XVI

Tristísimo fué aquel día para el pobre ciego, porque desde muy

temprano le atormentó la idea de que su hermana se _estaba casando_;

y como fijamente no sabía la hora, á todas las del día y en los

instantes todos _estaba viéndola casarse_, y quedar por siempre

prisionera en los brazos del aborrecido monstruo que en mal hora

llevó el oficioso D. José á la casa del Águila. Hizo el polvorista

los imposibles por distraerle; propuso llevarle de paseo por todo el

Canalillo hasta la Moncloa; pero Rafael se negó á salir del corralón.

Por fin metiéronse los dos en el taller, donde Valiente tenía que

ultimar un trabajillo pirotécnico para el día de San Agustín, y

allí se pasaron tontamente la mañana, decidor el uno, triste y

sin consuelo el otro. Á Cándido le dió aquel día por enaltecer el

arte del polvorista, elevándolo á la categoría de arte noble, con

ideales hermosos y su correspondiente trascendencia. Quejábase de la

poca protección que da el Gobierno á la pirotecnia, pues no hay en

toda España ni una mala escuela en que se enseñe la fabricación de

fuegos artificiales. Él se preciaba de ser maestro en aquel arte, y

con un poquitín de auxilio oficial haría maravillas. Sostenía que

los juegos de pólvora pueden y deben ser una rama de la Instrucción

pública. Que le subvencionasen, y él se arrancaría, en cualquier

festividad de las gordas, con una función que fuera el asombro

del mundo. Vamos, que se comprometía á presentar toda la Historia

de España en fuegos artificiales. La forma de los castilletes,

ruedas, canastillas, fuentes de luz, morteros, lluvias de estrellas,

torbellinos, combinando con esto los colores de las luces, le

permitiría expresar todos los episodios de la Historia patria, desde

la venida de los godos hasta la ida de los franceses en la guerra

de la Independencia... «Créalo usted, señorito Rafael—añadió para

concluir:—con la pólvora se puede decir todo lo que se quiera; y

para llegar adonde no llega la pólvora, tenemos multitud de sales,

compuestos y fulminantes, que son lo mismito que hablar en verso...»

—Oye, Cándido—dijo Rafael bruscamente, y manifestando un interés

vivísimo, que contrastaba con su anterior desdén por las maravillas

pirotécnicas.—¿Tienes tú dinamita?

—No, señor; pero tengo el fulminante de protóxido de mercurio, que

sirve para preparar los garbanzos tronantes y las arañas de luz.

—¿Y explota?

—Horrorosamente, señorito.

—Cándido, por lo que más quieras, hazme un petardo, un petardo que

al estallar se lleve por delante..., ¡qué sé yo!, medio mundo...

No te asustes de verme así. La impotencia en que vivo me inspira

locuras como la que acabo de decirte... Y no creas..., te lo repito,

sabiendo que es una locura: yo quiero matar, Cándido (_excitadísimo,

levantándose_); quiero matar, porque sólo matando puedo realizar la

justicia. Y yo te pregunto: «¿De qué modo puede matar un ciego?»

Ni con arma blanca, ni con arma de fuego. Un ciego no sabe donde

hiere, y creyendo herir al culpable, fácil es que haga pedazos al

inocente... Pero, lo que yo digo, discurriendo, discurriendo, un

ciego puede encontrar medios hábiles de hacer justicia. Cándido,

Cándido, ten compasión de mí, y dame lo que te pido.

Aterrado le miró Valiente, las manos en la masa, en la negra pólvora,

y si antes había sospechado que el señorito no tenía la cabeza buena,

ya no dudaba de que su locura era de las de remate. Mas de pronto,

una violenta crisis se efectuó en el espíritu del desgraciado joven,

y con rápida transición pasó de la ira epiléptica á la honda ternura.

Rompió á llorar como un niño; fué á dar contra la pared negra y

telarañosa, y apoyó en ella los brazos, escondiendo entre ellos la

cabeza. Valiente, confuso y sin saber qué decir, se limpiaba las

manos de pólvora, restregándolas una contra otra, y pensaba en sus

explosivos, y en la necesidad de ponerlos en lugar completamente

seguro.

—No me juzgues mal—le dijo Rafael tras breve rato, limpiándose las

lágrimas.—Es que me dan estos arrechuchos..., ira..., furor...,

ansia de destrucción; y como no puedo..., como no veo... Pero no

hagas caso, no sé lo que digo... Ea, ya me pasó... Ya no mato á

nadie. Me resigno á esta obscuridad impotente y tristísima, y á ser

un muñeco sin iniciativa, sin voluntad, sintiendo el honor y no

pudiendo expresarlo... Guárdate tus bombas, y tus fulminantes, y tus

explosivos. Yo no los quiero, yo no puedo usarlos.

