UN TREN MADRUGADOR

Por el tren de las seis de la mañana, vía General Acha, hemos realizado

nuestro viaje hasta Toay, en donde la línea del Pacífico combina con el

Oeste, en amplia curva hacia Buenos Aires. No obstante frisar en

septiembre, hace mucho frío. Los pasajeros--pocos--que vienen en el

convoy, son en su mayoría agricultores que se van diseminando en los

pueblos y estaciones del trayecto. Todo el mundo pasa al coche-comedor

en tren de refacción mañanera. Bien arropados, con media cara escondida

en la bufanda, establecemos en un rincón nuestro observatorio cerca del

calorcito de la cocina. El sol se insinúa en el espacio anunciando un

día primaveral. En las mesas próximas se han formado grupos de

chacareros que hablan con calor de las perspectivas del año. No se

necesita oír las conversaciones para penetrar en el franco optimismo de

los circunstantes. Basta mirar la risueña esperanza de los campos...

A veces en una parada del tren llegan hasta nosotros diálogos

interesantes:

--¿Esquiló, Apesteguía?

--Sí. Las ovejas que tengo en El Rincón. Es una puntita, nomás. Tenía

compromiso de vender.

--¿Y a cómo?

--A 17.50. Poca cosa. Es fina, pero es lana pesada y con semilla...

--¡No sea chambón! El otro día se ha pagado por fina terrosa y corta de

Nueva Roma, a 23...

--Es que la mía era un lotecito. Tenía que liquidar... Y como se empeñó

mi consignatario...

En una mesa más retirada, un joven de marcada pronunciación francesa, se

empeña en convencer a un chacarero de que no deben vivir en la eterna

zozobra hasta el resultado final de las cosechas. Se diría que este

Aristarco no ha pasado las amarguras del labriego cuando divisa la nube

de voladora o recibe el anuncio de la helada con el barrido del viento

sur, intemperante y glacial.

--Hasta cuando tienen los trigos en las planchadas, están temblando

ustedes--dice el mozo.--Que si se quedarán con el stock, por falta de

marchantes; que si se vendrán abajo los precios, por un juego de bolsa o

por que no hay bodegas; que si se incendiarán... Y recién les viene el

alma al cuerpo, cuando han pescado al comprador y tienen la platita en

el bolsillo...

--¡Cómo se conoce que usted no ha sembrado nunca!--responde el

chacarero.--La vida del agricultor está sujeta por un hilito a los

caprichos del tiempo. Si estuviéramos más adelantados, si fuéramos más

previsores, es cierto que no nos iría tan mal. Con la chacra mixta, por

ejemplo. Siembre usted variado, cultive su alfalfarcito y métale a la

chacra unas vaquitas y unas ovejas. Pero si no sale del trigo, siempre

va a tener que andar de la cuarta al pértigo, salvo que los años sean

excepcionales...

--¿Y ahora de qué se quejan?

--¿Yo?... De nada. Hay algunos pobres que les ha tocado la lotería de la

isoca... Ahí andan desesperados a puras consultas y a puros ensayos. A

usted no le supone nada la isoca ¿verdad? por que si encuentra una en el

jardín de su casa, la mata con el pie... Pero en los campos!...

Y atenuando la ironía campechana y sincera que desconcierta un tanto a

su interlocutor, le enseña por la ventanilla el predio verde y parejo

tendido junto al tren como un golpe de espátula.

--Vea los campos. ¡Eso es trigo! Buen madrugador ha sido ese colono. Si

parece una bendición de Dios.

Y en verdad que están verdegueantes y lozanos los trigales de la

comarca.

Se suceden los centros poblados sin interrupción. Cada estación es un

foco de actividad y movimiento a la hora del tren. El vecindario y los

colonos que vienen a recoger su correspondencia, tienen consagrado este

mentidero del andén de la estación en donde se toma lenguas sobre el

estado de las sementeras, se palpita el porvenir del año agrícola y se

formalizan transacciones.

