Hasta aquí la interesante descripción del señor P., tan gráfica como
llena de sencilla emoción. Así fueron los prodromos de Pico. La pequeña
población comienza a tomar contornos, a edilizarse con rapidez
vertiginosa. Los solares fueron vendidos desde 25 centavos a 2 pesos el
metro cuadrado; las quintas, desde 85 pesos a 300 y las chacras desde 58
a 92. El ferrocarril del Oeste comenzó a descargar diariamente sus
convoyes con materiales de construcción. Brotaron casas y galpones como
por obra de magia. Cuatro hornos de ladrillos, iniciados a renglón
seguido de los primeros remates, no daban abasto para satisfacer las
exigencias del florecimiento urbano, sin precedentes en el territorio,
por su celeridad. Y como todo fué obra de la improvisación, no faltaron
tampoco, los trances angustiosos que pusieron su nota de incertidumbre
en el espíritu de los valientes pobladores. El trazado del ferrocarril
Pacífico, a punto estuvo de sufrir una transformación, llevando su paso
a nivel con el Oeste, a dos leguas de Pico o sea en el deslinde de Las
Liebres. Felizmente, primó el buen criterio de la empresa y el cruce
vino a favorecer la incipiente población, poniéndola en contacto con los
puertos de Bahía Blanca. Diez y ocho meses después de la fundación de
Pico, este ferrocarril inaugura la línea con su servicio regular de
pasajeros y carga. A partir de esa fecha, toma la población un
incremento considerable. Y mientras el centro urbano se intensifica y se
embellece, las colonias circunvecinas, acrecientan sus labores, se
pueblan y se subdividen.
Veamos lo que nos dice el primer colonizador de Pico, don Isidoro J. B.
B., uno de los hombres más caracterizados y progresistas de Pico:
--Con motivo de un negocio de campo, entré en relación con el señor
Eduardo Ch., quien conocía perfectamente este territorio y de acuerdo
con él vine a revisar los campos de la sección primera, pernoctando en
la estancia Las Liebres, del malogrado doctor Quintana, cuyo encargado
me facilitó amablemente los medios necesarios para llenar mi cometido.
“La primera impresión que tuve de estos campos, a decir la verdad, no
fué del todo agradable. La falta de pastos tiernos, en primer lugar,
escasez de humus en la primera capa, me desalentaban: pero noté que a
ocho o diez centímetros de profundidad, en un terreno cultivado, a pesar
de los tres o cuatro meses que no llovía, subsistía una regular humedad.
Comprendí entonces la bondad para el trigo, de estas tierras arenosas;
en primer término, por cuanto mantienen la humedad en tiempo de sequía
prolongada, permitiendo la filtración del agua en caso de exceso de
lluvia.
“Por último, tuve una prueba más decisiva y me permito citarla. A pocas
cuadras de la estancia Las Liebres, había una pequeña parva que más bien
parecía un montón de yuyos. Por un peón supe que aquello era trigo
cosechado en el año anterior, que quedó sin trillar, por falta de
máquinas. En seguida me trasladé al lugar de la parva y del interior de
la misma saqué un manojo de espigas. Fué para mí una grata sorpresa
constatar la calidad superior a todos mis cálculos; era un trigo
húngaro, de un color y peso, para mí desconocido en la provincia de
Santa Fe. Me es grato, en este momento, dejar constancia que dicho
hallazgo me llenó de entusiasmo.
“Regresé en seguida a Buenos Aires para firmar el contrato de
arrendamiento, conjuntamente con el señor Ch., de la colonia La
Argentina, del señor Antonio D.
“El año 1906 se fundaron las colonias Belbedere, Itálica, Las Liebres,
etc. En 1907, se incorporaron las colonias Malvicino y colonia Dora. En
1905, sólo el señor José B. sembró unas treinta hectáreas de trigo, con
un peso específico de 81 y 83 kilógramos por hectólitro y un rinde de
650 kilógramos por hectárea. Los demás colonos sembraron maíz con
resultados poco satisfactorios.
“¿Cómo se explica que en los primeros años se obtuvo trigo de muy buena
calidad y peso específico, producción que hoy no se consigue? La
contestación, por lo general, es la siguiente: “Tierra vieja, cansada".
Verdad es que ya no tiene la cantidad de humus, arcilla, silice,
calcáreo, etcétera, que tenía los primeros años de su cultivo: pero
también es cierto que el resultado poco satisfactorio obtenido en estos
últimos años, sobre todo en calidad y peso específico, a pesar de las
abundantes lluvias caídas, no es del todo culpa de la tierra, si no de
muchas causas, y ocuparía demasiado tiempo en explicarlas en la forma
debida. La mayor parte de los colonos preparan con una sola reja la
tierra destinada a la siembra de los cereales, unos por abarcar más de
lo que pueden, otros por inexperiencia y otros por falta de elementos:
resultando, por esta causa que las tierras cultivadas temprano, si bien
entierran cuanto yuyo o maciegas hay en el campo, raros son los años que
no nazcan al poco tiempo, el trigo quedado en el rastrojo: y a pesar que
el agricultor siembra con sembradoras de discos, ese trigo, que
vulgarmente se llama “guacho”, no se extirpa, al contrario; se
desarrolla con más vigor, cubriendo de tal modo el trigo recién nacido,
que en retazos lo ahoga casi por completo.”
No pueden ser más interesantes estos preliminares hondamente vinculados
al progreso de la región. Con hombres de esta laya, emprendedores,
tenaces, inteligentes, el porvenir de Pico estaba asegurado.
El desenvolvimiento demográfico y la vida social, reclamaron, bien
luego, apremiosas atenciones urbanas. Seis años después--el primero de
febrero de 1912--el gobierno federal, le acuerda el derecho de
municipalidad propia, dilatando injustificadamente una autonomía bien
ganada con prestigios propios.
De entonces acá, la cosa pública ha estado en manos de buenos munícipes.
Hoy Pico cuenta con más de 7.000 habitantes en su éjido urbano, y 15.000
con su Departamento de cien leguas. Tiene sus calles abovedadas y
arborizadas de ligustros. Posee una sucursal del Banco de la Nación y
una importante sociedad de seguros contra el granizo--“La
Pampa"--mercado, hospital, buenos hoteles, escuelas del Estado y
particulares, dos salas-teatro, una hermosa plaza pública, donde la
gratitud popular--¡bella ofrenda!--ha levantado el busto de Alsina;
fábricas de mosaicos, de jabón, de hielo, de pastas alimenticias,
fideos, etc.; fuertes y bien acreditadas casas de comercio, cuatro
remate-ferias; luz eléctrica y teléfono, periódicos, biblioteca pública
y oficina municipal de trabajo. Y como si esto no fuera un síntoma
definitivo de su prosperidad, en sus praderas vecinas pacen más de
50.000 cabezas de bovinos, 80.000 lanares y 15.000 yeguarizos,
tecnificados con alta mestización.
Así ha iniciado su infancia Pico, esta Kansas City de la República
Argentina. Hoy tiene 7.000 habitantes. ¿Cuántos tendrá de aquí a un par
de décadas? Si nuestro deseo augural puede encarnarse un día, basta
recordar que Kansas City tenía en 1860 ocho mil habitantes, y treinta
años después, excedía de doscientos millares...