Fácil sería volver la oración por pasiva, reuniendo en un solo golpe
de vista todos los fenómenos inversos a los que hemos observado.
Llegaríamos a formular esta regla: el hombre menos apto para simular
está más expuesto a sucumbir en la lucha por la vida.
En verdad, escapan a ella algunos tipos especiales; pero las reglas
no se formulan para las excepciones. El hombre superior, el que puede
imponerse a su ambiente sin necesidad de adaptarse a él, constituye en
efecto, una excepción; acaso no sea la única. Pero esa excepción, y
otras que hubiera, no invalidan la regla general, que está de acuerdo
con otras nociones similares. La lucha por la vida entre los hombres
evoluciona de las formas violentas a las formas fraudulentas; esto
determina el desarrollo de medios de lucha fundados en el fraude. El
hombre primitivo vence a golpes de maza o de hacha; el civilizado
domina con la fuerza de la astucia. El ambiente impone la fraudulencia;
vivir, para el común de los mortales, es someterse a esa imposición,
adaptarse a ella.
Quien lo dude, imagínese por un momento que el astuto especulador no
simule honestidad financiera; que el funcionario no simule defender
los intereses del pueblo; que el literato adocenado no simule
las cualidades de los que triunfan; que el comerciante no simule
interesarse por sus clientes; que el examinado no simule conocimientos
de que carece y el profesor una profundidad inconmensurable; que el
parásito no simule ser útil a su huésped y la barragana ser madre; el
bruto inteligente y el inteligente bruto, según las circunstancias; que
la adivina y el curandero no aparenten facultades sobrenaturales, para
sugestionar a su clientela; que el pícaro no simule la tontería y el
superior la inferioridad, según los casos; el niño una enfermedad, el
maricón el afeminamiento, el propagandista la pasión, la esposa astuta
el histerismo y el marido desgraciado el amor; que el patrón no finja
ser católico y el ladrón ser anarquista; que el periodista no simule
pensar lo mismo que su director o su público: se tendrá una falange de
probables vencidos, casi seguramente vencidos, en la lucha por la vida.
Ésa es la regla, sin que desconozcamos la excepción.
"Existen, dice S. Faure, naturalezas intrépidas y leales, demasiado
saturadas de verdad y de franqueza para plegarse a las exigencias de
la vil estrategia que obliga a ser mentirosos e hipócritas para no
ser vencidos en la lucha por la vida. Lo que piensan esos caracteres
fuertemente templados, salta a sus labios; gritan sus desagrados,
sus rebeldías, sus indignaciones, de la misma manera que afirman sus
aspiraciones y sus ideales. Si son obreros, se les arroja de los
talleres como ovejas sarnosas que podrían contagiar la majada; si
comerciantes, pierden su clientela y su crédito; si funcionarios, son
destituidos; si escritores, se les quiebra la pluma; si hablan, se les
condena al silencio de la prisión; sus mejores amigos los encuentran
comprometedores; sus parientes los reniegan; su propia familia no
les perdona que hayan levantado la voz indignada contra la mentira
socialmente organizada; y la multitud, si es feroz, los tratará como
a malhechores, si es indulgente los llamará locos. Tartufo es el rey;
suyo es el triunfo. Decid a vuestro auditorio las necedades más viles,
las más bajas adulaciones, y os aclamará; decidle la verdad, le será
desagradable y os execrará." ¡Y alguien se asombra de que frente a la
hipocresía social el individuo se incline a ser astuto y mentiroso,
simulador y fraudulento, diplomata y estratega, táctico y disimulado!
Sorprenderse de ello sería llegar al colmo de la ficción. Un mundo
de farsantes y de hipócritas empuja al individuo a engañar a sus
semejantes. Todo le dice: ¡Miente y simula!; él simula y miente. La
culpa es de una moral social que tiene sus bases en la mentira; la
educación está envenenada por ella; la tolerancia general agrava en
cada uno esta triste aptitud de engañar para vivir.