La primera impresión agradable que nos da Victorica, la recogemos en la
plaza pública. Es el obelisco a los héroes de Cochicó, mojón más que
monumento, donde el alma popular ha significado su espontánea
glorificación al puñado de valientes que cayó en la jornada del 19 de
agosto de 1882, inmolado por las lanzas de Yancamil. ¡Loado sea el
pueblo que venera a los humildes!
Sin duda, historiadores rotundos, ignoráis esta sencilla jornada del
desierto, que venía a epilogar con la nota más cruel y más saliente la
campaña civilizadora. El episodio de Cochicó, trivial para los
resultados generales de la cruzada, tiene una significación
trascendental dentro del espíritu de disciplina del ejército. Demuestra,
además, con harta elocuencia, la necesidad de complementar el éxito de
las armas, con una política gubernamental auspiciosa, que llevara sobre
el rastro de las tribus en derrota, vigilancia, cultivos y población.
El coronel Racedo, con asiento en Villa Mercedes, en parte telegráfico
de 25 de noviembre de 1878, decía al ministro de la guerra, general
Roca: “Le felicito por el resultado de la expedición del comandante
Roca. Ella ha sido tan feliz como la mía. Poco queda que hacer con los
ranqueles.” Roca le contestaba dos días después: “Me parece conveniente
que usted en persona dirija la operación de concluir con los ranqueles.
Váyase preparando y avíseme qué día piensa salir. Creo que ahora estas
marchas deben hacerse despacio para no fatigar los caballos. No deje
perder esta luna. Le recomiendo me lo trate bien a Chancalito.”
Sin embargo, lejos estaban de concluir con la salvaje dominación. Era
muy vasto el país ranquelino, muy lleno de accidentes topográficos y
variado en recursos naturales para que pudiera descuajarse de golpe
aquel imperio montaraz. Faltaban por caer los soberanos Baigorrita y
Epumer. Las armas de la nación, demasiado hacían en aquel inextricable
laberinto, desde los altos médanos de Poitahué hasta los guadales del
Salado, en una extensión salpicada de bosques espesos, de lagunas
salobres, campos abiertos, dunas y collados. Por fin cae Epumer con su
mesnada de 300 jinetes de chusma y lanza. Es el día 7 de enero de 1879 y
lo comunica Racedo desde Río IV. Abandonan los aborígenes sus viejas
guaridas y se retiran al Chadi-Leuvú. Pero falta Baigorrita.
¡Baigorrita! Contra él se lanza el jefe de la vanguardia de la tercera
división de operaciones, coronel Rudecindo Roca y lo persigue a lo largo
del Salado hacia el sur. En Curru Mahuida, le da un indio la noticia de
que el fugitivo con sus fieles, ha vadeado el río y el Atuel. Se sigue
los rastros. Se costea una cerrillada de médanos. Se cruza el abra.
Luego el monte hirsuto. Pero ahí está el río lleno de braveza, hinchando
el lomo y guarnecido por el tembladeral. ¿Quién se azota!... Una de las
comisiones volantes anuncia, por la delación de un indio, hermano del
capitanejo Mariqueo, que Baigorrita debe estar junto a la laguna de
Cochicó. Hay que volver entonces diez y seis leguas por lo menos. Allí
ha de estar el montesino, el ogro, con su hermano Lucho que es su sombra
y su brazo. Y hacia Cochicó fueron nuestras armas. Penosa debía ser la
travesía. Los derrames del Atuel habían invadido con su raigambre de
cañadones una extensa superficie. Diez horas permanecieron nuestros
bravos en el agua un día 25 de mayo frío y ventoso. Pasaron por fin
aquel delta endemoniado. Ganaron una isla, ateridos y hambrientos, para
recomenzar la jornada al día siguiente, no bien se iniciase el sol. ¡No
había que dar tregua al fiero ranquel! El 27 se gana el rastro de
Cochicó. Cruzan el bosque de chañares y jarillas y van a acampar a la
vera de la serranía. Allí se muda de caballos y se vuelve a tomar el
camino hasta la laguna amarga. Un chasque del capitanejo Cumilao,
sorprendido en el monte, denuncia la situación de Baigorrita en Cochicó.
Allí está con Lucho, Fortuna y Cumilao. Pero, no contaban nuestras
tropas con la astucia del indio, que es su naturaleza providencial.
