Tristísimo fué aquel día para el pobre ciego, porque desde muy
temprano le atormentó la idea de que su hermana se _estaba casando_;
y como fijamente no sabía la hora, á todas las del día y en los
instantes todos _estaba viéndola casarse_, y quedar por siempre
prisionera en los brazos del aborrecido monstruo que en mal hora
llevó el oficioso D. José á la casa del Águila. Hizo el polvorista
los imposibles por distraerle; propuso llevarle de paseo por todo el
Canalillo hasta la Moncloa; pero Rafael se negó á salir del corralón.
Por fin metiéronse los dos en el taller, donde Valiente tenía que
ultimar un trabajillo pirotécnico para el día de San Agustín, y
allí se pasaron tontamente la mañana, decidor el uno, triste y
sin consuelo el otro. Á Cándido le dió aquel día por enaltecer el
arte del polvorista, elevándolo á la categoría de arte noble, con
ideales hermosos y su correspondiente trascendencia. Quejábase de la
poca protección que da el Gobierno á la pirotecnia, pues no hay en
toda España ni una mala escuela en que se enseñe la fabricación de
fuegos artificiales. Él se preciaba de ser maestro en aquel arte, y
con un poquitín de auxilio oficial haría maravillas. Sostenía que
los juegos de pólvora pueden y deben ser una rama de la Instrucción
pública. Que le subvencionasen, y él se arrancaría, en cualquier
festividad de las gordas, con una función que fuera el asombro
del mundo. Vamos, que se comprometía á presentar toda la Historia
de España en fuegos artificiales. La forma de los castilletes,
ruedas, canastillas, fuentes de luz, morteros, lluvias de estrellas,
torbellinos, combinando con esto los colores de las luces, le
permitiría expresar todos los episodios de la Historia patria, desde
la venida de los godos hasta la ida de los franceses en la guerra
de la Independencia... «Créalo usted, señorito Rafael—añadió para
concluir:—con la pólvora se puede decir todo lo que se quiera; y
para llegar adonde no llega la pólvora, tenemos multitud de sales,
compuestos y fulminantes, que son lo mismito que hablar en verso...»
—Oye, Cándido—dijo Rafael bruscamente, y manifestando un interés
vivísimo, que contrastaba con su anterior desdén por las maravillas
pirotécnicas.—¿Tienes tú dinamita?
—No, señor; pero tengo el fulminante de protóxido de mercurio, que
sirve para preparar los garbanzos tronantes y las arañas de luz.
—¿Y explota?
—Horrorosamente, señorito.
—Cándido, por lo que más quieras, hazme un petardo, un petardo que
al estallar se lleve por delante..., ¡qué sé yo!, medio mundo...
No te asustes de verme así. La impotencia en que vivo me inspira
locuras como la que acabo de decirte... Y no creas..., te lo repito,
sabiendo que es una locura: yo quiero matar, Cándido (_excitadísimo,
levantándose_); quiero matar, porque sólo matando puedo realizar la
justicia. Y yo te pregunto: «¿De qué modo puede matar un ciego?»
Ni con arma blanca, ni con arma de fuego. Un ciego no sabe donde
hiere, y creyendo herir al culpable, fácil es que haga pedazos al
inocente... Pero, lo que yo digo, discurriendo, discurriendo, un
ciego puede encontrar medios hábiles de hacer justicia. Cándido,
Cándido, ten compasión de mí, y dame lo que te pido.
Aterrado le miró Valiente, las manos en la masa, en la negra pólvora,
y si antes había sospechado que el señorito no tenía la cabeza buena,
ya no dudaba de que su locura era de las de remate. Mas de pronto,
una violenta crisis se efectuó en el espíritu del desgraciado joven,
y con rápida transición pasó de la ira epiléptica á la honda ternura.
Rompió á llorar como un niño; fué á dar contra la pared negra y
telarañosa, y apoyó en ella los brazos, escondiendo entre ellos la
cabeza. Valiente, confuso y sin saber qué decir, se limpiaba las
manos de pólvora, restregándolas una contra otra, y pensaba en sus
explosivos, y en la necesidad de ponerlos en lugar completamente
seguro.
—No me juzgues mal—le dijo Rafael tras breve rato, limpiándose las
lágrimas.—Es que me dan estos arrechuchos..., ira..., furor...,
ansia de destrucción; y como no puedo..., como no veo... Pero no
hagas caso, no sé lo que digo... Ea, ya me pasó... Ya no mato á
nadie. Me resigno á esta obscuridad impotente y tristísima, y á ser
un muñeco sin iniciativa, sin voluntad, sintiendo el honor y no
pudiendo expresarlo... Guárdate tus bombas, y tus fulminantes, y tus
explosivos. Yo no los quiero, yo no puedo usarlos.