Sentóse otra vez, y con lúgubre acento, que algo tenía de entonación

profética, acabó de expresar su pensamiento en esta forma:

—Cándido, tú que eres joven y tienes ojos, has de ver cosas

estupendas en esta sociedad envilecida por los negocios y el

positivismo. Hoy por hoy, lo que sucede, por ser muy extraño,

permite vaticinar lo que sucederá. ¿Qué pasa hoy? Que la plebe

indigente, envidiosa de los ricos, les amenaza, les aterra, y quiere

destruirles con bombas y diabólicos aparatos de muerte. Tras esto

vendrá otra cosa, que podrás ver cuando se disipe el humo de estas

luchas. En los tiempos que vienen, los aristócratas arruinados,

desposeídos de su propiedad por los usureros y traficantes de la

clase media, se sentirán impulsados á la venganza...; querrán

destruir esa raza egoísta, esos burgueses groseros y viciosos, que

después de absorber los bienes de la Iglesia, se han hecho dueños del

Estado, monopolizan el poder, la riqueza, y quieren para sus arcas

todo el dinero de pobres y ricos, y para sus tálamos las mujeres de

la aristocracia... Tú lo has de ver, Cándido; nosotros los señoritos,

los que siendo como yo, tengan ojos y vean donde hieren, arrojaremos

máquinas explosivas contra toda esa turba de mercachifles soeces,

irreligiosos, comidos de vicios, hartos de goces infames. Tú lo has

de ver, tú lo has de ver.

En esto entró Donoso; pero la perorata estaba concluída, y el ciego

recibió á su amigo con expresiones joviales. En cuatro palabras

le enteró D. José de la situación, notificándole las bodas y la

enfermedad de Fidela, que inopinadamente había venido á turbar las

alegrías nupciales, sumiendo... Á pesar de su práctica oratoria,

no supo Donoso concluir la frase, y pronunció el _sumiendo_ tres ó

cuatro veces. La idea de exagerar la dolencia, faltando á la verdad,

como reiteradamente le había recomendado Cruz, le cohibía.

—Sumiendo...—repitió Rafael.—¿Á quién y en qué?

—En la desesperación...; no tanto: en la tristeza... Figúrate: ¡en

día de boda, enferma gravemente!..., ó al menos de mucho cuidado. Á

saber si será pulmonía insidiosa, escarlatina, viruelas...

—¿Tiene fiebre?

—Altísima; y aún no se atreve el médico á diagnosticar, hasta no ver

la marcha...

—Yo diagnosticaré—dijo el ciego con altanería, y sin mostrar pena por

su querida hermana.

—¿Tú?

—Yo. Sí, señor. Mi hermana se muere. Ahí tiene usted el pronóstico, y

el diagnóstico, y el tratamiento, y el término fatal... Se muere.

—¡Oh, no es para tanto!...

—Que se muere digo. Lo sé, lo adivino: no puedo equivocarme.

—¡Rafael, por Dios!...

—¡Don José, por la Virgen!... ¡Ah, he aquí la solución, la única

racional y lógica! Dios no podía menos de disponerlo así en su

infinita sabiduría.

Iba y venía como un demente, presa de agitación insana. No se

consolaba D. José de haberle dado la noticia, y procuró atenuarla por

todos los medios que su hábil retórica le sugería.

—No, si es inútil que usted trate de desmentir avisos, inspiraciones

que vienen de muy alto. ¿Cómo llegan á mí, cómo se me comunica

este decreto misterioso de la voluntad divina? Eso yo lo sé. Yo me

entiendo. Mi hermana se muere; no lo duden ustedes. ¡Si lo estoy

viendo, si tenía que ser así! Lo que debe ser es.

—No siempre, hijo mío.

—Ahora sí.

Lograron calmarle, sacándole á pasear por el corralón. D. José

le propuso llevarle al lado de la enferma; pero se resistió,

encerrándose en una gravedad taciturna. Después de encargar á

Bernardina y los Valientes que redoblaran su vigilancia y no

perdieran de vista al desdichado joven, volvió Donoso con pies de

Mercurio á la calle de Silva, para comunicar á Cruz lo que en Cuatro

Caminos ocurría; y tanta era la bondad del excelente señor, que no

se cansaba de andar como un azacán desde el centro hasta el extremo

Norte de Madrid, con tal de ser útil á los últimos descendientes de

las respetabilísimas familias del Águila y de la Torre-Auñón.

Habría querido Cruz duplicarse para atender juntamente á Fidela y

al ciego, y si no quería abandonar á la una, anhelaba ardientemente

ver al otro, y aplacar con razones y cariños su desvarío. Por fin, á

eso de las diez de la noche, hallándose la señora de Torquemada casi

sin fiebre, tranquila y descansada ya de su padecer, la hermana mayor

se determinó á salir, llevando consigo al _paño de lágrimas de la

familia_, y un simón de los mejores les transportó á Cuatro Caminos.

