I
Con revulsivos enérgicos pudieron conseguir que de nuevo anduviera
la desvencijada máquina fisiológica del gran tacaño de Madrid; pero
aún pasó toda la noche y parte del otro día antes de que recobrara la
memoria y el conocimiento de su situación. Hallóse, pues, á la tarde
siguiente, en relativa mejoría, y así se consignó en las listas,
que rápidamente se cubrieron de centenares de firmas ilustres en la
política y en la banca. No fué necesaria la indicación del médico de
cabecera para traer al doctor Miquis, pues el mismo paciente pidió
que viniera, al recobrar el sentido y la palabra. Ordenó el célebre
doctor un plan expectante y un régimen de exploración, por no tener aún
seguridad del mal que había de combatir. La diátesis era obscura, y los
síntomas no acusaban con claridad el carácter morboso de la profunda
alteración orgánica. En sus conversaciones reservadas con Quevedito,
Miquis habló algo de _enteroptose_, algo de _cáncer del píloro_; pero
nada podía afirmarse aún, como no fuera la gravedad, y casi casi la
inutilidad final de los esfuerzos de la ciencia.
En su resurrección, que así puede llamarse, salió el pobre D. Francisco
por el registro patético y de la ternura, que tan bien armonizaba con
su debilidad física y con el desmayo de sus facultades. Dió en la flor
de pedir perdón á todo quisque, de emocionarse por la menor cosa, y
de expresar vehementes afectos á cuantas personas se acercaban á su
lecho para consolarle. Con Rufinita era un almíbar: le apretaba la
mano, llamándola su _ángel_, su _esperanza_, su _gloria_. Con Cruz
estaba á partir un piñón, y no cesaba de elogiar su talento y dotes
de gobernar, y á Gamborena y Donoso les llamó _columnas de la casa_,
amigos incomparables, de los que son _nones_ en el mundo.
Al través de todas estas manifestaciones sentimentales, advertíase
en el ánimo del enfermo un miedo intensísimo. Su amor propio quería
disimularlo; pero lo delataban el suspirar hondo y frecuente, la
profunda atención á todo cuchicheo que en la alcoba sonase, la
expresión de alarma de sus ojos al verse interrogado. Gustaba
extraordinariamente de que le animasen con anuncios de mejoría, y á
todos preguntaba la opinión propia y la ajena sobre su enfermedad.
Una mañana, hallándose solo con el doctor Miquis, le tomó la mano y
gravemente le dijo:
—Querido D. Augusto, usted es hombre de mucha ciencia y de
respetabilidad, y no ha de engañarme. Yo soy algo _científico_, quiero
decir que, en mi natural, lo científico domina á lo poético, ya usted
me entiende..., y por tanto, merezco que se me diga la verdad. ¿Es
cierto que usted cree que me curaré?
—¿Pues no he de creerlo? Sí señor, tenga confianza, sométase al
régimen, y...
—¿Será cosa de...? ¿Como cuánto, mi señor don Augusto? ¿Tardará un mes
en darme de alta, ó tendré que esperar algo más?
—No es fácil precisarlo... Pero ello será pronto. Mucha tranquilidad, y
no se preocupe de volver á los negocios.
—¿No?...—dijo el tacaño con profundo desconsuelo.—Pues si la Facultad
quiere que me anime, déjeme pensar en mis negocios, y contar los días
que me faltan para volver á meterme en ellos de hoz y de coz... ¡Ay,
amigo mío, y sapientísimo médico, yo le suplico á usted, por lo que más
quiera en el mundo, que haga un esfuerzo, y afine bien su ciencia para
curarme pronto, pronto! Lea cuanto hay que leer, estudie cuanto hay que
estudiar, y no dude, el emolumento será tal que no tenga usted queja de
mí. Ya sé lo que me responde: que ya lo sabe todo, y no tiene nada que
aprender. ¡Ah! La ciencia es infinita: nunca se la posee completa. Se
me ocurre que en el archivo de ésta su casa podrá haber algún papelote
antiguo, que traiga tales ó cuales recetas para curar esta gaita que yo
tengo, recetas que los médicos de ahora no conocen... ¡Por vida de...!
¿Quién me asegura que los antiguos no conocieron algún zumo de hierbas,
unto, ó cosa tal, que los modernos ignoran? Piénselo, y ya sabe que
tiene el archivo á su disposición. Me costó un ojo de la cara, y es
lástima que no hallemos en él mi remedio.
—¡Quién sabe!—dijo benévolamente el médico por consolarle.—Puede que
entre los papeles de Nápoles y Sicilia, haya algún récipe de antiguo
alquimista, ó curandero nigromante.
—No se ría usted de la magia, ni de aquellos tipos que echaban la buena
ventura, mirando las estrellas. La ciencia es cosa que no tiene fin...,
ni principio... Y ya que hablamos de ciencia, dígame: ¿qué demonios es
esto que tengo? Porque yo, pensando en ello estos días, creo... se me
ha metido en la cabeza que mi mal es filfa, una indisposición ligera, y
que ustedes los señores médicos creen lo mismo; pero que por guardar la
etiqueta... _científica_ me tienen aquí con todo este aparato escénico
de cama, y régimen, y biblias. Yo me siento ahora bien, muy bien. ¿Me
confiesa usted, sí ó no, que no tengo nada?