Sentóse otra vez, y con lúgubre acento, que algo tenía de entonación
profética, acabó de expresar su pensamiento en esta forma:
—Cándido, tú que eres joven y tienes ojos, has de ver cosas
estupendas en esta sociedad envilecida por los negocios y el
positivismo. Hoy por hoy, lo que sucede, por ser muy extraño,
permite vaticinar lo que sucederá. ¿Qué pasa hoy? Que la plebe
indigente, envidiosa de los ricos, les amenaza, les aterra, y quiere
destruirles con bombas y diabólicos aparatos de muerte. Tras esto
vendrá otra cosa, que podrás ver cuando se disipe el humo de estas
luchas. En los tiempos que vienen, los aristócratas arruinados,
desposeídos de su propiedad por los usureros y traficantes de la
clase media, se sentirán impulsados á la venganza...; querrán
destruir esa raza egoísta, esos burgueses groseros y viciosos, que
después de absorber los bienes de la Iglesia, se han hecho dueños del
Estado, monopolizan el poder, la riqueza, y quieren para sus arcas
todo el dinero de pobres y ricos, y para sus tálamos las mujeres de
la aristocracia... Tú lo has de ver, Cándido; nosotros los señoritos,
los que siendo como yo, tengan ojos y vean donde hieren, arrojaremos
máquinas explosivas contra toda esa turba de mercachifles soeces,
irreligiosos, comidos de vicios, hartos de goces infames. Tú lo has
de ver, tú lo has de ver.
En esto entró Donoso; pero la perorata estaba concluída, y el ciego
recibió á su amigo con expresiones joviales. En cuatro palabras
le enteró D. José de la situación, notificándole las bodas y la
enfermedad de Fidela, que inopinadamente había venido á turbar las
alegrías nupciales, sumiendo... Á pesar de su práctica oratoria,
no supo Donoso concluir la frase, y pronunció el _sumiendo_ tres ó
cuatro veces. La idea de exagerar la dolencia, faltando á la verdad,
como reiteradamente le había recomendado Cruz, le cohibía.
—Sumiendo...—repitió Rafael.—¿Á quién y en qué?
—En la desesperación...; no tanto: en la tristeza... Figúrate: ¡en
día de boda, enferma gravemente!..., ó al menos de mucho cuidado. Á
saber si será pulmonía insidiosa, escarlatina, viruelas...
—¿Tiene fiebre?
—Altísima; y aún no se atreve el médico á diagnosticar, hasta no ver
la marcha...
—Yo diagnosticaré—dijo el ciego con altanería, y sin mostrar pena por
su querida hermana.
—¿Tú?
—Yo. Sí, señor. Mi hermana se muere. Ahí tiene usted el pronóstico, y
el diagnóstico, y el tratamiento, y el término fatal... Se muere.
—¡Oh, no es para tanto!...
—Que se muere digo. Lo sé, lo adivino: no puedo equivocarme.
—¡Rafael, por Dios!...
—¡Don José, por la Virgen!... ¡Ah, he aquí la solución, la única
racional y lógica! Dios no podía menos de disponerlo así en su
infinita sabiduría.
Iba y venía como un demente, presa de agitación insana. No se
consolaba D. José de haberle dado la noticia, y procuró atenuarla por
todos los medios que su hábil retórica le sugería.
—No, si es inútil que usted trate de desmentir avisos, inspiraciones
que vienen de muy alto. ¿Cómo llegan á mí, cómo se me comunica
este decreto misterioso de la voluntad divina? Eso yo lo sé. Yo me
entiendo. Mi hermana se muere; no lo duden ustedes. ¡Si lo estoy
viendo, si tenía que ser así! Lo que debe ser es.
—No siempre, hijo mío.
—Ahora sí.
Lograron calmarle, sacándole á pasear por el corralón. D. José
le propuso llevarle al lado de la enferma; pero se resistió,
encerrándose en una gravedad taciturna. Después de encargar á
Bernardina y los Valientes que redoblaran su vigilancia y no
perdieran de vista al desdichado joven, volvió Donoso con pies de
Mercurio á la calle de Silva, para comunicar á Cruz lo que en Cuatro
Caminos ocurría; y tanta era la bondad del excelente señor, que no
se cansaba de andar como un azacán desde el centro hasta el extremo
Norte de Madrid, con tal de ser útil á los últimos descendientes de
las respetabilísimas familias del Águila y de la Torre-Auñón.
Habría querido Cruz duplicarse para atender juntamente á Fidela y
al ciego, y si no quería abandonar á la una, anhelaba ardientemente
ver al otro, y aplacar con razones y cariños su desvarío. Por fin, á
eso de las diez de la noche, hallándose la señora de Torquemada casi
sin fiebre, tranquila y descansada ya de su padecer, la hermana mayor
se determinó á salir, llevando consigo al _paño de lágrimas de la
familia_, y un simón de los mejores les transportó á Cuatro Caminos.
