el peligro se ve más claro. ¿Para qué atribuir al Salvador acciones que
no constan en ningún documento fehaciente? ¿Cómo podrá ningún hombre
figurarse ni representarse con exactitud el desenvolvimiento y el crecer
de un alma y de un cuerpo humanos, estrechamente unidos con el mismo
Dios en la persona del Verbo? Claro está que el Sr. Muñoz y Pabón nada
inventa de indecoroso ni de ofensivo, como, por ejemplo, lo que alguien
ha pretendido probar recientemente en Alemania, de que Cristo estuvo
estudiando en cierto colegio o Instituto de no recuerdo bien qué ciudad
de la India; pero todavía, a pesar de lo inocente y católico de lo
inventado por el Sr. Pabón, lo mejor es que no se tenga por hecho, sino
por mero símbolo, alegoría y prefiguración de hechos reales ocurridos
más tarde. Convengo en que así pueden disculparse los hechos referidos
en el Romancero de _El Niño de Nazaret_, donde el coloquio con la
Samaritana, la resurrección de Lázaro, el perdón de la mujer adúltera y
otros pasajes de los santos Evangelios se leen prefigurados y escritos
en narración infantil y como lectura propia para niños. Así también
pueden disculparse y quizás aplaudirse por lo candorosos ciertos
pormenores de usos y costumbres que no sé yo si son anacrónicos o no lo
son, por mi escaso saber en arqueología. Así, por ejemplo, si los niños
del tiempo de Cristo, avecindados en Nazaret, jugaban ya al escondite,
al salto de la comba y a la gallina ciega como los niños de ahora.
Candor es este que puede hacer gracia. Yo encuentro graciosa, en el
poema de San José del Padre Maestro Fray José de Valdivielso, aquella
sospecha de que el santo era sólo carpintero de afición, porque siendo
hidalgo de tan ilustre prosapia no era posible que se ganase la vida
trabajando con sus manos, en vez de vivir de sus rentas,
Pues debió de tener juros reales,
Cual descendiente de señores tales.
No obsta lo que va expuesto para que reconozcamos el notable talento
poético del señor Muñoz y Pabón, la fresca lozanía, la luz y el colorido
que pone en sus pinturas y la pasión entusiasta con que las anima. Acaso
los inconvenientes que veo yo en el género no lo sean para niños o para
lectores de mucha fe y de poca malicia.
II
Mucho se discurre sobre si conviene o no la centralización
administrativa y sobre los grados de autonomía de que deben gozar la
provincia y el Municipio. Cuestiones arduas son estas que yo dejo con
gusto para que las resuelva el bullicioso enjambre de hombres políticos
y de Estado que en España tanto peroran y se agitan. Lo que me preocupa
es la centralización que proviene de la iniciativa individual, y del
empeño que todos solemos tener de vivir en la capital y de abandonar los
campos, las aldeas y hasta las ciudades que no consideramos de grande
importancia. Si cuanto hay de florido, acaudalado y elegante, se viene a
Madrid a lucirse y si acuden también a Madrid en busca de notoriedad y
de fortuna, los sujetos que son o que se creen ricos de saber y de
ingenio, de temer es que la grande extensión territorial de nuestra
patria quede como desdeñada y abandonada de lo que brilla, fomenta el
lujo y el bienestar y contribuye a la cultura.
En otros países de Europa, los magnates y grandes propietarios, asisten
más tiempo que en la corte en sus quintas y castillos. Aquí apenas
quiere nadie abandonar la capital, a no ser en el rigor del verano, y
entonces, no suele ser para visitar los predios rústicos y dirigir o
presenciar las faenas agrícolas, sino para irse a Francia o a otros
países extranjeros a pasar por allá el tiempo y a gastarse la hacienda.
A pesar de lo dicho, que tal vez haga recelar que se reconcentre en
Madrid lo más luminoso y activo de nuestra nación, es lo cierto que
persisten aún grandes focos de luz y de actividad en nuestras
provincias, y por ello no podemos menos de alegrarnos como partidarios
que somos de este inocente y pacífico regionalismo. Las antiguas ferias,
la solemne pompa de algunas festividades religiosas, las exposiciones de
industria al uso moderno, los resucitados juegos florales, los congresos
católicos, y hasta algunos otros congresos ultra-políticos, a fuerza de
negar que son políticos, así como las predicaciones apasionadas y
elocuentes de las personas que aspiran a regenerarnos, todo ello es útil
para conservar y reanimar la vida en los extremos, impidiendo que
refluya al centro y deje lo demás inerte.
