EL PUEBLO DE GENERAL PICO

General Pico es el primer centro comercial del territorio. Bautizarlo

Rosario de la Pampa, sería vaticinarle un porvenir político dentro de la

futura provincia; y ¡líbrenos Dios de caer en suspicacias! Fué ingénuo,

sin duda, el mote de “Chicago del porvenir”, que suscribió un gran

espíritu, sembrador de pueblos--Chapeaurouge.--Pico, por su situación

mediterránea, podrá nuclear con fuerzas propias una inmensa y rica

comarca, pero nunca será la ciudad de la carne, la ciudad de los

“packing house”, bajo la garra colosal de Armour. Chicago, junto al

Michigan, tiene la gran comodidad lacustre que ha podido favorecer la

expansión de sus frigoríficos. Pico, finca su porvenir en las industrias

agropecuarias, y mientras el tiempo y la testamentaría, no barran los

latifundios, está su departamento destinado a ser la región--única, por

la calidad de sus forrajes--de las grandes praderías, la región de las

invernadas o “de cebo” como llaman los estadounidenses a los ranchos de

Nebraska. Con Kansas City sería más apropiado el parangón que le cuadra

a Pico, siquiera por su similitud geográfica y la forma vertiginosa en

que se va acrecentando su población.

De todas maneras, bajo su aspecto comercial, Pico se nos antoja un

pueblo del Far West. Sin aguzar la imaginación, retrotrayendo aquella

agitación febril que caracterizó las transacciones primitivas y, a

renglón seguido, al agiotaje de los terrenos, podremos encontrar los

preliminares de Pico en aquel pueblo de Guthrie, en el corazón de

Oklahoma, tal como lo describe Paul de Rousiers. Suponemos a los

afanosos lonjistas oteando como buenos sabuesos, la lucrativa reventa;

los “land agents"--especuladores en tierras--y aquella frase sacramental

en todos los labios, de una invariable elocuencia: “¿how is business?”

(¿cómo van los negocios?), tan propia del Oeste de allá como de nuestro

Oeste, signo etnográfico de todas las improvisaciones. Y hasta la vida

accidentada de aquel capitán Couch, cuya figura de poblador y hombre de

empresa debe haber quedado como una leyenda en Oklahoma, nos proporciona

acontecimientos análogos al origen de nuestras poblaciones vertiginosas,

en donde no siempre la noble labor colonizadora está exenta de

tropiezos, cuando hay intereses encontrados entre propietarios de campos

favorecidos y empresas de ferrocarril.

¿Queréis conocer los preliminares de Pico? Nadie puede narrarnos con

mayor interés que el primer comerciante, que vino a establecer su casa

La Fundadora, salvando con valentía y con fe todos los obstáculos.

Escuchemos lo que nos dice don Juan L. P.

--Era el mes de julio del año 1905. El tren del Oeste llegaba hasta el

Meridiano Quinto, límite de la provincia de Buenos Aires con nuestro

territorio. Bajé en ese punto para trasladarme hasta el lugar indicado

donde había de fundarse el pueblo. Un tren en construcción me trajo

hasta la puerta de la estancia del entonces presidente de la República,

doctor Quintana, en donde fuí recibido por el mayordomo del

establecimiento y por mi buen amigo, señor Luis C., futuro administrador

del pueblo General Pico. En esa época, la actual estación estaba en

construcción a un metro y medio del nivel del suelo, siendo todo este

campo una desolada pampa de propiedad del señor don Eduardo Castex.

“El agrimensor señor A., venido de Intendente Alvear, terminaba la

mensura del gran pueblo, y una cuadrilla de veinte peones, formó

campamento frente mismo de la actual estación para levantar los galpones

de hierro de la casa de comercio de los señores Juan L. P. y Cía.

“A dos leguas de la estación existía una pulpería, llamada Las Liebres,

de propiedad del señor Santos A.; de aspecto humilde, con el clásico

enrejado delante del mostrador y una pequeña abertura para despachar los

artículos a los pocos compradores que acudían.

“No había por allí otro signo de civilización; los campos en su

totalidad estaban dedicados a la cría de ovejas, pues solo existía el

pasto natural y algunas aguadas. Los materiales de construcción que yo

hacía venir de la Capital Federal hasta Meridiano Quinto, para fundar la

casa de comercio que más tarde debió llamarse a título de buen derecho,

La Fundadora, eran traídos aquí en carros y en tren de balasto, cuando

se podía. Pueden imaginarse las dificultades que tendríamos para

desarrollar todas nuestras energías, cuando la galleta, por mencionar el

primer renglón de comestibles, nos llegaba de una distancia de ocho

leguas y propiamente de la estancia del señor don Bartolomé G. (Santa

Aurelia), célebre después por su cabaña, en toda la República.

