Aprovechamos la mañana primaveral para visitar el establecimiento
ganadero La Morocha de don Armando L., distante cuatro leguas de
Victorica. El camino tenía sus trechos de pesado arenal. Ya en la tarde
anterior, el auto que nos conducía, no tuvo fuerzas para trasponer el
médano, acostado como un dragón sobre la carretera. Y nos vimos
obligados a regresar a la población, a pie. Pero este birlocho que nos
conduce ahora es ágil y son fornidas las bestias que lo arrastran.
Volvemos a cruzar sobre la duna brava, bordeando el deslinde de La
Morocha hasta las primeras matas del gran monte. Torcemos de allí a la
izquierda. A poco andar, la depresión del terreno, dilatándose hasta el
horizonte, se abre ante nuestros ojos en amplia vega. Abajo, en los
cuadros de alfalfa, faenan los carros forrajeros. La horquilla de los
emparvadores levanta el henar, oreado ya, para hacer los almiares. La
estancia emerge como una cenefa a espalda del valle destacando sus
umbrosas alamedas.
Bajamos. No son las siete de la mañana todavía. El establecimiento está
en plena labor. Junto a los galpones, el personal acondiciona, en parva
enorme, la alfalfa del valle. Un hijo de don Armando, joven y bien
plantado, que no puede negar su tipo francés, capitanea el grupo. Con él
paseamos por las calles del parque bajo los enormes carolinos y árboles
de importación, cuya convivencia en el solar ha de haber costado
ingentes sacrificios. Es una nota de buen tono este parquecito, propia
del espíritu francés, no muy peculiarizado por las iniciativas, pero
inteligente, fino y amante de la comodidad. El verde tornadizo y amable
suple en el parterre artificiado y en la variedad del adorno arborícolo,
la exigüidad del jardín, incapaz de ser pródigo bajo el azote de los
vientos fríos o del ardor tropical.
Momentos después departíamos con don Armando.
--La ganadería mestizada en esta zona--nos dice--se inició en 1900. Se
organizaron en aquella época algunos establecimientos de crianza e
invernada. Los preliminares, sin duda alguna, se deben a don Alfonso
Capdeville, quien diez años atrás, en 1890, dió el primer envión a la
industria ganaderil de la comarca.
“En 1902, es decir, dos años después de haber formalizado este
establecimiento, traje de Inglaterra dos toros puros. Fuí, en
consecuencia, el primer ganadero de la zona, que tentaba el ensayo de la
alta mestización, en contraposición a todos los inconvenientes
imaginables. Estos sementales vinieron en tren hasta Santa Rosa. De
Santa Rosa aquí fué menester traerlos a pie. Para este traslado se
empleó más de un mes. Traerlos en carretas, con los malos caminos de
entonces, hubiera sido poco menos que imposible. Vinieron pisada sobre
pisada, sin molestarlos cuando no querían caminar y con el consiguiente
convoy de auxilio, carro de forraje y carro aguatero. Cada uno de estos
ejemplares me había costado alrededor de 6.000 pesos.”
Nos imaginamos la importancia de este prolegómeno de la industria, que
fué sin duda, el precedente alentador, que desbrozó el camino a los
demás ganaderos de la zona.
A estos sementales fundadores, siguieron otros toros importados, que
apresuraron la tecnificación de las haciendas. El primer lote de vacas
casi puras, que vino a romper el sello criollo de la ganadería
comarcana, estaba compuesto de 80 ejemplares de tipo Durham, que
procedían de la cabaña Stenz de Vedia, en la provincia de Buenos Aires.
También a este selecto plantel le tocó su parte de odisea en una arreada
desde Buena Esperanza hasta La Morocha.
Actualmente el establecimiento, que dedica su atención a crianza y
engorde, conjuntamente, tiene un total de 1.500 vacas Durham.
Podría argüirse que esta cantidad de ganado es ínfima para una extensión
de 17.000 hectáreas que comprende el campo de La Morocha. Pero en esta
superficie cuya mitad está invadida por el monte talar, no han
prosperado en la forma anhelada los alfalfares, debido a los años de
persistente sequía. Don Armando nos informa, con cierto escepticismo,
sobre el resultado de sus cultivos forrajeros.
--La alfalfa da bien, siempre que la lluvia sea pródiga--nos dice.--Hay
que refinar el campo paulatinamente, pues por la flojedad de la tierra,
resulta que con un par de aradas se forma médano. Al comienzo sembramos
de 6 a 7.000 hectáreas. No llovió y se perdieron. El agua es
problemática, además. Las napas corren de diez a quince metros, pero
suelen estar a profundidades no menores de cien. El anterior fué un año
pésimo para la alfalfa.
--¿Y este año?--interrogamos.--Porque el cuadro próximo a la estancia es
un primor...
--Vea usted lo que ha ocurrido con ese cuadro. En el mes de mayo,
imbuído del pesimismo anterior, sembramos ese campo, pero a la de Dios
que es grande: sin arar la tierra. Se empleó solamente la rastra de
discos, tanto para desparramar la simiente. Y ahí tiene usted: la
alfalfa es una maravilla. El prodigio lo ha hecho la lluvia; ni más ni
menos.
--¿Y cuál es el promedio de lluvia en la comarca?
--En 1915 llovió 467 milímetros; en 1916, 244; y en lo que llevamos de
1917 hasta octubre, 363 milímetros.
Como se ve por estas cifras, no es la escasez pluvial lo que ocasiona el
fracaso en los forrajes; es la falta de oportunidad en las lluvias. Así
vemos que con un milimetraje tan exiguo como el que registran estos tres
trimestres, los alfalfares de mayo han alcanzado una lozanía
excepcional, con sólo aventar la semilla y distribuirla en la tierra con
un rastrillaje superficial.
No siendo hasta ahora de un resultado seguro la alfalfa, el
procedimiento de los silos no se ha puesto en práctica aún. El almiar es
un depósito más inmediato para los momentos apremiosos del ganado.
Arguye, además el señor L., que para los silos subterráneos no se presta
el suelo, por su falta de densidad. La arena es un inconveniente
insalvable, según su opinión.
Nos explicamos que este espíritu de hombre de progreso, trabajado por
ingratas alternativas en el rendimiento de su labor rural, tenga su
poco de pesimismo, después de haber afrontado con voluntad serena
aquellos difíciles preliminares del refinamiento ganaderil. Tal vez
dentro de aquella acción tesonera ha faltado un poco de iniciativa para
alternar los cultivos del campo con rendimientos de otra naturaleza, o
un empecinamiento cerrado ha circunscripto la constante labor alrededor
del círculo vicioso de cebar vacunos en alfalfares problemáticos. Y no
se puede tomar como ejemplo, ninguna desilusión aquí en Victorica, donde
cuarenta leguas afuera hay establecimientos como Ventreucó con diez y
seis leguas de campo destinadas a cría y engorde y a donde ha ido a
plantar alambrados con postes de fierro la garra inglesa, valiente y
tenaz.
--¿Y el monte?--interrogamos.
--El monte he dejado de explotarlo--nos dice el señor L.--Hoy por hoy,
no rinde la leña como negocio. Son malos los caminos. Son pesados los
fletes...
Momentos después nos despedimos de don Armando y de su hijo. Ascendimos
por el camino. Ganó el “charret” la loma. Desde la meseta volvimos la
vista atrás. Abajo, en el valle, verde como una esmeralda, levantaban el
henar los horquilleros, mientras los pájaros silvestres saludaban la
mañana radiosa con una pastoral...