Sólo hay un inconveniente no corto: que las tales predicaciones
regeneradoras levanten de cascos a la gente levantisca y aficionada a
vivir a salto de mata, y produzcan alborotos, motines y hasta guerras
civiles. Pero si este peligro se evita o se conjura, yo entiendo que
todo está bien, aunque siempre preferiría a las predicaciones
regeneradoras, los juegos florales, las procesiones y las ferias.
De todos modos bueno es que alentemos hasta donde esté a nuestro
alcance, y celebremos, si lo merecen, a cuantos cultiven las letras,
permaneciendo en provincias sin venir a Madrid con el propósito de
cobrar fama.
Sevilla, desde muy antiguo, es un foco de civilización castiza, cuya
luz, por dicha, no se extingue ni se anubla. Su escuela de poetas y su
escuela de pintores, florecientes y luminosas en el siglo XVI, y
renovadas en el último tercio del siglo XVIII, dan destellos todavía, a
pesar de la general decadencia de nuestra nación.
Mucho disto yo de aspirar en estos artículos, que no pueden ser
extensos, a presentar un cuadro completo del movimiento intelectual,
literario y artístico de Sevilla y de otras ciudades de Andalucía. Me
limito, y debo limitarme, a tratar de ciertas obras muy recientes,
prueba, en mi sentir, de que dicho movimiento no es estéril, sino que en
aquel mismo terreno produce sazonados frutos, prescindiendo de los
cultivadores andaluces que vienen a Madrid, como los Alvarez Quintero y
no pocos otros, a producirlos y exponerlos.
Tiempo ha que es brillante indicio de la actividad intelectual en la
provincia de Córdoba la producción poética de Manuel Reina, natural de
Puente Genil, donde de ordinario reside, aunque imprima en Madrid sus
libros. Elegante e inspirado poeta, ha publicado _Andantes y alegros_,
_Cromos y acuarelas_, _La vida inquieta_, _La canción de las estrellas_,
_Poemas paganos_, en 1896, y recientemente, en 1899, _El jardín de los
poetas_, último libro suyo que conocemos. Celebra en este libro y
retrata con rasgos, a menudo felices, a varios poetas eminentes de todas
las edades y naciones: desde Hornero, Anacreonte, Esquilo y Catulo,
hasta Goethe entre los extraños, y desde Jorge Manrique hasta
Espronceda entre los propios. Aunque en España, no sé por qué, son poco
populares y estimados los versos endecasílabos libres, yo los prefiero a
veces a los que están sujetos al artificio de la rima, cuando la falta
de ésta se halla compensada por el primor y la sobriedad de la dicción y
por la cadencia musical del metro. La rima además tiene graves
inconvenientes, cuando para vencer su dificultad, se emplean sobrados
epítetos y participios en «oso, osa, ente y ante, ado y ada». Como
quiera que sea, en este libro de _El jardín de los poetas_ encuentro yo
mejor y más brioso, inspirado y conciso que lo rimado, lo que está en
endecasílabos libres.
Pero Manuel Reina, hasta donde lo consienten la frialdad e indiferencia
para la poesía de nuestro público de hoy, es ya tan conocido, estimado y
celebrado, que considero poco útil y expuesto a que se me tilde de
presuntuoso el llamar la atención sobre sus escritos con detenido examen
y crítica razonada. Básteme declarar aquí con toda sinceridad, que
Manuel Reina es ya, a mi ver, uno de nuestros mejores poetas, y como es
joven aún, se debe esperar de él mucho mayores aciertos, si pule, lima y
encaja y ajusta en adelante con mayor firmeza, dentro de la conveniente
y nítida forma, las hermosas ideas y el hondo sentir que con tanto
ímpetu y abundancia afluyen a su espíritu.
Tratemos aquí de cosas que, si bien harto menos importantes, manifiestan
que el ingenio y la gracia, lo que solemos llamar sal andaluza, no se ha
disuelto aún, sino que persiste, a pesar de tantos duelos, quebrantos y
desazones.
