LA CADENA DE PUEBLOS

Las cuarenta leguas que separan a Pico de Santa Rosa, las acabamos de

salvar en automóvil, dejando para más adelante nuestra visita detenida a

los campos pastoriles del norte.

Fué el 3 de septiembre. Una lluvia torrencial diluviaba sobre la tierra

sedienta. El viento sopló del sureste, un viento agresivo que no cesó

sino a última hora de la tarde. El ganado vacuno, que puebla los

gramillales y campos de alfalfa en todo el trayecto de Pico a Catriló,

venía a embolsarse en el alambrado del camino, paralelo a la línea del

ferrocarril, viento abajo, inmóvil y resignado ante el azote del

temporal. Fué para nosotros una oportunidad preciosa aquella de poder

observar el enorme tesoro ganaderil de las grandes praderas, en todos

sus ejemplares de excelente mestización, que se daban cita a lo largo

del camino en filas interminables, verdadero certamen de gordura, de

tipo, de calidad.

Los vientos de la comarca del norte, antes tan bravíos y desatados, se

han venido atemperando paulatinamente. Maracó, Rancul, Realicó,

Chapaleufú, Trenel, Conhello, Quemú-Quemú, han sufrido una

transformación radical con los cultivos, y lo que es más sintomático

para el arraigo territorial, una transformación meteorológica. Es la

obra de la civilización de los campos la que opera el fenómeno. Los

cultivos atraen las lluvias, modifican los vientos, estabilizan los

arenales. Sin embargo, no podemos decir que se ha llegado a la verdadera

protección de las sementeras y los alfalfares con la divulgación de los

cercos vivos. Esto importa un problema, sobre todo cuando se trata de

lindes extensos y es menester preservar los cercos protectores,

incipientes aún, de la zaña destructora de las liebres y las vizcachas.

Para felicidad de los colonos, las liebres en esta zona van

desapareciendo poco a poco. Hace algunos años se propagó un flagelo que

no llegó a sintomatizarse con exactitud, pero que se hizo sentir como

una racha destructora para la especie. El daño, que se generalizó como

una epidemia en toda la región del norte, se singularizó con una

característica particular: las liebres venían a morir en los caminos.

Esta circunstancia facilitó la limpieza de los predios pastoriles.

Después de este azote, la invasión de las liebres se dirigió al

suroeste, quizás para no volver más sobre la rica zona. Queda aun la

vizcacha difundida por los campos. Pero su extinción es mucho más

sencilla y su obra de devastación se circunscribe alrededor de su

madriguera, dando facilidad al colono para localizar el ataque.

Algunos chacareros previsores han ensayado el cerco vivo con buenos

resultados; otros han colocado tejido en el linde de sus cultivos o

alfalfares. Pero este sistema precaucional es dispendioso y sólo tiene

efecto contra las plagas de las liebres. Lo importante sería conciliar

la defensa contra los vientos. De ahí el cerco vivo. Tenemos fe en que

no han de pasar muchos años en que estos campos feraces, subdivididos

por granjas y potreros, se pueblen de arbolados. La lluvia de este día,

lluvia de oro para los sembrados nacientes, pero que chasqueó sin piedad

sobre el lomo de las bestias como las cuerdas de un látigo movido por el

aquilón, interrumpiendo el tranquilo pacer del ganado, nos dió idea

clara de la necesidad de difundir el forestal por los campos, para la

grata sombra en el estío y el reparo en la crudeza invernal.

Muy pocos árboles hemos visto en el largo trayecto. De vez en cuando

algún sauce en eclosión de yemas, rompía la línea ondulada del paisaje.

Siempre el molino junto a la vivienda reclamando la fuerza del viento

para regar la huerta o abrevar al ganado; raras veces el árbol. Hasta

los mismos focos de población, nutridos ya, poco culto le dedican a las

plantas. Se explica esto por el carácter genuinamente comercial de los

centros urbanos que se suceden en el camino. ¿Qué importan los

eucaliptus, el sauce campechano, los paraísos fragantes, el jardín

sencillo, en la fonda de la estación o la tienda de abarrotes,

destinados a servir al elemento movedizo y migrador de la colonia? Pero

los centros que se conglomeran a la ventura por el propio desarrollo

vegetativo y por exigencias de la vecindad colonizadora, van

municipalizándose poco a poco y es necesario pensar en la edilidad

definitiva, carente de incentivo sin la propagación civilizada del

árbol. Dorila, Quemú-Quemú, Relmu, Catriló, Lonquimay, La Gloria,

Uriburu, impresionan gratamente por su intensidad de vida mercantil,

pero no por la influencia emotiva que deja el árbol, signo de avanzada

civilización. Sólo Miguel Cané, que cruzamos en el trayecto, se engalana

profusamente con atavíos forestales. Cada casa tiene su huerta y por

sobre las chapas de hierro de sus techados asoma la alegría de un

vegetal. Suponemos el tono alegre de la alquería, destacándose del

paisaje pampeano en un día claro de primavera...

