La amistad entre Donoso y Torquemada se iba estrechando rápidamente,
y á principios del verano D. Francisco no ponía mano en cosa alguna
de intereses sin oir el sabio dictamen de hombre tan experto. Donoso
le había ensanchado las ideas respecto al préstamo. Ya no se reducía
al estrecho campo de la retención de pagas á empleados civiles y
militares, ni á la hipoteca de casas en Madrid. Aprendió nuevos modos
de colocar el dinero en mayor escala, y fué iniciado en operaciones
lucrativas sin ningún riesgo. Próceres arruinados le confiaron su
salvación, que era lo mismo que entregársele atados de pies y manos;
sociedades en decadencia le cedían parte de las acciones á precio
ínfimo con tal de asegurar sus dividendos, y el Estado mismo le
acogía con benignidad. Todo el mecanismo del Banco, que para él había
sido un misterio, le fué revelado por Donoso, así como el manejo de
Bolsa, de cuyas ventajas y peligros se hizo cargo al instante con
instinto seguro. El amigo le asesoraba con absoluta lealtad, y cuando
le decía: «compre usted Cubas sin miedo», D. Francisco no vacilaba.
Armonía inalterable reinaba entre ambos sujetos, siendo de admirar
que en la intervención de Donoso en los tratos torquemadescos,
resplandecía siempre el más puro desinterés. Habiéndole proporcionado
dos ó tres negocios de gran monta, no quiso cobrarle corretaje ni
cosa que lo valiera.
Al compás de esta transformación en el orden económico, iba
operándose la otra, la social, apuntada primero tímidamente en
reformas de vestir, y llevada á su mayor desarrollo por medio de
transiciones lentas, para que el cambiazo no saltara á la vista con
crudezas de sainete. El uso del hongo atenuaba la rutilante aparición
de un terno nuevo de paño color de pasa, y los resplandores de la
chistera flamante se obscurecían y apagaban con un gabán de cuello
algo seboso, contemporáneo de la entrada de nuestras valientes tropas
en Tetuán. Tenía suficiente sagacidad para huir del ridículo, ó para
sortearlo con hábiles combinaciones. Aun así, la metamorfosis fué
cogida al vuelo por más de un guasón de los barrios en que residían
sus principales conocimientos, y no faltaron cuchufletas ni venenosas
mordeduras. Sin hacer caso de ellas, D. Francisco iba dando de lado
á sus tradicionales relaciones, y ya no podía disimular el despego
que le inspiraban sus amigos del café del Gallo y de diversas
tiendas y almacenes de la calle de Toledo, despego que para algunos
era antipatía más ó menos declarada y para otros aversión. Alguien
encontraba natural que D. Francisco quisiera _pintarla_, poseyendo,
como poseía, más que muchos que en Madrid iban desempedrando las
calles en carretelas no pagadas ó que vivían de la farsa y del
enredo. Y no faltó quien, viéndole con pena alejarse de la sociedad
en que había ganado el primer milloncito de reales, le tildara de
ingrato y vanidoso... Al fin, hacía lo que todos: después de chupar
á los pobres hasta dejarles sin sangre, levantaba el vuelo hacia las
viviendas de los ricos.
Y si en los hábitos, particularmente en el vestir, la evolución se
marcaba con rasgos y caracteres que podía observar todo el mundo,
en el lenguaje no se diga. Ya sabía decir cada frase que temblaba
el misterio, y se iba asimilando el hablar de Donoso, con un gancho
imitativo increíble á sus años. Verdad que á lo mejor afeaba los
conceptos con groseros solecismos, ó tropezaba en obstáculos de
sintaxis. Pero así y todo, á quien no le conociera le daba el
gran chasco, porque advertido por su sagacidad de los peligros de
hablar mucho, se concretaba á lo más preciso, y el laconismo y tal
cual dicharacho pescado en la boca de Donoso le hacían pasar por
hombre profundo y reflexivo. Más de cuatro, que por primera vez en
aquellos días se le echaron á la cara, veían en él un sujeto de mucho
conocimiento y gravedad, oyéndole estas ó parecidas razones: «Tengo
para mí que los precios de la cebada serán un _enizma_ en los meses
que siguen, por la _actitud expectante_ de los labradores.» Ó esta
otra: «Señores, yo tengo para mí (el ejemplo de Donoso le hacía estar
constantemente _teniendo para sí_) que ya hay bastante libertad, y
bastante _naufragio_ universal, y más derechos que queremos. Pero
yo pregunto: ¿Esto basta? ¿La nación, por ventura, no come más que
principios? ¡Oh!, no... Antes del principio, désele el cocido de una
buena administración, y la sopa de un presupuesto nivelado... Ahí
está el _quiquiriquí_... Ahí le duele..., ahí... Que me administren
bien, que no gotee un céntimo..., que se mire por el contribuyente,
y yo seré el primero en felicitarme de ello _á fuer de_ español y
_á fuer de_ contribuyente...» Alguien decía oyéndole hablar: «Un
poco tosco es este _tío_; pero ¡qué bien discurre!» ¡Y qué ingenioso
el chiste de llamar _naufragio_ al sufragio! Dicho se está que lo
juicioso de sus manifestaciones y su fama de hombre de _guita_ le
iban ganando amigos en aquella esfera en que desplegaba sus alas.
