Se va a San Huberto por Naicó. Se quiebra el camino entre bosquecillos
de caldenes, sementeras y campos a medio desmontar. San Huberto es una
magnífica propiedad que supone al viajero la más avanzada y elocuente
nota de cultura en anticipo al porvenir augural del territorio.
Naicó es una estación leñatera. El plantel de casas, paralelas a la
línea del tren, da la idea del futuro centro nutrido. Se recuestan sobre
la misma acera, la fonda y el correo, el almacén, que es un vademécum,
la carnicería y la tienda de campaña, pródiga en paños gruesos, ropas de
cargazón y colorinches. En un recodo de la plaza de la estación,
advertimos los postes y faroles destinados a alumbrado público, y
traídos por el propietario fundador. Se habla aquí con entusiasmo de
urbanizar el caserío, se insinúa la panadería con harinas blancas de
Santa Rosa; y nada difícil será, que al retorno de nuestra jira nos
encontremos hasta con el periódico “de intereses generales". Ya en
Unánue, población de idéntica categoría, una mano anónima nos alcanza
por la ventanilla del tren, el primer ejemplar de “La Crítica”, hoja
dominical que llega con buenos bríos y programa de luchar por todo lo
“que sea noble y justo"...
Este pueblito de Naicó es una promesa. Sin embargo, sobre la
prolongación de estos centros, derivados hasta hoy de la industria
rudimentaria de sus bosques, no falta el prejuicio pesimista que
atribuye al local una vitalidad circunstancial.
--Se van con los caldenes...--suelen decirnos.
--No--hemos argüido siempre, llenos de fe.--Se van los caldenes, pero
vienen los trigos.
Estas poblaciones leñateras tienen el porvenir siempre abierto. No
ocurre aquí como en los asientos mineros, donde, extinguido el caudal
generoso del subsuelo, el organismo vecinal se desmorona, se liquida,
siempre que no tenga a la vera el recurso del valle feraz.
Los caldenes, arrancados de cuajo, según el régimen de explotación
inveterado, dejan expedito el suelo para toda suerte de cultivos.
Removido el desmonte con un rozado previsor, la primera siembra de trigo
basta para unificar la condición agrológica del suelo. A pocas cuadras
de Naicó, se extiende, en una veintena de casas, el pueblito de Ministro
Lobos, en uno de cuyos edificios--la escuela--flamea la bandera
nacional.
Vamos a San Huberto. Se suceden las lomas variando el paisaje a cada
paso. No hay hojas en los árboles. Para agosto tenuemente... En cambio,
la pradera se insinúa en el verde de las gramíneas a medio despuntar.
Los campos, rizados por la reja, van borrando el color terroso y
diseñando los predios de labor. A lo lejos, las lomas azules cierran el
cuadro con una amable tonalidad. Se descubre, por fin, la roja techumbre
de la estancia y poco a poco va apareciendo el chalet Luis XVI, que
emerge con elegancia de la cenefa siempre verde del monte. Bella es la
estampa del cuerpo principal del edificio elevado sobre el principio
básico de la línea y de la sobriedad. Tal mansión, que rompe con su
discreta y civilizadora enseñanza, la sencillez pastoril de la región,
mucho de educador y subjetivo guarda en su interior. Tiene aquella
vivienda todo de “cottage” señorial y de cultura clásica, brillante nota
estética con que el espíritu culto de su propietario suscribe la clara
visión sobre la Pampa futura. Todo en su interior es estilizado y
elegante. El amplio comedor “renacimiento” deja la primera impresión. La
mano del pintor Tristán Lacroix se prodiga en telas de mérito, escenas
de la campaña y apuntes cinegéticos de buen tono. Es una obra de mérito
el revestimiento de la gran chimenea donde un tallista parisién puso
arte genial en los bajorrelieves. Nada choca en el estilo general del
salón. Repisas, jarrones, cuadros, estatuas, todo obedece a una
armoniosa sencillez. Y condiciendo con la advocación del santo francés
que patrocina las cacerías y da nombre a la valiosa propiedad, el reloj
de San Huberto con mil días de cuerda, marca las horas amables de la
estancia. La biblioteca, bien nutrida de obras seleccionadas y con su
colección completa de tratados deportivos, ofrece su dilecto regazo
junto a la sala de billar.
Del “fumoir” tibio y lleno de luz, pasamos al jardín. Incipientes son
los parterres, pero la curva delinea con gracia cada cantero. Se
prodigan las plantas de adorno, ligustros y pinos marinos. Sobre esta
base, aquello será bien pronto un parque coquetón, de corte versallés y
en donde los rosales darán la nota de alegre policromía en sus
innumerables variedades. En nuestra presencia, dispone el dueño de casa
la ubicación de los escaramujos que han de trepar por las ventanas que
dan al valle. Un hábil jardinero combina con previsión las variedades
apropiadas al clima y busca, para el conjunto del jardín, la estética
ornamental evitando el hacinamiento de ejemplares y la nota pesada.
Desde la estancia, el paisaje es realmente pintoresco. La laguna se
extiende como un río a lo largo de la hondonada. El cuadro nos evoca las
riberas del alto Paraguay en las proximidades de Asunción con sus lomas
empenachadas de arbustos. Y por cierto que para Buenos Aires,
desconocedor en absoluto de estas bellezas pampeanas, muy raro debe ser
el simil entre la laguna salitrosa y el ancho río tropical.