“Construído el galpón para mi casa de comercio, al mismo tiempo

edificaron en adobe y barro pequeñas habitaciones, los señores Saturnino

M. y Julio B., que se dedicaban al comercio de restaurant y hotel. La

gente trabajadora acudía bulliciosamente a comer, y yo mismo, recuerdo,

que pasé algunos días vinculado a esa nueva vida para mí.”

Fijada la fecha del remate por el señor Eduardo Ch., socio a su vez, en

aquel entonces, de la firma Juan L. P. y Cía., para el 11 de noviembre,

empezaron las construcciones de carpas y casas de cinc que se levantaban

en el día. Con el permiso del señor Ch. se ubicaban en el solar que lo

creían conveniente, para quedar propietarios, sujetándose al precio del

día del remate.

“En general, ocurre que la formación de pueblos nuevos, trae dos

corrientes de elementos como pobladores. El elemento trabajador que

viene buscando nuevos horizontes, y el elemento inservible de otros

pueblos, que son despedidos, expulsados por sus raterías o cuatrerismo.

“El 11 de noviembre de 1905, por primera vez veíamos un tren de

pasajeros, que era un expreso, donde, aparte de las primeras autoridades

del territorio, como el gobernador doctor Diego G., su secretario Víctor

L., intendente municipal, Manuel G., Juan F. A., y muchos otros

caballeros de Santa Rosa y Buenos Aires, venía un millar de personas que

al son de acordes de una banda de música y disparo de bombas, se

encaminaban a ver el trazado del pueblo y eligiendo sus lotes ya

preferidos según el plano.

“Ya desde temprano, más de doscientos vehículos de puntos lejanos,

habían llegado al renombrado Pico, con ansia; aquello era una verdadera

fiebre de entusiasmo. En nuestro galpón se realizaba el remate que duró

tres días. Es de notar que aunque con todas las incomodidades del lugar

y del momento, los espíritus no desfallecían. Al tercer día hubo más

animación que en el segundo y las ventas sobrepasaron el millón de pesos

moneda nacional. Todos querían poseer un pedazo de suelo como si se

tratara de una tierra prometida.

“No todo, sin embargo, andaba a pedir de boca; entre la concurrencia

había personas interesadas en hacer fracasar el remate. Lamento anotar

que algunas de estas personas eran emisarios de fundadores de otros

pueblos, que a pesar de una descarada ayuda oficial, no conseguían

progresar, debido a las pésimas tierras en que los habían ubicado.

“Empezó a divulgarse la noticia de que el empalme del ferrocarril

Pacífico era un sueño y que el pueblo no tendría vida propia: que el

nombre de la Chicago de la Pampa, era una burda superchería; y que los

compradores que invirtieron sus ahorros en estas tierras, tarde o

temprano quedarían en la miseria.

“En efecto: el ferrocarril Pacífico, había prometido empalmar en el

lugar donde estaba ubicada la estación del ferrocarril Oeste; pero no

había pasado de las promesas. Esta demora hacía fracasar una parte de

los planes de los compradores. Se sabía que en Catriló había un

ingeniero del ferrocarril Pacífico, pero nada más. El primer día del

remate no hubo mucha animación; la gente quería ver llegar esa cuadrilla

del ferrocarril Pacífico y nada se divisaba. Seguía el remate; en los

planos figuraba el empalme, dibujado en lienzos y avisos de propaganda;

pero hasta ese momento, nada había de seguro.

“Los ánimos estaban excitados; los emisarios hacían circular malas

noticias. Hubo un momento en que se suspendió el remate. El almuerzo no

fué alegre. Había algo que flotaba en el ambiente; abatimiento,

desconfianza; no sé lo que era.”

Pero de pronto, alguien lanzó un grito: “¡Llega gente a caballo!” “Son

indios” dijeron algunos. “No; son coches; vienen al remate".

“En efecto: en el lejano horizonte se destacaba un punto negro envuelto

en una nube de polvo. Los concurrentes miraban todos para aquel lado. El

señor Ch. tenía noticias de que las cuadrillas del Pacífico, debían

llegar a las diez de la mañana; eran las dos de la tarde; tal vez por la

falta de caballada no podrían llegar. Poco a poco se divisaron las mulas

y los carros cargados de carpas y herramientas para dar principio al

terraplenamiento de la línea. 1.700 hombres, bajo la dirección del

ingeniero don Tomás A., realzaron los ánimos y todo fué a las mil

maravillas.

“Este fué el principio de la fundación, el principio de una era de

trabajo y de verdadero orgullo para aquellos que como yo, olvidaron la

gran ciudad de Buenos Aires y las comodidades de la vida, entregándonos

a una vida activa y de trabajo, llenos de júbilo, cuando todos los días

al amanecer veíamos levantar cuatro tirantes formando un cuadrado o un

cuadrilongo, y días más tarde quedaban cubiertos con chapas, siendo un

nuevo poblador que venía a radicarse lleno de vivas esperanzas".

Nuestra Pampa; libro de lectura · 第 58 / 233 题