A puñados sazona con esta sal el Sr. don Francisco Toro Luna, algo a
modo de comedia, cuyo título es _¡Día feliz!_, que se representó en
Córdoba en el teatro circo del Gran Capitán y en Julio del presente año.
Sólo dos personajes figuran en la acción, la cual es muy sencilla. Todo
el mérito está en el diálogo, natural, gracioso y desenfadado. Primero
hay el monólogo de una joven y después el coloquio de ésta con un primo
suyo que acaba por declararse fervorosamente enamorado de ella. No
quiero contar aquí el progreso de la acción y el disimulado artificio
que con la ingenuidad se confunde y por cuyo medio se llega al más
venturoso y alegre desenlace. Si yo contase el argumento destruiría todo
el hechizo de la obra no contándole con mucha extensión, porque en la
obra, las palabras no huelgan, siendo en ella el carácter de la
protagonista tan verdadero, simpático y regocijado, que mis paisanas las
cordobesas no pueden pedir más, a pesar de lo picante de algunas
ligerísimas punzadas satíricas. En suma, yo creo que _¡Día feliz!_
sería muy aplaudido en Madrid, si en Lara se diese; pero como yo no soy
infalible, como el público es caprichoso y como por la lectura tal vez
se notan primores que en la representación se desvanecen o pasan sin ser
notados, yo me abstengo de pronosticar a fin de no desacreditarme como
crítico. Sólo diré que _¡Día feliz!_ me agrada tanto como cualquiera de
los más encomiados y cortos proverbios de Alfredo de Muset: como _Un
capricho_, por ejemplo.
Sobre _¡Día feliz!_, lo mismo que sobre la novela _Justa y Rufina_,
quiero yo tocar un punto en que ambas obras coinciden: la adulteración
de la ortografía para reproducir gráficamente el modo de pronunciar de
los andaluces. A mi ver esto no imprime esencial carácter al diálogo, ni
le hace más ameno y chistoso, y propende, en cambio, a crear un nuevo
dialecto, o más bien una lengua bárbara e informe. Cervantes hace hablar
a la gente más ruin de Andalucía sin marcar lo vicioso de la
pronunciación en la escritura. Estébanez Calderón sigue su ejemplo y no
por eso podrá dudar nadie de que sean andaluces Pulpete y Balveja. Y
protestando de que sea inmodestia, y con todas las convenientes
salvedades, me atreveré a citarme yo mismo, recordando que Antoñona,
Respetilla, Dientes, Juana y Juanita las largas y otras figuras del
vulgo andaluz, que introduzco yo en mis narraciones, hablan como por
allí se habla, sin necesidad de notar lo mal y disparatadamente que
acaso pronuncian. Yo me atengo, y me parece que todos los andaluces
debemos atenernos a lo que se cuenta que el maestro de escuela de mi
lugar decía a sus educandos: Niños, _sordado_ se escribe con _l_;
_caznero_ con _r_; _precerto_ con _p_; _güeno_ con _b_ y _güeso_ con
_h_.
En el diálogo o comedia del Sr. Toro Luna es más de censurar que en la
novela del señor Muñoz Pabón esta inútil prevaricación del buen
lenguaje, ya que las dos personas de su diálogo no son de la clase pobre
y humilde, sino de lo más acomodado y elegante de la ciudad de Córdoba.
Conviene advertir también que las tales variaciones de pronunciación,
que caracterizan el habla andaluza, son distintas según las poblaciones
y comarcas, por lo cual, si por medio de la escritura nos propusiésemos
expresarlas fielmente, no crearíamos un dialecto, sino doce, catorce o
más. Hasta el _tonillo_ es diverso según el lugar donde nació y se crió
el que habla, y hasta según la ocasión más o menos solemne en que
conversa o perora. En cierto pueblecito, por ejemplo, donde años ha
solía yo ir de temporada, no hay sermón de Cuaresma ni de Semana Santa
que agrade o que conmueva, aun siendo elocuentísimo y sentido, si no se
pronuncia con un tonillo singular que los predicadores suelen aprender,
si ya no lo saben, antes de subir al púlpito. Y yo tengo por evidente
que este tonillo, otros de la misma laya, el ronquido en que suelen
salir engarzados los vocablos en algunos lugares, y no pocas otras
singularidades prosódicas, son intransmisibles por escrito, a no
inventarse una anotación musical, adaptada para conseguirlo con muy
sutil arte. Lo mejor, por consiguiente, es prescindir cuando se escribe,
de tonillos y de malas pronunciaciones y hacer que todos hablen en
castellano y como Dios manda. Si el personaje es andaluz de buena ley,
ya lo conocerá el discreto lector por lo pintoresco de las imágenes y
por el giro peculiar de las cláusulas y períodos.