—Poco á poco. Su enfermedad no será muy grave; pero tampoco es una
desazón leve. Cuidándola, la venceremos.
—¿De modo que puedo confiar...? ¿Usted me asegura...?—interrogó el de
San Eloy con viva ansiedad.
—Tranquilícese, y tenga confianza en mí, y en Dios, en Dios primero.
—Ya la tengo... ¿Pues qué, el Señor Dios me había de dejar en la
estacada, sin dar yo motivo para ello? Como usted le ayude con los
recursos de la Facultad, el Señor no tendrá inconveniente en que yo
vuelva á mis ocupaciones habituales. Sí, mi querido D. Augusto, hará
usted un bien á la humanidad, dándome de alta. ¡Tengo un proyecto! ¡Ay,
qué proyecto! Es una idea que á nadie se le ocurre más que á este cura.
Usted no entiende de esto ni yo le fastidiaré explicándoselo. Cada uno
tiene su ciencia, y en la mía, doy yo quince y raya al lucero del alba.
Póngame bueno, y temblará el mundo de los negocios con esa combinación
que traigo entre ceja y ceja... Tal importancia tiene la cosa, que me
conformo con estar bueno el tiempo necesario para mover las fichas
en el tablero, y hacer la gran jugada... Y después, no me importa
caer malo otra vez... Un paréntesis, Sr. D. Augusto, un paréntesis de
salud... Pero no: sería lástima que después de realizada la operación,
reventase yo, sí, para que se quedaran riendo los que vienen detrás.
Esto no es justo: confiéseme usted que esto no es justo.
Tan vivamente posesionado de su idea le vió Miquis, y tanto le alarmó
el brillo de sus ojos y la inquietud de sus manos, que creyó prudente
cortar la conversación. Y como para calmarle no había mejor camino
que halagar sus deseos, despidióse el doctor dándole seguridades de
restablecimiento. Claro: éste vendría más pronto ó más tarde, según
que el enfermo lo acelerase con su quietud de cuerpo y espíritu, ó lo
retrasara con su impaciencia. Y mientras menos pensase en combinaciones
financieras mejor. Tiempo había...
Ello es que el hombre quedó gozoso de la visita, y las esperanzas le
daban ánimos para sobrellevar las tristezas del régimen dietético y de
la encerrona entre sábanas. Hablando con Cruz, le dijo:
—Ese D. Augusto es un grande hombre. Me asegura que es todo cuestión de
unos días... Y bien pudieran darme ustedes algún más alimento; que yo
respondo de digerirlo _velis nolis_. ¡No faltaba más sino que el señor
estómago volviera á las andadas! Los dolores del vientre ya no son tan
agudos, y lo que es calentura no la tengo... Lo único que recomiendo
á usted es que vigile á los cocineros y marmitones, porque... podría
írseles la mano en el condimento, y resultar algo que me envenenara...
_en principio, por decirlo así_. No, no digo yo que me envenenen de
_motu propio_, como aquel pillo de Matías Vallejo, y los gansos de sus
amigos, que á la fuerza me atracaron de mil porquerías... No, si ya
sé que usted vigilará... Yo _abrigo la convicción_ de que con usted
no hay cuidado... En fin, arreglárselas entre todos para que yo esté
bueno dentro de unos días, porque, sépalo usted, importa mucho para la
familia, y casi, casi estoy por decir para la nación y para todita la
humanidad, si me apuran. Que si este condenado _fenómeno patológico_,
se agarra más, no sé á dónde irá á parar la fortunita reunida con tanto
trabajo, y hasta podría suceder que mis hijos el día de mañana, si yo
continúo enclenque, no tuvieran que comer.
Echóse á reir Cruz, y olvidándose por un momento de que en aquel
caso debía sobreponerse la piedad mentirosa á la verdad que, como
inteligencia suprema de la familia, profesaba siempre, le amonestó en
forma autoritaria:
—No piense tanto, no piense tanto en los intereses que han de quedarse
por aquí; pues aunque no está en peligro de muerte, ni lo quiera
Dios, su situación es de las que deben considerarse como avisos
providenciales, y por lo tanto, hay que volver los ojos á los intereses
de allá, á los eternos, aunque no sea más que para irse acostumbrando.
Vamos á ver: ¿todavía le parece á usted que tiene poco dinero, ó es que
piensa llevárselo al otro mundo, para fundar un banco ó sociedad de
crédito en las regiones de la Bienaventuranza Eterna?
—Si fundo ó no fundo sociedades de crédito en la Gloria divina, eso
no es cuenta de usted. Haré lo que me dé la gana, señora mía—dijo, y
con gesto de chiquillo castigado se zambulló en el lecho, y se tapó el
rostro con la sábana.