¿Hacia dónde se orientará de hoy en adelante, el porvenir de esta
empresa, cerrado su proceso inicial? Hacia la colonización agropecuaria,
o sea la chacra mixta. Razones de orden fundamental aconsejan esta
evolución. De primer intento, se dijera que una razón agrológica, de
economía elemental, viene a imponer la rotación. El proceso cultural de
la comarca, escalonado en el transcurso de una década, ha debido fatigar
algunos predios. La tierra reclamaría su vacación o su variante, para
acrecentar los jugos nutricios sin aminorar el generoso tributo. Pero,
sobre esta razón, que no deja de ser fundamental, hay otra más robusta
aún, de más significativa trascendencia, de carácter eminentemente
económico y cuyos elementos han sido espigados en el campo de la
estadística y madurados en el estudio comparativo de la evolución
universal.
Y por cierto que conviene a los espíritus estudiosos y hombres de
gobierno, seguir de cerca este grandioso y valiente ensayo, en que van a
iniciarse los campos de Trenel, pasando de la época civilizadora y el
triunfo cuantitativo--todo un desiderátum--al período de la plus-cultura
agropecuaria dentro del modelo más completo de colonización que se
conozca.
Opina el señor Prudencio M.--nuevo administrador de la sociedad Estancia
y Colonias Trenel--que a renglón seguido de la conflagración mundial, se
producirá el éxodo en Europa; pero que esta dispersión será momentánea.
La República Argentina sentirá, sin duda, y en primer término la acción
del flujo inmigratorio. Ahora bien: Rusia, cuyas extensiones laborables
son inmensas, va a proporcionar el espectáculo más trascendental de
carácter económico que pueda producirse después de la guerra. El acervo
privado del gran zar, marcó en predios, una extensión de casi el doble
de las tierras laborables de la Argentina. Tan inmenso patrimonio,
secularizado por obra de la divinidad en esta casta privilegiada, donde
veinte y cinco agrónomos, primeras medallas de facultad, pusieron su
ciencia no siempre en cultivos nobles, sino en especulaciones
recreativas para el “padrecito” común y sus cortesanos--pasará a manos
del pueblo y será subdividido en miles de predios, dados en propiedad a
agricultores profesionales. Alemania, que ha culminado en materia de
cultivos técnicos, desarrollará posiblemente--triunfante o derrotada--su
influencia científica sobre las tierras rusas en poder del proletariado.
Encarriladas en su vida normal las naciones, después de la guerra, y con
esta gran fuente de producción rusa, que se incorporará al mercado
universal, el trigo, que ha alcanzado precios excepcionales, sentirá
forzosamente una enorme depresión en sus cotizaciones. ¿Qué debemos
hacer, entonces? Adelantarnos al porvenir, cosa que la inesperada
evolución no nos tome de sorpresa y nos aniquile.
Encarriladas las tierras rusas bajo los auspicios de gobiernos
populares, nada de extraño es que se produzca el reflujo emigrador y se
dirija hacia aquellas latitudes la corriente trabajadora que nos envía
Europa. Rusia, cuantiosamente rica en tierras de pan llevar, dilatadas
comarcas extendidas hasta los confines siberianos, poseedora en el
subsuelo de enormes yacimientos de fosfatos que constituyen los mejores
abonos naturales, tiene que congregar, forzosamente y bajo gobiernos
reparadores, la ola flotante del trabajador universal que busque
bienestar y convivencia en el suelo productor. Y si no es desacertado
pensar en que Alemania pueda ejercer su influencia cultural agraria en
aquellas inmensas tierras, fácil será echar un cálculo sobre el porvenir
industrial que le está reservado a la Rusia moderna, tan rica, tan
amplia, tan abierta hoy a las especulaciones del trabajo. Sobre la
posibilidad de que se consagre en el hecho esta hipótesis, es bueno
tener presente de que Alemania ha dado la nota más alta en materia de
perfeccionamiento de los cultivos. En materia de abonos gasta por
hectárea lo que consumen juntos Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda e
Italia. Se explica así la creación de su gran industria del azúcar de
remolacha y que haya culminado en el rendimiento de sus trigos. Mientras
Alemania produce 3.000 kilos por hectárea, Estados Unidos ha alcanzado
al máximum de 2.800 y la Argentina sólo a 600 u 800.
Estas juiciosas opiniones, resultado de una observación madurada y
científica y que nos trasmite esquemáticamente el señor M., mucho tienen
que ver con la nueva orientación que se ha resuelto imprimir a los
campos de Trenel. Sin duda alguna, la situación actual de la República
es transitoria. La transición de país importador a exportador, operada
en el transcurso de cuarenta años, tiene su explicación lógica a través
del proceso universal. Nos ha favorecido en estos últimos años la
situación general de los grandes países productores, de Estados Unidos
que necesita para sí de sus cosechas; de Australia y Canadá que
responden a las exigencias consumidoras de las Islas Británicas. Nuestra
condición productora es única en estos momentos. Pero hete aquí que la
renovación rusa viene a plantear un gran interrogante sobre el destino
que le está reservado de inmediato a nuestra industria agrícola. ¿Será
aventurado pensar que pueda producirse una superproducción? Y si esto no
resultara una paradoja, sabemos por experiencia, en carne propia, lo que
importan estos problemas. Ya los palpamos hace años con los cañaverales
del norte y los hemos vuelto a sentir recientemente, con la industria
vitivinícola de Cuyo, desmonetizada por la fiebre expansiva de los
viñadores.