¿Adversión al árbol?--supondrá algún espíritu caviloso, ante el

retraimiento prosaico de estas poblaciones.--No. Es la propia juventud

de cada centro, la improvisación vertiginosa de la comuna que no ha

formalizado aun su vida social, ni se ha dado tiempo para estas

especulaciones del espíritu que dulcifican la vida. El arraigo vecinal

extiende sus primeras raíces en la tierra pródiga. Cada uno de estos

pueblos nació con los preliminares de la colonización agrícola,

resultado, casi siempre, de una emigración heterogénea ávida de tentar

fortuna en el noble trabajo de la tierra. El crecimiento de cada

población ha sido un fenómeno imprevisto en casi todos los casos, salvo

en la capital del territorio. De la noche a la mañana han surgido los

pueblos: con vida propia y de gran porvenir, en las cercanías de las

chacras y los campos, subdivididos; anémicos, en la vecindad de los

latifundios y las grandes invernadas.

Arraigados los vecindarios, se patentizan los problemas de la

urbanización. Felizmente los fundadores de pueblos tuvieron casi

siempre--¡y cómo no!--la visión del futuro; y al delinear y subdividir,

convinieron, por lo menos, en la amplitud de las calles y el reparo de

los vientos. En muchos casos no se anticipó el gran centro y la economía

de los propietarios del terreno original, a pesar de la baratura del

suelo, limitaron su dádiva al lote para algunas oficinas de rigor,--la

policía y el juzgado, sin duda.--Pensar en plaza pública sería un

lirismo; en iglesia, una regresión. ¡No necesitaría de estos lujos la

ola adventicia de la colonia! Fondas, almacenes fuertes, panaderías,

canchas de bochas y despachos de licor, era lo que necesitaban los

poblados. Sin régimen para la colonización, los pueblos agrícolas

fueron, casi siempre, el resultado lógico de la colonia. Un campo de

labor adjudicado a doscientas familias, reclamaba, como consecuencia, el

centro urbano, exigido con antelación y a título de negocio, por el

poseedor primitivo. Conjuntamente con el pueblo, asomó el ferrocarril a

recoger las cosechas y se insinuó el amparo oficial con la

administración de orden y de justicia. En esta forma han surgido de diez

años a esta parte casi todos los centros agrícolas de la Pampa. La

improvisación de ayer reclama hoy atenciones diversas y fundamentales.

El conglomerado comercial que definió un centro poblado, tiene hoy

exigencias de carácter social. Se organiza la familia nueva, la familia

pampeana, adherida al terruño con aspiraciones propias y caracteres

definitivos. La escuela pública unifica en el territorio la instrucción

nacional. El elemento extranjero que ha sudado sobre la tierra arisca o

ha levantado fortuna desde el mostrador, se encariña al suelo en

espontánea y fructífera convivencia. Ha llegado el momento, entonces, de

cimentar sobre bases definitivas el pueblo que nació a la ventura, obra

de un tanteo comercial o de una exigencia de la comarca. Y vienen los

reparos a la imprevisión, ya que no es dado retener al progreso. Y

entran los pueblos en la segunda etapa de vida comunal, tratando de

rectificar los errores propios de la improvisación.

En esto están los pueblos del norte que dejamos atrás al paso acelerado

de nuestra máquina, el propio “Mercedes” que sirvió a Roosevelt para

cruzar la cordillera de los Andes. Ahí quedan los pueblos con aleteos de

aldea y proyecciones de urbes populosas. A ellos volveremos en incursión

territorial, anhelosos de estudiar su constitución, su vitalidad, su

porvenir.

Mientras tanto, el camino se ensancha a nuestro paso como una arteria

abierta a las praderías infinitas, en donde se insinúan los sembrados

nacientes, jubilosos ante el aguacero torrencial. ¡Y qué auspiciosa

compañía la que nos lleva sobre el camino trillado hacia la capital! El

telégrafo, el teléfono, el riel...

Nuestra Pampa; libro de lectura · 第 56 / 233 题