Hubo un error capitalísimo en la fundación de Victorica. La falta de un
estudio catastral del terreno y la deficiencia de las cartas
planimétricas levantadas fraccionariamente por el ejército, marginaron
errores de ubicación que acarrearon graves consecuencias. Victorica se
delineó sobre campos de la Ganadera Nacional, en la creencia de que se
trataba de patrimonio del fisco. Este error hubo de subsanarse con una
ley nacional que indemnizó con largueza el acervo privado. Pero ya el
centro urbano, subdividido y loteado, estaba en marcha y su trasplante
hubiera sido un fracaso. El agua buena, casi al ras del suelo--de 5 a 8
metros de profundidad--era su principal incentivo. Sus predios
suburbanos, por lo demás, eran dóciles a la labor, blandos y feraces,
con condiciones de primer orden para los cultivos hortícolas. El égido
original comprendía 248 manzanas, divididas en cuatro solares cada una y
150 lotes de chacra de 100 hectáreas.
Cuando la obra miliciana tocó a su término y fué menester retirarse y
entregar el nuevo pueblo a la acción civil de sus autoridades, los jefes
pobladores, autorizados por la superioridad, entregaron a las tropas,
certificados por los cuales se les concedía en propiedad solares y
chacras. Los héroes, sustanciada tan brillantemente la campaña, buscaron
el abrigo del rancho propio, trocando el fusil por el arado. Confiados
en la modesta recompensa, construyeron sus poblaciones, labraron sus
dehesas, y esperaron que la escritura, que era lo propio, canjeara en
definitiva el certificado eventual. Pero como aquel comisario pagador
largamente esperado por los milicos de la frontera, la escritura no
llegaba nunca ni ha legalizado todavía la posesión del solar...
Con incertidumbre, con pesimismo, frente a la regresión propia del que
cultiva para que coseche el vecino, se inicia la odisea de aquellos
hombres de labor arraigados al suelo, firmes en el rudo bregar, pero
huérfanos de todo estímulo y de toda protección. Se registra, por fin,
una ley confiriendo atribuciones a todos los municipios de la Pampa para
conceder y escriturar las tierras perimetrales a los pobladores que
estuvieran dentro de la ley--es decir que hubiesen alambrado, poblado y
hecho un pozo dentro de la posesión.--Pero esta legislación fué,
sencillamente, un paliativo. Concurrieron los pobladores de Victorica.
La intendencia les dió títulos, pero títulos provisorios que no pudieron
canjearse por definitivos.
¿Qué hace el gobierno nacional después? Anula la ley con un decreto y
procede con el criterio más injusto y desprovisto de toda equidad, a la
anulación de las tierras del égido y a ponerlas nuevamente a la venta.
Victorica había pasado ya sus días de prueba. Su infancia, difícil y
gloriosa, se trocaba en floreciente juventud. No era ya la alquería de
los primeros tiempos. Era el núcleo social, lozano y fuerte, que no
podía detenerse en el remanso como la piedra del arroyo. El conglomerado
de casas, había alcanzado su tonificante edilidad. Era fuerte su
comercio, fácil su vida, manifiesta su prosperidad y su labor. Casas de
mampostería en reto a los ranchos fundadores, carreteras expeditas y
ampliadas por el tráfico, irradiando como un sistema arterial por la
inmensa campiña; plantaciones y arbolados, estancias y sembríos. Tal era
el exponente de aquella joven población, cuya influencia debía pesar en
forma definitiva sobre el dominio conquistado ansioso de civilización.
Pero estos títulos no debieron ser suficiente timbre de honor para el
gobierno nacional, que en forma tan inconsulta borraba de un plumazo el
sacrificio de aquellos valientes pobladores. Se puso en vigor el
decreto, violatorio de la ley. Volvió a transarse la tierra. Y como la
mayor parte del vecindario había poblado de firme, muy pocos pusieron
resistencia a este “atentado”, que venía a poner cada propiedad frente
al remate compulsivo por deudas ilusorias al fisco... Y se dió el
ejemplo, poco edificante para el Estado, de que hubo propietario que
pagó más de dos veces su solar, siendo notorio el caso de doña Carmen
Orozco, la sargento mayor del ejército expedicionario doña Carmen
Orozco--¡oídlo bien!--esposa de militar, quien ha pagado cuatro veces el
valor de su propiedad. ¡Ingrata recompensa!...
Por repetidas veces la dirección general de tierras, mandó sus
inspectores en tren de investigación más que de arreglo. ¿Qué se ha
hecho hasta ahora? Nada. Los pobladores siguen reclamando
infructuosamente sus derechos, a pesar de haber cumplido con la ley.
Esta circunstancia, de inestabilidad posesoria, imposibilita las
operaciones bancarias y comerciales, por la dificultad, en caso
necesario, de disponer como responsabilidad, de la garantía raíz que es
lo corriente en esta clase de transacciones.
Un caso concreto y que da la pauta de este desbarajuste, es el ocurrido
a don Luis G., viejo poblador de Victorica. G. que tiene una hermosa
casa edificada, posee dos títulos de propiedad de su terreno: uno,
firmado por la municipalidad; otro por el ministerio de agricultura
(dirección de tierras y colonias). Un buen día recibe este poblador una
nota de tierras y colonias compeliéndole a que en el término de treinta
días “arreglara su situación". De otra manera se daría por caducada su
ubicación en el terreno. ¿Qué situación? Se pretende, acaso, que este
progresista vecino pague por tercera vez su terreno? ¿O es que esta
odiosa situación no lleva miras de acabarse nunca?
No deja de ser interesante este otro caso: la manzana donde está la
municipalidad, la biblioteca y el templo parroquial, frente a la plaza,
fué edificada por el ejército y con el contingente de algunas dádivas
particulares. Allí estuvo el cuartel del 9 famoso. La iglesia, que
aparentemente tiene zanjada su situación posesoria, mediante una
escritura otorgada por tierras y colonias, tiene, según este documento,
derecho a todo el solar de 50 × 50. Con esta superficie invade el local
de la biblioteca.... ¿Irá la biblioteca a la calle con sus 3.000
volúmenes y su gran simpatía popular? Sería curioso... Pero ha de
primar el buen tino, y el obispado platense, a cuya diócesis corresponde
este templo, no ha de permitir el alegato entre tan altas instituciones.
Debe terminar de una vez este estado inestable de la propiedad privada,
que tanto afecta al desenvolvimiento de Victorica. El presidente de la
República, doctor Hipólito Irigoyen, que con austera equidad, se ha
avocado el conocimiento y solución de los viejos pleitos de la tierra
pública, debe tender sus ojos a este pueblo, lleno de esperanza y de
gloria, reparar el error de los predecesores y darle de una vez el poco
de justicia que reclama.