda esta región, de organizar su comercio, de estabilizar

una nutrida población, fomentar las industrias rurales, valorizar la

tierra, fundar bancos y propender a todas las iniciativas, envuelto en

la veleidad de los negocios--¡Anteo, al fin!--va a poblar el

establecimiento El Sosneado, llevando, como un águila, el empuje de su

espíritu civilizador hasta los valles mendocinos del sur, ignotos y

feraces.

El tren del Oeste no llegaba a General Pico aun, cuando Capdeville

planta la primera piedra de la naciente población. Como medida previa,

se organiza un servicio de comunicaciones y pasajeros entre Victorica y

Telén, a base de las diligencias bisemanales en comunicación regular y

directa con la capital del territorio. Para el transporte de las

mercaderías y productos regionales, se establece un servicio de tropas,

nutrido y bien aviado. Pero esto no era el desiderátum para la economía

vecinal, destinada a una costosa edificación con el encarecimiento de

los materiales. Capdeville, que no sabe abandonar a los suyos, afronta

con valentía las dificultades preliminares y da el ejemplo en la

empeñosa labor. Su casa, sita en el punto más alto de Telén, no es una

casa: es una montaña, aferrada al suelo como un sello inconfundible de

estabilidad. Con esta fábrica, que parece una ciudadela, se inicia la

edificación urbana. Sigue su casa de negocio que abarca una manzana con

amplio hotel, talleres de carpintería y herrería montados con

maquinarias modernas y una barraca de frutos con prensa hidráulica y a

donde por muchos años, vino a volcarse la cosecha de lanas de toda la

región hasta los límites con San Luis y Mendoza. Complementan estas

construcciones hechas a todo costo, los edificios para el correo y la

escuela. En este tren vertiginoso de progreso, nada de extraño es que

Telén sea el primer pueblo de la Pampa que haya tenido luz eléctrica.

¡Bello apresuramiento esta electrificación de su alumbrado público,

cuando aun no había llegado el tren! Esta sola nota da la medida del

gran espíritu de su fundador.

Conjuntamente con estas primeras manifestaciones edilicias, se daba la

nota amable con la plaza pública que es un primor y la que fué necesario

tapiar con una pared de un metro de alto, para resguardar contra los

vientos las plantas exóticas que dieron tonalidad y alegría a sus

jardines. La iglesia parroquial, de tipo elegante, reclamó para su

construcción, una suma no menor de 50.000 pesos. Fueron tiempos felices

aquellos de la infancia de esta interesante población, cuando la

abundancia fué nota característica de una creciente prosperidad vecinal,

y la gran casa del señor Capdeville, verdadero emporio y verdadero banco

de la zona, vió eternamente en sus canchas de embalaje y en las calles

adyacentes, hasta cincuenta carros diarios cargando y descargando

mercadería.

Fué quello una racha de bienestar para todos los pobladores, situación

que se hizo más accesible con la fundación del Banco de Crédito Rural de

Telén, establecimiento constituído por acciones y con un buen capital.

Este banco trabajó seis años holgadamente. Con el decaimiento de Telén

clausuró sus operaciones, estando actualmente en liquidación.

Son estos, en síntesis, los primeros pasos de Telén. Pero, como todas

las obras personalísimas que llevan el sello inconfundible de sus

gestores, Telén sintió el vacío, cuando reveses de fortuna alejaron de

su seno a su esforzado fundador y “alma mater” de aquella brillante

iniciación. Hoy ha decaído. Pero somos optimistas sobre el futuro que le

está reservado todavía. Telén supervivirá al sacudón y al

amodorramiento. En esta parálisis en que vegeta hoy, son diversos los

factores que operan con fuerzas negativas, pero que irán desapareciendo

poco a poco.

Capdeville no fué un visionario. El tenía fe en el éxito de la aventura.

El sabía que el triunfo de Telén sería definitivo, cuando los campos

circundadores cayeran en cultivos. La agricultura haría el prodigio.

Pero la agricultura se ha retardado demasiado, y esto no estaba en los

libros del señor Capdeville. ¿Por qué se prolonga esta evolución que

tiene que venir fatalmente? Porque el latifundio ahoga todavía al centro

urbano. Y los terratenientes, que antes de fundarse Telén, hubiesen

realizado sus campos por dos cobres, una vez floreciente el centro

urbano, se dejaron llevar por el optimismo y pidieron cifras fabulosas

por su heredad. No se pudo subdividir y en consecuencia, no se pudo

sembrar.

Cuando esto ocurra, Telén renacerá con más vigor.

Nuestra Pampa; libro de lectura · 第 109 / 233 题