PRELIMINARES DE LA CONQUISTA DEL DESIERTO

La primera impresión del territorio pampeano, renueva en el viajero una

gloriosa remembranza: la conquista del desierto por las armas de la

nación.

“Cuando la ola humana invada estos desolados campos que ayer eran el

escenario de correrías destructoras y sanguinarias, para convertirlos en

emporio de riquezas y en pueblos florecientes, en que millones de

hombres puedan vivir ricos y felices--decía a sus soldados el general

Roca, en la orden del día, en Carhué el 26 de abril de 1879--recién

entonces se estimará en su verdadero valor el mérito de vuestros

esfuerzos. Extinguiéndose estos nidos de piratas terrestres y tomando

posesión real de la vasta región que los abriga, habéis abierto y

dilatado los horizontes de la patria hacia las comarcas del sur,

trazando, para decirlo así, con vuestras bayonetas, un radio inmenso

para el desenvolvimiento y grandeza futuras.”

Y en verdad, el vaticinio del ilustre jefe se ha cumplido. La ola humana

se ha diseminado por la rica campaña. La tierra salvaje, se rinde como

una madre próvida al tajo del arado. Se inmoviliza el médano bajo el

manto de las plantas forrajeras. Florecen los trigos y florecen los

pueblos como una inmensa constelación. Y mientras los ferrocarriles se

bifurcan en todas direcciones sobre la campaña infinita y ondulada, se

tonaliza el predio rústico con el verde intenso de los alfalfares, se

extienden nuevas sementeras sobre el desmonte de los caldenes, y la

colonización sistemada se rinde a Ceres, estira el alambrado civilizador

en el latifundio inviolado y se arraiga al amor del clima y bajo la

certeza augural del porvenir.

La expedición al desierto tiene para el país una significación

trascendental: como acontecimiento militar interno, importa la campaña

más fructífera de cuantas han podido realizarse después de la

consolidación de la independencia nacional. Con economía de sangre y de

recursos, se logró para la civilización el patrimonio de 20.000 leguas,

entregadas al arbitrio de las tribus indómitas. Como acontecimiento

político llegó aún más lejos la brillante cruzada: se cortó a Chile el

recurso ilegal y cuantioso de la rapiña indígena. Según cálculos “grosso

modo”, excedía de 200.000 el número de cabezas de ganado vacuno y

caballar que pasaba los boquetes de la cordillera en arrias indígenas

apañadas por deshonestos acopiadores e industriales de ultracordillera.

Este predominio, tradicional en el desierto, sobre el pueblo indígena

extendido desde los campos de Buenos Aires hasta los Andes y desde las

fronteras de Córdoba, Mendoza y San Luis, hasta la Patagonia, tenía su

explicación natural en el origen araucano de las tribus. La corriente

salvaje se inclinaba al Pacífico donde la impunidad del robo se hacía

fuerte al amparo de la tolerancia política. Cierto es que la opinión

sensata del país vecino, repudió con energía el procedimiento y más de

una vez se alzó la voz enérgica de los legisladores protestando de aquel

comercio subrepticio que era un atentado contra la civilización y la

amistad internacional. Pero es cierto también que durante largas

décadas, el ganado de nuestras pampas y la sal de nuestras lagunas,

adquiridos malamente, constituyeron la industria del tasajo con que

Chile dominó el mercado pacífico, desde Antofagasta al Ecuador.

El famoso cacique Juan Agustín, de la tribu de Las Barrancas, que tanto

daño causó en Mendoza con sus cuatrerías y sus malones sangrientos,

tenía en Chile concepto de honestísimo propietario y las prerrogativas

de juez y subdelegado en las poblaciones indocriollas. El cacique Caepé,

del Neuquen, de crueldad proverbial, afianzaba su impunidad en un

parentesco empingorotado por parte de su mujer; y el cacique Aillal,

regentaba sin control y en pleno territorio argentino, un

establecimiento del general Bulnes, vale decir que tenía vara alta en el

tránsito libre de las cordilleras. Cita Olascoaga--nuestro más veraz

historiador del desierto--que el coronel Bulnes, pariente del general

del mismo nombre, y que vivió muchos años en la frontera de Araujo, vino

en diversas ocasiones al territorio del Neuquen, cultivando relaciones

con los primeros jefes indios. De una de estas entrevistas, que siempre

fueron de carácter comercial, nació el propósito de sublevar las tribus

ranqueles que poblaban la Pampa y mantenían tratados de

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paz con el gobierno nacional. Los caciques Rouan, Cheuquel y Udelman,

engolosinados por las promesas del jefe chileno, desprendieron sus

emisarios a Baigorrita, Epumer y Cayupan, incitándolos a la rebeldía y a

la invasión. “Chile gobierna a los indios”, era la voz de orden. Allí

estaba la génesis de la raza que idealizó Ercilla en la soberbia

indómita de Caupolicán. Las tribus de la Pampa no eran más que las ramas

de aquel tronco que había afianzado sus raíces en las costas del mar,

desde Santiago al archipiélago del sur. Esta premisa que tenía todos los

contornos de una política subterránea, capaz de influir en el diferendo

territorial que nos tenía al borde de la guerra, trajo como

consecuencia, el parlamento salvaje de Poytahué entre los ranquelinos y

la embajada de Meliqueo que tenía la plenipotencia de sus amigos del

Neuquen, para formalizar un plan subversivo contra las autoridades

argentinas, llevando una invasión conjunta a las indefensas poblaciones

del interior.