En las cercanías del edificio, bajo caldenes y en amplia extensión, está
el corral de las aves, planteles finos cuyos maravillosos ejemplares
fundadores, aclimatados en la zona, se han prolongado en espléndida
generación.
En un cuadro del bosque, más allá de la laguna, se extiende la
faisanería tomando un perímetro de varias hectáreas preservadas y
techadas por alambre tejido, a recaudo de los gatos monteses y de los
gavilanes. En esta sección destinada a la cacería menor, un chalet semi
oculto entre los árboles ofrece grato refugio en las accidentadas
travesías del bosque.
El montaráz, que guarda el precioso y nutrido plantel, nos habla de la
acechanza de aquellos pequeños y ágiles felinos, sobre las aves
inocentes.
--Estos gatos tienen el alma de Lucifer--nos dice.--Hace tiempo se coló
uno por una falla del cerco y en dos minutos mató más de una docena de
faisanes.
--Le hago un buen regalo--le dice el propietario--si se anima a
limpiarme de gatos esta parte del monte.
--¡Quién sabe si es posible, señor!... Son andariegos... Hace una semana
he muerto un gato montés de aquí a una legua... Lo agarré a tiro porque
andaba rengo. Que yo sepa, la pata que le faltaba quedó en uno de los
cepos armados aquí nomás. Son muy bandidos estos gatos...
[Illustration]
Pero con toda la habilidad de estos montesinos que no dejan en paz a los
faisanes, una media docena de pellejos barcinos... estaqueados al sol,
demuestran, claramente, que donde las dan las toman.
El cuadro de los ciervos ocupa el bosque extendido a lo largo de la
laguna. Hasta allí, y por cañerías que vienen del gran tanque situado en
la proximidad de la estancia, llega el agua nutricia. En este perímetro
se han distribuído los tablones de cebada. Han procreado mucho estos
gráciles rumiadores, que dejan año a año sus estriadas ornamentas entre
la ramazón. En ellos, posiblemente, está el incentivo de la próxima
montería. Mientras bajamos a la laguna, un grupo de ciervos se entrevera
en el monte con el recelo habitual.
A espaldas del chalet, hacia el oeste, está el trozo de bosque destinado
a los jabalíes, monte bravo donde la caza mayor tiene sus más gratas y
accidentadas emociones. También se ha propagado notablemente esta
especie cuyos jabatos tienen tan exquisito sabor, sobre todo después de
la correría emocional por la maraña.
Finalmente guiados por el dueño de casa, hemos recorrido todas las
dependencias de San Huberto, apreciando en su justo valer, ese espíritu
cultivado del dueño de casa, que no pone reparos para dar todo el efecto
de la nota bella y armoniosa en la hospitalaria mansión. Ensaya la
aclimatación de plantas nuevas, difunde el árbol y busca para el jardín,
motivos de eterno color capaces de mantener la alegría, salud espiritual
de los selectos. Nos encanta ese noble romanticismo, franco y optimista,
en su amplia cultura. Bremontier llenó de pinares las riberas medanosas
de la Gazcuña; para este pampeano no debe haber sólo caldenes en la
Pampa. Sin dejar de lado la flora regional, respetando esos magníficos
ejemplares de largas centurias la arboricultura exótica de la región le
lleva al parque civilizado. El chalet, medio oculto al naciente por
árboles montaraces, emergerá como una nota vívida de entre la verdura de
los eucaliptus y las araucarias y el amarillo de los aromos.
Hasta el cuadro de los fresnos, que acaba de plantar en el suave repecho
que se inclina desde el gran tanque distribuidor hacia el edificio,
suelen venir los ciervos en busca del césped verdegueante y fresco y a
afilar los puñales de sus cuernos. Llegan con la tarde, en la impunidad
vesperal, sin que pueda el alambrado poner obstáculos a sus ágiles
remos. ¿Cómo repeler esta salvaje incursión que descorteza los arbustos
tiernos y abre claros en el elegante plantel? ¿Los ciervos o los
árboles? Grave dilema.
--Suélteles los perros--ordena el propietario al hortelano.
--¡Pero, si vuelven, señor!... Son curtidos...
--Entonces una perdigonada discreta, que los castigue. Por los cuartos,
nomás... A sesenta metros, con munición perdicera... ¡No faltaba más que
van a destruir los árboles!...
Sospechamos que la instrucción no dará pie al guardián a que se le pase
la mano en el calibre de la munición y en la puntería. ¡Cáspita! Cuesta
quinientos pesos cada uno de estos gráciles cuadrúpedos. Pero, si así
ocurriera, le quedaría el consuelo al propietario de haber estado del
lado más noble de la defensa.
Tal le ocurrió al presidente Avellaneda, en su quinta de Temperley, ante
el avance de la rama vigorosa de un eucaliptus, sobre la cornisa del
edificio.
--Va a echar la casa abajo--arguyó el administrador.--¿Lo cortamos,
señor?
--¿Cortarlo? Rectifique el muro, si es preciso; pero usted no me toca
una hoja de este árbol.
Así hablaba el gran argentino, hijo de las florestas tropicales.