EL VALLE FRUTICOLA

Dos valles pintorescos y alegres se disputan la supremacía productora en

el departamento de Utracán: el de Utracán y el de General Acha. Los dos

corren entre médanos bravos; los dos son de tierra morena y fácil; y

rinden los dos con igual feracidad. Utracán es largo y angosto. Por

quince leguas, desde Doblas a la Hachita, se prolonga la hondanada

dentro del marco de las lomas separadas por un kilómetro y medio de

extensión. El agua dulce y clara que viene del sur, afluye de la arena

como una bendición, para empapar los sembríos. Los primeros predios

cultivados, diminutos los más, que constelan el valle con su verde

matiz, han dado resultados excelentes. Todo rinde aquel valle

providencial: frutas delicadas, frescas hortalizas; exuberantes

forrajeras. Pero los cultivos no han pasado aun de ensayos incipientes.

El incentivo agrícola está en las doce mil hectáreas circunvecinas

entregadas a las sementeras. Numerosos “fundatarios”, dedican la heredad

a los cultivos sobre firme: trigos, avenas y alfalfares. Podrán ser muy

exquisitas las peras valletanas y el moscatel dar óptimos racimos; pero

mientras la tierra se abra en surcos para recibir la caricia de Céres y

haya lluvias germinativas y soles benignos que apresuren la macolla y

doren las espigas, debe ser un lirismo aquello de engalanar el valle con

manzanos, con guindos y perales y ver florecer los cerezos por la

primavera...

Pero esto no ocurre en el valle de General Acha. La población aquí es de

hortelanos y quinteros genuinos. La tierra está subdividida y cultivada.

Cincuenta fincas se extienden desde las cercanías de la estación del

ferrocarril hasta los últimos médanos que encajonan el valle y se

desparraman, como pequeños oasis, entre las lomas caprichosas. El

plantel primitivo de esta colonización fué a base de los lotes donados

por el gobierno nacional, allá por el año 83, meses después de fundar el

pueblo de General Acha--12 de agosto del 82.--Cada predio tenía

dimensiones de 220 metros de frente por 400 de fondo. Sobre esta dádiva,

que venía como un corolario a complementar la campaña al salvaje, se

delineaban las quintas pobladoras cuyos vestigios nos hablan hoy, en

achacosos manzanos, de aquel esfuerzo civilizador. Fueron franceses en

su mayoría los primeros colonos. Los hubo también españoles, italianos y

criollos. La quinta del general Manuel J. Campos, hoy parque del Estado,

situada fuera del valle, fué la primera revelación. La tierra era

pródiga y había que aprovecharla. El primer poblador del valle de

General Acha fué el francés Adolfo Laffeuillade. Vinieron después el

italiano Cirilo P., el argentino Pantaleón T. y el español Guillermo G.

Y más tarde, la segunda generación de quinteros, mientras un grupo

numeroso de quinteros fundadores, emigraba a Victorica, buscando las

nuevas praderas que despertaba el ferrocarril.

Hemos recorrido el valle en toda su extensión deteniéndonos en sus

fincas mejores. La impresión es halagadora, desde que se desciende a la

amplia hoyada. Por entre las macizas arboledas que deslindan cada

propiedad, se advierte el lote de frutales en plena floración, la huerta

y el pequeño viñedo extendido en hileras o en parral sombreador, acotado

a las viviendas. Se nota un franco espíritu de previsión que debió

anticiparse a los cultivos: el reparo forestal. Gruesos álamos, en

hileras dobles, alineados como cancerberos junto al alambre divisor,

ponen vallas a las furias del pampero. A veces la barrera es

combinada--álamos con mimbres o con sauces--pues la situación del valle

abierto de norte a sur, reclama toda defensa precaucional. Guarnecida

así, aquella tierra no tiene reatos para brindar su tesoro. ¡Y qué

frutos!

Visitamos la quinta de don Pedro O., vasco francés establecido en

General Acha desde 1885. Un mocetón de veinte años entrega a la labor

una media fanega de tierra, desmontada recién, y en donde los últimos

raigones del saucedal se desparraman sin medida por la superficie muelle

y fresca.

--Es como manteca--nos dice el labriego.--Fíjese la yunta... ¡Ni mella

que le hace!

--¿Y qué dá esa tierra?

--De lo que le ponga, señor. Dá hasta por lujo. ¿Ve esas papas que

asoman en los surcos? No vaya a creer que son de siembra. Aquí había

monte y basura. Son papas tiradas al azar...

Y sigue en pos de su yunta, manejando con pericia la esteva, mientras la

cuchilla destripa con facilidad los terrones y se revuelcan los pájaros

en la tierra removida que deja a la espalda.

Aquella misma quinta era la que en la exposición universal de

París--1889--se aseguraba un primer premio con sus espigas de maíz

piamontés.

