Junto a La Mercedes, está La Cornelia. Esta es una colonia mixta,
cultivada en sus 5.500 hectáreas de extensión, con 3.000 de alfalfar.
Este campo está bajo el arriendo inmediato del señor P. En sus praderas
pacen 2.000 vacunos y 8.000 lanares. La colonización es agropecuaria, en
consecuencia. Pero lo que nos ha llamado poderosamente la atención en
este caso, es la calidad de sus pobladores. Es una colonia eminentemente
vascongada (vascos españoles). Sólo hay una familia italiana en el
campo, familia que es un modelo de laboriosidad y que se desenvuelve con
todos los recursos de la chacra combinada.
Esta colonia, que conviene ser tomada como espécimen para su divulgación
en el territorio, marca caracteres especiales que deben dar tela de
juicio a los hombres de estudio. El vasco, colonizado, es un elemento de
primer orden. Es ganadero, agricultor e industrial a la vez. Trabajador,
fuerte, sano de cuerpo y de espíritu, es incansable en la labor, leal en
sus tratos, paciente en el fracaso y juicioso en el porvenir. Elije su
terreno, y busca, sobre todas las cosas, el agua buena, elemento
primordial de la vida. ¿Es buena el agua? Profundiza su hoyo y planta su
casita. Vendrán después, las contingencias, los años ingratos, la
adversidad de los vientos, de los acridios y las pestes.
--Va mal... sí, sí... Pero algún día irá bien; no hay que apurarse...
¡no, no!...
Verdad que en esta resignación simpática y hombruna, suelen sentirse
espaldados por el patrón. Y esto constituye una fuerza en el rodar
parejo del capital y del trabajo, orientados hacia el porvenir común.
¿Cómo se organizó esta colonia? De Carlos Casares y Tejedor salió, hace
aproximadamente ocho años, un grupo de vascoespañoles, con rumbo a la
Pampa, buscando tierras propicias para establecerse. Se congregaron en
Macachin. Eran nueve familias. Azotadas por años crueles y cosechas
efímeras, sólo pretendían afirmarse al suelo y trabajar. De este
contingente, nació la colonia. Sobre la prueba dura de los años
iniciales, se afianzó el centro agrícola, que debía florecer y
prosperar. Trabajando la tierra sin desmayos, se ahuyentó el pesimismo y
se arraigó esa cordial convivencia que es fuerza decisiva en el rudo
bregar. De nueve, llegaron a veinte las familias arrendatarias. Y nadie
quiere hoy abandonar su tierra ni su vivienda, digna de ser propia, por
el espíritu familiar que se ha puesto en las comodidades sencillas de la
huerta y del corral. ¡Ah, si los campos de la Pampa pudieran poblarse de
vascos! Sobre este modelo de centro agrícola, hemos podido apreciar la
necesidad de fomentar en el territorio tan importante colonización.
La casa del poblador vasco, se significa, en primer término, por su
hospitalidad, cosa que no es común en la de colonos de otras razas. Los
pobladores de La Cornelia se han preocupado con empeño, en rodearse de
un modesto bienestar. Crían aves; tienen sus lecheras bien cuidadas;
hacen su queso y su manteca; benefician sus porcinos en sabrosas
facturas; se esmeran en la huerta; y donde hay muchachas, es inevitable
el jardincito, en donde junto a los pensamientos vulgares y las achiras
ingénuas, suelen abrir sus cálices, algunos narcisos y tuberosas,
sembrados “para probar, pues” y “porque los trajo el patrón"...
Esta tendencia a suavizar la aridez de la vida, ha dado campo a la
iniciación de cultivos frutales. El dueño ha proporcionado a sus
colonos, ejemplares de la casa Peluffo: higueras, brillasotto y
española; durazneros pavía, norteamericano y gran monarca; manzanas
renettas y cerezas graffión de Dolores. Merced a esta tentativa, cada
familia puede gustar todo el amplio beneficio del predio, desde el
puchero español, tan sabroso y patriarcal, hasta el postre de frutas de
estación y la natilla con fresas, que es manjar delicado.
Es así como se puede amar la tierra.
