La línea férrea de Valentín Gómez a Winifreda la hemos recorrido en una
mañana de noviembre. El día es amable, soleado, tibio. Hay alegría,
verdor y luz en las praderas. La primera impresión, inconfundible, al
cruzar tierra pampeana, es la laguna, volcada junto al tren sobre un
campo de gramillas silvestres. La garbosa novillada, de inequívoco tipo
Durham, de pulpas firmes, de líneas gráciles, y en vísperas, tal vez, de
frigorificación, se ha dado cita junto al agua, tranquila, familiarizada
ya con el bullicio ciclópeo del tren...
Winifreda, es una alquería, con contornos de pueblo, que nos produce, de
llegada, buena impresión. La calle principal, se abre a lo largo de la
vía, abarrotada de pequeños negocios: la fonda, la botica, la
peluquería, el almacén. Más allá, la carnicería. Se comienza el diseño
de las calles adyacentes. Se aguirnaldan de verde follaje algunos
sauces, en la línea de la acera que da al tren. Pero, con displicencia,
a la ventura, sin propósitos de edilidad. Numerosos galpones junto a los
desvíos, anticipan la exigencia agraria de abundosas cosechas. Basta
este síntoma de los tinglados, para adjudicar la importancia de la
región. Así como la estación sin pueblo, nos da la idea del latifundio
ganaderil vecino, la estación pobre en galpones, nos habla con
elocuencia de cosechas precarias o de una incipiente agricultura.
Winifreda se sintomatiza como comarca productora en esta exteriorización
de sus trojes de hierro galvanizado, en donde vuelcan los colonos sus
ingentes cosechas. Se puebla la estación a la hora del tren. Hormiguean
los sulkis por los caminos y las chatas promiscuas. Algunas bateas rusas
fuertes, sin elásticos, trasunto de la estepa ventosa o de las tierras
de pan, de Odessa, se prodigan en la cancha de espera junto a un par de
baqueteados automóviles, signos de prosperidad colonial.
Espléndidos están los trigales. En esta zona se ha cultivado este año
alrededor de 70.000 hectáreas.
Hace algo menos de ocho años que se organizó esta colonia. Campos
pelados, incultos aún, sin la más remota perspectiva de ferrovía, fué
una valiente empresa afrontar su cultivo. Todo el mundo--es decir “celui
que ne comprend pas"--puso su irónica dubitación en la aventura. Aquella
era una utopía, una empresa descabellada. Si la estación próxima dista
más de cuatro leguas de la zona de producción--aconseja la economía
agrícola--no compensa los gastos de acarreo. Más de diez leguas tuvieron
que recorrer los primeros trigos de Winifreda.
--Las grandes dificultades--nos dice el organizador de esta colonia--las
tuve al principio. Aquella de encontrar agua potable, fué un problema.
Después de consecutivos e infructuosos ensayos, pude allanar el
obstáculo, encontrando napas muy buenas. Créame que los tres primeros
años fueron para mí un verdadero fracaso. No desmayé, sin embargo. Seguí
proporcionando a mis colonos elementos, semillas, dinero, para que no se
malograra la labor.
--Pero ha triunfado al fin...
--No puedo quejarme. Moralmente, siento la gran satisfacción de haber
dado vida a una rica zona de la Pampa, luchando abiertamente por su
cultura agrícola, por su población y por su expandimiento ferroviario.
“Suele haber, sin embargo, un cierto prejuicio con los
extranjeros--arguye, con cierta amarga ironía.--La creencia de que
nuestro único móvil es embolsar dinero, no siempre es razonable y
justificada. Verdad es que nadie trabaja por amor al arte... Pero, puedo
asegurarle que esta empresa colonizadora me ha costado muchos quebrantos
en los primeros tiempos. ¿Que han reaccionado las perspectivas? ¿que
después de tan rudo bregar debo recoger el fruto de mi empeñosa labor?
No hay duda alguna. Pero, aun en el éxito, no se dirá que abandono a mis
colonos...”
Y, a renglón seguido, nos muestra en su copiador, el documento de
garantía subscripto a favor de una veintena de sus colonos, con el Banco
de la Nación en General Pico, por una suma superior de 20.000 pesos en
garantía de dinero para levantar las cosechas.
Cierto es que la recolección está ad-portas; que se anticipa un óptimo
rendimiento--noviembre se desliza temprano y parejo.--Pero estos buenos
augurios que pudieran desvalorizar la acción prestataria, frente a la
pronta y segura recompensa, suelen ser humo de paja cuando ha de venir
el granizo, las heladas y aun las fuertes lluvias de fines de primavera,
verdaderos turbiones que malogran el trigo hasta en la misma parva. El
colono no está seguro hasta que tiene su grano en las planchadas o lo ve
alejarse en los vagones del tren.