Bien quisiera yo hablar aquí del movimiento intelectual de Málaga, en el
día de hoy; de Málaga, de donde nos han venido a Madrid periodistas tan
infatigables como D. Andrés Borrego; tan eminentes hombres de Estado
como Cánovas, y los más notables iniciadores y promovedores del género
andaluz como Estébanez Calderón y D. Tomás Rodríguez Rubí. Por hoy, con
todo y para no pecar de prolijo, diré que en Málaga se conserva la
tradición literaria, poética y erudita, a cuyo frente descuella en el
siglo pasado el Marqués de Valdeflores, y a principio del siglo que va a
terminar el elegantísimo poeta D. Juan María Maury. Dignos sucesores
han tenido y tienen para el cultivo de las ciencias históricas en los
hermanos Oliver y en el doctor Berlanga; para la poesía, en Narciso Díaz
de Escovar, Salvador González Anaya y Ramón A. Urbano, sin contar con
los que residen en Madrid de asiento; y para la novela, en Arturo Reyes,
que puede ya ponerse al nivel de nuestros mejores novelistas y autores
de cuentos.
Dejemos, no obstante, a Málaga y pasemos a Almería, muy apartada hasta
hace poco del resto de España por las dificultades de los caminos, como
allá en los tiempos del rey Almotacín, tan buen poeta y tan generoso
protector de los poetas. Hoy, como entonces, se sigue en Almería
poetizando, si bien no son los versos, sino un curiosísimo libro en
prosa, lo que atrae ahora mi atención hacia aquella ciudad. El librito,
primorosamente impreso en Almería, se titula _Quitolis_, y el autor, D.
José Jesús García, le califica de novela. Novela me parece a mí en
efecto, pero contada con tan extraña candidez y en apariencia con tan
poco arte, que tiene trazas, más que de algo imaginado o inventado, de
relación fiel de sucesos que verdadera y realmente han ocurrido.
El protagonista de la novela, el padre Juan, a quien daban por apodo
_Quitolis_, ha vivido sin duda, pero en su ser hay mucho de simbólico y
de enigmático. Sin ambición, sin codicia, sin apetito ni anhelo que le
perturbe y le lleve en pos de las cosas terrenales, el padre Juan viene
a ser como un inocente ángel del cielo, que ha tomado forma y cuerpo
humanos. Sólo el afecto amoroso con que mira por su madre y cuida de
ella, le enlaza singularmente con los demás seres.
Protegido el padre Juan por una marquesa devota y por el Sr. Magistral,
que admiran y reconocen su virtud y su ciencia, vive sin apuros y
modestísimamente con el producto de sus misas y de las particulares
lecciones de latín que da a muchos niños.
Apenas hay enredo ni lances en esta novela. En ella todo es psicológico.
La contemplación del cielo, del mar y de los campos que se otean desde
un apartado y solitario paseo adonde el padre Juan va de diario, eleva
su mente a muy encumbradas esferas: más allá del universo visible, hasta
la suprema causa, que le da ser y que le llena, penetra e ilumina todo.
La pudibunda timidez del padre Juan, el horror que le inspira la idea de
turbar la paz de las conciencias y su amor al orden y al sosiego, no
consienten que perciba ni que ponga en claro con toda nitidez el vago y
maravilloso concepto de Dios, que ha surgido en su alma, que la arrebata
en el éxtasis y que la enamora sobrenatural y ultramundanamente.
La fama de la santidad y de la inocente y bondadosa indulgencia del
padre Juan, hace que sean los niños y las jovencitas, educadas con el
mayor recato, los que acudan a confesarse con él, en el tribunal de la
penitencia. El optimismo del padre Juan y su dichosa manera de ver
cuanto existe como al través de un prisma de color de rosa, vienen a
corroborarse por la bondad de sus penitentes. Apenas sospecha o quiere
sospechar el padre Juan la existencia del mal moral y del mal físico. La
ira de Dios es incomprensible para él. La justicia de Dios se desvanece
en su infinita misericordia.