Rafael dormía profundamente. Vióle su hermana en el lecho; enteróse
por Bernardina de que ninguna novedad ocurría, y vuelta á Madrid y al
caserón desordenado y caótico de la calle de Silva.
* * * * *
Al día siguiente por la tarde, hallándose el ciego en el corralón,
sentado en una piedra, á la sombra de un ingente montón de basura,
sin más compañía que la del gallo, que frente á él altaneramente le
miraba, y de varias gallinas que, sin hacerle caso, escarbaban el
suelo, recibió la visita del indispensable Donoso, el cual se acercó
á saludarle, muy bien penetrado de las instrucciones que le diera la
intrépida Cruz.
—¿Qué hay?—preguntó el ciego.
—Nada—dijo secamente D. José, midiendo las palabras, pues la dama le
había recomendado que éstas fueran pocas y precisas.—Que tu hermana
Fidela quiere verte.
—¿Pero...? ¿Cómo está?
Algo iba á decir _el paño de lágrimas_, en quien el hábito de la
facundia podía más que las exigencias de la discreción. Pero se
contuvo, y encomendándose á su noble amiga, tan sólo dijo:
—No me preguntes nada; no sé nada. Sólo sé que tu hermana quiere
verte.
Después de una larga pausa, durante la cual permaneció con la cabeza
á la menor distancia posible de las rodillas, se levantó Rafael, y
dijo resueltamente: «Vamos allá.»
* * * * *
Por más señas, hallábase aquel día D. Francisco Torquemada en
felicísima disposición de ánimo, despejada la cabeza, claros los
sentidos y expeditas todas las facultades, pues al salir del
tenebroso sopor en que le sumergió durante la tarde y noche la
travesurilla alcohólica del almuerzo de boda, maldito si se acordó
de lo que había dicho y hecho en aquellas horas de turbación insana,
y así no tenía por qué avergonzarse de nada. No hizo Cruz la menor
alusión á cosas tan desagradables, y él se desvivía por mostrarse
galán y obsequioso con ella, accediendo á cuantas observaciones le
hizo referentes al régimen y gobierno de la casa. La ilustre dama,
con habilidad suma, no tocaba aún con su blanda mano reformadora
más que la superficie, reservándose el fondo para más adelante.
Naturalmente, coincidió con esta situación del ánimo torquemadesco
un recrudecimiento de palabras finas, toda la adquisición de los
últimos días empleada vertiginosamente, cual si temiera que los
términos y frases que no tenían un uso inmediato se le habían de
escapar de la memoria. Entre otras cosillas, dijo que sólo defendía
á Romualda _bajo el aspecto de la fidelidad_; pero no _bajo ningún
otro aspecto_. El _nuevo orden de cosas_ merecía su _beneplácito_. Y
no temiera su cuñada que él, fingiendo acceder, se opusiera luego con
_maquiavelismos_ impropios de su carácter. Eso sí: convenía que él se
enterase de lo que ella dispusiera, para que no resultaran órdenes
contradictorias; porque á él, ¡cuidado!, no le gustaba _barrenar
las leyes_, ni barrenar nada, vamos... Cierto que la casa no tenía
aspecto de casa de señores: faltaban en ella _no pocos elementos_;
pero su hermana política, _dechado_ de inteligencia y de buen gusto,
etc., había venido á _llenar un vacío_... Todo _proyecto que ella
abrigase_ se lo debía manifestar á él, y se discutiría _ampliamente_,
aunque él _previamente_ lo aceptaba... _en principio_.
En esto llamaron. Era Donoso con Rafael. Cruz recibió á éste en sus
brazos, haciéndole muchas caricias. El ciego no dijo nada, y se
dejó llevar hacia dentro, de sala en sala. Al oir la voz de Fidela,
que alegremente charlaba con Rufinita, el señorito del Águila se
estremeció.
—Ya está mejor... Va saliendo, hijo; va saliendo adelante—le dijo la
primogénita.—¡Qué susto nos ha dado!
Y Quevedito, con sinceridad y buena fe, se adelantó á dar su opinión
en esta forma: «Si no ha sido nada. Un enfriamiento..., poca cosa.
Está bien, perfectamente bien. Por pura precaución no la he mandado
levantarse.»
En la puerta de la alcoba matrimonial, Torquemada, frotándose las
manos una contra otra con aire de satisfacción, calzado ya con
elegantes zapatillas que acababan de traerle de la tienda, dió al
ciego la bienvenida, para lo cual le vino de perillas la última frase
bonita que había aprendido.
—¡Ah!—exclamó,—_el bello ideal_... ¡Al fin, Rafael... Toda la familia
reunida..., _el bello ideal_...!
La Magdalena (Santander), Octubre de 1893.