TERCERA PARTE

I

Con revulsivos enérgicos pudieron conseguir que de nuevo anduviera

la desvencijada máquina fisiológica del gran tacaño de Madrid; pero

aún pasó toda la noche y parte del otro día antes de que recobrara la

memoria y el conocimiento de su situación. Hallóse, pues, á la tarde

siguiente, en relativa mejoría, y así se consignó en las listas,

que rápidamente se cubrieron de centenares de firmas ilustres en la

política y en la banca. No fué necesaria la indicación del médico de

cabecera para traer al doctor Miquis, pues el mismo paciente pidió

que viniera, al recobrar el sentido y la palabra. Ordenó el célebre

doctor un plan expectante y un régimen de exploración, por no tener aún

seguridad del mal que había de combatir. La diátesis era obscura, y los

síntomas no acusaban con claridad el carácter morboso de la profunda

alteración orgánica. En sus conversaciones reservadas con Quevedito,

Miquis habló algo de _enteroptose_, algo de _cáncer del píloro_; pero

nada podía afirmarse aún, como no fuera la gravedad, y casi casi la

inutilidad final de los esfuerzos de la ciencia.

En su resurrección, que así puede llamarse, salió el pobre D. Francisco

por el registro patético y de la ternura, que tan bien armonizaba con

su debilidad física y con el desmayo de sus facultades. Dió en la flor

de pedir perdón á todo quisque, de emocionarse por la menor cosa, y

de expresar vehementes afectos á cuantas personas se acercaban á su

lecho para consolarle. Con Rufinita era un almíbar: le apretaba la

mano, llamándola su _ángel_, su _esperanza_, su _gloria_. Con Cruz

estaba á partir un piñón, y no cesaba de elogiar su talento y dotes

de gobernar, y á Gamborena y Donoso les llamó _columnas de la casa_,

amigos incomparables, de los que son _nones_ en el mundo.

Al través de todas estas manifestaciones sentimentales, advertíase

en el ánimo del enfermo un miedo intensísimo. Su amor propio quería

disimularlo; pero lo delataban el suspirar hondo y frecuente, la

profunda atención á todo cuchicheo que en la alcoba sonase, la

expresión de alarma de sus ojos al verse interrogado. Gustaba

extraordinariamente de que le animasen con anuncios de mejoría, y á

todos preguntaba la opinión propia y la ajena sobre su enfermedad.

Una mañana, hallándose solo con el doctor Miquis, le tomó la mano y

gravemente le dijo:

—Querido D. Augusto, usted es hombre de mucha ciencia y de

respetabilidad, y no ha de engañarme. Yo soy algo _científico_, quiero

decir que, en mi natural, lo científico domina á lo poético, ya usted

me entiende..., y por tanto, merezco que se me diga la verdad. ¿Es

cierto que usted cree que me curaré?

—¿Pues no he de creerlo? Sí señor, tenga confianza, sométase al

régimen, y...

—¿Será cosa de...? ¿Como cuánto, mi señor don Augusto? ¿Tardará un mes

en darme de alta, ó tendré que esperar algo más?

—No es fácil precisarlo... Pero ello será pronto. Mucha tranquilidad, y

no se preocupe de volver á los negocios.

—¿No?...—dijo el tacaño con profundo desconsuelo.—Pues si la Facultad

quiere que me anime, déjeme pensar en mis negocios, y contar los días

que me faltan para volver á meterme en ellos de hoz y de coz... ¡Ay,

amigo mío, y sapientísimo médico, yo le suplico á usted, por lo que más

quiera en el mundo, que haga un esfuerzo, y afine bien su ciencia para

curarme pronto, pronto! Lea cuanto hay que leer, estudie cuanto hay que

estudiar, y no dude, el emolumento será tal que no tenga usted queja de

mí. Ya sé lo que me responde: que ya lo sabe todo, y no tiene nada que

aprender. ¡Ah! La ciencia es infinita: nunca se la posee completa. Se

me ocurre que en el archivo de ésta su casa podrá haber algún papelote

antiguo, que traiga tales ó cuales recetas para curar esta gaita que yo

tengo, recetas que los médicos de ahora no conocen... ¡Por vida de...!

¿Quién me asegura que los antiguos no conocieron algún zumo de hierbas,

unto, ó cosa tal, que los modernos ignoran? Piénselo, y ya sabe que

tiene el archivo á su disposición. Me costó un ojo de la cara, y es

lástima que no hallemos en él mi remedio.

—¡Quién sabe!—dijo benévolamente el médico por consolarle.—Puede que

entre los papeles de Nápoles y Sicilia, haya algún récipe de antiguo

alquimista, ó curandero nigromante.

—No se ría usted de la magia, ni de aquellos tipos que echaban la buena

ventura, mirando las estrellas. La ciencia es cosa que no tiene fin...,

ni principio... Y ya que hablamos de ciencia, dígame: ¿qué demonios es

esto que tengo? Porque yo, pensando en ello estos días, creo... se me

ha metido en la cabeza que mi mal es filfa, una indisposición ligera, y

que ustedes los señores médicos creen lo mismo; pero que por guardar la

etiqueta... _científica_ me tienen aquí con todo este aparato escénico

de cama, y régimen, y biblias. Yo me siento ahora bien, muy bien. ¿Me

confiesa usted, sí ó no, que no tengo nada?