Todo cuanto se pueda decir en favor de esta inteligente colonización
resulta pálido, ante sus apreciables condiciones de vida y la necesidad
de fomentar su arraigo en la Pampa. Excelentes cultivadores, han dado
impulso a la comarca. Los fracasos del trigo, en algunos puntos de la
zona, se han debido, generalmente, a la seca. Los vascos de La Cornelia,
han cosechado trigos de óptimos rendimientos. El año anterior, una avena
[Illustration]
blanca de esta colonia, dió una densidad de 57 por hectólitro. Pero, a
pesar de estos triunfos, no descuidan la ganadería, a la que dedican
atención especial. Los campos de Macachin son inmejorables como
praderas artificiales. La tosca está a un metro y medio y el agua--una
agua cristalina, dulce y fresca--se encuentra desde tres a nueve metros
de profundidad. Esta característica, fuente de vida para los ganados, es
quizá, la riqueza más fundamental de la zona. El molino, el tanque y el
abrevadero metálico, han venido a suplantar la represa y la “bebida”
tradicionales, a donde acudían las vacas criollas a resarcirse de la
mezquindad silvestre de los prados, veinte años atrás...
La alfalfa rinde exuberantemente en los campos del Departamento Tercero.
El cultivo de una hectárea de alfalfa, tomada en una proporción de 400
hectáreas, cuesta alrededor de 50 pesos, de acuerdo con el precio de la
semilla en la actualidad (18 pesos, más o menos). Una hectárea necesita
22 kilos de semilla. En las faenas de arar, sembrar, rastrear, etc., se
invierte alrededor de 12 a 13 pesos. Hay que anteponer a estos gastos el
valor del alambrado, molino y tanque del lote, amén de otros gastos
accesorios. Sobre esta base se establece la proporción relativa de la
hectárea.
Hemos visitado con verdadero placer algunas casas de la colonia. La
perspectiva agrícola, que es inmejorable, mueve la diligencia de los
pobladores. En una población, con aspecto de vieja estancia, se ha
comenzado a repasar el motor de la trilladora, cosa que jueguen bien sus
piezas en el momento de alzar los trigos. Allí nos convidan con mate y
nos hablan de una transacción feliz en ovejas. En otra vivienda
churrasqueamos un buen costillar y gustamos de un queso exquisito,
mientras la vista se solaza en la huerta verdegueante, donde no falta
nada, desde los espárragos hasta el perejil y los cebollinos de verdeo.
Ya, en la mañana, hemos probado la amable hospitalidad del colono
italiano, bella persona que ha formado su paraíso familiar con dos
generaciones y que se siente feliz en entregar a la Pampa su tranquila
vejez. Esquilan a esa hora los muchachos en el galpón. Las muchachas se
desviven por hacernos agradable la visita. Y nos obsequian, con una
sencillez encantadora, un chocolate que es restaurador, después de
nuestra gira matinal. ¡Qué aseo en la casa! ¡Qué sencilla pulcritud! Se
respira una espontánea comodidad que habla desde la alacena bien
provista hasta el grafófono.
Hemos observado que el grafófono está muy difundido entre los colonos de
la Pampa. Esta circunstancia, nos mueve a indicar la conveniencia que
habría en que el ministerio de agricultura, imprimiera discos sobre
asuntos de enseñanza agrícola y consejos prácticos relacionados con
cultivos, cosechas, plagas, etc., y los distribuyera profusamente entre
los agricultores. Estos discos podrían ser impresos en los idiomas más
difundidos en la colonización. Se prestaría con esto un verdadero
servicio a los cultivadores, secundando eficazmente la tarea de los
agrónomos en la enseñanza agrícola.
Al regresar, nos hemos detenido en un bebedero, en circunstancias que el
ganado vacuno se ha acercado a abrevar la sed. Es un noble mestizaje el
de estos animales corpulentos que se dejan casi palmear, mientras el
agua se apresa en el amplio recipiente.
--¡Qué cambio!--nos apresuramos a decir a nuestro acompañante, ante esta
sintomática mansedumbre de las bestias.
--¡Ah!... Era otro cantar la novillada criolla de hace veinte años--nos
responde.--Con los cultivos, con la civilización, se han domado hasta
los médanos...
El tren, que viene de Doblas, pasa a la distancia con su airón de humo.
Se detiene en Atreuco. Debemos estar antes de las dos en Macachin.
Nuestra máquina vuela por el camino, paralelo al ferrocarril...