Tuvo también su alcance moralizador la partida militar, sobre este
desquicio social de la campaña. El ejército argentino llevó la seguridad
territorial, la paz indígena y la depuración. Se vió claro, además,
aquel misterio de la Pampa que a los ojos de Buenos Aires era el dragón
terrorífico puesto en guardia para velar los pasos de la Cordillera.
Nuestra pampa, la de Echeverría, reclamada por las musas y por Minerva
terminaba en Mercedes y en Areco. La llanura dilatada, “inmenso piélago
verde”, se perdía con el ombú, junto a los ríos dóciles y claros de la
provincia. La otra Pampa, la ondulante, la eterna Pampa, la
“de Dios sólo conocida,
que El sólo pudo sondar”,
la del calden milenario, la de las dunas caprichosas, la del silvestre
alfilerillo, la de las lagunas, la de los bosques, tenía que romper el
velo de la leyenda y abrir su misterio a la civilización. Nos imaginamos
la sorpresa que causaría en los austeros padres de la patria, el alegato
de Avellaneda, robusteciendo en su mensaje al congreso, del 14 de agosto
de 1878, la petición de acuerdo para arbitrar los recursos reclamados
por la campaña civilizadora. “El ministro actual de la guerra--decía el
ilustre presidente--ha recorrido personalmente estos lugares y puede
asegurarse que son inmejorables para la ganadería y aún para la
colonización. Abundan pastos de varias clases; el agua dulce y clara se
encuentra en grandes lagunas, al pie de los médanos de arena; y donde no
se la ve en la superficie, se oculta tan de cerca, que basta levantar
algunas paladas de arena para que surja en abundancia del seno de la
tierra.”
Y sin embargo, la idea de la ocupación civilizadora hasta Río Negro,
para fijar una frontera natural a la nación aborigen, databa de un siglo
atrás. Durante el virreinato del marqués de Loreto, el capitán don
Francisco de Viedma, llevó una expedición parcial hasta los valles del
Colorado y más allá. Esta primer tentativa en tierra salvaje originó un
precioso informe en donde el intrépido explorador puso de relieve la
importancia estratégica del Río Negro, como línea militar defensiva.
Tiempo después, el naturalista don Félix de Azara--1796--aconsejaba la
necesidad de ocupar Río Negro, “como el único medio de asegurar la
tranquilidad y posesión de las pampas”, compartiendo de igual opinión,
el capitán don Sebastián Undiano y Castelú, jefe de guarnición en
Mendoza y hábil conocedor de la extendida región de los mapuches. Pero
ningún gobierno mueve la iniciativa. Pasa la vorágine de la revolución.
Pasa la lucha gloriosa. Se afianza la emancipación americana. Se inician
los primeros tanteos del gobierno libre. Y recién cuando Rozas asume el
primer mandato popular, recién se echa de ver la necesidad de poner los
ojos en el desierto. La campaña de Rozas fué el primer triunfo. Y
hubiera bastado este título de “héroe del desierto” para asegurar a su
nombre la gratitud nacional, si la hazaña gloriosa no hubiera cimentado
el abismo de la dictadura. Cincuenta años más tarde, el general Roca, en
plena juventud, preparaba, sobre las propias bases, la presidencia de la
República. ¡Grande debió ser la obra como grande fué el premio!
Y en verdad, difícil hubiera sido concebir y ejecutar un plan más
estratégico, más político, más sobrio, más definitivo. Los Estados
Unidos, con más recursos que nosotros, no solucionaron con mayor lucidez
y economía su problema autóctono sobre las tribus del oeste. Y eso que
sus salvajes no contaron con la protección vecina, como los nuestros. El
plan de Alsina, de ir ganando paulatinamente el dominio de la Pampa, con
el foso artificial y la línea de fortines, tenía su indiscutible y
acertada orientación; pero era largo y dispendioso. Tres años gastaron
nuestras tropas en abrir aquella zanja que ha borrado el tiempo. Pero
fué un envión noble en el sentido de la incorporación territorial
pacífica. Después de este iniciador, la empresa armada debía caber a
Roca. Ya la ley que autorizaba el avance y la posesión real del
desierto, dormía un encarpetamiento de diez años--1867--y posiblemente
a Mitre le hubiera tocado en suerte esta campaña, para mayor lustre de
su nombre, si la guerra con el Paraguay no se prolonga con el incruento
sacrificio de cuatro naciones.