_Manifestaciones_ eran para él cuanto se hablaba en el mundo, y tan
en gracia le cayó el término, que no dejaba de emplearlo en todo
caso, así le dieran un tiro. Manifestaciones lo dicho por Cánovas
en un discurso que se comentaba; manifestaciones lo dicho por la
portera de la casa de la calle de San Blas, acerca de si los chicos
del tercero hacían ó no hacían aguas menores sobre los balcones del
segundo.
Y ya que se nombra la casa de D. Francisco, debe añadirse que la
primera vez que entró en ella Donoso para tratar de un fuerte
préstamo que solicitaban los duques de Gravelinas, se asombró de
lo mal que vivía su amigo; y valido de la confianza que ya tenía
con él, se permitió amonestarle en aquel tonillo paternal que tan
buen resultado le daba: «No lo creería si no lo viera, amigo D.
Francisco... Es que me enfado; tómelo como quiera, pero me enfado,
sí, señor... Vamos á ver: ¿no le da vergüenza de vivir en este
tugurio? ¿No comprende que hasta su crédito pierde con tener casa tan
miserable? ¡Qué dirá la gente! Que es usted Alejandro en puño, un
avaro de mal pelaje, como los que se estilan en las comedias. Créame:
esto le hace poco favor. Tal como es el hombre, debe ser la casa. Me
carga que no se tenga de una personalidad como usted el concepto que
merece.»
—¡Pues yo, Sr. D. José, me acomodo tan bien aquí...! Desde que perdí
á mi querido hijo, le tomé asco á los barrios del centro. Vivo aquí
muy guapamente, y tengo para mí que esta casa me ha traído buena
suerte... Pero no vaya á creer, ¡cuidado!, que echo en saco roto sus
manifestaciones. Se pensará, D. José, se pensará...
—Piénselo, sí. ¿No le parece que en vez de andar buscando con un
candil inquilino para el principal de su casa de la calle de Silva,
debe usted instalarse en él?
—¡En aquel principal tan grande!... ¡Veintitrés piezas, sin contar
el...! ¡Oh!, no; ¡qué locura! ¿Qué hago yo en aquel palaciote, yo
solo, sin necesidades, yo, que sería capaz de vivir á gusto en un
cajón de vigilantes de consumos, ó en una garita de guarda-agujas?
—Siga mi consejo, Sr. D. Francisco—añadió Donoso, cogiéndole la
solapa,—y múdese al principal de la calle de Silva. Aquella es la
residencia natural del hombre que me escucha. La sociedad tiene
también sus derechos, á los cuales es locura querer oponer el gusto
individual. Tenemos derecho á ser puercos, sórdidos, y á desayunarnos
con un mendrugo de pan, cierto; pero la sociedad puede y debe
imponernos un _coram vobis_ decoroso. Hay que mirar por el conjunto.
—¡Pero D. José de mi alma, mi personalidad se perderá en aquel
caserón, y no sabrá cómo arreglarse para abrir y cerrar tanta puerta!
—Es que usted...
Hizo punto Donoso, como sin atreverse con la _manifestación_ que
preparaba; pero después de una corta perplejidad, acomodó sus caderas
en el sillón no muy blando que de pedestal le servía, miró á D.
Francisco severamente, y accionando con el bastón, que parecía signo
de autoridad, le dijo:
—Somos amigos... Tenemos fe el uno en el otro, por cierta
compenetración de los caracteres...
—¡Compenetración!—repitió Torquemada para sí, apuntando la bonita
palabra en su mente.—No se me olvidará.
—Supongo que usted creerá leal y sincero, inspirado en un interés de
verdadero amigo, cuanto yo me permita manifestarle.
—Cierto, por la com... compenetranza..., penetración...
—Pues yo sostengo, amigo D. Francisco, y lo digo sin rodeos, clarito,
como se le deben decir á usted las cosas..., sostengo que usted debe
casarse.
Aunque parezca lo contrario, no causó desmedido asombro en Torquemada
la _manifestación_ de su amigo; pero creyó del caso pintar en su
rostro la sorpresa:
—¡Casarme yo, á mis años!... ¿Pero lo dice de verdad? ¡Cristo!,
casarme... Ahí es nada lo del ojo... Como si fuera beberse un vaso de
agua... ¿Soy algún muchacho?
—¡Bah!... ¿Qué tiene usted, cincuenta y cinco, cincuenta y siete...?