Nos encantan, en verdad, los prolegómenos de esta colonización. Los

primeros vecinos, hechos en Europa sobre la rutina del surco, ajenos a

todo tecnicismo agrícola, muy sagaces y valientes debieron ser para

afrontar el valle desconocido, luchar con los vientos y reclamar de la

tierra inviolada todo lo que la tierra podía dar. Sobre los primeros

tanteos debió consagrarse la rutina que ha perdurado hasta hoy. La

herramienta moderna, el grano seleccionado, el procedimiento reformador,

no debieron llegar hasta esta fértil cuenca, perdida en la inmensidad

del desierto. Cuando se escriba la historia de la agricultura de la

República Argentina, bella y fundamental debe ser la página que consagre

el esfuerzo de estos argonautas.

Lo que ocurre en General Acha es un caso de agricultura que pudiéramos

llamar “autóctona”, dada la forma en que se ha producido y las

condiciones de aislamiento en que ha podido intensificarse, marcando un

provechoso ejemplo para las tierras pampeanas.

La fruta de este valle ha alcanzado justa celebridad, no sólo en el

territorio de la Pampa, si no en las rotiserías de Buenos Aires, en

donde no siempre pasa con el informe de su procedencia nativa--como que

la fruta cuyana o los ejemplares de California, tienen éxito

indiscutido, tanto por sabor como por novelería.

--¿Le dan bien sus perales?--interrogamos a un viejo quintero, que ha

venido a la reunión de vecinos citada por el agrónomo regional, en

propaganda del congreso agrícola a celebrarse en diciembre.

--Espléndidamente--nos responde.

--¿Y qué clase?

--Eso sí que no le puedo decir. Tengo unas peras largas, grandes, en

forma de brevas, que maduran en invierno; otras chatas, panzonas,

amarillas, de febrero a abril... ¿qué serán, pues?

[Illustration]

Nos suponemos, por la reseña superficial, que se trata de la “belle

Angevine” y la “duchese d’Angouleme”, de exquisito paladar.

Otro nos explica lo propio de sus manzanas.

--¡Viera qué ejemplares!--nos dice con legítimo orgullo.--Me han dicho

que son del país, nomás, pero tienen un sabor exquisito... ¿Conoce esas

manzanas retaconas, angulosas, grandes, de color verde claro?... De

esas... Tengo también de la misma clase de las californianas que

importan a Buenos Aires.

Sin duda alguna nuestro informante se refiere a la manzana “de las

cordilleras” y a una clase de la familia de las “renettas”, muy

vulgarizadas en todas las quintas.

--¿Y cuál fué el origen de los manzanos fundadores?--interrogamos.

--En un viaje que hizo mi padre a Guaminí--nos dice don Leopoldo

Laffeuillade--se le ocurrió traer algunas semillas de manzanas

cultivadas en aquella población. Las plantó y dieron. De ese almácigo

provienen las primeras plantas que se han desparramado por todo el

valle. Si fuera usted por la finca que fué del viejo, vería alguno de

esos manzanos que plantó mi madre. ¡Y cómo cargan! No diría usted que

llevan treinta años bien cumplidos sin cansarse de florecer y

producir...

¡Es bella la añoranza de este colono sencillo, que evoca con emoción el

recuerdo maternal en la planta solariega, incansada y generosa!

En esa forma surgieron los plantíos. La necesidad, madre previsora, se

anticipaba a la civilización forestal, para alegrar la mesa del

labriego. Así se prodigaron los durazneros y los guindos y los perales:

por simiente, a la ventura, obra del empuje rústico puesto sobre la

tierra providencial. Cuatrocientos años atrás, hacían lo propio los

conquistadores, trayendo en las pasas de Málaga, las primeras semillas

que serían sarmientos criollos después, hasta culminar con las clases

tecnificadas del cabernet, malbec y semillón, lo más ilustre en la

nomenclatura vitícola. Estas quintas, no son solamente las primeras de

General Acha; son las primeras de la Pampa. Vive aun el viejo que trajo

el primer arado a la yerma soledad y que nos habla con amor de aquella

colonización familiar en donde han retoñado dos generaciones.

--Estos solares no nos costaron nada--nos dice.--Ya ve la tierra; es

una maravilla. Nuestro esfuerzo debía concentrarse más en el reparo que

en la propia tierra. Ya ve, con arboledas hemos domado los vientos. ¡Si

pudiéramos hacer lo mismo con la langosta y las heladas! Pero esto es un

mal general y cuando viene no hay más que conformarse. Nosotros seríamos

unos ingratos si nos quejásemos. La buenaventura nunca nos ha

abandonado... Los gobiernos fueron buenos con el colono. No nos dieron

consejos para sacarnos del camino trillado, pero no nos pusieron trabas

tampoco. De quien guardamos un gran recuerdo es del general Campos. ¡Ese

sí que era buen criollo para amparar al agricultor!