El sentir y el pensar del padre Juan se van desenvolviendo, con profundo
sigilo, en lo más íntimo y secreto de su alma.
Se diría que el autor de la novela, lo mismo que su héroe, se asusta de
lo que piensa y siente; no tiene ni la más pequeña aspiración a
divulgarlo; y sólo por estilo indeciso y esfumado se lo representa a sí
propio.
De aquí proviene que no atine yo a decidir hasta qué punto en _Quitolis_
y en el que escribe su historia hay en germen un heresiarca: hasta qué
punto ha permitido Dios y ha suscitado el diablo un Chanig o un Fox a la
sordina en la muy católica ciudad de Almería. Teólogos inquisidores
podrán decir sobre esto, si consideran que el caso lo merece. Yo diré
sólo que la novela me agrada y que la he leído dos veces, con interés
creciente, aumentado por la misma indeterminada vaguedad del misterioso
pensamiento de _Quitolis_.
El Magistral, que debía predicar el día de la Virgen del Carmen, cae
enfermo y encomienda a _Quitolis_, cuya ciencia y fervor religioso
admiraba, que sea él quien predique aquel día, aunque hasta entonces no
había predicado nunca. Sin previo estudio escrito acude y sube al
púlpito _Quitolis_. Y movido allí por el genio o espíritu que
interiormente le agita, pronuncia un sermón elocuentísimo lleno de amor
de Dios y del prójimo, que deleita y conmueve a la muchedumbre devota,
la cual no ve ni sospecha la menor herejía, y que ofende e indigna a los
canónigos del cabildo. ¿Ha surgido acaso en la remota ciudad donde
ocurren estos sucesos un flamante reformador de la Iglesia: un
Savonarola, cuando no un Lutero?
«Quitolis», con todo, no quiere ser nada de esto. Si en algo ha errado,
está pronto a retractarse. El señor obispo reconoce su inocencia y
simpatiza con su buena intención. Pero le induce a volver a su silencio
y a su retiro y a no predicar en adelante para no excitar la cólera o el
enojo del clero.
Vuelto «Quitolis» a la oscuridad, guarda en el centro de su alma sus
ideas reformadoras, harto poco definidas por el novelista, si bien o
quieren ser como el alborear indeciso o la primera luz, si no de una
nueva religión, de una interpretación amplia y algo racionalista de la
que oficialmente seguimos.
«Quitolis» después se queda ciego. Su reputación de santo y de benigno
atrae a su confesionario, no ya a los niños y a las vírgenes, sino a la
turba multa de desaforadas y lascivas pecadoras. La limpieza de su
cándido optimismo se mancha con el negro cieno del mundo. Y resignado y
triste, aunque lleno siempre de dulce confianza en Dios, muere al fin
«Quitolis», muere también su viejecita madre y termina así la novela.
Casi no hay en ella lo que se llama enredo o argumento. Todo se reduce a
la pintura de un extraño carácter. No sé si el autor, por habilidad o
por instinto, acierta a no identificarse con «Quitolis» y a no responder
de lo que «Quitolis» sentía y pensaba.
No aseguraré yo tampoco si agradará esta novela, donde repito que apenas
hay lances a cuantas personas la lean con atención. Diré sólo que su
lectura me ha interesado mucho. No soy, ni pretendo ser, definidor para
condenar o absolver las ideas bastante veladas que el autor de la novela
atribuye a su protagonista; pero celebro el talento de observación con
que el autor estudia a un alma humana, acaso extraviada, pero egregia y
pura, y celebro también el sentir religioso que anima las páginas de su
librito. De las faltas que hay o puede haber en éste, yo absuelvo al
autor, porque tengo la manga ancha. Yo digo, como el Dios que imagina
Goethe en «El Prólogo en el cielo» de su «Fausto»:
«Es irrt der Mensch so lang er strebt».