¿Qué vale eso? Está usted hecho un mocetón, y la vida sobria y activa
que ha llevado le hacen valer más que toda la juventud encanijada que
anda por ahí.
—Como fuerte, ya lo soy. No siento el correr de la edad... Á robustez
no me gana nadie, ni á... Qué se yo... _Tengo para mí_ que no
carecería de facultades; digo, me parece... Pero no es eso. Digo que
adónde voy yo ahora con una mujer colgada del brazo, ni qué tengo yo
que pintar en el matrimonio, encontrándome, como me encuentro, muy á
mis anchas en el _elemento_ soltero.
—¡Ah!..., eso dicen todos...: libertad, comodidad..., el buey
suelto... Pero y en la vejez, ¿quién ha de cuidarle? Y esa atmósfera
de santo cariño, ¿con qué se sustituye cuando llegamos á viejos?...
¡La familia, Sr. D. Francisco! ¿Sabe usted lo que es la familia?
¿Puede una personalidad importante vivir en esta celda solitaria
y fría, que parece el cuarto de una fonda? ¡Oh! ¿No lo comprende,
bendito de Dios? Cierto que usted tiene una hija; pero su hija mirará
más por la familia que ella se cree que por usted. ¿De qué le valdrán
sus riquezas en la espantosa soledad de un hogar sin afecciones,
sin familia menuda, sin una esposa fiel y hacendosa?... Dígame:
¿De qué le sirven sus millones? Reflexione..., considere que nada
puedo aconsejarle yo que no sea la misma lealtad. La posición quiere
casa, y la casa quiere familia. ¡Buena andaría la sociedad si todos
pensaran como usted y procedieran con ese egoísmo furibundo! No, no;
nos debemos á la sociedad, á la civilización, al Estado. Crea usted
que no se puede pertenecer á las clases directoras sin tener hijos
que educar, ciudadanos útiles que ofrecer á esa misma colectividad
que nos lleva en sus filas, porque los hijos son la moneda con que se
paga á la nación los beneficios que de ella recibimos...
—Pero venga acá, D. José, venga acá—dijo Torquemada echándose
atrás el sombrero y tomando muy en serio la cosa.—Vamos á cuentas.
_Partiendo del principio_ de que á mí me dé ahora el naipe por
contraer matrimonio, queda en pie la gran cuestión, la madre del
cordero... ¿Con quién...?
—¡Ah!..., eso no es cuenta mía. Yo planteo la cuestión; no soy
casamentero. ¿Con quién? Busque usted...
—Pero D. José, venga acá. ¡Á mis años...! ¿Qué mujer me va á querer á
mí con esta facha?... Digo, mi facha no es tan mala, ¡cuidado! Otras
hay peores.
—Digo... si las hay peores.
—Con cincuenta y seis años que cumpliré el 21 de Septiembre, día
de San Mateo... Cierto que no faltaría quien me quisiera por mi
_guano_..., digo, por mi capital; pero eso no me llena, ni puede
llenar á ningún hombre de juicio.
—¡Oh!, naturalmente. Bien sé yo que si usted anunciara su blanca
mano, se presentarían cien mil candidatas. Pero no se trata de eso.
Usted, si acepta mis indicaciones, contrarias de todo en todo al
celibato, busque, indague, coja la linterna y mire por ahí. ¡Ah, ya
sabrá, ya sabrá escoger lo mejorcito! Á buena parte van. Mi hombre
sabe ver claro, y posee una sagacidad que da quince y raya al lucero
del alba. No, no temo yo que pueda resultar una mala elección.
¿Existe la persona que emparejará dignamente con D. Francisco? Pues
si existe, contemos con que D. Francisco la encuentra, aunque se
esconda cien estados bajo tierra.
—¡Vaya, que á mis años...!—repitió el usurero con ligera inflexión de
lástima de sí mismo.
—No tergiverse la cuestión ni se escape por la tangente de su
edad... ¡Su edad! Si es la mejor. Como usted, en caso de volver á la
cofradía, no habría de descolgarse con una mocosa, frívola y llena la
cabeza de tonterías, sino con una mujer sentada...
—¿Sentada?
—Y de una educación intachable...
—¡Pero qué cosas tiene D. José!... Salir ahora con la peripecia de
que debo casarme... ¡Y todo por la... _colectividad_!—dijo Torquemada
rompiendo á reir como un muchacho, ávido de bromas.
—No—replicó Donoso, levantándose despacio, como quien acaba de
cumplir un alto deber social,—no hago más que señalar una solución
conveniente; no hago más que decir al amigo lo que entiendo razonable
y eminentemente práctico.
Salieron juntos, y aquel día no hablaron más de casorio. Pero antes
de que concluyera la semana, D. Francisco se mudó á su amplísimo
principal de la calle de Silva.