Hemos visitado el enorme establecimiento. Recorriendo sus amplios
galpones construídos de acuerdo con la última palabra de la higiene
zootécnica, sus cuadras cómodas, sus porquerizas, sus maestranzas, desde
el escritorio a la lechería, desde los silos a la manga, desde el
parque, donde el culto al árbol difundido en bosque inmenso, revela el
espíritu superior de sus propietarios, hasta el médano, inmóvil ya con
los abrigos forestales, hasta la lechería, hasta los potreros
florecientes, lozanos, llenos de alegría y de verdor; recorriendo todo
esto, no podemos menos que laudar con sentimiento argentino, la obra del
valiente industrial, del precursor, que contrarrestando todos los
inconvenientes de la Pampa desolada de hace tres décadas, trajo hasta
aquí energías, capitales, civilización.
Lamentamos de verdad, no poder admirar el conjunto de novillada selecta
mandada días atrás a Buenos Aires al concurso de hacienda gorda.
Suplimos esta falta, con el espectáculo de un plantel de vacas finas que
pacen en un potrero próximo a la estancia y cuyo enorme tipo,
plasticidad y suavidad de líneas, dan idea de una prole excepcional.
Nos interesamos vivamente sobre el resultado de los silos. Santa Aurelia
practica el ensilaje de la alfalfa en dos formas: en siles de madera de
pino colorado (The Mac Clure Company) y por un sistema especial del
establecimiento. Consiste el procedimiento en emparvar el pasto verde.
Luego de hecho el almiar, se cubre herméticamente con chapas de fierro
galvanizado, ajustándose luego por medio de torniquetes, de manera de
prensar el forraje, evitando la entrada del aire. Este procedimiento ha
dado muy buenos resultados, allanando la faena de la distribución. Los
silos de madera (dos) pueden contener 120 toneladas de alfalfa cada uno.
Son de forma cilíndrica como los de cemento armado y más económicos en
su construcción.
Iniciamos nuestra excursión por el campo con la visita a un médano
vecino, a medio estabilizar. En resguardo se han plantado allí 275.000
estacas de álamo de Italia. Sin duda este procedimiento tiene no sólo la
ventaja de rescatar para los cultivos, el terreno inestable, sino que
crea el monte, capaz de ser una industria lucrativa, a la vuelta de ocho
o diez años.
Para el arraigo de las dunas se ha puesto en práctica el procedimiento
de cultivos de caña de Castilla. Un médano de 76 hectáreas que hace
cinco años era un Sahara y que amenazaba con correrse a merced del
viento, inutilizando vegas vecinas, se vió, de pronto, atrincherado por
este tupido carrizal. Y ahí ha quedado el pobre, vencido, esperando el
arado y sin fuerzas para levantar una arenilla deleznable. Este ensayo,
tan provechoso, sencillo y de un tan rápido resultado, debe ser tomado
en cuenta por los agricultores de la Pampa como el medio más eficaz para
detener las arenas, después de la simplicidad primitiva y provechosa de
los cultivos de centeno.
Visitamos la lechería y quesería, establecimiento complementario, en
donde con la base de 100 lecheras se elaboran 60 kilos de queso diario,
producto que tiene su venta acreditada en Buenos Aires. Luego destinamos
breve tiempo a ver el funcionamiento de la manga, sistema novísimo de
bretes, donde con ahorro excepcional de tiempo y de brazos, se puede
realizar todas las faenas rurales: marcar, descornar, pesar, apartar,
bañar, tusar, curar, etc., la hacienda, tanto lanar como vacuna y
yeguariza. Este brete cuesta alrededor de 18.000 pesos.
Rematamos nuestra gira visitando la escuela, terminada de construir en
el mes de julio, contando en la actualidad con 50 educandos. Este
edificio, tipo norteamericano, estilizado y elegante, ha sido donado al
gobierno de la nación, con el terreno correspondiente, bancos y útiles,
por el propietario de Santa Aurelia. La enseñanza se reduce, por el
momento, a los dos primeros grados. Como tipo de escuela, no se puede
pedir nada más completo, obedeciendo a las exigencias de la pedagogía
moderna. De acuerdo con la limitación de sus aulas, es el edificio
escolar más hermoso y apropiado de la Pampa.
De las 12 leguas de campo que comprende este gran establecimiento que
acabamos de visitar, hay 26.000 hectáreas alfalfadas; 2.000 cultivadas
con cereales por administración y 2.000 por chacareros que pagan un
arrendamiento equivalente al 14% de sus cosechas. En haciendas, además
del cuantioso número de vacunos ya mencionados, hay 4.000 ovejas
Lincoln; 1.500 yeguarizos Clydesdale; 200 ejemplares de ganado asnal y
más de 200 porcinos Berkshire.
Las 30.000 hectáreas de campo están divididas en 130 potreros. Hay 76
molinos y 11 puestos para distribuir las labores rurales, 74 kilómetros
de teléfono de doble línea, ponen en comunicación directa todas las
dependencias de esta gran estancia que hace honor al territorio y honor
al país.
Después de esta reseña que suponemos dá la impresión aproximada de este
establecimiento, huelga la sugerente laudatoria. Aquello es,
sencillamente, un gran emporio industrial. Pero caeríamos, sin duda, en
omisión si a la apología sincera que nos merece tan bella fuente de la
grandeza nacional, no ligáramos el perfil de su héroe, de su denodado
gestor. Su propietario pertenece a la pléyade los precursores. Se inicia
con nuestra evolución y sigue su proceso como eficiente factor,
compenetrado del porvenir de la República. Llegado niño a nuestras
playas, se inicia muy joven en el comercio. Bien pronto su laboriosidad,
su práctica en los negocios, su clara inteligencia unida a su carácter
tesonero y su honestidad--virtud máxima de aquellos felices tiempos del
viejo Buenos Aires--le llevaron a un puesto destacado en el mundo de los
negocios. Su importante casa de consignaciones y almacén mayorista
afianzaron su reputación comercial y le dieron la base de su gran
fortuna. Seguirlo paso a paso a través de su larga actuación en la plaza
sería ímproba labor. Baste decir que su nombre está ligado a infinidad
de iniciativas de carácter bancario, económico y social, a numerosas
empresas mercantiles, a cuanta sociedad anónima ha buscado en él el
impulso directriz y la influencia decisiva del capital y sobre todo a
la evolución edilicia de la metrópoli, a cuya estética y expandimiento
urbano ha contribuído como progresista, fuerte y antiguo propietario.
Pero, donde su obra, a nuestro entender, adquiere contornos más amplios
y sobresalientes, es en la industria ganadera. Basta mentar este gran
establecimiento pampeano, además de diversos establecimientos en las
provincias de Buenos Aires y San Luis, para adjudicarle uno de los
primeros puestos entre los “pioneers” de la grandeza nacional. Y he ahí,
precisamente, la silueta del precursor, afianzada en los prolegómenos de
nuestra ganadería científica, piedra angular de la riqueza del país.
Otros antes que él, habrán, posiblemente, iniciado ese gran paso del
perfeccionamiento ganaderil, pero nadie podrá aventajarle en valentía
para afrontar la evolución, desde su aventura de llevar toda su fe y su
energía al desierto hosco y apenador de hace treinta años y convertir al
baldío en el establecimiento más completo y educador, hasta el gesto
significativo de adjudicar el precio mayor del mundo por un ejemplar
bovino, lo que importa, a nuestro entender, la mejor propaganda que
pueda hacerse de nuestros productos ganaderos ante el mercado del mundo.