No bien se inicia Roca en el ministerio de la guerra, dedica toda su
atención a las fronteras del sur, de las cordilleras y del Chaco. Su
plan, conocido ya por sus comunicaciones epistolares con Alsina, tiende
a concentrar un movimiento simultáneo con fuerzas destacadas
convenientemente a flor del extenso perímetro y que deben operar de
norte a sur y de este a oeste, estrechando cada vez más al pueblo
indígena hasta llevarlo al otro lado del caudaloso Río Negro. Como
prolegómenos de este plan, los diversos cuerpos del ejército comienzan a
ejercitar su acción en las distintas zonas del imperio bárbaro. Se
suceden los primeros encuentros, felices siempre para las armas de la
nación. Estos preliminares abarcan el espacio de tiempo comprendido de
julio del 78 a mayo del 79. Buenos Aires, descreído hasta entonces de
estas incursiones al país de los indios, ve regresar a sus soldados
trayendo infinidad de prisioneros, que la previsión oficial destina a la
marina y a las colonias agrícolas de Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba y
Corrientes, a emporios industriales y establecimientos de educación. Y
recién entonces se comienza a creer en la eficacia de la gran empresa
militar.
Puesto en juego el plan general de la campaña, las diversas divisiones
del ejército debían de operar en la siguiente forma: Levalle se
iniciaría por Traru-Lauquen hasta Toay o Naicó y se correría hasta
Lihuel Calel; Racedo, desde Villa Mercedes de San Luis, haría una
descubierta en toda la comarca ranquelina; destacaría su jefe de
vanguardia hacia Chadi-Leuvu y trataría de ponerse en comunicación con
las fuerzas que salieran de Trenque Lauquen y que alcanzaría en Toay;
Napoleón Uriburu, destacado en el fuerte General San Martín (Mendoza),
emprendería su marcha en dirección al Neuquen, limpiando de indios las
pampas mendocinas y los valles intracordilleranos; Hilario Lagos,
saldría de Carhué, camino de Llanquil-co hasta Toay o Malal; el
comandante Enrique Godoy recorrería de Guaminí a Naicó. Centro de
concentración general de todo este movimiento sería Choele Choel, a las
órdenes inmediatas del propio ministro de la guerra, general Roca.
[Illustration]
La campaña se llevó punto por punto con una precisión admirable. Comenzó
el desbande de las tribus. Pincén, Epumer, los Catriel, Baigorrita,
Mariano Rozas, Namuncurá, y cien capitanes más, desorientados ante este
avance sistemado y uniforme sobre sus dominios, o caen prisioneros, o se
someten, o huyen hacia el sur, a recaudo del avance arrollador. La
nación ranquelina, extendida en setecientas leguas sobre la Pampa, en
medio de espesos bosques y grandes praderas, tiembla ante esta irrupción
civilizadora, se defiende al principio con recursos infructuosos de
montonera; pero desprevenida y desorganizada para la lucha, cae, se
rinde o huye. Lo propio ocurre con las demás tribus enseñoreadas hasta
entonces del desierto. No hay derramamiento de sangre en nuestras
tropas. Y ese es, precisamente, el mayor de los triunfos, del punto de
vista militar. Las travesías, sin embargo, son penosas. Aquella
naturaleza montaraz supo tener sus dolorosas sorpresas para nuestros
soldados, desconocedores del amplio e ignorado país. A veces la sed; el
hambre a veces. La engañadora laguna, daba salitre en vez de agua
cristalina; el campo de totoras ocultaba el temible tembladeral. ¿Y la
falta de forraje para las bestias? ¿Y la arena cruel de los médanos? ¿Y
los vientos? ¿Y el despiadado temporal?...