—Poco á poco. Su enfermedad no será muy grave; pero tampoco es una

desazón leve. Cuidándola, la venceremos.

—¿De modo que puedo confiar...? ¿Usted me asegura...?—interrogó el de

San Eloy con viva ansiedad.

—Tranquilícese, y tenga confianza en mí, y en Dios, en Dios primero.

—Ya la tengo... ¿Pues qué, el Señor Dios me había de dejar en la

estacada, sin dar yo motivo para ello? Como usted le ayude con los

recursos de la Facultad, el Señor no tendrá inconveniente en que yo

vuelva á mis ocupaciones habituales. Sí, mi querido D. Augusto, hará

usted un bien á la humanidad, dándome de alta. ¡Tengo un proyecto! ¡Ay,

qué proyecto! Es una idea que á nadie se le ocurre más que á este cura.

Usted no entiende de esto ni yo le fastidiaré explicándoselo. Cada uno

tiene su ciencia, y en la mía, doy yo quince y raya al lucero del alba.

Póngame bueno, y temblará el mundo de los negocios con esa combinación

que traigo entre ceja y ceja... Tal importancia tiene la cosa, que me

conformo con estar bueno el tiempo necesario para mover las fichas

en el tablero, y hacer la gran jugada... Y después, no me importa

caer malo otra vez... Un paréntesis, Sr. D. Augusto, un paréntesis de

salud... Pero no: sería lástima que después de realizada la operación,

reventase yo, sí, para que se quedaran riendo los que vienen detrás.

Esto no es justo: confiéseme usted que esto no es justo.

Tan vivamente posesionado de su idea le vió Miquis, y tanto le alarmó

el brillo de sus ojos y la inquietud de sus manos, que creyó prudente

cortar la conversación. Y como para calmarle no había mejor camino

que halagar sus deseos, despidióse el doctor dándole seguridades de

restablecimiento. Claro: éste vendría más pronto ó más tarde, según

que el enfermo lo acelerase con su quietud de cuerpo y espíritu, ó lo

retrasara con su impaciencia. Y mientras menos pensase en combinaciones

financieras mejor. Tiempo había...

Ello es que el hombre quedó gozoso de la visita, y las esperanzas le

daban ánimos para sobrellevar las tristezas del régimen dietético y de

la encerrona entre sábanas. Hablando con Cruz, le dijo:

—Ese D. Augusto es un grande hombre. Me asegura que es todo cuestión de

unos días... Y bien pudieran darme ustedes algún más alimento; que yo

respondo de digerirlo _velis nolis_. ¡No faltaba más sino que el señor

estómago volviera á las andadas! Los dolores del vientre ya no son tan

agudos, y lo que es calentura no la tengo... Lo único que recomiendo

á usted es que vigile á los cocineros y marmitones, porque... podría

írseles la mano en el condimento, y resultar algo que me envenenara...

_en principio, por decirlo así_. No, no digo yo que me envenenen de

_motu propio_, como aquel pillo de Matías Vallejo, y los gansos de sus

amigos, que á la fuerza me atracaron de mil porquerías... No, si ya

sé que usted vigilará... Yo _abrigo la convicción_ de que con usted

no hay cuidado... En fin, arreglárselas entre todos para que yo esté

bueno dentro de unos días, porque, sépalo usted, importa mucho para la

familia, y casi, casi estoy por decir para la nación y para todita la

humanidad, si me apuran. Que si este condenado _fenómeno patológico_,

se agarra más, no sé á dónde irá á parar la fortunita reunida con tanto

trabajo, y hasta podría suceder que mis hijos el día de mañana, si yo

continúo enclenque, no tuvieran que comer.

Echóse á reir Cruz, y olvidándose por un momento de que en aquel

caso debía sobreponerse la piedad mentirosa á la verdad que, como

inteligencia suprema de la familia, profesaba siempre, le amonestó en

forma autoritaria:

—No piense tanto, no piense tanto en los intereses que han de quedarse

por aquí; pues aunque no está en peligro de muerte, ni lo quiera

Dios, su situación es de las que deben considerarse como avisos

providenciales, y por lo tanto, hay que volver los ojos á los intereses

de allá, á los eternos, aunque no sea más que para irse acostumbrando.

Vamos á ver: ¿todavía le parece á usted que tiene poco dinero, ó es que

piensa llevárselo al otro mundo, para fundar un banco ó sociedad de

crédito en las regiones de la Bienaventuranza Eterna?

—Si fundo ó no fundo sociedades de crédito en la Gloria divina, eso

no es cuenta de usted. Haré lo que me dé la gana, señora mía—dijo, y

con gesto de chiquillo castigado se zambulló en el lecho, y se tapó el

rostro con la sábana.

Torquemada y San Pedro · 第 26 / 35 题