Acontecimientos de tal trascendencia tenían que traer consecuentemente

una campaña formal sobre el desierto. Era menester hacer la guerra al

indio que era la guerra a Chile. Había que quebrar, con las armas de la

nación, el bandidaje desalmado puesto al servicio de aquella rivalidad

internacional que podía ser nefasta para nuestra integridad. La milicia

chilena, puesta en tensión, con las perspectivas de la guerra al Perú y

Bolivia, tentaba por medio de nuestros indios, de avocarnos al problema

de la lucha interior, temerosa tal vez, de que pudiéramos tomar una

participación decidida en la contienda. Mientras tanto--cabe a nuestra

hidalguía reconocerlo--no faltaron estadistas prudentes y sabios

legisladores que se opusieron abiertamente a este juego peligroso sobre

la base, no siempre leal, de las lanzas nómades que bien pudieran

esgrimirse contra Chile si al gobierno argentino se le hubiese ocurrido

conquistarlas con el halago de la tolerancia y de la protección...

Es de suponer que graves exigencias de política interna, obligaron al

gobierno chileno a mantenerse reacio a nuestras reclamaciones. Sólo así

se explica el vacío que rodeó las quejas de nuestro representante Miguel

Góyena cuando exigía control y castigo para el infamante comercio de

ganado, producto del más descarado latrocinio. Para contraste del

proceder de la Moneda, aquel mismo año--1876--el Canadá, con motivo de

haberse internado en su territorio las mesnadas de Sitting Bull,

producía en su protocolo oficial la siguiente declaración: “Conforme a

todos los principios de la ley internacional, cada gobierno está

obligado a proteger el territorio del Estado vecino y amigo contra actos

de hostilidades de parte de refugiados que, escapando a la persecución,

cruzan las fronteras.”

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Sea como fuere, la actitud insólita del gobierno chileno, mató las más

bellas iniciativas de hombres de ponderación. Ya en 1870, el señor

Puelma, desde su banca legislativa por San Carlos, sosteniendo la

imperiosa necesidad de adoptar un sistema civilizador sobre el pueblo

araucano, había dicho, bien alto, en sesión del 18 de agosto:

--Analicemos lo que sucede. En cuanto al comercio, vemos que el de

animales, que es el que más se hace con los araucanos, proviene siempre

de animales robados en la República Argentina. Es sabido que últimamente

se han robado allí 40.000 animales, más o menos. Y nosotros, sabiendo

que son robados, los compramos sin escrúpulo ninguno. Y luego decimos

que los ladrones son sólo los indios...

Esta valiente afirmación, que era toda una apotegma, cayó en el vacío.

No queremos, sin embargo, en esta suscinta relación de los

acontecimientos que ocasionaron la campaña civilizadora, dejar de mano

las propias lacras, desarrolladas como enfermedad endémica

intra-cordillera y hasta en las propias puertas de Buenos Aires, en

campo sometido por el fortín y hasta por el riel. Siempre el abigeato

encontró pie en el comercio inmoral de los acopiadores. La pulpería

pampeana, lugar de regocijo y de pelea, no siempre contribuyó al

estímulo civilizador de las armas que abrieron paso a la inmigración y a

la colonia. La vida de fronteras tiene a menudo episodios que desdicen

con el noble propósito de la civilización. No recordamos si Alvaro

Barros o qué cronista de la gran expedición, narra el caso de un pulpero

inmoral protector de montesinos y carneadores de ajeno, castigado en su

propio delito.

--Tráime todos los cueros que te vengan a mano--reclamaba a un paisano

ladino, un negociante crapuloso de la campaña de Olavarría.

--¿Voltiaré alzaos, nomás?... Porque los ajenos...

--De todo, che. Hay que hacer plata. Y vos que andás con pandiya noche a

noche, podés hacer una buena rejunta. Yo compro todo... Voltiá, nomás.

Ya sabés qu’el jujao está a mi cargo...

Emprendió la tarea el gaucho. Por muchas mañanas, entre dos luces, se

apareció en la casa del pulpero, trayendo una buena cosecha de

cuerambre. El pulpero pagaba poco, pero pagaba. Los paisanos eran

diestros para cuerear a campo; y el producto de la correría fué copioso

en un par de semanas.

Pasó por fin la partida a las estacas. Se tendieron las pieles en una

enorme superficie. Y cuando el viento del sur barrió el secadero, se

patentizaron las marcas sobre los cueros de vacuno y caballar. ¡Eran del

propio herraje del pulpero, era su misma hacienda la que había hecho

sacrificar por ambición del lucro inmoral y desmedido!

--¡Ah, canaya!--le dijo al gaucho, cuando se acercó con la última

remesa.--¡Vas a pagar caro, ladrón!...

--¡No s’enoje patroncito!... Usté me dijo que carniara ¿y de’ai?... Yo

creí que fueran de los suyos... ¡Natural! Porque yo no nací para ladrón

¿sabe?... Y vaya pagando esta última partidita porque tengo que dar

cuenta a los muchachos que m’esperan afuera... ¡Que ni pa los vicios,

con sus cuatro riales locos que aflueja!...

Nuestra Pampa; libro de lectura · 第 8 / 233 题