La colonización ganadera en los departamentos de Leventué y Chalileo--es
decir la extendida comarca comprendida entre Victorica y la ribera del
Salado--va tomando cuerpo día a día. Los pobladores de esta región son,
en su mayor parte, criollos. Mientras las sementeras inician sus
primeras tentativas, con resultados halagüeños en la parte oriental,
adelantándose el ferrocarril que unirá a Victorica con Santa Rosa, los
hijos del país, ganaderos nativos, se aventuran al oeste donde abundan
los campos de pastoreo. Y no se sospeche que es una reticencia criolla
este aspecto silvestre de la industria ganadera, demasiado tecnificada
en la región para que pudiera creerse regresiva. El criollo no es
agricultor; y si con resultados exiguos ha de ser arrendatario en los
campos próximos al poblado, prefiere habilitaciones o medianerías
ventajosas, lejos, eso sí, pero con libertad. ¡No es para la jaula esa
ave nacida en la soledad infinita de los campos! Y no le creáis ni
hosco, ni atrasado, ni tímido.
--Nuestro criollo--nos dice un respetable vecino de Victorica--se ha
modificado mucho. Es generoso, como siempre, pero no derrochador. La
vida cara le ha llevado a la economía sin estrechez. Ya no es el nómade
de que habla la leyenda campesina. Se arraiga, refina y cuida su
hacienda como el mejor ganadero. Para defender sus productos, se ha
hecho comerciante. Lee o hace leer los precios y el movimiento del
mercado. Trae sus animales a las ferias; y, lo que hubiera parecido
increíble hace algunos años, deposita el excedente de sus operaciones en
caja de ahorros del Banco de la Nación.
Tal, en pocas palabras, es el criollo del noroeste, difundido en un
setenta por ciento en la población general de aquellos campos.
En lo que no se ha estado acertado es en la organización de algunas
colonias, malogrando, desgraciadamente, las energías de numerosos
pobladores. La colonia Epumel (su verdadero nombre debería ser Epumer),
fundada hace diez años, constituyó al principio un foco de atracción
para una apreciable masa de modestos ganaderos. Se loteó la tierra en
fracciones de 600 hectáreas. Pero fué una organización a ojo de buen
cubero, sobre el mapa, como quien dice, y desconociendo en absoluto, las
condiciones de la tierra. No se hizo esperar el fracaso. ¡Ah de los
pobres colonos con el agua a 100 metros de profundidad! Fué doloroso el
engaño bajo la sanción formal del gobierno. La colonia Epumel está hoy
casi abandonada, a pesar de la oferta seducente de ventas fáciles y por
grandes extensiones. No podía ocurrir de otra manera en aquellos
terrenos donde un jagüel cuesta de 4.000 a 5.000 pesos, y si es un
semisurgente, algo más.
Tal fracaso se debe única y exclusivamente a la forma inconsulta de
organizar esta colonización, sin haber antes estudiado con empeño la
calidad de las tierras y sus facilidades para los cultivos. Campos
linderos a Epumel, que han sido fiscales, son hoy praderías
artificiales, debido a las ventajas del subsuelo y a la proximidad del
agua. Citemos algunos establecimientos: Pichimericó, Los Manantiales,
Los Cerrillos, etc., todos de la sección 13.
Algo parecido a Epumel ha ocurrido a la colonia Mitre, cuyas tierras
fueron entregadas al cacique Morales y su tribu. El agua escasa es la
rémora opuesta a la prosperidad de este valle de tierra feraz. Sólo dos
lotes de chacras son los favorecidos por pozos propicios y en donde la
colonia encuentra, en los momentos precarios, el manantial aplacador que
abrió Moisés en la peña del Sinaí...