--Si no te hallas en actitud con estos medios, de dar debido
cumplimiento a lo que se te va a encomendar y crees que se te
sacrifica--le decía el general Roca a uno de sus jefes, quejoso por la
escasez de elementos con que debía de iniciar su marcha--dilo con
tiempo, que yo no quiero forzarte a marchar contra tu voluntad. Debo
prevenirte, que ni Uriburu, ni Racedo, ni el comandante Roca, ni
Levalle, ni García, llevan carros ni carruajes. El único que lleva esas
cosas soy yo y yo no sé si tendré que tirarlas en el camino...
Meses después, el ilustre jefe podía asegurar con entera confianza en la
eficacia de la magna obra:
“Los indios se han visto asediados, confundidos y oprimidos en todas
partes y en todas direcciones. No ha quedado un sólo lugar del desierto
donde pueda crearse una nueva acechanza contra la seguridad de los
pueblos que tocan con sus pertenencias en la Pampa, ni de las personas e
intereses que vengan en lo futuro a radicarse en estas vírgenes y
generosas tierras que por sus cualidades naturales de producción y de
clima, revelan hoy claramente la razón de ser del arraigo secular, la
vida y fortaleza relativa de sus habitantes bárbaros.
“Los pocos indios que quedaban en el territorio así dominado, han caído
en poder de nuestras fuerzas o se han apresurado a presentarse; otros
han huído abandonando a sus familias a la muerte en la travesía.
Namuncurá debe su temporaria salvación a la anticipación de tiempo en
que emprendió su retirada a los valles interiores de la cordillera donde
hoy se encuentra amparado por su pariente Ranque-Curá, que tendrá que
responder perentoriamente de este hecho. Baigorrita y los restos de su
tribu, quedan aún dentro del cerco de nuestros dominios: se tienen
noticias por prisioneros tomados, del estado de aniquilamiento de
recursos de movilidad y mantención con que se trataba de escapar a la
persecución de nuestras partidas, en cuyas manos es casi seguro caerá,
ya sea en la parte occidental de Chadi-Leuvu, donde le sigue una columna
de la tercera división, o en la cordillera, en las guardias de la cuarta
o en el Colorado donde cruzan las que he desprendido de las de mi
inmediato mando.
“En los valles de los Andes, ha recibido golpe de muerte el tráfico tan
inmoral y tan antiguo, como la plaga de los indios, que allí tenía lugar
con el robo que éstos hacían de nuestras haciendas. La presencia de las
fuerzas de la cuarta división ha cortado definitivamente ese mal que hoy
ha podido apreciarse cuánto ha debido perjudicar a nuestro país.
“Los ganados argentinos no pasarán en adelante los anchos y
multiplicados boquetes de la cordillera del sur, sino por la
consignación de sus legítimos dueños; y serán de hoy más aquellos campos
una nueva ventajosa expansión del comercio ganadero legal, especialmente
para las provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba y Buenos Aires, que
podrán hacer su itinerario directo por el paso de los ranqueles, vías
del Colorado y Río Negro para sus compras, invernadas y transportes al
mercado trasandino.
“No ha sido menos fructífera esta campaña en lo que toca a la
adquisición de conocimientos sobre la geografía y topografía de esta
región hasta hoy desconocida y en los que han venido a rectificarse muy
favorablemente las noticias o conjeturas que había a su respecto. Muy
lejos de la aridez desconsolante que algunos han supuesto en la mayor
parte del territorio que se llama la Pampa, se tienen, en general, los
mejores datos acerca de la buena calidad de los campos que han recorrido
las divisiones y las partidas sueltas, que han llevado unas y otras
especial encargo de estudiar esto con interés; y en cuanto a la dilatada
extensión que yo mismo he recorrido, me ha producido el convencimiento
de que en ningún punto de ella se verían defraudadas las esperanzas del
agricultor o criador de cualquier especie, dado los trabajos a que debe
responder toda buena tierra y mejor clima.”
