A medio día llega el tren del Oeste a Santa Rosa. La impresión primera
es agradable. La línea del ferrocarril ha venido bordeando el centro
urbano. La estación es el remate de las calles principales en cuyo
perímetro se recuesta el conglomerado macizo de la población.
Transitamos un par de cuadras sobre pavimento de madera--tacos de caldén
sobre portland--adoquín de ensayo que se afianzó hace cinco o seis años
con un costo de 11.000 pesos por cuadra, o sea ocho pesos el metro
cuadrado. La población es compacta, elegante la edificación. Se nota, de
entrada, un ambiente de buen tono, en pequeño, si se quiere, algo así
como una suave aristocratización, una sosegada estabilidad vecinal, que
no condice con la agilidad urbana con que se han organizado los demás
pueblos del territorio, bajo el aluvión de la colonia. ¡Claro! estamos
en la capital, foco de fuerzas directrices, si no económicas, y donde se
han recostado elementos significativos en la administración pública, la
magistratura, el foro, el profesorado y la prensa.
Después de dejar nuestro equipaje en un hotel vecino a la plaza central,
recorremos la población, al azar, para impresionarnos en conjunto. Es
recto su trazado. Las calles están arborizadas con ligustros. La plaza
Mitre donde se levanta un prisma conmemorativo a la conquista del
desierto, es un paseo umbroso y bien lineado, con sus plantas
ornamenticias, sus alamedas coposas y sus escaños de “laqué”, con su
gimnasio infantil al aire libre, como en los grandes paseos de Buenos
Aires, manifestaciones de edilidad que hablan con elocuencia de
munícipes diligentes. Son polvorosas y pesadas las calles; correcta es
su nomenclatura; tonificante el aspecto general de sus comercios;
amplias y bien pavimentadas las veredas. No hay agua corriente todavía.
El molino y las cisternas suplen la falta. El agua es potable y
cristalina.
El día patronal del municipio, nos tomó en Santa Rosa. La procesión
sacramental de la virgen abogada, congregó a numerosas familias. Pudimos
advertir en este acto religioso la homogeneidad del concurso social,
manifestado en una porción ponderable de su vecindario. Abría las filas,
después de las congregaciones y de la imagen que se veneraba, el anciano
fundador del pueblo, acompañado de un grupo de vecinos de significación,
que contribuyen con su validez a prestigiar la obra colectiva.
Después hemos recurrido a la fuente oficial en procura de informaciones.
Visitamos en su despacho al gobernador, quien dentro de breves días
debía delegar su mandato, por terminación de período. El gobernador es
un caballero de fino trato. Nos habla con la conciencia del deber
cumplido. No deja ponderables iniciativas, a pesar de sus tres períodos;
pero esta infecundidad no es culpa suya. Es el sistema de las
gobernaciones territoriales, lo que ahoga todo buen propósito. Un
gobernador de territorio es un delegado, sujeto de pies y manos al
ministerio del interior y que se mueve según la cuerda que le tiran. Es
un funcionario, subalternizado injustamente a la política oficial,
despojado de toda facultad inicial y sometido a recibir, para los
servicios del territorio, al excedente de paniaguados que flota en
Buenos Aires por falta de acomodo. El gobernador no deja obras pero
tampoco deja enconos. Ha sido un funcionario correcto y digno de la
estimación pública. Con él discurrimos sobre diversos tópicos de
actualidad.
--¿Qué le parece el proyecto sobre el “homestead”?--le interrogamos,
girando sobre un asunto de tanto interés que está en el tapete de la
discusión parlamentaria aquellos días.
--Sería muy buena su implantación en la Pampa--nos responde.--Pero en la
Pampa no se podría aplicar el “homestead” por falta de tierra pública.
Apenas quedan al Estado algunos lotes en la parte oeste y sudoeste,
donde no ha llegado la agricultura todavía. Lo que podría hacerse, en
caso de legislación, sería expropiar...
--¿Y cuál es el valor de la tierra?
--En los alrededores de Santa Rosa, el campo virgen, monte sucio o
rastrojo, tiene precios entre 100 y 150 pesos. Al sur, hasta General
Acha, a ambos lados del ferrocarril Pacífico, puede valer 60. Donde los
campos han alcanzado precios excepcionales es en la zona pastoril de
Pico. Allí las tierras alfalfadas pueden valer hasta 500 y 600 pesos la
hectárea.
Nuestra interlocución se extiende alrededor de diversos temas,
mostrándosenos el gobernante como un observador sagaz. Para él, en la
zona sur de la Pampa hay pocos agricultores de profesión. Son
sembradores los más. No es la primera vez que oímos este concepto que
define una colonización ambulatoria. Fuertes comerciantes del sur--sobre
todo de la zona tributaria de Bahía Blanca--opinan lo mismo. Esto se
debe, creemos nosotros, al temperamento ancestral de ciertos núcleos de
población. Ya lo decimos por ahí en un capítulo referente a los rusos de
Doblas y Rivera, procedentes de la región de Odessa, comparados con sus
connacionales de otras latitudes. Sin duda alguna, las pampas del sur
están más retrasadas que las del norte. Los centros coloniales suelen,
por mayoría de nacionalidad, imponerse, no sólo en la vida urbana si no
hasta en las orientaciones de la instrucción pública. En Villa Alba, por
ejemplo, población en la que predomina el elemento ruso judío, el
carnicero criollo no puede faenar sin que mate sus reses el rabí, de
acuerdo con sus ritos. En otra forma caería bajo el “boycott” de la
colectividad y se vería obligado a levantar su tienda. Hay un egoísmo
recalcitrante en todas sus ceremonias, reflejo de la necesidad
instintiva de defenderse en tierra extraña y con lengua y religión,
extrañas también. Por lo menos queremos, por tolerancia, imaginarlo así.
Nos interesa conocer las relaciones policiales con la provincia de
Buenos Aires. Ese meridiano quinto, que separa la provincia del
territorio, se nos antoja como los burladeros de las plazas taurinas,
usados por los matadores para zafar a las furias del toro. Hemos pensado
que la delincuencia puede escurrirse allí por arte de tramoyar. El
gobernador nos hace notar, efectivamente, que la policía del territorio
tropieza con sus dificultades en aquella larga frontera, debido a las
continuas incursiones del elemento maleante y a los robos de haciendas
y carneadas a ambos lados de la línea divisoria, no muy abundantes pero
no por eso menos atrevidos. Con policía escasa es imposible hacer
proezas; y la consumación de estos hechos delictuosos no puede hablar en
menoscabo ni del gobierno territorial, ni del jefe de policía.