LA GOLETERA
POR ARTURO REYES
En las ficciones novelescas he de confesar que estoy algo prevenido
contra los hombres y las mujeres de la ínfima plebe, que calzan el
coturno, que se muestran poseídos de las pasiones y sentimientos más
sublimes, y que vienen a ser dignos personajes de verdaderas tragedias y
no de aventuras picarescas como en _Rinconete y Cortadillo_, o de
parodias como _El Manolo_, _El Muñuelo_, _Inesilla la de Pinto_ y
_Pancho y Mendrugo_. Y no porque yo crea que el concepto de las virtudes
más altas y la capacidad enérgica de ejercitarlas requieran educación
esmeradísima y largos estudios. Por fortuna, para saber de ciencias es
menester acudir a las aulas o leer muchos libros; y para percibir,
juzgar o crear la belleza artística, sin extravíos de mal gusto, se
requieren también preparación y enseñanza; mientras que para el
conocimiento de lo bueno y de lo malo, apenas necesita nadie devanarse
los sesos. En la sociedad cristiana y culta de nuestros días, casi
parece infuso, innato o intuitivo dicho conocimiento. Bien podemos decir
con el gran dramaturgo:
A ciencias de voluntad
les hace al estudio agravio.
Y, sin embargo, si se toma como por sistema el que muchachas criadas en
el arroyo y parroquianos de las más infectas tabernas de los barrios
peores, resulten dechados de honestidad, de pundonor, de valentía
heroica, de sufrimiento estoico y de cuantas son o pueden ser las
excelencias morales que hermosean el alma humana, bien podemos llegar al
extremo de imaginar que la superior cultura, el bienestar, el aseo, la
elegancia y la riqueza, debilitan el vigor y la bondad de los corazones,
y que para ser moralmente bien estimados es menester bajar al nivel más
próximo al estado salvaje desde nuestra refinada civilización del día.
De esta suerte, a fuerza de querer ser demócrata y filántropo, puede el
escritor caer en el error de ser retrógrado.
Hay también, en las novelas tabernarias, adornadas con las más
exquisitas sublimidades, una enorme dificultad que vencer y que es rara
vez vencida: combinar el lenguaje, cuando no rufianesco, vulgar e
inculto, con un estilo elevado, apto para expresar los sentimientos más
delicados y nobles. Y como esto rara vez se consigue, resultan los
diálogos llenos de amaneramiento, de falsedad y de disonancia. A pesar
de lo expuesto, como doctrina general, contra la cual he pecado yo
también, dejándome llevar de la corriente al escribir algunas novelas,
me complazco en declarar aquí que me han entrado ganas de retractarme y
de abjurar de la doctrina general mencionada al leer _La Goletera_, de
D. Arturo Reyes.
Ventajosamente conocido y justamente celebrado era ya este joven
malagueño, así por sus bonitas poesías, como por sus graciosos cuentos
en prosa, y por sus novelas _Cartucherita_ y _El lagar de la Viñuela_.
Su última obra, _La Goletera_, viene, en mi sentir, a confirmar su buena
fama de novelista alcanzando para él diploma y título de escritor
excelente.
Trini, su heroína, se parece, no por imitación, sino por coincidencia, a
la dama de Calderón, en la comedia titulada _No hay cosa como callar_;
pero Trini es más noble, más amorosa, más real y más humana que la dama
de Calderón. Mejor que ella, siente, piensa y se conduce Trini. Y por
arte admirable, Trini se expresa sin frases alambicadas y sin tiquis
miquis primorosos, en el habla llana y vulgar de una mujer del pueblo.
Como la dama de _No hay cosa como callar_, Trini ha sido víctima de la
violencia de un hombre; pero, con igual honradez y delicadeza que la
dama, si Trini no concede su amor a ningún otro galán, por considerarse
deshonrada, todavía es muy superior a la dama, porque se enamora de otro
y lucha con su ardiente pasión y finge desdeñar a quien la adora y de
quien ella está prendada. El burlador de Trini vuelve de Buenos Aires,
donde ha pasado años y donde ha ganado bastante dinero. Quiere reparar
su falta, casándose con Trini; pero ésta no es como la dama de Calderón,
que acepta al burlador por marido, porque sólo piensa en restaurar su
honor y porque no ama a nadie. Trini ama a otro y rechaza al burlador,
que no le inspira amor, sino repugnancia. El hombre que ama a Trini es
excelente y muy celoso de su honra. Trini no quiere ni debe engañarle. Y
Trini no puede unirse con él, mientras viva el hombre que la burló y
bajo cuya mirada se moriría de vergüenza.