Y a renglón seguido, el anciano nos hace una semblanza del tiempo pasado

y de aquel jefe de la brigada de Acha, figura heroica y tutelar.

Estos colonos de General Acha, son dignos de la más decidida protección

de parte del gobierno. Con hacer algo, y mucho, en su favor, no se haría

más que reparar una deuda. Demasiado abandonados del amparo oficial han

vivido para que se siga incurriendo en la omisión. Aquí la agricultura

ha sido obra del prodigio silvestre. Las parras--moscatel rosada, en su

mayor parte--algunas veintenarias, cargan porque hay una providencia en

este valle. ¡Qué podas tan mal hechas! Como que están libradas a

zagalejos que no han salido del solar. Virgilio nos habla con más

técnica de esta preparación de sus viduños, dos mil años atrás. Esta

inexperiencia preliminar, se justifica con el propio amor a las plantas

que profesa el colono. Descargar al sarmiento de los troncos inocuos,

sería herir en la entraña aquella vid, cuya conservación ha costado

sacrificios. Se prefiere que se prodigue en ramas aunque no cargue en

racimos. Viene un Tomba con nosotros--Sylla--de abolengo viticultor y

mendocino por añadidura. No es posible permanecer impávido ante este

espectáculo del espaldero protector, en donde las plantas se enseñorean

en ramas inservibles. Nuestro acompañante coge la podadera y ofrece un

ejemplo práctico sobre la forma eficaz de descargar las vides.

No para en esto la rutina. El ejemplo de sembrar las

cucurbitáceas--zapallos, melones y sandías--se tomó de los indios, sin

que se hayan reemplazado hasta ahora los procedimientos. La reproducción

de los manzanos sigue haciéndose por hijuelos, en forma primitiva. Este

sistema tradicional de cultivos ha desaparecido en muchas quintas. No

faltan los fruticultores imbuídos ya en los beneficios de la agricultura

científica.

--Mis duraznos--nos dice Bonifacio R.--proceden de ingertos que compré

en lo de Peluffo. Es una hectárea y media, nomás, pero me está dando muy

bueno.

Y sabedlo bien: este buen criollo, casi pampeano, orgulloso con su

granjita La Nena, que es una monada, ha obtenido el gran premio en la

exposición internacional de San Francisco, por su semilla de alfalfa.

--La cosecha es poca--nos dice casi con rubor--pero a mí me gusta que

sea de calidad. No siempre los criollos hemos de quedar dejados de mano.

Este agricultor tiene una pradera alfalfada de 150 hectáreas, que le da,

a conciencia, dos cortes anuales. Cultiva, además, un predio de

hortalizas y algunos estadales de maíz.

Largo sería enumerar la nómina de colonos que dan vida a este valle

próvido. Es lógico que no se hayan improvisado fortunas, pero no será

aventurado asegurar que no hay ninguna familia que no tenga su buen

pasar. La tierra se ha valorizado notablemente. Pero nadie vende su

heredad. Fuera de la cuenca, se han hecho transacciones a 240 pesos la

hectárea alfalfada. En las abras vecinas, estrechadas por los médanos,

quedan aun muchos claros sin cultivo, entregándose los prados naturales

al ganado lanar. El valle es fructícola por excelencia; y mucho nos

equivocamos o su verdadero porvenir está en la viticultura.

--La manzana y la uva no fallan nunca--nos manifiesta un experimentado

agricultor.--¡Lástima las heladas que a veces suelen ser crueles! Contra

estas sí que no hay reparo...

--Pero se van atemperando--asegura un tercero.--Después de aquella

famosa que cayó en marzo de 1912, que heló la alfalfa alta y achaparró

hasta los eucaliptus, no han sido tan malignas las otras. Los vientos

fuertes del sur nos tienen con el Jesús en la boca, porque siempre se

anticipan a una noche polar. Hasta en diciembre... Pero ya nos estamos

acostumbrando a estas amenazas, menos perjudiciales que la langosta

cuando se viene a embolsar en el valle.

Hemos pasado una tarde deliciosa entre estas arboledas que nos traen el

recuerdo de las quintas del delta del Paraná. El agrónomo regional ha

congregado a los colonos del valle para gestionar su concurrencia al

congreso agrícola que se celebrará en Santa Rosa el 16 de diciembre. De

esta cita numerosa e interesante, ha salido el delegado de la comarca.

La reunión ha sido franca, numerosa, al aire libre, con sencillez

vecinal.

Una hora más tarde regresábamos a la vieja capital del territorio.

Nuestra Pampa; libro de lectura · 第 20 / 233 题