Predomina en esta masa de población el elemento europeo, rubio casi

siempre y de origen inmigratorio. En Villa Iris, centro comercial de

mucha importancia, numerosos vehículos de todo tamaño y calidad ocupan

el canchón de espera: un par de autos norteamericanos, media docena de

bateas rusas con sus cuádrigas fornidas, arañas voladoras y flexibles

“boggys"... Al paso del tren se ven las calles rectas y amplias con sus

faroles a hidro-carburo o alcohol. Cada estación está provista de sus

espaciosos galpones de hierro y tinglados, síntoma evidente de riqueza

cerealera. El molino de viento se alza en todas partes. El rancho de

paredes quinchadas y techo de paja, tan vulgarizado en la provincia de

Buenos Aires, no se conoce por aquí. Las casas de los colonos son de

hierro galvanizado en casi su totalidad. Nos llama la atención, por

cierto, la difusión de estos materiales. Bien está que la chapa de

hierro pueda suplir la pared en las poblaciones inestables; pero nos

parece inadmisible que se utilice como techo. El clima de la Pampa es

recio, sin términos medios, dentro de una indiscutida salubridad. En

consecuencia, el hierro se hace insoportable durante la intensidad de

las estaciones. El material más adaptable, óptimo si se quiere, es el

“ru-ber-oir”, una especie de yute hecho de fibras, amianto y substancias

especiales, inaccesible a la lluvia, al frío y al calor. Resiste además,

al fuego. Este material se elabora en rollos de 36 pulgadas de ancho,

conteniendo 216 pies cuadrados para una superficie de 200 pies. Es

absolutamente liviano y su costo, menor de la tercera parte del fierro

galvanizado. Un metro de “ru-ber-oid” cuesta alrededor de 1.50 pesos,

comprendiendo, además, los clavos y ruberinos. Hay también una

derivación en color, de este material denominado “kaloroid” para

chalecitos y viviendas elegantes.

Pero sigamos en la marcha del tren. El terreno es ligeramente ondulado.

Mucho ganado lanar pace en los potreros, a uno y otro lado de la vía.

Hasta Jacinto Arauz, entrada a la Pampa, abundan las praderas naturales.

De allí el tren corre por entre sementeras a uno y otro lado. La tierra

en esta gran zona está más subdividida. El aspecto externo de cada

vivienda demuestra que está bajo el cuidado del propietario. Son campos

de colonias subdivididas los que vamos cruzando. Es rara la casita de

material, pelada y sin árboles que la cobijen y le presten su simpática

tonalidad.

Antes de llegar a Villa Alba, alegra la vista el monte de una chacra

donde, de entre el verde suave de sus sauces y las ramas color siena de

los álamos erectos, se destaca el rosado de los durazneros en flor.

Villa Alba es uno de los focos de colonias rusas más significativos de

la Pampa. Desde lejos advertimos el letrero de un almacén en el que,

junto al nombre polaco de su poseedor, con un “insky” inconfundible, se

destaca el título sintomático de “La Pampa Moderna"...

Sigue otra vez la llanura tendida. Un jinete, a lo lejos, galopa en un

camino en sentido contrario al tren. Parece que estuviera desprendido de

la tierra. Y más allá, mucho más lejos, un remolino de polvo se eleva en

amplia columna hasta desaparecer confundido con el azul terroso del

cielo. El día es magnífico. Un sol de las once castiga la tierra e

improvisa su espejismo a lo lejos. Vuelven a ralear los árboles en las

viviendas diseminadas por todas partes, blanqueadas unas, otras de

chapas, sin molino ni reparos.

Después de Bernasconi se advierte el paisaje genuinamente pampeano: la

loma poblada de arbustos naturales ensombreando la hondonada.

En Abramo nos cruzamos con el primer tren leñatero, con disposición de

seguir a Bahía Blanca. Empieza el dominio de los caldenes. Grandes pilas

de leña aguardan turno junto a los desvíos. A menudo cruzamos predios

que fueron tupido monte, entregados hoy a la agricultura y sobre los

cuales queda aun la remembranza de uno que otro árbol salvaje y disperso

en la sabana verde del trigal.

Son los últimos vestigios de la Pampa de ayer, desgarrados del misterio

secular para incorporarse a la civilización.

Nuestra Pampa; libro de lectura · 第 14 / 233 题