La colonia de que hablamos lleva el nombre simbólico de La Espiga de
Oro. Su éxito, formalizado en estos tres últimos años, ha dado pie a la
organización de otras colonias vecinas tributarias de la estación
Winifreda: La Delfina, La Paz, Santamarina, etc. Actualmente La Espiga
de Oro tiene bajo cultivos una superficie de 20.000 hectáreas, siendo
sus colonos, alemanes católicos y protestantes.
Fueron treinta las familias fundadoras de este campo. De entonces acá,
los años han tenido sus veleidades. Los últimos cinco pueden
significarse por dos cosechas malas y tres buenas. Se dijera que el
complemento del ferrocarril, estableció, en definitiva, la bonanza de la
región. Actualmente ocupan la colonia 108 familias, subarrendatarios que
pagan como locación el 16% de la cosecha, con contratos por cinco años y
por lotes de 100 a 300 hectáreas.
Los campos de esta colonia son de tierra firme, exentos de médanos. El
agua está de 6 a 15 metros y la tosca a dos. La ganadería es muy
precaria.
Las habitaciones de los colonos constan de dos piezas y cocina. Son muy
reducidos los mejoramientos que introduce el colono en su vivienda, pues
su carácter de locatario, que ha de abandonar su predio al finalizar el
contrato, no le da bríos para tonalizar el rancho con cultivos
forestales ni reformas que han de quedar en la tierra. La maquinaria,
eso sí, es de propiedad de cada familia. Los colonos utilizan las
espigadoras Mc Cormick y Deering. No usan cosechadoras, ni engavillan.
Espigan.
Nos interesamos vivamente por algunas características morales de la
masa, su grado de comprensibilidad en los negocios, etc.
--Nuestros colonos--nos dice el administrador de La Espiga de
Oro--constituyen un tipo de excelentes cultivadores. Son laboriosos,
tenaces, fuertes; pero les falta espíritu de iniciativa. No tienen
preparación técnica, y en consecuencia no trabajan con sagacidad los
campos feraces. Son, por otra parte, analfabetos en su mayoría. Estas
circunstancias contribuyen a dificultar las operaciones comerciales y
bancarias, aguzando en el colono el instinto de conservación hasta el
punto de cometer torpezas que pudieran sospecharse de acciones
deliberadas y dolosas ocultaciones.
Nos agrada conocer esta semblanza de los colonos, presentada por el
administrador como un rasgo saliente de su étnica. A nosotros, que hemos
visitado todos los núcleos coloniales del territorio, se nos antoja que
estos perfiles no definen un temperamento ancestral, refractario a todo
perfeccionamiento. Rusos más hoscos y colonos trapisondistas hemos
encontrado en el camino, modificados en su temperamento primitivo por
los beneficios del predio propio. Cuando se solucione el problema
agrario, ya hemos de ver que todas las razas serán igualmente aptas para
tecnificar y ennoblecer los cultivos. Y será, sin duda, esta Pampa
generosa, el gran crisol en donde se han de retener, fundir y unificar
los pueblos migradores en un tipo común.
Felizmente para la colonia, ha comenzado a funcionar la escuela pública,
bajo el patrocinio de la nación y con más de cuarenta educandos,
costeada en su mayor parte con el producto de algunos festivales y
donaciones.
Vecino a La Espiga de Oro, el mismo propietario cultiva, por igual
sistema de arrendamiento, la colonia El Guanaco, con subarrendatarios
alemanes. El terreno es algo inferior en calidad a La Espiga de Oro y
más distante de Winifreda. Los colonos pagan el 15% en especies sobre
las cosechas y por concepto de arrendamiento.
Como se desprende de estas ligeras apuntaciones, es de gran porvenir
esta comarca, hecha pródiga merced a la valentía de una vertiginosa
colonización. El tren, que llegó un día, después que el esfuerzo
promisor maculara la tierra virgen, para recoger el premio generoso, no
ha de estacionarse allí. Nuevas tierras al oeste reclaman sus paralelas
de hierro. Mientras tanto, Winifreda, que se anticipó a la conquista,
irá urbanizándose poco a poco--no bien desaparezcan ciertas trabas que
se oponen a su expansión edilicia--hasta transformarse en un centro de
primer orden llamado a desempeñar un papel importante en aquella
extendida región de los trigos.