Baigorrita ha huído horas antes, al otear como una fiera perseguida, la
proximidad del ejército. ¿Hacia dónde? A Ranqueló, sin duda. Pero no se
detiene aquí y vuelve nuevamente a burlar a sus perseguidores,
emprendiendo la fuga hacia el Colorado. Le garronearon las pezuñas los
jinetes del 9. Pero fué inútil. El gamo había nacido en las breñas y
tenía el instinto ancestral del bosque. Se escurrió como una sabandija.
--¿Ve esa humareda?--le preguntó al coronel Roca, un ex-cautivo que se
plegó a las tropas frente al jagüel de Las Liebres.--Es Baigorrita que
avisa a sus indios dispersos, encontrarse en la otra ribera del
Colorado.
Dos meses después, en agosto, el gobernador de Mendoza, don Elías
Villanueva, comunicaba al general Roca la muerte del ranquelino. “Cayó
Baigorrita en poder de las fuerzas, después de combate reñido. Huyó con
diez indios, y el mayor Torres, que lo perseguía, lo mató porque no
quería rendirse.”
Este episodio ocurrió el diez de agosto a la margen del río Agrio.
Con la muerte de Baigorrita y el sometimiento de grado o por fuerza de
los grandes caciques, termina el imperio pampeano como entidad
subordinada a la soberanía indígena. Pero no así el bandidaje desalmado
en algunas comarcas. El país ranquelino, quebrado y fértil, lleno de
bosques, de médanos, de serranías y gramillales, era de fisonomía
excepcional para prolongar las montoneras. El chusmaje aborigen,
capitaneado par los últimos lanceros que restó la huída en los
repliegues del camino, por largo tiempo merodeó en la comarca sometida,
no obstante el optimismo de los conquistadores. Y precisamente, a la
guerra sorpresiva que siguió a la acción sistemada, pertenecen los más
bellos y emocionantes episodios militares. El encuentro de Cochicó que
trata de perpetuar este monumento honrado y glorificador de la plaza
pública, tiene los contornos de la epopeya. Se suscribió así aquella
jornada de sangre y de valor. En el mes de julio de 1882, cinco meses
después de fundado el pueblo de Victorica, el comandante Froilán
Leiria, segundo jefe del regimiento 9 de caballería, desplegó al mando
del mayor Nicolás Santerbó en persecución de los indios, una parte de la
fuerza de su guarnición. Cuando estas tropas llegaron a Puelen, es decir
a cincuenta leguas de Victorica, su jefe desprendió
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una partida de 26 hombres al mando de los oficiales tenientes Tránsito
Mora y alférez indígena Simón Martínez. Esta fuerza, con carácter de
exploradora, debía patrullar por Cochicó (“cochi”, dulce; “co”, aguada)
y sus alrededores. Conocedores los indios de esta maniobra, tendieron
su celada. Cuatrocientos jinetes, apostados en las breñas y en el monte,
salieron al encuentro de los atrevidos exploradores. Eran las lanzas del
bravo cacique Yancamil, cuyas depredaciones y salteos no habían
encontrado castigo todavía. ¡Qué lejos estaba Santerbó para el auxilio!
Rodeado Mora y sus legionarios lucharon denodadamente en aquella demanda
desigual de uno contra quince. Agotadas las municiones, inutilizadas sus
armas blancas ante las largas picas y las boleadoras, hubieron de pelear
hasta con las piedras. ¡Qué dolorosa ultimación! Cuando Santerbó,
avisado del encuentro, llegó al lugar de la jornada, habían pasado a la
inmortalidad sus héroes bajo la envoltura sangrienta y gloriosa.
Recordemos sus nombres; Cabos primeros del regimiento 9, Matías Rosales
y Miguel Cardoso; cabos primeros distinguidos, Juan Suárez y Juan
Márquez; soldados Tiburcio Vergara y Liberato Páez; cabo primero del
batallón 10, Francisco López, y soldado Dolores Amalag.
Tal fué el episodio de Cochicó. Tal el monumento sencillo que la
gratitud popular ha llevado a la plaza pública. Los despojos de los
héroes humildes descansan en el atrio de la iglesia. Allí se levantará
el monumento futuro, grande y significativo como la propia acción. Y
cuando la Pampa, dejando su minoría de edad, se incorpore a la diadema
constelada como una nueva provincia--¡gran provincia, sin duda!--y
necesite fomentar el culto de los héroes propios, ya el sentimiento
nativo volverá sus ojos al vallecito aquel, donde dos arroyos, que se
tiran como dos culebras del cerro, ponen sus cintas de plata sobre el
verde tapiz...