Se ha iniciado la siesta. El sol se derrite en polvo de oro y fuego
sobre la campiña aletargada. Ni la más leve brisa mueve las hojas. En
cómodo “break”, arrastrados por fornidas trotonas, vamos a recorrer los
potreros. Bien pronto se pierde de vista la estancia entre las
ondulaciones del campo. Algunos accidentes del terreno nos informan de
viejos arenales, estabilizados ya. El señor G. usa para ello el
procedimiento más viable: el alambrado precaucional conjuntamente con el
cultivo de centeno, la plantación de álamos erectos o cañaverales.
Los alfalfares están espléndidos. El año ha sido excepcional por las
lluvias oportunas y abundosas. Para renuevo de los alfalfares se
recultivan los potreros durante uno, dos o tres años, con maíz, avena,
centeno o caupí, produciendo con estos, forrajes en verde, seco, grano y
silo. Es un procedimiento previsor que pone al reparo de toda
emergencia.
Llegamos al local de los silos en donde trabaja a esa hora la máquina
trituradora “The Ross”, movida por un motorcito de seis caballos. Junto
al silo, casi a llenar, y alambrado por medio, una cuadrilla emparva el
forraje recién henado. Es fuerte la faena bajo aquel sol canicular.
Desde el preodo, donde la dejó la cortadora, es conducida la alfalfa en
montículos de dos y tres toneladas y mediante una sencilla rastra de
cadena. Un aparejo la eleva hasta la parte superior del almiar, prendida
a su gran horquilla, mientras un niño ejecuta la labor de manejar el
caballo que hace funcionar el guinche.
En el silo próximo, la obra es más mecánica y rendidora. Junto al foso
de 15 x 5 x 2, abierto al suelo, trabaja la máquina picadora. El pasto
introducido en su buzón por una garrucha de madera tableada, sale
desmenuzado inmediatamente para recibir la influencia del ventilador,
que por un tubo de metal liviano lo expele a distancia graduable. En
esta forma se va llenando el foso. La alfalfa así almacenada, excede
como un metro a flor de los bordes del foso. Luego se cubre con la misma
tierra excavada, dándose a este revoque un espesor de 40 centímetros. He
ahí el silo subterráneo, de remoto origen, pero cuya exhumación para las
prácticas agrícolas en el uso de forrajes, se le debe a los Estados
Unidos. Tres o cuatro meses después puede utilizarse el pasto así
almacenado, con resultados ventajosísimos y cuando el invierno suele ser
cruel para los campos.
El señor G., que es un gran propagandista de este sistema de
conservación del forraje, hace dos años que practica los silos.
--Al principio--nos dice--no faltó quien tildara de locura mi ensayo.
Pero cuando ralearon los campos, con el inviernito que nos tocó
soportar, alguien se acordó que mis silos podían ser una solución.
--¿Y cuántos silos hay en el campo?
--Actualmente diez; pero pienso hacer de 60 a 80, por el mismo
procedimiento, que conceptúo lo mejor. Estos silos serán distribuídos en
los potreros, de manera de facilitar el reparto del forraje cuando se
necesite. El reparto se hace en comederos con un 50% de economía en el
pasto.
Piensa el señor G. ensilar el maíz que ha cultivado en 60 hectáreas y
las 60 hectáreas de caupí.
Regresamos a la estancia a la hora del té. Nuestro coche corta a campo
traviesa por sobre el mullido alfalfar. En algunos potreros, las manadas
curiosas se acercan a nuestro encuentro y vienen a olfatear a nuestras
yeguas de tiro. El sol castiga con menos impiedad. Pasamos junto a una
aguada. Luego bordeamos el campo de centeno que comienza a amarillear,
poniendo un tono nuevo al eterno verdor...