Rafael dormía profundamente. Vióle su hermana en el lecho; enteróse

por Bernardina de que ninguna novedad ocurría, y vuelta á Madrid y al

caserón desordenado y caótico de la calle de Silva.

* * * * *

Al día siguiente por la tarde, hallándose el ciego en el corralón,

sentado en una piedra, á la sombra de un ingente montón de basura,

sin más compañía que la del gallo, que frente á él altaneramente le

miraba, y de varias gallinas que, sin hacerle caso, escarbaban el

suelo, recibió la visita del indispensable Donoso, el cual se acercó

á saludarle, muy bien penetrado de las instrucciones que le diera la

intrépida Cruz.

—¿Qué hay?—preguntó el ciego.

—Nada—dijo secamente D. José, midiendo las palabras, pues la dama le

había recomendado que éstas fueran pocas y precisas.—Que tu hermana

Fidela quiere verte.

—¿Pero...? ¿Cómo está?

Algo iba á decir _el paño de lágrimas_, en quien el hábito de la

facundia podía más que las exigencias de la discreción. Pero se

contuvo, y encomendándose á su noble amiga, tan sólo dijo:

—No me preguntes nada; no sé nada. Sólo sé que tu hermana quiere

verte.

Después de una larga pausa, durante la cual permaneció con la cabeza

á la menor distancia posible de las rodillas, se levantó Rafael, y

dijo resueltamente: «Vamos allá.»

* * * * *

Por más señas, hallábase aquel día D. Francisco Torquemada en

felicísima disposición de ánimo, despejada la cabeza, claros los

sentidos y expeditas todas las facultades, pues al salir del

tenebroso sopor en que le sumergió durante la tarde y noche la

travesurilla alcohólica del almuerzo de boda, maldito si se acordó

de lo que había dicho y hecho en aquellas horas de turbación insana,

y así no tenía por qué avergonzarse de nada. No hizo Cruz la menor

alusión á cosas tan desagradables, y él se desvivía por mostrarse

galán y obsequioso con ella, accediendo á cuantas observaciones le

hizo referentes al régimen y gobierno de la casa. La ilustre dama,

con habilidad suma, no tocaba aún con su blanda mano reformadora

más que la superficie, reservándose el fondo para más adelante.

Naturalmente, coincidió con esta situación del ánimo torquemadesco

un recrudecimiento de palabras finas, toda la adquisición de los

últimos días empleada vertiginosamente, cual si temiera que los

términos y frases que no tenían un uso inmediato se le habían de

escapar de la memoria. Entre otras cosillas, dijo que sólo defendía

á Romualda _bajo el aspecto de la fidelidad_; pero no _bajo ningún

otro aspecto_. El _nuevo orden de cosas_ merecía su _beneplácito_. Y

no temiera su cuñada que él, fingiendo acceder, se opusiera luego con

_maquiavelismos_ impropios de su carácter. Eso sí: convenía que él se

enterase de lo que ella dispusiera, para que no resultaran órdenes

contradictorias; porque á él, ¡cuidado!, no le gustaba _barrenar

las leyes_, ni barrenar nada, vamos... Cierto que la casa no tenía

aspecto de casa de señores: faltaban en ella _no pocos elementos_;

pero su hermana política, _dechado_ de inteligencia y de buen gusto,

etc., había venido á _llenar un vacío_... Todo _proyecto que ella

abrigase_ se lo debía manifestar á él, y se discutiría _ampliamente_,

aunque él _previamente_ lo aceptaba... _en principio_.

En esto llamaron. Era Donoso con Rafael. Cruz recibió á éste en sus

brazos, haciéndole muchas caricias. El ciego no dijo nada, y se

dejó llevar hacia dentro, de sala en sala. Al oir la voz de Fidela,

que alegremente charlaba con Rufinita, el señorito del Águila se

estremeció.

—Ya está mejor... Va saliendo, hijo; va saliendo adelante—le dijo la

primogénita.—¡Qué susto nos ha dado!

Y Quevedito, con sinceridad y buena fe, se adelantó á dar su opinión

en esta forma: «Si no ha sido nada. Un enfriamiento..., poca cosa.

Está bien, perfectamente bien. Por pura precaución no la he mandado

levantarse.»

En la puerta de la alcoba matrimonial, Torquemada, frotándose las

manos una contra otra con aire de satisfacción, calzado ya con

elegantes zapatillas que acababan de traerle de la tienda, dió al

ciego la bienvenida, para lo cual le vino de perillas la última frase

bonita que había aprendido.

—¡Ah!—exclamó,—_el bello ideal_... ¡Al fin, Rafael... Toda la familia

reunida..., _el bello ideal_...!

La Magdalena (Santander), Octubre de 1893.

Torquemada en la cruz · 第 32 / 36 题