Así hablaba el general Roca en el parte general, como comandante en jefe
del ejército de operaciones y elevado al ministro de guerra interino.
Quedaba con ésto entregado al acervo nacional el vasto territorio.
Asegurada la tranquilidad territorial; destruído el señorío salvaje;
francos los caminos; libres los campos; garantida la propiedad privada
con el amparo de la ley; se abría la Pampa como un tesoro invalorado al
empuje civilizador. Sobre las huellas frescas de nuestra caballería, se
plantaba la colonia. Eclosionaron los pueblos. El tren, detenido en el
Azul, avanzó campo afuera mientras nuevas ferrovías pobladoras debían
llegar al corazón del país de los caldenes, llevando el éxodo emigrador.
Cuarenta años después de aquella gran cruzada, capaz de consagrar por sí
sola la figura del héroe, el viajero de hoy mira desde el tren la
campiña florida. Se renueva el paisaje con la loma tapizada de verdura,
la arboleda de sauces, de eucaliptus y de aromos, el chalet elegante, el
camino decidor y geométrico, linde y motor de la propiedad subdividida y
cultivada. Un hálito de vida nueva invade el solar infinito. Y todo se
transforma. ¡Hasta los vientos! Cae el bosque hirsuto bajo el hacha del
leñador. Mueren los pastos punas al cruce del arado y se alegran los
oteros con las gramillas y el aromado trebolar. ¡Y qué transformación!
Ya no se queja en los senderos el chirrión de dos ruedas que conducía a
nuestros bravos oficiales del ejército a su destartalada estación
telegráfica en donde, por estrechez, se fumaban hasta los libros. El
salto ha sido brusco, fundamental, imprevisto, vertiginoso. De la
carreta, al automóvil; de la vaca cueruda y flaca, a los más nobles
ejemplares de alta mestización; del trigo salvaje, cultivado a la buena
de Dios, al trigo campeón consagrado en el más significativo de nuestros
certámenes con el nombre bautismal
[Illustration]
de “trigo argentino”; del lanar pampa, al Lincoln, a la cruza fina,
desiderátum en textil, en carne y en sabor. Quiere decir que sobre la
redención territorial, vino de golpe y porrazo la savia nueva. La Pampa
es el único de nuestros territorios del que puede decirse que no ha
tenido adolescencia. Y de este espécimen de colonización es posible que
no pueda jactarse ninguna nación de la tierra. No sólo no hay indios.
¡No hay gauchos! Es de Europa el entrevero que ha venido a plasmar esta
generación uniforme, inteligente y definitiva. El misterio ha quedado a
la espalda, en el devocionario de la tradición. Los descendientes de los
indios son hoy inteligentes colonos y criadores técnicos. De esta raza
bravía que dominó el desierto--¡suyo era al fin!--no es difícil
encontrar hoy retoños de significación en el ganadero acomodado, en el
industrial y hasta en la maestra de escuela.
Queda, sin embargo, un rastro de aquel pueblo salvaje y varonil: la
nomenclatura de su dominio accidentado. ¡Y bien! conservémosla, siquiera
sea por el recuerdo, por la misma étnica tan ajustada al concepto
geográfico que consagró el valor de su lingüística, por la propia noción
del sacrificio que costó al ejército y a la tutela nacional. Cuando este
gran campo de actividad humana se consolide de firme; cuando las
colonias sean pueblos y los pueblos ciudades, la posteridad podrá
entonces adjudicar el justo premio a los próceres de la noble
expedición.
Ya se inicia el pago de la deuda, con modestia, pero con devoción. Santa
Rosa ha levantado su pirámide. Ya Pico ha puesto en su plaza pública el
busto de Alsina. Mientras la gratitud nacional unifica en una sola
voluntad rememorativa el bronce que ha de retar a los siglos, abramos
nuestro corazón a este gran territorio destinado a ser una de las
primeras provincias argentinas.